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De 'dominus' y 'senior' a don José y señor López: el origen de los tratamientos de respeto
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De 'dominus' y 'senior' a don José y señor López: el origen de los tratamientos de respeto

Los romanos usaban 'dominus' para designar al propietario de esclavos o cabeza de familia, y a partir del siglo I para dirigirse al emperador. Ese término derivaría siglos más tarde en 'don'

Foto: Estatua del emperador romano Augusto en Roma. (iStock)
Estatua del emperador romano Augusto en Roma. (iStock)

Para expresar respeto, jerarquía o distancia social, las lenguas emplean términos honoríficos. La relación queda así marcada, y también la imagen del interlocutor dentro de la estructura social. En español utilizamos don y doña, aunque cada vez menos. Señor y señora están más generalizados. La categorización de los tratamientos es una exigencia en casi todas las lenguas. El hebreo adón (אֲדוֹן), el griego kýrios (κύριος) y el árabe estándar sayyid (سيد) proceden de voces que significaban ‘amo’ o ‘dueño’. El turco bey significó ‘jefe tribal’ o ‘persona de alto estatus’ y se usa pospuesto al nombre: Ahmet Bey es ‘señor Ahmet’. El alemán Herr significó originariamente ‘comandante’ o ‘guerrero de alto rango’. En chino mandarín, xiānsheng 先生 significa literalmente ‘nacido antes’ y expresa respeto por la edad o la precedencia.

La evolución de 'dominus'

Los romanos usaban expresiones de jerarquía social. Dominus (‘señor’, ‘dueño’, ‘amo’) designaba originalmente al propietario de esclavos o al cabeza de familia, pero a partir del siglo I se empleó para dirigirse a personas de autoridad, especialmente al emperador, cuyo título oficial en época tardía fue Dominus Noster (‘nuestro señor’). En la lengua cotidiana, los esclavos llamaban domine a su amo, y de ese vocativo derivaría siglos más tarde el don hispánico.

Esa voz latina ha dejado una amplia familia de continuadores directos, cultismos y préstamos eclesiásticos. En italiano, don se aplica a clérigos o notables, donna es ‘señora’, de domina; y madonna, ‘mi señora’. En gallego y portugués don y dona. En francés, dom se reserva a la nobleza y a altos cargos eclesiásticos. En catalán, don se usó en el pasado, mientras que dona conserva pleno uso como forma de tratamiento femenino. En rumano, domn equivale a ‘señor’, y domnul es ‘el señor’, pues el artículo se pospone; doamnă es ‘señora’ y domnișoară, ‘señorita’. La voz latina se conserva también en el derivado Dies Dominica, ‘día del Señor’. Del sustantivo dominus se formó el adjetivo domínicus, con el sufijo -icus; en femenino, por concordar con dies, pasó a dominica, dominga y domingo. De ahí derivan el italiano domenica, el francés dimanche, el catalán diumenge y el rumano duminică.

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La evolución de 'senior'

Senior (‘el más viejo’, comparativo de senex), transmitía respeto por la edad y es el antecesor directo de señor. Nació en el latín vulgar y ha dejado un extenso rastro en las lenguas románicas. Además de señor, que sustituyó a dominus como fórmula de tratamiento, ha originado derivados como señoría, señorío, señorazgo y señorial. También ha dado lugar al cultismo sénior, utilizado en deportes o jerarquías, así como senado y senador. En portugués, senhor y senhora; en gallego, señor y señora; en catalán, senyor y senyora; en italiano, signore y signora. El francés procede de meum seniōrem, que evolucionó a mon seignor y después a monsieur. En femenino, madame procede de ma (‘mi’, femenino de mon en francés antiguo) y dame (‘señora’), proveniente a su vez del latín domina.

La historia

Con la desintegración del Imperio romano y la evolución del latín al romance, las formas honoríficas se transformaron. Dominus dio lugar en el ámbito eclesiástico a domnus y domna, usados para tratar a abades y monjas de cierta jerarquía. En documentos visigóticos del siglo VII aparece ya domnus episcopus (‘el señor obispo’).

Senior se generalizó como título de respeto, y en el latín hispano se documentan senior meus y senior noster. Evolucionó a señor, mediante la palatalización de -ni- en /ɲ/ y la pérdida de la vocal final: senior > seignor > señor.

El uso de don y doña se reservaba a la realeza y nobleza. En el Siglo de Oro, se generalizó entre hidalgos, clérigos y personas de cierta posición

En los siglos XII y XIII, el uso de señor se amplió. En el Poema de Mio Cid ya aparece como título de respeto y como apelativo afectuoso: "¡Dios, qué buen vasallo, si oviesse buen señor!". El tratamiento se aplicaba a nobles, caballeros, prelados o reyes, y se reforzaba con posesivos: mi señor, señor mío. Conviene señalar que Cid procede del árabe andalusí sīdī, ‘señor’, título adoptado por los cristianos en la frontera. Adaptado al romance, perdió la vocal final y pasó a designar al caballero por excelencia, Rodrigo Díaz de Vivar.

El antiguo domnus eclesiástico se redujo a don, forma breve que en la Península adquirió prestigio aristocrático. En documentos del siglo XIII aparecen don Alfonso, don Sancho, doña Berenguela. El uso de don y doña quedaba reservado a personas de sangre real o nobleza reconocida. En el español del Siglo de Oro, don se generalizó entre hidalgos, caballeros, clérigos y personas de cierta posición. El vulgo, en cambio, quedaba al margen, lo que explica el tono irónico de Don Quijote, un hidalgo pobre que adopta maneras de noble. Señor empezó a emplearse también como tratamiento aplicable a desconocidos o iguales, no solo a superiores. En el habla formal del siglo XVI aparecen fórmulas como señor licenciado, señor corregidor o señor mío.

A finales del siglo XVI y comienzos del XVII surgió una nueva fórmula de tratamiento: vuestra merced, formada por un posesivo y el sustantivo merced (‘favor’, ‘gracia’). Esta fórmula reverencial equivalía aproximadamente a ‘su merced’ o ‘su gracia’ y se dirigía a superiores, autoridades o personas de respeto. Con el tiempo se debilitó y redujo fonéticamente hasta cristalizar en usted.

Señor y señora constituyen hoy el tratamiento más extendido y neutro

La Ilustración trajo cierta tendencia igualitaria en el lenguaje de respeto. Aunque don siguió siendo símbolo de distinción, empezó a aplicarse con mayor amplitud. En el español peninsular del siglo XVIII se daba don a profesionales, militares o comerciantes acomodados, no solo a nobles. La fórmula don José, don Manuel, doña María se convirtió en signo social de respeto más que de rango. En la correspondencia y en documentos oficiales se generalizó el uso de señor más el apellido: señor Sánchez, señor López. Se imitaban modelos burocráticos procedentes del francés y del italiano. El francés monsieur (de mon seigneur, y este del latín meum seniōrem), originalmente ‘mi señor’, se gramaticalizó como fórmula de cortesía; el inglés mister procede del latín magister (‘maestro’, ‘persona con autoridad’). No extraña que el inglés sir proceda del francés sire, ambos continuadores de senior.

El siglo XIX estabilizó los tratamientos honoríficos en las formas actuales. La sociedad liberal necesitaba fórmulas uniformes: don y doña quedaron como tratamientos tradicionales, usados ante el nombre propio; señor y señora, ante el apellido o como apelativos independientes. En la administración, la escuela y la prensa se normalizó el uso de señor seguido del apellido como fórmula escrita de respeto neutral.

La expansión de la educación y el contacto entre clases sociales redujeron el carácter elitista de don. Ya en el siglo XX, en España y América, don José o doña Carmen podían referirse a cualquier persona adulta respetada, sin implicar nobleza. En contextos rurales ha conservado un matiz honorífico vinculado a personas mayores o de prestigio local.

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Aparecieron nuevos títulos procedentes del ámbito académico y profesional, como doctor, profesor, ingeniero o licenciado, que se incorporaron al sistema de tratamientos formales. Estas denominaciones coexistieron con señor, según el contexto: señor doctor García, profesor López.

En el español contemporáneo, los tratamientos honoríficos cumplen sobre todo una función pragmática: expresar respeto, distancia o cortesía. En España, don y doña conservan un tono formal, incluso afectuoso, y se usan más con nombres propios que con apellidos. Señor y señora constituyen hoy el tratamiento más extendido y neutro. Se emplean con el apellido (señor Sánchez) o como apelativos independientes (buenos días, señor). Desde el dominus romano hasta el don José actual, los tratamientos honoríficos del español han recorrido una larga historia de jerarquías, igualaciones y matices. Cada etapa social dejó su huella en la lengua: del poder imperial al respeto feudal, de la cortesía cortesana a la civilidad moderna.

Caballero

En este contexto evolutivo sorprende la reciente generalización de caballero en hoteles, restaurantes, comercios y atención telefónica. Es una fórmula más amable y menos marcada que señor, que puede sonar demasiado formal, distante o incluso brusca en algunos contextos. Caballero añade un matiz positivo —‘persona honorable’— que suaviza el trato y lo hace más cordial: «Caballero, ¿qué desea?», «Por aquí, caballero», «Sígame, caballero». Su éxito radica en que evita conflictos, suena respetuosa sin ser ceremoniosa, no marca edad ni compromete el estatus social y mantiene un tono cálido.

No siempre aprobamos la evolución de las lenguas, pero no podemos detenerla. Caballero procede del latín vulgar caballārius, ‘hombre que monta a caballo’. En latín clásico caballus tenía un matiz despectivo frente a equus, voz culta, pero en las lenguas romances se convirtió en el término común. En la Edad Media pasó a asociarse con un estatus militar y se tiñó de sentidos figurados como ‘hombre noble’ o ‘hombre cortés’. De manera paralela evolucionaron el francés chevalier y el italiano cavaliere.

Así son, en efecto, las sorpresas que nos depara la historia de las palabras. Los tratamientos honoríficos no son meras fórmulas lingüísticas, sino espejos sutiles de la organización social y de las formas de convivencia de cada época. Su evolución, lejos de detenerse, continúa adaptándose a nuevas sensibilidades, y nos recuerda que en cada palabra de cortesía late una historia compartida entre lengua y sociedad.

*Rafael del Moral es sociolingüista experto en lenguas del mundo y autor de la 'Enciclopedia de las lenguas', 'Breve historia de las lenguas', 'Historia de las lenguas hispánicas' y 'Las batallas de la eñe', así como de numerosos artículos en revistas especializadas.

Para expresar respeto, jerarquía o distancia social, las lenguas emplean términos honoríficos. La relación queda así marcada, y también la imagen del interlocutor dentro de la estructura social. En español utilizamos don y doña, aunque cada vez menos. Señor y señora están más generalizados. La categorización de los tratamientos es una exigencia en casi todas las lenguas. El hebreo adón (אֲדוֹן), el griego kýrios (κύριος) y el árabe estándar sayyid (سيد) proceden de voces que significaban ‘amo’ o ‘dueño’. El turco bey significó ‘jefe tribal’ o ‘persona de alto estatus’ y se usa pospuesto al nombre: Ahmet Bey es ‘señor Ahmet’. El alemán Herr significó originariamente ‘comandante’ o ‘guerrero de alto rango’. En chino mandarín, xiānsheng 先生 significa literalmente ‘nacido antes’ y expresa respeto por la edad o la precedencia.

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