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Toda la historia del 'Guernica' contada por uno de sus más grandes conocedores
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el gran icono del siglo XX

Toda la historia del 'Guernica' contada por uno de sus más grandes conocedores

El historiador de arte Gijs Van Hensberger es uno de los grandes estudiosos del lienzo. Aquí nos cuenta toda su historia, la necesidad de cuidados a fondo y cómo la decisión de moverlo debe recaer únicamente en técnicos

Foto: El Guernica, expuesto en el Museo Municipal de Ámsterdam el 12 de julio de 1956, en la época en la que era un cuadro exiliado. (Keystone)
El Guernica, expuesto en el Museo Municipal de Ámsterdam el 12 de julio de 1956, en la época en la que era un cuadro exiliado. (Keystone)

La primera vez que Gijs Van Hensberger vio el Guernica fue en 1979 en el MoMA de Nueva York. Tenía 20 años y era un joven estudiante de arte. Tres años después, en 1982, lo vio en el Casón del Buen Retiro, en Madrid y “fue impactante porque era como algo sagrado, intocable, misterioso, con un aura fuerte y a la vez cercano como una tira cómica”. Hacía un año que había llegado a España custodiado por la Guardia Civil -es el único lienzo sometido a una protección tan insólita en todo el mundo más allá de la Mona Lisa tras el intento de robo en el Louvre- y todavía había ciudadanos llorando en la calle como “el regreso del último exiliado por la Guerra Civil”. Su fuerza simbólica era descomunal. En realidad, ha sido así a lo largo de sus casi 90 años, incluso ahora cuando ya es un ancianito que, como dicen todos los informes de los expertos del Museo Reina Sofía, casi está en cuidados paliativos.

Van Hensberger, hoy ya asentado historiador del arte, conferenciante e investigador en museos de todo el mundo y un enamorado del arte español desde que de estudiante se dejara caer por Mont Roig del camp -donde conoció a Joan Miró- es el autor de Guernica: La biografía de un icono del siglo XX, uno de los libros más completos sobre el cuadro. Lo ha estudiado de arriba a abajo, ha hablado con sus conservadores, sabe cómo empezó todo y sabe cómo tiene que acabar: “Aquí Pedro Sánchez no tiene nada que ver con la decisión de sí se traslada o no, sino que es la junta del Reina Sofía la que lo decide. Y ahora hemos sabido esta petición, pero todos los años el director del Reina Sofía recibe cartas de museos de Dresde, de Rotterdam, de Hiroshima, de Nagasaki para que se lo presten. Y me parece lógico que el alcalde de Guernica también lo pida aunque le digan que no porque su labor es pedirlo. Sin embargo, la respuesta no tiene que darla el Gobierno, sino el Reina Sofía. Y hay cuadros que todos sabemos que son delicados y muy potentes. A ver, si podemos llegar a la luna tampoco es imposible que el Guernica vaya al País Vasco, ahora, el riesgo es muy grande”, cuenta a El Confidencial.

Encargo republicano

La fuerza del Guernica reside en que sigue siendo la inspiración para la paz en todas las guerras del mundo. Es como el Imagine de John Lennon. “Es que es el icono del siglo XX, pero todavía te sale como referencia en todas partes. En la guerra de Ucrania o en cualquier sitio donde hay un conflicto. Y es un referente para la izquierda y para la derecha, ya que es como un código moral que dice que nadie tiene derecho a empezar una guerra”, resume el historiador. Porque, de alguna manera, así es como empezó todo, así, mirando a la cara a un suceso tan doloroso como la matanza de inocentes en la guerra civil española, es como Picasso empezó a fraguar el Guernica.

placeholder El historiador de arte Gijs Van Hensberger en una imagen cedida. (Sarah Rodriguez Vasconcelos)
El historiador de arte Gijs Van Hensberger en una imagen cedida. (Sarah Rodriguez Vasconcelos)

Para empezar, el historiador señala que todas esas interpretaciones que se han hecho sobre que si era para un torero y como una alegoría de las corridas de toros “son una mentira total”. En abril de 1937, Picasso había recibido el encargo por parte del Gobierno de la República de crear un cuadro que representara a España en el Pabellón español de la Exposición Universal de París que se iba a celebrar a partir de junio de aquel año. El país estaba en guerra, apenas había presupuesto y el pintor, que estaba en París y que entonces era el director del Museo del Prado -había sido nombrado en septiembre de 1936 por el gobierno republicano en un decreto firmado por Manuel Azaña- tenía ante sí un gran reto: un cuadro enorme, de siete metros por 2,30, que mostrara qué era ese país que se estaba matando entre sí tras el golpe de Estado franquista.

Picasso vio las imágenes de la masacre el 1 de mayo de 1937, aquel día ya se puso con los primeros dibujos del 'Guernica'

“Empezó el cuadro el 16 de abril con dibujos, que eran siempre su inspiración, pero siempre volvía al mismo tema, su padre, el pintor en el estudio. Pero él sabía que eso no es lo que le había pedido el Gobierno, así que estaba bastante desanimado”, cuenta Van Hensberger. La tarde del 26 de abril, la población vasca de Guernica recibió entre 30 y 30 bombas de la legión cóndor alemana y la aviación legionaria italiana. El pueblo quedó arrasado y murieron centenares de personas. Fue una masacre. Picasso vería las imágenes de aquello en la prensa francesa del 1 de mayo. Aquella misma tarde se pondría con los primeros cuatro dibujos de lo que después sería el famoso cuadro. Y ahí, aunque todavía apenas se parecen al resultado final, ya estaba el embrión porque ya aparecía el horror que el pintor quería transmitir. Ya tenía tema para su cuadro del pabellón español: la España ensangrentada del 37.

El cariz religioso

En total hizo 67 dibujos -hoy se pueden ver también el Reina Sofía- que muestran la evolución del proceso de creación, “que es fascinante”, apunta el historiador. “Ya en el primero está el alma con ese caballo que tiene una herida de la que sale un pájaro. Y se puede ver el cariz religioso del lienzo”, añade.

Picasso siempre se había definido como comunista, pero, según Van Hensberger, siempre tuvo mucha ligazón con la liturgia católica, con su simbolismo. “Su mujer Jacqueline decía que era más católico que el Papa”, afirma, “y conocía muy bien los pasos de Semana Santa, las esculturas de Gregorio Fernández, de Montañés y todo lo que transmiten. Y eso aparece en el Guernica. Estaba en su ADN y aunque fuera comunista sabía de la potencia de la religión católica, también era un poco panteísta y todo eso es muy importante para su pintura”.

placeholder Una manifestación en Nueva York contra la guerra de Irak en 2003 en la que un hombre porta una lámina del 'Guernica'. (Getty Images)
Una manifestación en Nueva York contra la guerra de Irak en 2003 en la que un hombre porta una lámina del 'Guernica'. (Getty Images)

Así, para el historiador es posible reconocer en el Guernica elementos religiosos como la Trinidad porque hay una composición triangular, está la triada de personajes femeninos y esa trinidad del toro, el caballo y el guerrero. También es visible la piedad con esa madre sosteniendo al niño en sus brazos, el sacrificio… Y los toros que, obviamente, son muy relevantes en el cuadro pero no porque sea una corrida.

“Sí, y él iba a los toros, de hecho, la última vez que vino a España, en agosto de 1934, fue a San Sebastián a ver una corrida. Pero el toro en el cuadro también simboliza otras cosas. Sabemos que es el símbolo de San Lucas, el patrón de los pintores. A la izquierda vemos un toro, pero no ofrece peligro sino que es más bien un testigo mirando el desastre total, mirando al caballo atravesado por la lanza, la cabeza de una persona cortada… Es el retrato del horror”, señala el historiador.

Impacto brutal

El impacto del cuadro fue impresionante desde el primer minuto que se expuso en el pabellón español en junio de 1937. En dos, tres meses pasaron a verlo más de dos millones de personas. Era un momento muy especial para España, que estaba en plena guerra y casi en bancarrota. Y, sin embargo, se había concebido un pabellón elaborado por los arquitectos Josep Lluís Sert y Luis Lacasa -fue un hito de la arquitectura moderna- el filósofo José Gaos fue designado el comisario general apoyado por los escritores Max Aub y José Bergamín en la organización del contenido cultural. El cineasta Luis Buñuel estuvo a cargo de la selección de las películas y materiales audiovisuales que se proyectaban en el pabellón. Y además del Guernica se expusieron la Fuente de Mercurio, de Alexander Calder y El segador, de Joan Miró. Esa es la España que se mostró en París y la que desaparecería tras la guerra civil.

El impacto del cuadro fue impresionante desde el primer minuto en 1937. En dos, tres meses pasaron a verlo más de dos millones de personas

Tras la exposición empezó el verdadero exilio del cuadro. En 1938 inició una gira por los países escandinavos, en 1939 por Reino Unido y de allí, con el estallido de la II Guerra Mundial se lo llevaron al MoMA de Nueva York, en principio para un préstamo temporal que duraría 42 años. Sin embargo, hasta 1958 dio unas cuantas vueltas por el mundo en otras exposiciones temporales que le provocaron unas cuantas heridas que son las que hoy todavía posee. Finalmente, el director del MoMA en esos momentos, Alfred H. Barr Jr, le conminó a Picasso la necesidad de que el lienzo debía parar de viajar porque “estaba ya muy cascado”, señala el historiador. Y así fue cómo comenzó el trabajo de conservación en el museo neoyorkino. Picasso dio la orden de que no regresara a España hasta que no volviera un gobierno republicano. No fue así del todo, pero la democracia le abrió finalmente las puertas.

El traslado desde Nueva York en 1981, cuenta Van Hensberger, da para otra novela. Ni siquiera el pasaje -fue un vuelo normal de pasajeros de Iberia- sabía que el cuadro iba enrollado en la bodega. Tal era el secretismo de Estado. Después con la guardia civil y ese cristal antibalas que no se quitó hasta 1995 por orden de José Guirao, entonces director del Museo Reina Sofía. “Es que había habido amenazas de los Guerrilleros de Cristo Rey, también había rumores con ETA…es que esa era la potencia que tenía el cuadro”, relata el historiador.

placeholder Votantes a la espera de ejercer su voto en las elecciones de 2021 en Santiago de Chile delante de una copia del 'Guernica'. (Getty Images)
Votantes a la espera de ejercer su voto en las elecciones de 2021 en Santiago de Chile delante de una copia del 'Guernica'. (Getty Images)

Una potencia que llega hasta hoy. Van Hensberger lo ha visto ya miles de veces y todavía se sorprende cuando en la sala en la que se encuentra del Reina Sofía entran los chavales de un instituto y se quedan callados. Lo que no consigue nadie lo consigue el Guernica. “Sí, alguna vez he visto como llegan gritando, como hacen siempre los niños, y de repente se quedan en silencio, como en shock”, señala.

"Le está saliendo lentamente el dibujo por detrás, tiene una grieta que está cortando el cuello del toro, que está creciendo, y hay cambios"

Por eso piensa que hay que cuidarlo. De antemano señala que la conservación en España es muy buena “y estoy seguro de que en el Reina Sofía lo hacen lo mejor que pueden porque he hablado con ellos. Y siempre me dicen que cuando toca revisarlo, cada 10-15 años, es el día con más estrés de su vida porque hay que quitarlo unos centímetros de la pared y ya eso es… A ver es que es un cuadro al que ya le está saliendo lentamente el dibujo por detrás, tiene una grieta que está cortando un poco el cuello del toro, que está creciendo, y se ve que hay cambios súper sutiles… Así que como todos los cuadros, necesita un cuidado”.

No olvidemos, prosigue el historiador, que el lienzo ha visto de todo, y se ha hecho de todo con él. “Me contaron que en 1939, el cuadro había viajado a Manchester, pero no tenían suficiente espacio para exponerlo. Lo que hicieron fue alquilar un taller de coches, le quitaron el bastidor y lo clavaron allí en la pared para enseñarlo. Claro, era un cuadro recién pintado, muy nuevo y todavía no tenía el significado de ahora, pero en fin”, dice un poco entre risas.

Pero el Guernica no es para tomárselo a broma. Es un icono y con eso basta también para muchos debates.

La primera vez que Gijs Van Hensberger vio el Guernica fue en 1979 en el MoMA de Nueva York. Tenía 20 años y era un joven estudiante de arte. Tres años después, en 1982, lo vio en el Casón del Buen Retiro, en Madrid y “fue impactante porque era como algo sagrado, intocable, misterioso, con un aura fuerte y a la vez cercano como una tira cómica”. Hacía un año que había llegado a España custodiado por la Guardia Civil -es el único lienzo sometido a una protección tan insólita en todo el mundo más allá de la Mona Lisa tras el intento de robo en el Louvre- y todavía había ciudadanos llorando en la calle como “el regreso del último exiliado por la Guerra Civil”. Su fuerza simbólica era descomunal. En realidad, ha sido así a lo largo de sus casi 90 años, incluso ahora cuando ya es un ancianito que, como dicen todos los informes de los expertos del Museo Reina Sofía, casi está en cuidados paliativos.

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