Aceite de oliva chino: así ha conseguido el gigante asiático tener olivares y almazaras
Desde la prehistoria hasta Silicon Valley, el escritor Emilio Lara traza la apasionante historia cultural del aceite de oliva en 'Un mar de oro verde' (Ariel). Publicamos un fragmento
En los años sesenta, Albania era un pequeño país comunista europeo que vivía prácticamente replegado en sí mismo y que solo mantenía fluidas relaciones internacionales con China. Tirana y Pekín alardeaban de sintonía ideológica a la par que sostenían una peculiar Guerra Fría con Moscú, al acusar ambas capitales a la Unión Soviética de heterodoxia y falseamiento de la doctrina del socialismo real. Los dictadores Hoxha y Mao Tse-Tung estaban a partir un piñón, hacían declaraciones grandilocuentes de apoyo recíproco y anunciaban programas de intercambio técnico y comercial para modernizar sus maltrechas economías, que la propaganda enmascaraba para simular progresos.
En 1964, los albaneses enviaron diez mil olivos a sus aliados chinos. Nunca antes se había cultivado el olivo en el país asiático. Era todo un reto. Una aventura agrícola […].
Los olivos eran de variedades albanesas, y los agrónomos comisionados por Hoxha eligieron plantarlos en diversas regiones situadas en el centro, sur y sureste del país tras valorar que sus características edafológicas y climáticas eran propicias para su aclimatación, al presentar ciertas analogías con el clima mediterráneo. Los técnicos albaneses les dieron a sus homólogos chinos un cursillo acelerado de olivicultura para que estos, a su vez, les enseñasen a los sufridos campesinos cómo manejar aquellos árboles exóticos de cuyo fruto se obtenía una grasa vegetal, la cual, al parecer, tenía un agradable sabor y era buena para cocinar el arroz, el principal sustento alimenticio del pueblo chino.
La experiencia agrícola fue un estrepitoso fracaso. Todo se confabuló en su contra. Los árboles no arraigaron al igual que les ocurre a las personas que extrañan su terruño […].
En el año 2000, coincidiendo con el silente plan de meter el turbo a la modernización china aprovechándose del bagaje científico occidental, se retoma la idea del cultivo del olivo. En esta ocasión todas las variedades serán italianas y españolas. Con los dos funestos precedentes la empresa se antojaba temeraria, pero esta vez cuajó. A la tercera fue la vencida.
Para evitar la calamitosa repetición de las experiencias anteriores, los ingenieros agrónomos chinos buscaron con lupa zonas con suelos y microclimas que garantizasen el éxito, y optaron por plantar los árboles en la franja más meridional del hemisferio norte, en las provincias de Gansu, Shanxi, Sichuan y Yunnan. En concreto, Longnan (situado en Gansu) será conocido como "el hogar de las aceitunas" al concentrar la mayor parte del olivar del país y, en consecuencia, casi toda la producción aceitera. El objetivo declarado de las autoridades y los empresarios chinos es que dicha provincia, en algún momento, compita en superficie olivarera con la de Jaén y llegue a superarla en la producción de aceite. No creo que haya que tomar dicha proclama a humo de pajas. Los chinos han demostrado saber competir en el mercado mundial.
El Ministerio Forestal, al elegir las regiones cultivables, tuvo en cuenta una serie de variables: al tratarse de áreas empobrecidas se incrementaría el nivel de vida de los campesinos y se atajaría la despoblación —había una sangría demográfica hacia las megalópolis—, se potenciaría el trabajo femenino —los empresarios agrícolas preferían a las mujeres por su mayor laboriosidad— y se estimularía la creación de una industria oleícola nacional para no depender en exclusiva de las importaciones de países mediterráneos.
En este sentido, China le compra a España el 50 por ciento del aceite de oliva, a Italia alrededor del 36 por ciento y a Grecia cerca del 10 por ciento (el resto, a otros países). En el país hay aproximadamente 130.000 hectáreas de olivar y unas setenta almazaras.
Un problema insoluble es el carácter arcilloso de la mayoría de las tierras cultivables, lo que las hace proclives al encharcamiento y favorece las enfermedades de las raíces, hojas y aceitunas, lo cual rebaja indefectiblemente la calidad del aceite. Para luchar contra este inconveniente, algunos empresarios chinos llevan años contratando los servicios de técnicos italianos y españoles —andaluces, sobre todo—, con el objetivo de contrarrestar la naturaleza arcillosa del suelo, lo cual está dando buenos resultados.
Sobre el libro y el autor
El aceite de oliva fue el petróleo de la Antigüedad: alimentó imperios, sostuvo economías, iluminó ciudades, ungió reyes e inspiró artistas. Este oro líquido es, ante todo, fruto de una interacción compleja entre naturaleza, conocimiento y cultura. En Un mar de oro verde: Historia cultural del aceite de oliva (Ariel) Emilio Lara sigue la huella del olivo desde las primeras almazaras prehistóricas hasta las luces de Silicon Valley, pasando por Grecia, Roma, Al-Ándalus y nuestra civilización. Con rigor de historiador y alma de novelista, el autor enlaza pasado y presente para demostrarnos cómo ha sazonado nuestros platos y nuestras vidas.
Emilio Lara (Jaén, 1968) es doctor en Antropología, licenciado en Humanidades con Premio Extraordinario y Premio Nacional Fin de Carrera y profesor de Geografía e Historia en educación secundaria. Ha publicado decenas de artículos académicos de historia y es autor de varias novelas.
Esta colaboración sostenida entre especialistas españoles y chinos para mejorar el rendimiento del olivar no supone una torpeza morrocotuda, no entraña aliarse con el enemigo, sino todo lo contrario. La experiencia demuestra que solo los países productores de aceite de oliva lo consumen de manera importante, mientras que aquellos que no cultivan olivos no lo introducen en su dieta. Esto es un axioma comercial, una especie de algoritmo infalible, como algunos de los que se utilizan para dilucidar nuestros gustos de compra o para seleccionar series televisivas. El país cuenta con algo más de 1.400 millones de personas, tres veces más que la Unión Europea, lo que revela la magnitud de los potenciales consumidores de aceite de oliva.
En China ya hay aproximadamente 130.000 hectáreas de olivar y unas setenta almazaras
Las grasas vegetales más utilizadas allí son la soja y la palma, seguidas a distancia por la colza y el cacahuete. El aceite de oliva ocupa un insignificante 0,07 del total de grasas vegetales. Sin embargo, su consumo se dispara anualmente entre la población urbana joven y con mayor nivel adquisitivo. Estos selectos compradores de aceite desdeñan los envases de poca calidad —fruncen el ceño ante las garrafas de plástico—, porque el aceite de oliva suele regalarse, convertido ya en un producto muy preciado. La estética de unas botellas de cristal y de un etiquetado análogos al de los perfumes de alta cosmética seduce a los compradores.
Además, es muy conocida la trascendental importancia que los chinos conceden a la salud, lo que explica el prestigio no solo de una medicina tradicional pródiga en terapias puestas en cuarentena por la medicina científica, sino también la elaboración de numerosos remedios medicinales antiquísimos que emplean ingredientes exóticos o disparatados, más propios de gabinetes de brujos que de herbolarios. Por todo ello, la evidencia científica de los beneficios del oro líquido para el bienestar del cuerpo humano hacen prometedor su futuro en el Gigante Asiático. Cada año aumentarán las personas que le concedan mayor crédito a un guiso cocinado con aceite de oliva que a un majado que contenga cuerno de rinoceronte.
En los años sesenta, Albania era un pequeño país comunista europeo que vivía prácticamente replegado en sí mismo y que solo mantenía fluidas relaciones internacionales con China. Tirana y Pekín alardeaban de sintonía ideológica a la par que sostenían una peculiar Guerra Fría con Moscú, al acusar ambas capitales a la Unión Soviética de heterodoxia y falseamiento de la doctrina del socialismo real. Los dictadores Hoxha y Mao Tse-Tung estaban a partir un piñón, hacían declaraciones grandilocuentes de apoyo recíproco y anunciaban programas de intercambio técnico y comercial para modernizar sus maltrechas economías, que la propaganda enmascaraba para simular progresos.