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Todo empezó con los fenicios: la larga historia de la prostitución en España
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Todo empezó con los fenicios: la larga historia de la prostitución en España

Javier Rioyo repasa en 'Burdeles, picaderos y lupanares' (Almuzara) 3.000 años de venta de servicios sexuales, demostrando que casos como el de Ábalos o Tito Berni han existido siempre

Foto: Foto: Getty/Pablo Blázquez Domínguez.
Foto: Getty/Pablo Blázquez Domínguez.
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Los fenicios, todo empezó con los fenicios. Ese pueblo de navegantes y comerciantes fue el responsable de introducir en la Península Ibérica hace unos 3.000 años los burdeles, establecimientos que ellos a su vez conocieron durante sus incursiones en Babilonia. Antes de la llegada de los fenicios las comunidades celtas e íberas no conocían la prostitución, y de hecho castigaban la infidelidad de las mujeres.

A partir de ahí, la prostitución siempre ha formado parte del panorama patrio. Por supuesto, ha habido de todo en estos tres milenios: numerosos poderosos que se han dejado arrastrar por sus pulsiones sexuales, dinero público empleado en pagar a meretrices, saunas y lupanares que proporcionaban jugosos beneficios a sus dueños, hipocresía y doble moral, escándalos varios, intentos por abolir la prostitución, movimientos que pretendían regularla…

Nada de lo que estamos viendo estos días en la Sala Penal del Tribunal Supremo, donde se juzga a José Luis Ábalos y a Koldo García por una presunta trama de corrupción, es nuevo. “Chicas como Jésica han existido siempre, aunque yo no sé exactamente lo que hacía en concreto esta joven, quizás fuera una especie de manceba, de querida, más que una prostituta, pero lo que parece claro es que disfrutó de un cierto estatus a cambio de ofrecer favores”, nos cuenta el escritor, periodista , guionista y director de documentales Javier Rioyo, autor de Burdeles, picaderos y lupanares, un libro que repasa la historia de la prostitución en España y, muy especialmente en Madrid, y que ahora reedita la editorial Almuzara. A través de unas 350 páginas, y documentándose en numerosas fuentes, el volumen plantea un paseo histórico por la prostitución, dejando muy claro que personajes como Tito Berni o José Luis Ábalos siempre han existido.

Los fenicios, decíamos, fueron los que introdujeron los burdeles en la Península Ibérica. Pero fue en tiempos de la Hispania Romana cuando la prostitución dio un salto gigantesco, al abrirse numerosos prostíbulos por todo el territorio. Tan extendida estaba que, según cuenta el padre Juan de Mariana, durante el sitio de Numancia el general Escipión Emiliano arrojó fuera del campamento romano a unas 2.000 prostitutas.

Pero a diferencia de la antigua Roma, donde era práctica común utilizar el símbolo de un falo o ‘príapo’ en piedra para indicar la ubicación de los lupanares, en Hispania en lugar de recurrirse al miembro viril se optó por señalar los prostíbulos con una rama. De ahí viene precisamente la palabra ‘ramera’.

placeholder Un pene, grabado en piedra en el muro de una casa en Pompeya. (iStock)
Un pene, grabado en piedra en el muro de una casa en Pompeya. (iStock)

Cayó el imperio Romano y llegaron los visigodos. Recaredo el Católico, en el año 586, ya intentó prohibir la prostitución, estableciendo que si alguna mujer se dedicaba a vender sus favores sexuales recibiría más de cien azotes, sería expulsada del pueblo y entregada como esclava a algún “mezquino” para que la empleara a su antojo.

Pero nada consiguieron esas leyes, la prostitución siguió campando a sus anchas. “Intentos por prohibirla ha habido muchos, y tienen su lado loable y quizás también ingenuo. Porque con la prostitución ocurre lo mismo que con el alcohol y la ley seca: cuando se prohíbe algo, se buscan fórmulas distintas para seguir adelante con el negocio”, señala Javier Rioyo, uno de los nombres más importantes del periodismo cultural en España y quien entre 2011 y 2024 fue director de los Institutos Cervantes de Nueva York, Lisboa y Tánger.

Fue Alfonso VI el primer monarca libertino y promiscuo de la historia de España: se casó seis veces y tuvo numerosas amantes y queridas, siendo su favorita Zaida, madre de su heredero, el infante don Sancho. Pero después de él vendrían muchos otros muchos soberanos de comportamiento licencioso. “La lista de nuestros reyes golfos y pícaros es casi interminable, llega hasta Alfonso XIII. Felipe IV fue especialmente aficionado a las prostitutas, así como Fernando VII. Es verdad que Carlos III no fue un hombre de vida disoluta, y hay algún ejemplo más hay en ese sentido. Pero la inmensa mayoría de nuestros reyes usaron y abusaron de mujeres dedicadas a la prostitución, y otros directamente las elegían y las señalaban para que fueran sus amantes”, revela Rioyo.

“La lista de nuestros reyes golfos y pícaros es casi interminable. Felipe IV fue especialmente aficionado a las prostitutas, como Fernando VII"

El nacimiento de las mancebías, de los espacios segregados y bajo control administrativo en los que residían las mujeres que en España ejercían la prostitución, data del siglo XIII. Ocurrió de la mano de Alfonso X El Sabio, quien a pesar de que en sus famosas Partidas tacha de infamia a la prostitución y de ordenar que las mujeres que la practicaban llevaran a modo de identificación una toca de color azafrán en la cabeza, reguló la venta de los servicios sexuales como oficio remunerado que tenía lugar dentro de las mancebías. Cuentan que algunos años después, en el siglo XIV, en la calle Toledo de Madrid se alzaba un gigantesco prostíbulo, tan grande que la calle en la que se encontraba llegó popularmente a ser conocida como calle de la Mancebía.

Los Reyes Católicos nunca se plantearon cerrar ese enorme lupanar de la calle Toledo, cuyo dueño hoy en día se desconoce quién podía ser, aunque parece claro que debía de contar con la estima de los monarcas. Lo que se sabe es que los Reyes Católicos concedieron muchos premios en forma de explotaciones prostibularias.

Felipe II fue el encargado de reglamentar la prostitución, sintetizando las diferentes legislaciones, pragmáticas, decretos y reales órdenes anteriores. El martillo de herejes no fue un rey putero pero, como su padre Carlos I (V de Alemania), tuvo varias amantes y queridas fijas.

placeholder 'Burdeles, picaderos y lupanares' de Javier Rioyo.
'Burdeles, picaderos y lupanares' de Javier Rioyo.

Quien sí fue un monarca disoluto y libertino fue Felipe IV. “Confundió la corte con un lupanar, encumbró a Madrid en capital mundial de la picaresca”, se lee en Burdeles, picaderos y lupanares. Pero Felipe IV también fue un monarca profundamente hipócrita: a pesar de ser un ávido consumidor de prostitución, dictó el decreto que prohibía las mancebías: “Ordenamos y mandamos que de aquí en adelante en ninguna Ciudad, Villa ni lugar de estos reynos se pueda permitir ni se permita mancebía ni casa pública, donde mujeres ganen con sus cuerpos, y los prohibimos y defendemos y mandamos que se quiten las que hubiere”.

Pero la orden del rey no surtió mucho efecto. A todos les pareció una burla, un gesto inútil que respondía a las presiones ejercidas por parte del clero sobre el monarca.

Tras Felipe IV, subió al trono su hijo Carlos II, conocido como "el Hechizado". Fue el último soberano en España de la casa de los Austrias y su muerte sin descendencia provocó la llegada de los Borbones, quienes en un primer momento perseveraron en el intento de terminar con la prostitución. “Legislan sobre todo y, en lo que se refiere a las diversiones, contra todo”, sentencia Rioyo, desvelando cómo a Felipe V no le gustaban los carnavales y como a Fernando VI no le hacían ninguna gracia los sainetes, los corrales de comedias y tampoco los teatros.

Pero es con Carlos III con quien la prohibición se hace obsesiva: a punto estuvo de terminar, golpe de legislación, con todo aquello que sonara a esparcimiento y fiesta. Empezó prohibiendo los autos sacramentales, las cencerradas, los juegos de azar, las tarascas de las procesiones, las máscaras y bailes de disfraces, los fuegos artificiales, los juegos de magia, los bailes nocturnos… Y, en esa línea, mantuvo la prohibición de las mancebías dictada por Felipe IV en 1623.

“Godoy fue el gran pícaro de alcoba de nuestra historia. Tras pasar por el dormitorio de la reina se le regalan tierras, fincas, títulos y mucho poder”

De los Borbones, Fernando VII ha sido probablemente uno de los monarcas más puteros. Pero su madre, María Luisa de Parma, tampoco se quedaba corta, pagando con altos cargos a quienes pasaban por su cama. “Godoy fue el más grande de los pícaros de alcoba de nuestra historia. Gracias a pasar por el dormitorio de la reina se le regalan tierras, fincas, títulos y muchísimo poder”, sostiene Rioyo. Y son famosas también las correrías sexuales de Isabel II, entre otros con Carlos Marfori, un “chulo endiosado” poseedor de “ocultas prendas que enloquecían a la reina”, en palabras de Vicente Blasco Ibáñez.

“Hay muchas personas en la historia que gracias a sus favores sexuales obtenían beneficios, lograban cargos, títulos y propiedades, prosperaban, ascendían… Marfori logró de esa manera un altísimo cargo, pero es sólo un ejemplo, y como vemos hoy la historia se repite de manera tozuda: hay gente que ha estado en lo más alto del poder y que, para cumplir sus pasiones, ha contratado, pagado y protegido a una serie de mujeres que les podían resultar interesantes para sus vidas disolutas”, nos cuenta Javier Rioyo, quien destaca que aunque algunos han intentado ocultar esas conductas, muchas veces incluso han presumido de ellas, de tener amantes y lujos que se compraban con el poder y no con el amor.

placeholder 'Trata de blancas', de Joaquín Sorolla. (Museo Sorolla)
'Trata de blancas', de Joaquín Sorolla. (Museo Sorolla)

Burdeles, picaderos y lupanares abarca hasta 1956, cuando oficialmente el régimen de Franco prohíbe la prostitución. Pero no acaba con ella: surgen las barras americanas y otros locales donde oficialmente no hay prostitución, solo alterne.

“Desde entonces se ha avanzado mucho en la lógica defensa del feminismo y se ha acertado con las políticas de retirar, convencer y ofrecer otra salida a las mujeres prostituidas, la inmensa mayoría de las cuales no quiere ejercer ese oficio y lo hace sometida. Ahí es donde fallamos como sociedad. Ojalá no hubiera prostitución, pero es una utopía. Este libro muestra lo estéril que resulta tratar de prohibir la prostitución. Hay que convivir con ella, con ayudas y controles, protegiendo e informando”.

Los fenicios, todo empezó con los fenicios. Ese pueblo de navegantes y comerciantes fue el responsable de introducir en la Península Ibérica hace unos 3.000 años los burdeles, establecimientos que ellos a su vez conocieron durante sus incursiones en Babilonia. Antes de la llegada de los fenicios las comunidades celtas e íberas no conocían la prostitución, y de hecho castigaban la infidelidad de las mujeres.

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