Por qué no puedes perderte 'La novia vendida' en el Real
La temporada del coliseo madrileño vuelve a discutir el canon con una magnífica ópera de Smetana dirigida por Gustavo Gimeno y puesta en escena por Laurent Pelly
Béla Bartók, Paul Dukas, Benjamin Britten y ahora Bedřich Smetana. Se entiende el desconcierto del abonado disciplinado, acostumbrado a que la grandeza de una temporada coincida con la reiteración de los mismos altares. El Real ha preferido otra cosa. Joan Matabosch lleva tiempo corrigiendo la rutina con una mezcla de valentía y método que no consiste en escandalizar al público, sino en recordarle que el repertorio no termina donde empieza la costumbre. Más cómodo habría resultado encadenar títulos blindados por la devoción automática. Más cómodo y más perezoso.
El interés de la obra
En ese contexto revisionista comparece La novia vendida, que no llega al teatro como una excentricidad centroeuropea ni como una excursión folclórica, sino como una obra maestra a la que durante demasiado tiempo se le ha consentido vivir en una esquina. A Smetana (1824-1884) se le ha tratado muchas veces con esa condescendencia que reserva un aplauso simpático al compositor nacional, al pintor de costumbres, al animador de fiestas aldeanas. Y La novia vendida (1886) padece ese prejuicio de un modo casi caricaturesco. Se la despacha como pieza graciosa, colorista, simpática. Se la sonríe antes de escucharla. Error.
Porque la ópera posee el don infrecuente de la ligereza seria. Se mueve con brío, sonríe con malicia, corre con una agilidad contagiosa, pero debajo del júbilo escénico late una observación nada inocente sobre el amor y el dinero, sobre el matrimonio como acuerdo, sobre la identidad como mercancía negociable. Smetana no compone una postal. Compone una trampa encantadora. Y cuando el espectador cree asistir a una fiesta popular descubre que lo han sentado en mitad de una comedia feroz sobre la administración de los afectos.
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Ahí radica su calidad. En la precisión con que convierte una intriga sentimental en un retrato social. En la música, claro, de una frescura insultante, pero igual de admirable resulta el modo en que cada personaje carga con un interés, un cálculo, una fragilidad. Nada chirría. Nada sobra. La maquinaria escénica gira con una naturalidad tan perfecta que parece improvisada, como ocurre solo en las grandes obras. Quien entra en el teatro con la sospecha de hallarse ante una curiosidad sale corrigiendo el mapa mental. Y viceversa.
La dirección de Gimeno
Gustavo Gimeno acierta desde el primer gesto porque no trata la partitura como si bastara con dejarla discurrir. Hay directores que confunden la vivacidad con el desorden y el encanto con la indulgencia. La novia vendida no perdona ese paternalismo. Necesita una batuta despierta, una batuta con pulso, con relieve, con disciplina. Gimeno se la concede. La conduce con una claridad que no enfría y con una energía que no atropella. La música avanza, brinca, respira, pero nunca se derrama.
Importa mucho ese enfoque, importa porque devuelve a Smetana la categoría que a veces se le regatea. No aparece aquí como fabricante de color local, sino como un dramaturgo musical de primera fila, dueño de una arquitectura finísima y de un instinto teatral prodigioso. El foso no acompaña la escena con docilidad decorativa. La sostiene, la espolea, la contradice cuando conviene. Hay nervio en la cuerda, hay perfil en la madera, hay una atención constante al dibujo de la frase. Y el resultado dignifica la obra sin cargarla de solemnidad, que sería otra forma de estropearla.
La dramaturgia de Pelly
Laurent Pelly ha encontrado la puerta exacta de entrada recurriendo a la animación checa de mitad del siglo XX. La referencia no pesa como una coartada culta, funciona. Le da a la función un aire de fábula torcida, una levedad extraña, un humor ligeramente oblicuo que encaja de maravilla con el espíritu de la obra. Pelly conoce el peligro. Sabe que una comedia así puede despeñarse hacia la monería o hacia el griterío. Y esquiva ambas tentaciones.
Su montaje conserva la gracia sin envilecerla. Los personajes no quedan reducidos a figurines. Mařenka y Jeník pisan el escenario con verdad, no con azucarillo. Kecal no se agota en la mueca del manipulador jocoso. Vašek deja de ser un simple pelele porque alguien le ha concedido densidad humana. Esa inteligencia vale media función. El director francés observa a sus criaturas con ironía, pero no las desprecia. Les concede espesor moral. Y una comedia solo se vuelve memorable cuando el ridículo nunca cancela del todo la compasión.
La escenografía resume la tesis sin subrayados groseros. Esa nube de muebles suspendida sobre la escena cifra, con una elocuencia deliciosa, el verdadero asunto de la obra. El amor circula bajo la sombra de la propiedad. La pasión hace sus cuentas delante del aparador. La alcoba lleva inventario. No hay ocurrencia más cómica porque no hay verdad más incómoda. Pelly la clava con ligereza. Y duele más.
Un reparto cualificado
El reparto responde a la exigencia de una ópera que no admite el lucimiento aislado ni el divismo de escaparate. Pide voces que sepan actuar, escuchar, integrarse, medir el tono, entender la respiración del conjunto. Svetlana Aksenova, Pavel Černoch, Günther Groissböck y Mikeldi Atxalandabaso se mueven con solvencia dentro de ese mecanismo común. Nadie forcejea con el estilo. Nadie comparece a imponer una función paralela. Y el coro, tan decisivo, tan afinado, participa con plenitud de una coreografía colectiva que devuelve a Smetana la media sonrisa de la ironía.
Béla Bartók, Paul Dukas, Benjamin Britten y ahora Bedřich Smetana. Se entiende el desconcierto del abonado disciplinado, acostumbrado a que la grandeza de una temporada coincida con la reiteración de los mismos altares. El Real ha preferido otra cosa. Joan Matabosch lleva tiempo corrigiendo la rutina con una mezcla de valentía y método que no consiste en escandalizar al público, sino en recordarle que el repertorio no termina donde empieza la costumbre. Más cómodo habría resultado encadenar títulos blindados por la devoción automática. Más cómodo y más perezoso.