Van Sant lleva al cine el primer secuestro televisado de la historia
El director estadounidense regresa después de siete años con un largometraje con Al Pacino y Bill Skarsgård en estado de gracia para narrar este suceso que conmocionó a la sociedad estadounidense en 1977
8 de febrero de 1977. Un hombre llamado Tony Kiritsis entra en las oficinas de Meridian Mortgage de Indianápolis. Busca al presidente de la compañía bancaria, ya que sospecha que ha sido víctima de una conspiración para quedarse con una de sus propiedades, adquirida mediante un préstamo que no pudo pagar. Tras entrevistarse con el hijo del presidente, le toma de rehén apuntándole con una escopeta que ata con un cable alrededor de su cuello para que no pueda huir. Llama a los oficiales y hasta a un locutor de radio al que admira para que medie en el secuestro. La joven reportera de televisión afroamericana Linda Page acude al lugar de los hechos y retransmite toda la operación en directo, convirtiéndose así en el primer crimen televisado de la historia.
Así arranca Prime Crime: A True Story, la nueva película del veterano Gus Van Sant por primera vez en siete años (titulada originalmente Dead Man's Wire), la cual remite a este suceso real que significó un auténtico hito sociológico en la historia de Estados Unidos. No tanto por el alcance del crimen, -nos ahorraremos los spoilers-, sino por el papel de la prensa, que polarizó a la sociedad como nunca antes al humanizar las intenciones homicidas de Kiritsis, convirtiéndose en una especie de Luigi Mangione de los años 70.
Tras su estreno en el Festival de Venecia, Van Sant vuelve a poner su original y única mirada en este crimen que recuerda mucho al desarrollo y al apartado estético a Tarde de perros (1975), la película de Sidney Lumet en la que un joven Al Pacino interpretaba a un atracador que tomaba rehenes en una institución financiera guiado por su instinto moral. Precisamente, el célebre actor norteamericano sale en la cinta, pero esta vez en el otro lado de la historia, interpretando al multimillonario M.L. Hall, presidente del banco, quien se desenvuelve de forma mezquina y despreciable ante la posibilidad de que su hijo fallezca en el secuestro, negándose a emitir el perdón que tanto busca Kiritsis.
Nunca un actor sueco como Bill Skarsgård pronunció tan bien el inglés norteamericano, moviéndose por toda la cinta como un nativo de la propia ciudad de Indianápolis. Apuesto, divertido y con derroches explosivos de humor y rabia, personifica a la perfección el rol de working class hero, como comentan en algún diario norteamericano, pese a que su personaje no ofrezca muchos datos personales -de hecho, es uno de los atractivos de la trama, cuando aterriza el FBI en el caso y por más que intenta delimitar su psicología o sus intenciones, todo acaba siendo una representación cómica de casos anteriores con sujetos más propensos a la psicologización.
Van Sant vuelve a plasmar en la gran pantalla la moral estadounidense en la que las pistolas y la rabia siempre tienen cabida
Kiritskis era un buen chico que, en el fondo, lo único que buscaba era una disculpa sincera y pública. "Nunca se casó ni tuvo mascota, porque no quería apegarse a nada", declaró su hermano James en los rotativos de la época, en declaraciones recogidas por la revista Time. ¿Qué hay más de clase obrera que estar despojado de cualquier sueño de realización personal o amorosa? Eso sí que es alienación, y no leer muchos libros sesudos sobre la revolución. Por más amenazas que despliega hacia la integridad física de su retoño, no obtiene una sola palabra de perdón de la boca de su padre. Mejor mantener la reputación empresarial intacta que ceder a las presiones de un desgraciado al que has estafado, aunque encañone a tu hijo con una escopeta.
El otro gran papel en la historia es la prensa, representada por la actriz Myha'la Herrold en el papel de Linda Page, la reportera negra que cubrió el suceso. Uno de los 'gags' más repetidos y que precisamente da título a la película es el de: "lo llevamos en prime time". En este sentido, es inevitable acordarse de la persecución policial del criminal O.J. Simpson en 1994, cuando millones de personas vieron por la CNN la conexión en directo de 94 minutos en la que el hombre amenazaba con suicidarse.
Se trata de un filme que perfectamente podía haber sido rodado en los años 70 y que homenajea al género
Los directivos de la cadena para la que trabaja Page debate sobre si llevarlo o no a pantalla, y finalmente el secuestro acaba derivando en un culebrón a las puertas del edificio en el que están los dos protagonistas, con declaraciones de familiares cercanos y amigos de los involucrados. El criminal, así, queda humanizado, dividiendo a la sociedad estadounidense en este peculiar dilema moral: ¿tan difícil es reconocer que has defraudado económica y moralmente a quien confío en ti, aunque encañone a tu hijo?
Van Sant vuelve a plasmar la moral estadounidense, tan cargada siempre de pistolas y rabia, como ya hizo en Elephant (2003), su crónica cinematográfica de los asesinatos de Columbine, aunque esta vez de forma menos fría y experimental: se trata de un filme que perfectamente podía haber sido rodado en los años 70 y que homenajea al género, a la par que resuena por el grano saturado de la imagen al mejor cine independiente de Estados Unidos, de Wes Anderson a Richard Linklater.
La guinda del pastel la pone Gil Scott-Heron con su tema "The Revolution Will Not Be Televised" al final de la peli. Con ella queda sellada la crítica que Van Sant le hace a los medios y su ansia de morbo: si algún día aquellos que no tienen nada que perder se levantan, como Kiritsis, seguramente ninguna cadena de máxima audiencia lo emita en prime time.
8 de febrero de 1977. Un hombre llamado Tony Kiritsis entra en las oficinas de Meridian Mortgage de Indianápolis. Busca al presidente de la compañía bancaria, ya que sospecha que ha sido víctima de una conspiración para quedarse con una de sus propiedades, adquirida mediante un préstamo que no pudo pagar. Tras entrevistarse con el hijo del presidente, le toma de rehén apuntándole con una escopeta que ata con un cable alrededor de su cuello para que no pueda huir. Llama a los oficiales y hasta a un locutor de radio al que admira para que medie en el secuestro. La joven reportera de televisión afroamericana Linda Page acude al lugar de los hechos y retransmite toda la operación en directo, convirtiéndose así en el primer crimen televisado de la historia.