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Los padres nazis de Audrey Hepburn: fueron a Alemania y hasta se hicieron una foto con Hitler
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Los padres nazis de Audrey Hepburn: fueron a Alemania y hasta se hicieron una foto con Hitler

Se unieron al Partido Unión de Fascistas Británico, de sir Oswald Mosley, y creían que el líder alemán era lo mejor que había pasado nunca. La actriz siempre renegó de la ideología de sus progenitores. Este es un extracto de 'Audrey íntima'

Foto: La actriz belga Audrey Hepburn en su adolescencia junto a su madre, la baronesa holandesa Ella Van Heemstra, en 1946. (Foto de Hulton Archive)
La actriz belga Audrey Hepburn en su adolescencia junto a su madre, la baronesa holandesa Ella Van Heemstra, en 1946. (Foto de Hulton Archive)

El día que Joseph Hepburn-Ruston, a los cuarenta y seis años, se marchó de casa y abandonó a su mujer y su hija quedó grabado para siempre en la memoria de mi madre. Como ella misma reconocería, aquello la destrozó. La ausencia de su padre la sumió en una inseguridad que marcó cada una de sus decisiones a lo largo de la vida, sobre todo en su relación con los hombres.

"Se marchó un buen día y no regresó jamás —me contó—. Me quedé desconsolada. Pasé días y días llorando. Y no me avergüenza reconocer que he arrastrado parte de ese sentimiento en mis propias relaciones. Cada vez que me he enamorado, también de casada, he vivido con un temor constante a que me abandonaran. Me aterraba la idea de que pudiesen arrebatármelo".

La tragedia de su infancia, así la calificaba ella con frecuencia, le dejó una cicatriz honda y duradera. Siempre echó mucho de menos al hombre cuya pérdida le provocó en su interior un hambre de otra clase. El resto de su vida llevó a cuestas la tristeza de ese abandono, y eso que ella no era ni mucho menos una persona de naturaleza melancólica.

Para la niña de seis años, el angloirlandés Joe Ruston que ella tanto adoraba era un personaje heroico, casi mítico. Sin embargo, se trataba de un individuo con defectos y alguien a quien yo describiría como un parapléjico emocional. Acostumbrado a trabajar de manera esporádica, era un afable divorciado de pañuelo al cuello, sin dinero pero con grandes aspiraciones.

placeholder 'Audrey íntima', la biografía autorizada de Audrey Hepburn, por Sean Hepburn y Wendy Holden.
'Audrey íntima', la biografía autorizada de Audrey Hepburn, por Sean Hepburn y Wendy Holden.

Conoció a mi abuela, la baronesa Ella van Heemstra, en las Indias Orientales Neerlandesas, donde ella había vivido con su marido (del que ya se había divorciado) y sus dos hijos pequeños. La baronesa era una mujer de armas tomar. Había nacido en el seno de una familia aristocrática, aunque sin demasiados posibles, y de adolescente había deseado formarse como cantante de ópera, pero sus padres consideraron que era una ocupación inapropiada para una joven dama de su posición. Contaba con una asignación, pero aun así iba justa y tuvo que recurrir a empleos a tiempo parcial y buscar alojamientos decentes pero económicos.

Lo que le faltaba de cariñosa, Ella lo compensaba con grandes dosis de sentido común, y enseñó a sus hijos lo que era la resiliencia y que su hogar era aquel donde estuvieran viviendo en cada momento. Fue un formidable modelo a seguir que les inculcó la importancia de los buenos modales y del decoro, y el valor del trabajo y el esfuerzo. Fueron lecciones que mi madre seguiría a rajatabla toda su vida.

'Audrey íntima'  (Lungwerg):  La única biografía oficial de Audrey Hepburn, icono del cine y la moda y protagonista de una gran labor humanitaria, en un retrato íntimo avalado por su familia.

Sean Hepburn Ferrer: Sean Hepburn Ferrer nació en Bürgenstock, Lucerna (Suiza), el 17 de julio de 1960, hijo de Audrey Hepburn y Mel Ferrer.

Wendy Holden: Periodista y corresponsal de guerra del London Daily Telegraph y cubre noticias en todo el mundo. Miembro de la Royal Historical Society, es autora de más de cuarenta libros de no ficción sobre hombres y mujeres que han hecho algo extraordinario.

Joseph Ruston, por el contrario, era todo menos trabajador. Sin embargo, presumía de saber hablar múltiples idiomas, de volar en planeador y de ser un excelente jinete. El guapo playboy once años mayor que Ella enamoró locamente a la joven de veintiséis, pero una vez que se hubo convertido en su segundo marido, demostró ser un despilfarrador que vivía muy por encima del estipendio heredado de ella. Fue él quien decidió añadir el apellido Hepburn al suyo con el fin de adjudicarse un toque de la nobleza que tanto ansiaba. Lo hizo cuando se enteró de que los Hepburn de su familia estaban lejanamente emparentados con el IV conde de Bothwell, el tercer marido de la reina María I de Escocia. De esta manera creó un apellido singular para la hija de ambos, a la que bautizaron Audrey Kathleen Ruston —añadirían Hepburn más tarde— y que ella simplificó después, dejándolo en Audrey Hepburn a secas.

De pequeña, mi madre creía tener un vínculo especial con su padre, como otros padres e hijas, y le encantó que él inventara para ella el apodo "Monkey Puzzle". A sus hermanastros nunca les concedieron ese privilegio. Mientras que su madre era la típica aristócrata de la época —incapaz o reacia a mostrar afecto, reservada y, a menudo, excesivamente crítica—, con su padre podía jugar y divertirse.

A pesar de ser un hombre con muchos defectos, mi madre guardaba muy buenos recuerdos de su infancia con él, de cuando la llevaba a montar en planeador y a caballo, actividades que seguramente practicaban cuando iban a visitar a la familia paterna en Inglaterra, antes de la guerra. Se acordaba con emoción de los paseos en planeador, del viento y, al mismo tiempo, de la sensación de paz, como si volase como un pájaro. En una de sus fotografías más preciadas con él, su padre está tumbado en la hierba a su lado, sonriendo a la cámara. Era algo que su estirada madre no habría hecho jamás.

placeholder En el centro, una jovencísima Audrey Hepburn junto a sus compañeras actrices. (Ron Case)
En el centro, una jovencísima Audrey Hepburn junto a sus compañeras actrices. (Ron Case)

No cabe duda de que mi abuelo era un hombre complicado. Inquieto y con poca madera de marido ideal, Joe Ruston pasaba cada vez más tiempo fuera de casa. Ella se quedaba a cargo de los niños, pero lo acompañaba en sus viajes de apoyo al creciente movimiento fascista en Europa. En una época en la que la aristocracia se volcó con los políticos nacionalistas, que prometían una reactivación económica después de la Primera Guerra Mundial, el matrimonio se hizo miembro del partido Unión de Fascistas Británico, liderado por sir Oswald Mosley. No solo alternaron con la controvertida aristócrata Unity Mitford, sino que la acompañaron a Alemania, donde conocieron a Adolf Hitler y se hicieron una foto con él, ajenos a los planes de guerra y de aniquilación de los judíos europeos del canciller.

En 1935, Ella llegó incluso a escribir un artículo donde ensalzaba el ánimo y vigor de los alemanes que había conocido, y manifestaba: "Contemplar su entusiasmo sin límites mientras desfilan en interminables formaciones, saludando a su amado führer Adolf Hitler, es uno de los espectáculos más inspiradores del mundo. Hitler tiene una personalidad de gran magnetismo, casi hechizante, que refleja totalmente las aspiraciones espirituales de este poderoso pueblo... Con razón puede Adolf Hitler enorgullecerse del resurgir de esta gran nación y del rejuvenecimiento del espíritu germano. La Alemania actual es un país sumamente agradable, y los alemanes, bajo el gobierno nazi, un espléndido ejemplo para las razas blancas del planeta".

"Hitler tiene una personalidad de gran magnetismo, casi hechizante, que refleja las aspiraciones espirituales de este pueblo"

Mi madre era una niña, y las ideas políticas de sus padres le resultaban ajenas entonces, pero esta filiación al fascismo antes de la guerra sería para ella un motivo de vergüenza y bochorno hasta el fin de sus días. Aunque entendía que ambos eran jóvenes e insensatos y que se dejaron arrastrar por una ola de fervor político, no por ello dejaba de parecerle una visión política equivocada. Casi podría decirse que su deseo de compensarlo contribuyó a esa determinación suya por hacer el bien.

Tanto mi abuela como mi abuelo eran muy tozudos, y su tempestuoso matrimonio estuvo marcado por acaloradas discusiones que producían jaquecas y ataques de asma a su única hija. Siempre que se levantaban la voz, mi madre se hacía un ovillo en su dormitorio y se dedicaba a morderse las uñas o a comer el chocolate belga que le daba su niñera para que se calmase. Desde entonces y durante el resto de su vida, siempre recurría a mordisquear una pequeña onza de chocolate negro para combatir los momentos de abatimiento.

Las peleas eran continuas cuando él estaba en casa, y poco a poco se hizo evidente que le resultaba imposible vivir con su mujer, cosa que, en mi opinión, no debería sorprender a nadie. Ella era arrolladora como una división Panzer y siempre tenía que estar criticando a cada una de las personas a las que quería, de ahí que provocase un ambiente tenso a su alrededor. Sé que mamá estuvo presente en muchas de aquellas broncas, pero tengo la impresión de que no estaba en casa durante la que puso fin al matrimonio. A pesar de todo, la repentina marcha de Joseph Ruston del hogar familiar en Bruselas, a raíz de lo que a mi madre le describieron solamente como "una escenita", no dejó de resultar un durísimo golpe. El motivo nunca quedó claro, pero se ha especulado con la posibilidad de que sus suegros no estuvieran de acuerdo con sus dispendios y sus ideas fascistas —que Ella también había adoptado— y no le dieran otra elección que marcharse. Mis sospechas son que se fue porque no aguantaba más.

Fuera como fuese, esta desaparición repentina destrozó la vida de mi madre y de mi abuela. "Fue el episodio más traumático de mi vida", reconoció ella tiempo después. Y todavía peor resultó cuando él abandonó el país y se mudó a Londres para dedicarse a recaudar fondos para los fascistas. Darse cuenta de que no volvería más no solo devastó a mi madre; el pelo de mi abuela se tornó completamente blanco casi de un día para otro.

"A veces resulta muy duro para un niño que lo abandonen. Sean los padres quienes sean. Para los hijos es una tortura tremenda"

Mamá siempre había creído que Ella era invencible, así que verla venirse abajo de aquella forma le causó una profunda conmoción. "Yo la veía llorar desconsolada y me entraba pavor, porque no sabía qué iba a ser de mí —contaba—. Pensaba que nunca iba a dejar de llorar". Tras ser testigo del sufrimiento de su madre, pasó un tiempo en el que no se atrevía a dejarla sola, por miedo a lo que pudiese hacer. Tenía solo seis años y, de repente, el mundo que conocía y todo lo que daba por hecho le había sido arrebatado.

Las causas que llevaron a la ruptura del matrimonio nunca le importaron; ella lo único que deseaba era que volviese su padre. "A veces resulta muy duro para un niño que lo abandonen —manifestaría tiempo después—. Sean los padres quienes sean. Para los hijos es una tortura tremenda. Ellos no entienden cuál ha sido el problema. Los niños necesitan dos progenitores para vivir en equilibrio", el equilibrio emocional que ella se pasó buscando el resto de su vida.

El día que Joseph Hepburn-Ruston, a los cuarenta y seis años, se marchó de casa y abandonó a su mujer y su hija quedó grabado para siempre en la memoria de mi madre. Como ella misma reconocería, aquello la destrozó. La ausencia de su padre la sumió en una inseguridad que marcó cada una de sus decisiones a lo largo de la vida, sobre todo en su relación con los hombres.

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