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Odio de clase, expropiaciones y asesinatos: la guerra privada de la nobleza contra la República
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Odio de clase, expropiaciones y asesinatos: la guerra privada de la nobleza contra la República

Durante la Restauración la nobleza aumentó y se transformó, pero en la Guerra Civil fue declarada enemigo del pueblo y perseguida. Lo cuenta 'El holocausto de la aristocracia', de Alejandro Espejo Fernández

Foto: Bombardeos del bando sublevado en diciembre del 36 en Madrid. (Bettman/Getty)
Bombardeos del bando sublevado en diciembre del 36 en Madrid. (Bettman/Getty)

De las tres grandes broncas del periodo republicano, de la que quizás menos se ha hablado después fue de la del campo contra la nobleza. La cuestión de la reforma agraria ,que parecía a priori capital en el proyecto de las izquierdas republicanas, no resultó como se quería, no arregló realmente nada en las sucesivas revisiones que se hicieron y se convirtió a la larga en un vector de odio que tendría sus consecuencias en la retaguardia republicana tras el golpe de Estado del 18 de julio. La idea de que la nobleza concentraba en muy pocas manos la casi totalidad de la propiedad de la tierra era tan inexacta como la misma naturaleza de lo que se consideraba de hecho por aristocracia. Cuando se proclamó la Segunda República la realidad es que la nobleza en total disponía de una doceava parte de propiedad en toda España, aunque en el sur llegaran a aproximadamente la sexta del total. Además, en las provincias más problemáticas como Córdoba se concentraba en manos no de una nobleza de alta alcurnia poseedora de unos privilegios medievales, sino que precisamente provenía de las grandes fortunas que se habían ido incorporando como fruto de una mayor movilidad social durante la Restauración. Lo explicaba el historiador Javier Tusell en su clásico Historia de España en el siglo XX: La crisis de los años treinta: República y Guerra Civil.

"Uno de los rasgos característicos del período fue de hecho el crecimiento de la nobleza, pero por la incorporación a ella de personalidades que habían triunfado en la sociedad de su tiempo por motivos económicos o políticos. Entre las personalidades políticas, Dato, Maura y Canalejas recibieron sendos ducados y García Prieto el marquesado de Alhucemas; también se otorgaron títulos a algunos militares. Lo relativamente nuevo fue, sin embargo, el gran número de miembros de la burguesía industrial y de negocios que recibieron esta distinción honoraria, lo que explica que el total de títulos creados superara los trescientos". Fue el caso, por ejemplo, del marqués de Comillas, personalidad de esa época de la Restauración y que fundó la Compañía Transatlántica Española y la Compañía General de Tabacos de Filipinas, o del mismo conde de Romanones que era también una fortuna y un título reciente.

Además, esa nobleza participaba cada vez menos en la política, que estaba más bien copada por la clase media provinciana y los que sí lo hacían eran precisamente los títulos nobiliarios de nuevo cuño como Romanones. Se continuó eso sí con la tradición de servir en el ejército y en el cuerpo diplomático. Nada de esto impidió que la izquierda republicana fabricase la imagen de una aristocracia de rancios privilegios heredera de un Antiguo Régimenque además dirigía los puestos clave de los gobiernos y concentraba en muy pocas manos toda la propiedad. El precio del odio en su caso fue que, según documenta ahora Alejandro Espejo Fernández en El holocausto de la Aristocracia. Violencia y persecución contra la nobleza en la Guerra Civil (La Esfera), se convirtiera en uno de los colectivos con más mortalidad:

"Se calcula que durante la Guerra Civil murieron 215 personas que ostentaban uno o más títulos, y esto sin tener en cuenta a familiares directos también fallecidos. Esta cifra, que en principio podría parecer exigua –especialmente si se tiene en cuenta que los religiosos asesinados en ese mismo periodo se cuentan por miles–, revela su verdadera envergadura si se contrapone al número de personas que a fecha de 18 de julio de 1936 eran titulares de una dignidad nobiliaria. Según el genealogista Roberto Moreno Morrison, quien durante todo el periodo republicano fue el encargado de asesorar a la Diputación de la Grandeza de España –el órgano de representación de la nobleza titulada en nuestro país– en materia de sucesiones y quien al mismo tiempo se ocupó de editar la guía nobiliaria que recogía todos los nombres de aquellos que ostentaban de forma legítima un título en España, al inicio de la contienda había 1.872 personas con uno o más títulos nobiliarios. Con este dato, el porcentaje de titulados fallecidos en el transcurso de la guerra asciende a cerca del 11,50% del total. Este porcentaje engloba a todos aquellos que ostentaban un título nobiliario y que murieron por cualquier causa relacionada con la contienda, ya fuera a consecuencia de la violencia en la retaguardia, muertos en acto de servicio o por cualquier otro motivo. De los 215 anteriormente indicados, los que fueron directamente asesinados ascendieron a 172, lo que representa el 75 por ciento del total de los titulados fallecidos".

"Durante la Guerra Civil murieron 215 personas que ostentaban títulos nobiliarios, de las cuales 172 fueron directamente asesinadas"

La realidad es que antes de las matanzas acaecidas durante la Guerra Civil, la reforma agraria que promovía la Izquierda Republicana de Manuel Azaña los había señalado como parásitos. Podía tener sentido en algunas regiones, como señala el experto en la cuestión de la reforma agraria Edward Malefakis, pero en esencia no funcionó. Se corrigió, por ejemplo, la primera norma que contemplaba las expropiaciones sin compensación alguna para los grandes de España, pero la tramitación de la reforma resultó inútil porque los pactos a los que tenía que llegar la Izquierda Republicana con tantos grupos parlamentarios distintos —pues no disponían de una mayoría holgada— acabaron convirtiendo la reforma con su mecanismo de las expropiaciones y las concesiones de tierras en un complejo sistema que incluía muchas categorías diferentes y que no satisfizo ni a los antiguos propietarios ni a los nuevos arrendatarios, tal como señala el propio Edward Malefakis en Reforma agraria y revolución campesina en la España del siglo XX.

placeholder Cubierta de 'El Holocausto de la aristocracia', de Alejandro Espejo Fernández.
Cubierta de 'El Holocausto de la aristocracia', de Alejandro Espejo Fernández.

Según Tusell, "el mismo Azaña fue consciente, en la intimidad de su diario, de lo que estaba aconteciendo: 'No harán nada útil —escribió— y habiendo producido inquietud y perturbación ni Domingo ni sus huestes son capaces de hallar una compensación para la República, atrayéndose a masas de campesinos a los que se dé tierra'. Muchos años después, en sus memorias, Martínez Barrio afirmó algo parecido: la reforma agraria 'acrecentó el número de los enemigos sin sumar partidarios'. Así fue, en efecto. Mientras que la tierra perdía parte de su valor a causa de su inclusión en un inventario, la mayor parte de cuyas inscripciones no acabarían nunca en expropiación, los jornaleros, y no sólo los propietarios, quedaron profundamente decepcionados". El "hambre de tierras" no se calibró bien ni tuvo eficacia pero sí ayudó a alimentar el odio de clase.

Los conflictos en el campo se convertirían en uno de los aspectos más broncos de la II República y aunque la nobleza como tal no tuvo ningún peso en la conspiración de los militares del 18 de julio, la inmensa mayoría se sumaría a los rebeldes en los primeros días y en algunos casos con destacadas acciones, como explica Alejandro Espejo Fernández, todo mientras quedaba claro a lo largo de la contienda que la cuestión de una restauración monárquica, como deseaban la mayoría, no formaba parte de los planes de Franco. Mientras, en el otro bando, a la nobleza se le consideró como colaboradora del golpe y "en consecuencia enemiga de clase" y se desató una persecución contra las clases nobiliarias tal y como relataron las embajadas extranjeras en Madrid. Muchos miembros de la nobleza se refugiarían de hecho en las legaciones extranjeras que conocían bien.

Alejandro Espejo relata las peripecias de familias fundamentalmente de Madrid, donde residía la mayoría de ellas, pero también las historias de los Ibarra y Zubiría en Bilbao, de una rama de los Borbones en Sevilla o la historia de los marqueses de Laconi en Valencia. Es en definitiva un aspecto particular del Terror Rojo, que tiene como protagonistas no sólo a las víctimas sino a la increíble red de labor humanitaria que organizaron las embajadas extranjeras en Madrid y que acabaron por acoger a unas 10.000 personas que se hallaban en peligro y que se refugiaron en las sedes de las embajadas y en otros edificios que pusieron bajo la bandera de su país. Chile, Turquía, Noruega, Francia, Panamá, Cuba, Rumanía o Perú ayudaron.

placeholder Palacio de Liria tras la Guerra Civil. (Palacio de Liria)
Palacio de Liria tras la Guerra Civil. (Palacio de Liria)

Se detallan también por ejemplo los intentos de algunos miembros de la nobleza, como Pepe Borbón, que querían hacer canjes con los republicanos y que el gobierno militar de Franco no consideró, para desesperación de sus familiares, que veían esfumarse la posibilidad de sacarlos con vida.

Una vez comenzada la guerra la nobleza se volcó con el bando nacional, teniendo un importante peso en el relato de la causa en el exterior

Lo cierto es que una vez comenzada la guerra la nobleza se volcaría con el bando nacional utilizando su influencia y contactos para casi cualquier aspecto, del diplomático al artístico, pasando por el monetario, y tuvo un importante peso para el relato de la causa nacional en el exterior y especialmente en Gran Bretaña, en donde no sólo se exprimieron los vínculos del Duque de Alba con la casa real inglesa, la aristocracia y los conservadores sino de varias generaciones de aristócratas españoles educados en los colegios de los jesuitas ingleses, y que en España habían sido expulsados precisamente por Azaña.

Para Alejandro la relación del régimen franquista con la nobleza a pesar de las varias personalidades que ocuparon cargos fue distante. En términos generales las diferentes circunstancias hicieron también que la nobleza experimentara un declive durante el franquismo puesto que perdería posición en la política, al tiempo que en la económica como consecuencia del campo, que perdió peso en la economía española y que resultaría fatal para muchas familias.

De las tres grandes broncas del periodo republicano, de la que quizás menos se ha hablado después fue de la del campo contra la nobleza. La cuestión de la reforma agraria ,que parecía a priori capital en el proyecto de las izquierdas republicanas, no resultó como se quería, no arregló realmente nada en las sucesivas revisiones que se hicieron y se convirtió a la larga en un vector de odio que tendría sus consecuencias en la retaguardia republicana tras el golpe de Estado del 18 de julio. La idea de que la nobleza concentraba en muy pocas manos la casi totalidad de la propiedad de la tierra era tan inexacta como la misma naturaleza de lo que se consideraba de hecho por aristocracia. Cuando se proclamó la Segunda República la realidad es que la nobleza en total disponía de una doceava parte de propiedad en toda España, aunque en el sur llegaran a aproximadamente la sexta del total. Además, en las provincias más problemáticas como Córdoba se concentraba en manos no de una nobleza de alta alcurnia poseedora de unos privilegios medievales, sino que precisamente provenía de las grandes fortunas que se habían ido incorporando como fruto de una mayor movilidad social durante la Restauración. Lo explicaba el historiador Javier Tusell en su clásico Historia de España en el siglo XX: La crisis de los años treinta: República y Guerra Civil.

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