Es noticia
Nadie que esté en una aplicación para ligar quiere ligar de verdad
  1. Cultura
Héctor G. Barnés

Por

Nadie que esté en una aplicación para ligar quiere ligar de verdad

La "mierdificación" de las apps para "conocer gente" es semejante a Google o Facebook: ya no sirven para ligar, sino para satisfacer nuestra necesidad de dopamina y casito

Foto: Dakota Johnson y Pedro Pascal en 'Materialists'. (A24)
Dakota Johnson y Pedro Pascal en 'Materialists'. (A24)
EC EXCLUSIVO

Esta semana me he topado con la tesis doctoral de Laura Mañas Acero, profesora de la Universidad Pontificia de Comillas, una de las pocas en analizar los usos y costumbres relacionados con las aplicaciones de citas en nuestro país. La autora y su directora de tesis exponían sus resultados en The Conversation recordando que, en las aplicaciones para ligar, no todo es ligar. Yo diría aún más: casi nada de lo que ocurre en estas aplicaciones tiene ya nada que ver con ligar.

Hemos llegado a un nivel de mierdificación tal (ese término utilizado por Cory Doctorow para referirse a la devaluación consentida de aplicaciones para beneficio del accionista y perjuicio del consumidor) que solo un iluso se instalaría hoy Tinder, Bumble o Hinge como hace una década, para conseguir pareja (o un polvo). De igual manera que nadie utiliza hoy Facebook para reencontrarse con sus compañeros del instituto, Twitter para debatir con desconocidos o Instagram para compartir fotos de viajes.

Aunque la motivación explícita, la que uno cuenta a sus amigos o al encuestador, pueda ser esa, la razón profunda es otra muy distinta y, por lo general, tiene más que ver con los mecanismos de recompensa de nuestro cerebro y nuestras pulsiones más inconfesables. Doctorow no dedica ningún capítulo a las aplicaciones de citas en Mierdificación (Capitán Swing), pero comparten los mismos principios que los ejemplos que utiliza, como Facebook, Twitter o Amazon. Lo último que quiere una aplicación de citas es que encuentres lo que buscas. Lo que quiere es que sigas haciendo scroll y metiendo dinero a la maquinita.

Igual que cuando hace una década admitir que recurrías a aplicaciones para “encontrar pareja” era un tabú, hoy, cuando los términos se han invertido y el consenso social es que son el único lugar admisible para ligar (tenemos que compartimentar todos los apartados de nuestra vida, así que nada de ligar en discotecas, bibliotecas o en el trabajo: no me hables y búscate a otro en Tinder), lo que nadie reconoce es que en realidad lo que encuentran en ellas es validación, casito, subidones de dopamina ante el nuevo match o el mensaje contestado.

Dos personas que se conocen en una app pueden casarse, pero no habrán ligado entre sí

Es lo que dejan entrever las autoras cuando recuerdan que “asumir que todo gira en torno al ‘ligue’ simplifica demasiado lo que ocurre dentro de estas aplicaciones”. Según los resultados de su investigación, los más jóvenes buscan “entretenimiento, distracción y aprobación social”. Los mayores, a partir de los 30 años, se orientan más hacia “la estabilidad afectiva” y buscan “vínculos duraderos” para ajustarse a las expectativas sociales y familiares sobre ellos.

Mi hipótesis es que no solo quien recurre a apps para ligar no quiere ligar de verdad, sino que, aunque quisiera, le resultaría imposible hacerlo. Mi breve experiencia me mostró que todo aquello relacionado con la seducción —que tu subconsciente se fije en alguien, que poco a poco identifiques esa atracción, el cruce de miradas, gestos y conversaciones casuales, esa reordenación de espacio, tiempo y mente que te sitúa cada vez más cerca del objeto de deseo, tantear en la oscuridad buscando signos de correspondencia— es imposible en la pornográfica cercanía de aplicaciones que colocan a dos desconocidos cara a cara y les dicen, ale, gustaos. Dos personas que se conocen en una aplicación pueden terminar casándose, pero jamás habrán ligado entre ellas.

Esto ha provocado una frustración con las aplicaciones de citas de la que ya se ha escrito mucho y que ha provocado su abandono en masa. Y por eso, hoy siempre que alguien tiene que responder a la pregunta de qué busca en una aplicación de citas, responde con ese eufemismo que es "conocer gente", por un lado una forma de rebajar expectativas, por otra, una manera de ocultar que lo que la mayoría persigue al bajarse Tinder es un chupito dopamínico ocasional o una forma de matar el tiempo que no te exija levantarte del sofá.

Hay gente, por ejemplo, que utiliza estas aplicaciones como un videojuego. Imagino que muchos de ellos se habrán ido a ChatGPT porque ofrece algo parecido a lo que buscaban en las apps, pero con menos posibilidades de conflicto: un entretenimiento constante. Como a un videojuego, o a la IA, estos usuarios alimentan a sus matches (uno, diez o cien) con estímulos de todo tipo, ¡y estos les responden! Me recuerda un poco a esas neuronas a las que han enseñado a jugar a Doom a base de prueba y error.

Hay otros, simplemente, que lo que quieren es un animal de compañía. No tienen intención de comprometerse con nadie, de quedar con nadie, ni siquiera de "conocer" a nadie, pero les gusta tener un canal de comunicación abierto con una persona hasta que se aburren de ella (o, más frecuentemente, esta se aburre de ellos) y pasan a la siguiente. Son Sísifos de las aplicaciones que habrán pasado a lo largo de su vida millones de veces por el guion de qué tal, qué quieres, dónde vives, cómo te llamas, qué buscas. Hay gente muy sola.

En las apps casi nadie encuentra lo que desea y tampoco desea lo que encuentra

A lo que más se parecen estas aplicaciones hoy en día es, no obstante, a la máquina tragaperras. Entras después de un tiempo, echas una monedita y a ver qué sale. La mayor parte de las ocasiones, nada. Gastas dinero y tiempo para volver con las manos vacías. Pero incluso aunque te toque el mayor premio, nunca vas a ganar lo suficiente como para retirarte. Como en las tragaperras, que nunca te sacan de pobre, las apps para ligar no desean que encuentres a nadie. Si los viejillos son adictos a los Rascas de la ONCE, sus hijos y nietos lo son a los Rascas de las apps.

De igual forma que nunca terminamos viendo lo que deseamos ver en Netflix ni en Tiktok, sino lo que el algoritmo nos da, en las aplicaciones casi nadie encuentra lo que desea y, por lo general, tampoco desea lo que encuentra. Porque al contrario de lo que señala la sabiduría común, la clave al ligar no se encuentra en saber con certeza qué quieres sino en dejar que el deseo te sorprenda haciendo otra cosa, mientras que las aplicaciones te meten por los ojos aquello que deberías desear, eliminando los factores clave: el misterio, el juego, el morbo, la incertidumbre.

Hoy por hoy, todo el que utiliza una aplicación está haciendo un esfuerzo consciente por conseguir cualquier cosa menos ligar, o encontrar pareja, o ni siquiera vivir experiencias satisfactorias. De lo contrario, saldrían al mundo no dopamínico, donde aún sigue siendo posible ligar, incluso “conocer gente”. Puede parecer más complicado, requiere más constancia y abre la puerta al fracaso, pero da más satisfacciones. Pero para eso, claro, hay que querer ligar, y cada vez menos gente quiere. Demasiados inconvenientes.

Esta semana me he topado con la tesis doctoral de Laura Mañas Acero, profesora de la Universidad Pontificia de Comillas, una de las pocas en analizar los usos y costumbres relacionados con las aplicaciones de citas en nuestro país. La autora y su directora de tesis exponían sus resultados en The Conversation recordando que, en las aplicaciones para ligar, no todo es ligar. Yo diría aún más: casi nada de lo que ocurre en estas aplicaciones tiene ya nada que ver con ligar.

Trinchera Cultural Tinder Relaciones de pareja
El redactor recomienda