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Isabelle Huppert arrebata Madrid con un monólogo distante sobre el rechazo amoroso
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Isabelle Huppert arrebata Madrid con un monólogo distante sobre el rechazo amoroso

El público aplaude a rabiar a la actriz francesa a su paso por los Teatros del Canal donde interpreta 'Bérénice', una propuesta de Romeo Castellucci en la que cuesta entrar y solo explota en sus minutos finales

Foto: Isabelle Huppert como Bérénice en los Teatros del Canal de Madrid (Jean Michel Blasco)
Isabelle Huppert como Bérénice en los Teatros del Canal de Madrid (Jean Michel Blasco)

Al final, el público que llenaba la sala roja de los Teatros del Canal se levantó de su butaca y aplaudió a rabiar. La actriz salió a saludar, se acercó al precipicio del escenario, donde se la vio mejor que en toda la obra, y estuvo ahí unos minutos. En algún momento sola; en otras acompañada por los actores Cheikh Kébé y Giovanni Armando Romano, que son como dos apolos que se suman al esteticismo brutal que despliega la obra. Todo eso es lo que se aplaudió: a la diva, que pisaba un escenario madrileño; a la recreación estilística. Aunque, en realidad, daba todo un poco igual: este viernes se había venido a ver a Isabelle Huppert -la última ocasión fue en 2019 en el Valle-Inclán con un monólogo sobre María Estuardo- y con eso bastaba. Check.

Porque Bérénice en la propuesta de Romeo Castellucci inspirada en Jean Racine no es un montaje que arrebate. Por muchas razones. Una de ellas, la propia Huppert que, haciendo gala de su cacareada gelidez, se convierte en una enamorada rechazada que durante por lo menos una hora y cuarto no nos introduce en el dolor que debe estar sintiendo su personaje. Por poner en situación: Bérénice es una princesa judía (aunque como si fuera menonita o de cualquier religión porque esto no importa en la obra) que se enamora de Tito, quien va a suceder como emperador de Roma a su padre, Vespasiano. Tienen una relación muy apasionada y se prometen en matrimonio. Pero al llegar a Roma todo se trastoca: el senado y el pueblo romano se oponen a que Tito se case con una extranjera y el nuevo emperador impone la razón de Estado al amor.

El corazón roto es otra cosa: es lo que sí hace al final en diez minutos fantásticos, desgarradores y conmovedores

Por supuesto, la historia es brutal. Aquí solo vemos a Bérénice y cómo nos va contando todo. Y hay versos muy hermosos. Quien sepa del dolor del rechazo y el abandono, lo sabe. Y, sin embargo, ella, que a veces sí, emite gritos, modula excepcionalmente el lenguaje, se nos queda lejana, no nos llega ese corazón roto aunque también se hable de él. El corazón roto es otra cosa: es lo que sí hace al final en diez minutos fantásticos, desgarradores y conmovedores. Ahí sí vemos a la mujer rechazada que se retira, que acaba diciendo adiós a su amado porque si no es morir en vida. Eso sí es verdad. Eso sí es teatro. Es cruel y doloroso. Y por eso esas magníficas palabras finales mirando al público: “¡No me miréis!, ¡No me miréis!”. Es la vulnerabilidad, la mujer rota, hecha carne. Ahí Huppert, que está solísima en el escenario, se hace enorme y lo llena todo. Llena hasta donde están los técnicos de sonido.

placeholder La actriz francesa Isabelle Huppert junto al director Romeo Castellucci durante un ensayo de 'Bérénice' (Jean Michel Blasco)
La actriz francesa Isabelle Huppert junto al director Romeo Castellucci durante un ensayo de 'Bérénice' (Jean Michel Blasco)

La puesta en escena y dirección de Castellucci, uno de los más grandes del teatro contemporáneo y de donde beben todos los coreógrafos con algo que decir en la actualidad, tampoco ayuda mucho para entrar en el meollo. La estética, que es preciosa en ocasiones, con el elenco de figurantes representando al pueblo romano -la desnudez solo la entiendo como ejercicio de belleza con esos cuerpos masculinos perfectos, pero para nada más-, se acaba comiendo todo. Es un ejercicio de puro estilo. Muy, muy formal. Castellucci aprovecha todo el escenario con enormes cortinas, con unos humos vaporosos que lo envuelven todo, pero es eso precisamente lo que crea la distancia. Y durante todo el tiempo hay una especie de finísimo telón que impide que se vea bien todo el escenario y es verdaderamente molesto. Es un muro, es distancia, quizá busca esa incomodidad en el espectador, pero lo que se siente es que te estás perdiendo algo.

No hay más en el escenario. Aparece un radiador de los antiguos al que Bérénice (Huppert) se abraza; un busto romano (¿el emperador?); una gran alfombra roja (que consigue un efecto espléndido al convertir toda la estancia en rojo total). Y luego sí, hay una música y unos sonidos muy envolventes. Hay algo muy magnético que como espectador te hace dejarte llevar por todo el aparataje estilístico. Estás entrando en otro mundo y sensorialmente es alucinante.

Hay algo muy magnético que como espectador te hace dejarte llevar por todo el aparataje estilístico. Sensorialmente es alucinante

Pero emocionalmente… no llega. Y ves a la Huppert a través de una malla. Y sí, a veces das un respingo con sus gritos de desamor, pero estás todo el tiempo preguntándote por qué no la puedes ver sin ese muro delante, por qué no puedes llorar con ella.

Porque ella no lo hace. Y porque el director tampoco ha querido que lo hagas.

Y así termina todo, y todo el mundo aplaude. A eso habíamos venido: quedan dos días, hoy y mañana, y está todo vendido.

Al final, el público que llenaba la sala roja de los Teatros del Canal se levantó de su butaca y aplaudió a rabiar. La actriz salió a saludar, se acercó al precipicio del escenario, donde se la vio mejor que en toda la obra, y estuvo ahí unos minutos. En algún momento sola; en otras acompañada por los actores Cheikh Kébé y Giovanni Armando Romano, que son como dos apolos que se suman al esteticismo brutal que despliega la obra. Todo eso es lo que se aplaudió: a la diva, que pisaba un escenario madrileño; a la recreación estilística. Aunque, en realidad, daba todo un poco igual: este viernes se había venido a ver a Isabelle Huppert -la última ocasión fue en 2019 en el Valle-Inclán con un monólogo sobre María Estuardo- y con eso bastaba. Check.

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