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Hiparquia de Maronea: una auténtica cínica, una perra enemiga de la vergüenza
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Hiparquia de Maronea: una auténtica cínica, una perra enemiga de la vergüenza

El filósofo y escritor Carlos Goñi desentraña en 'Los ojos de las filósofas' (Ariel) las ideas de 50 pensadoras esenciales. Publicamos el capítulo dedicado a la cínica Hiparquia de Maronea

Foto: Detalle de un mural con la imagen de la filósofa cínica Hiparquia de Maronea. (Museo de las Termas, Roma)
Detalle de un mural con la imagen de la filósofa cínica Hiparquia de Maronea. (Museo de las Termas, Roma)

Démades, orador ateniense, declamaba que el pudor era en la mujer la cima de la belleza. No pensaba así Hiparquia de Maronea, el único miembro femenino que conocemos de la secta del perro. Diógenes Laercio nos dice que fue una auténtica cínica, una perra enemiga de la vergüenza, que incluso "usaba del matrimonio en público". Como era de esperar solo los mirones se escandalizaban. Ella siguió pensando en libertad, convencida de que vivir sin estar sometida a las convenciones sociales era la forma de alcanzar la virtud. La filosofía se encuentra más allá de la cultura, por tanto, para alcanzar la sabiduría hay que prescindir de las instituciones, las normas, los códigos, hay que estar libre de pasiones y posesiones, de vestidos y maquillajes. La filosofía también se ladra: Hiparquia bien lo sabía, aunque para algunos no hizo sino ladrar a la luna.

Crates de Tebas, uno de los hombres más ricos de su ciudad, estimando más la virtud que las riquezas, repartió todo lo que tenía entre sus conciudadanos y llevó a partir de entonces una vida de vagabundo en Atenas, propia de los llamados cínicos (literalmente, perros). Decía que "las mujeres no son inferiores a los hombres, como tampoco lo son las perras de los perros". Cuando Hiparquia lo conoció se enamoró de él, de su persona y de su filosofía: "Quedó cautivada por sus doctrinas", dice Laercio. Decidió, ¡sí, ella!, declararle su amor y se convirtió en una perra, es decir, en una cínica más, como Antístenes, el fundador de la 'escuela', o Diógenes, el que vivía en una tinaja y tuvo sus más y sus menos con el todopoderoso Alejandro Magno.

La joven Hiparquia de Maronea (350-280 a. C.) tuvo muchos pretendientes de buenas familias. Sin embargo, ella no atendía ni a su buen porte, ni a su riqueza, ni a su alta alcurnia, porque estaba enamorada solo de Crates. Así lo confesó a sus padres, quienes no querían un futuro perruno para su hija.

Tan determinada estaba a unirse con el filósofo que amenazó con quitarse la vida si no se lo permitían. No sabiendo cómo convencerla, los padres de la joven llamaron a Crates para que la disuadiera. Él lo intentó de palabra, pero como no lo conseguía, se desnudó ante ella y ante sus padres y le dijo: "Este es el novio, esta tu hacienda. Piénsalo bien, porque no vas a ser mi compañera si no te haces con estos mismos hábitos".

"El hábito no hace al monje", solemos decir, y aún añadimos, "pero sí los hábitos"; porque no le hace a nadie fraile vestir túnica o llevar la cabeza tonsurada, sino vivir como ellos viven, es decir, cumpliendo unos hábitos determinados. Crates utilizó la palabra en ese doble sentido y de igual forma lo entendió también Hiparquia, quien se decidió a adoptar los mismos "atuendos" que él.

placeholder Cubierta de 'Los ojos de la filósofas', de Carlos Goñi.
Cubierta de 'Los ojos de la filósofas', de Carlos Goñi.

"La joven hizo la elección —sigue contando Laercio— y, tomando el mismo hábito que Crates, marchaba en compañía de su esposo y se unía con él en público, y asistía a los banquetes". En uno de ellos, en casa de Lisímaco, estaba también invitado un tal Teodoro, famoso por ser ateo convencido y declarado (algo que contrasta con su nombre, que significa "regalo de Dios"). En efecto, le llamaban "el Ateo" pues se sentía por encima de los prejuicios sociales que en aquel entonces existían sobre la impiedad, considerada algo así como un atentado de alta traición (piénsese en todos los filósofos acusados de impiedad, como Anaxágoras, Aspasia o Sócrates). Con todo, Teodoro mantenía muchos escrúpulos contra las mujeres, de tal forma que, al ver a Hiparquia reclinada junto a él, la trató con desdén y le preguntó qué hacía allí siendo mujer y cómo iba a tratar con los demás comensales los temas filosóficos que es costumbre que los varones traten en los simposios. "¿Tú eres —le preguntó con sorna— esa que abandonó la lanzadera en el telar?". Ella le respondió: "Yo soy, Teodoro. ¿Es que te parece que he tomado una decisión equivocada sobre mí misma al dedicar el tiempo que iba a gastar en el telar en mi educación?".

Y para demostrarle que los ladridos de una perra no valen menos que las palabras de un filósofo le planteó el siguiente sofisma: "Si una acción que hace Teodoro no es condenable, tampoco lo será la misma acción si la realiza Hiparquia". El engreído comensal estaba de acuerdo. "Es así que —continuó la cínica—, si Teodoro se abofetea a sí mismo, su acción no es condenable". "Efectivamente", interrumpió Teodoro con una risotada. Y ella continuó: "Por lo tanto, tampoco lo será si Hiparquia abofetea a Teodoro". El filósofo enmudeció y todos los presentes dejaron asomar de sus labios una cínica sonrisa. La cosa no acabó ahí, sino que Teodoro, viendo que había perdido la fuerza de la razón, utilizó la razón de la fuerza y, allí mismo, delante de todos, también de Crates, arrancó el vestido a Hiparquia y la dejó desnuda. Lejos de abochornarse, la joven siguió como si nada, pues, según la filosofía que profesaba, nada le había quitado.

Sobre el libro y el autor

Las mujeres no lo han tenido fácil en un mundo hecho a la medida de los hombres. Sin embargo, algunas de ellas se han atrevido a mirar de frente la desigualdad, clavar los ojos en las grandes preguntas filosóficas que anidaban en sus cabezas y alzar la voz. De Hipatia a Luce Irigaray, pasando por Hildegarda de Bingen, Mary Wollstonecraft o Simone de Beauvoir.

El filósofo y escritor Goñi desgrana en Los ojos de las filósofas: Una historia de la filosofía a través de 50 pensadoras esenciales (Ariel) las grandes aportaciones filosóficas de ese medio centenar de mujeres, con anécdotas especialmente significativas y recomendaciones de lectura para seguir indagando. Porque no se trata de escribir una historia de la filosofía paralela sino de completar el mosaico y dejar que sus voces hablen por sí mismas.

Esta historia nos recuerda a la de la hetaira Friné, hermosísima joven que fue acusada de impiedad. Delante de la asamblea, su abogado la desnudó; al ver un cuerpo tan sublime, el jurado la absolvió. Argucia semejante había usado Helena cuando, tras la toma de Troya, se encontró cara a cara con su marido Menelao, el cual estaba dispuesto a atravesarla con su espada, pero cuando ella le mostró un pecho, él bajó el arma. Hiparquia no es ni Friné ni Helena, sus argumentos no dependen de su belleza. Ella busca la verdad desnuda, esa que no depende del mirar, sino de lo que se mira.

La filosofía está más allá de una cultura determinada, las preguntas esenciales que se hace están por encima del lugar y la época en que se filosofa. Usamos una lengua determinada para expresar la esencia del mundo y del ser humano, pero ese idioma se nos queda corto. Recordemos que Heráclito de Éfeso expresó sus intuiciones mediante enigmas, por lo que fue llamado "el oscuro", ya que pensaba que no puede comunicarse de manera directa lo que es tan profundo. Por eso, para Hiparquia la filosofía se ladra, porque su objeto precede a su, digamos, institucionalización, a haberse convertido en una profesión. La vida vivida como una perra es la única manera de expresar esa verdad. El ladrido irónico, cáustico, mordaz, rompe los clichés, pone todo patas arriba, problematiza el orden establecido y libera la mente para que afronte las cuestiones últimas que solo así son últimas. Hiparquia era natural de Maronea, ciudad de Tracia, de donde recordemos era la esclava de Tales de Mileto, y comparte con ella esa risa que tiene el poder de desmontar de golpe un argumento.

Estas ideas se estima que las expuso nuestra filósofa en tres obras que no nos han llegado: Cuestiones para Teodoro el Ateo, Epiqueremas e Hipótesis filosóficas.

Para Hiparquia la filosofía se ladra, porque su objeto precede a su, institucionalización, a haberse convertido en una profesión

Lo poco que sabemos de Hiparquia se lo debemos a Diógenes Laercio, pero también al Epigrama 413 de Antípatro de Sidón, poeta griego del siglo II a. C., en el que la filósofa se presenta a sí misma de esta manera: "Yo, Hiparquia, prefiero a la muelle labor femenina la vida viril que los cínicos llevan; no me agrada la túnica atada con fíbulas; odio las sandalias de suela gruesa y las redecillas brillantes; me gustan la alforja y bastón del viajero y la manta que en tierra por la noche me cubre. No me aventaja en verdad la ménade Atalanta, que el saber sobrepasa a la vida montaraz".

Hiparquia se niega a ser una perrita faldera, prefiere la vida cínica, no dejarse encorsetar por las normas sociales, ni por los vestidos ceñidos, los adornos y los zapatos de tacón. Le basta una alforja (no un bolso de lujo), un bastón y un manto que le sirve para cubrirse y dormir sobre la tierra bajo las estrellas. Comparte con las míticas amazonas y con la ménade Atalanta su independencia y autosuficiencia, pero, mientras ellas rechazan a los hombres, ella elige con libertad, condición para alcanzar la sabiduría y la verdad.

Hiparquia se niega a ser una perrita faldera, prefiere la vida cínica, no dejarse encorsetar por las normas sociales, ni por los vestidos ceñidos

En una sociedad materialista y opulenta como la nuestra, en la que el perreo es una manera de bailar y en la que los perros ya no son cínicos, necesitamos serlo nosotros de alguna manera. No hace falta echarnos desnudos a la calle o romper con lo establecido, vivir en un tonel o eructar en público, pero sí nos vendría bien de vez en cuando sentir los ladridos de Hiparquia, la perra, para despertar de nuestro muelle letargo y darnos cuenta de que, "si ladran, es señal de que cabalgamos".

Démades, orador ateniense, declamaba que el pudor era en la mujer la cima de la belleza. No pensaba así Hiparquia de Maronea, el único miembro femenino que conocemos de la secta del perro. Diógenes Laercio nos dice que fue una auténtica cínica, una perra enemiga de la vergüenza, que incluso "usaba del matrimonio en público". Como era de esperar solo los mirones se escandalizaban. Ella siguió pensando en libertad, convencida de que vivir sin estar sometida a las convenciones sociales era la forma de alcanzar la virtud. La filosofía se encuentra más allá de la cultura, por tanto, para alcanzar la sabiduría hay que prescindir de las instituciones, las normas, los códigos, hay que estar libre de pasiones y posesiones, de vestidos y maquillajes. La filosofía también se ladra: Hiparquia bien lo sabía, aunque para algunos no hizo sino ladrar a la luna.

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