Manuel Longares, el escritor sin el Cervantes: "Aquí para algunas cosas te tienes que mover"
El madrileño es una de las mejores plumas y con mejor ojo para el retrato de la burguesía, la aristocracia y el poder de la capital. Lo ha vuelto a hacer con 'Cortesanos', donde mandan los reyes y el resto... unos pringados como siempre
El madrileño Manuel Longares, que nació en el mero centro burgués y aristócrata de la capital hace 83 años -en la calle Alcalá esquina Conde de Peñalver- y que ha retratado como pocos el llamado “todo Madrid”, el barrio Salamanca y sus personajes -ambiciosos y dueños del cotarro, de lo que se cuece y del poder, ya sea en el franquismo o democracia- ha sido, sin embargo, un escritor (y periodista) más hacia la sombra. De los que hacen poco ruido, pese a que tenga novelas como Romanticismo (2001), que ya quisieran muchos que vocean bastante más para que se les haga caso. Longares piensa más en la literatura, sin premios y alharacas. Por eso cuando se le pregunta cómo se tomaría el Cervantes -que sería un candidato ideal- se ríe: “Me lo tomaría a guasa, sería una broma estupenda. Pero aquí para algunas cosas te tienes que mover de cierta manera”.
La ocasión para la pregunta la pinta la publicación de
“Yo creo que es inevitable que esto continúe porque siempre hay una tendencia a sublimar las cosas y en esa sublimación está el romanticismo de una situación, que te hace quitarle sus perfiles amargos y convertirte en partidario suyo”, relata por teléfono. “Así que elegimos río, sí. Y bueno, pues ya está elegido, ¿no? O sea, tenemos río, y no es de las peores cosas. Yo creo que esa zona de Madrid Río está muy bien”, añade con algunas risas. De hecho, cuando se le pone el acento en la elección conservadora (o ultra) concede: “Sí, estamos ahí, pero parece que es general, ¿no? La oleada de conservadurismo recorre Europa”. Así parece o, al menos, hasta ahora.
El que tuvo franquismo, retuvo
Longares empezó Cortesanos en la pandemia. Su última novela había sido Sentimentales (2018) sobre el poder de la emoción (la música) para lo bueno y lo malo. No llevó bien el confinamiento (ni todo lo posterior) - “yo creo que todos lo pasamos un poco mal porque estábamos obligados a hacer lo que no solíamos hacer. Y no sabíamos cómo iba a terminar. Entonces todo era un poco violento”- y para huir de aquello se puso a escribir. Cuenta que esta historieta en la que aparecen las monarquías de los Austrias y Borbones (y los pringados que les dicen a todo que sí) le salió casi de corrido, de forma natural. El Madrid cortesano, además, lo conoce bien, ya sea en el siglo XX, el XXI o el XVII.
Porque el escritor ha sabido captar siempre muy bien a las familias que merendaban en Viena Capellanes y mandaban en los ministerios. Esa cosa que tiene (o quizá ya tenía) el centro de Madrid. “La Corte, sin duda, le ha marcado porque sin Corte se vería de otra manera. Es la Corte lo que le obliga a ser lo que es. Eso tiene también ventajas por otra parte, claro, y es lo que hace que Madrid también sea una ciudad envidiada por ser capital. Pero bueno, con eso ya se cuenta”, manifiesta con un casticismo al que casi le falta el “y qué”.
"Sobre el alma más franquista de Madrid siempre queda un residuo, una manera de ser o actuar"
Probablemente fue Romanticismo la novela que mejor contó todo aquello. Y que, además de lograr premios como el de la Crítica, fue muy leída. Longares consiguió seguir la mejor tradición de Galdós con su retrato de la burguesía madrileña de misa y pastas y sus vividores durante la época de la Transición. Y todo en ese barrio Salamanca del que se sabía hasta la última coma. Quien quiera realmente saber qué pasó en ese periodo, que lea esta novela.
Se le pregunta por los cambios de la ciudad incluso en ese barrio donde hoy no se aparecen tanto esos personajes de la novela. Hoy hay otra clase alta, incluso foránea. ¿Hasta el alma más conservadora de la capital -la cosa franquista- se está dejando ir? Longares confiesa que ya no va mucho por allí aunque algún paseo se da porque “es un terreno respetado y agradable”, pero cree que “de todas estas cosas siempre queda un residuo, una manera de ser o actuar”, que trasladado a la novela Cortesanos sería el rey… y el resto los que estamos obligados a hacer el cortejo. Para Longares, esto estuvo, está y estará siempre “y que puede ser que parece que se vea menos que antes, pero al final sale con el ímpetu de siempre”.
Ahora bien, tampoco tiene ninguna duda en que si en el barrio de Salamanca “les conviene económicamente, lo harán [perder su propia idiosincrasia] porque el barrio no se puede concebir de otra manera, así que sí que puede ocurrir. Para conservar algo que les gusta, el dinero, la situación social, se trasladarán a otras partes. Es algo que tendrán bastante calculado y que no tiene mayores enojos”. Hay personas muy ricas que les están comprando los pisos a los viejos burgueses, le digo. “Sí, sí, la gentrificación que se dice… Bueno, por ahí puede haber algún conflicto”, dice entre risas.
Menos libertad de expresión
Longares sigue levantándose a las cinco de la mañana para escribir, leer la prensa. “Me gusta aprovechar las primeras horas porque todo está más tranquilo y para pensar un poco en lo que quieres hacer. Y luego el resto del día ya piensas en otras cosas. Es una cuestión de mayor tranquilidad y con más facilidades para quedarte absorto en lo que te propones”, confiesa. Y pese a todo -los achaques, que más de alguno lleva y ya necesita algunos cuidados- afirma seguir escribiendo. “Es que es inevitable porque te metes en esto para continuar. Yo siempre me pongo un calendario en el que señalo la fecha para la que debe ser terminada [la novela, el relato]. Y ya está”.
Atrás sí que quedó su época de periodista. Longares conoce bien la Transición porque la vivió. Literalmente, desde el más profundo dentro. Trabajó en esos años en Cambio 16, luego en Diario 16. Después fue redactor jefe de los suplementos literarios de El Mundo y El Sol y en su última etapa fue articulista en El País. Sigue leyendo los periódicos y observa “como una asfixia alrededor, cada vez hay más trabas para ejercer el periodismo y no sé qué puede ocurrir”.
"Observo en la prensa como una asfixia alrededor, cada vez hay más trabas para ejercer el periodismo y no sé qué puede ocurrir"
Siempre le ha preocupado la libertad de expresión y que haya otros poderes que quieran cargársela. “Siempre estamos un poco ahí. En la Transición era una cuestión de vida o muerte y se consiguió salir de todo aquello. Entonces no se reconocía el periodo como un cambio pero luego hubo que agachar la cabeza y reconocerlo porque sí fue una época de consensos y en la que la prensa vibraba. Fueron tres años decisivos en la historia de España y en la historia de cada uno de los españoles”, sostiene el escritor quien tampoco se siente tan decepcionado con lo que vino después. O al menos sorprendido. “No, no. Porque piensas que la vida va a tener un cambio y luego el cambio ya es según qué, así que para uno tampoco es un cambio. Pero es que tenía que ser así de alguna manera. Parece que estamos todo el tiempo educándonos para servir a un señor poderoso. Estuvimos tres años creyéndonos que éramos únicos, pero luego volvimos al redil”.
Efectivamente, la rueda del sistema siguió girando y con debates que todavía mantenemos como el de la Guerra Civil, noventa años después de su inicio. “Bueno, es que todavía hay gente a la que le sigue atrayendo esta discusión. Yo no sé si este debate va a terminar algún día. Igual será como la guerra de independencia diciendo, bueno ya, se acabó”. Y nadie más volvió a sacar el tema. Lo de la guerra civil, desde luego, está por ver. “Sí, y a mí me parece que cada vez dura más”, añade con cierta sorna, pero sin olvidar que a la guerra le siguió una posguerra, “y eso es lo que sí que no se ha olvidado porque mucha gente vivió cosas inimaginables, terribles y muy dolorosas. Lo llamativo es que hablar de esto siga creando un malestar incluso entre gente joven que no debería sentirse afectada por esto, lo que pasa es que inevitablemente les salpica”.
El obsceno mundillo cultural
Y si una novela como Romanticismo le sirvió para mostrar los hilos de los que manejaron la Transición, con otra como Operación Primavera (1992) hizo lo propio pero con el mundillo cultural. El de los que ganan premios (y no los ganan); los que están en la pomada y los que nunca están. Longares en ese aspecto lo tiene muy claro, como ya señalaba con motivo de un posible Cervantes: en este país hay que moverse y saber hacerlo, que es lo difícil. Saber hablar con quien hay que hablar. Porque si te quedas en tu casa escribiendo… malo, relata. Longares se ha llevado alguno -el de la Crítica, el Umbral por los relatos de Las cuatro esquinas-, pero podrían haber sido mucho más. Y aunque él siempre ha hecho gala de su discreción, también confiesa que en todo esto hay algo que le duele.
"La carrera literaria es inseparable de tener unos amigos con los que compartas ideas y que en un momento te ayuden y te puedan echar una mano"
“Claro, porque te da la sensación de que tu trabajo no tiene reconocimiento y eso sí es molesto. Pero bueno, en eso estamos, cuando eres un raro no eres reconocido, no tienes esa mano amiga… Yo creo que la carrera literaria es inseparable de tener unos amigos con los que compartas ideas y que en un momento determinado te ayuden y te puedan echar una mano. Y sin eso el escritor se queda sin ser reconocido. Y en el periodismo también pasa. Este tipo de roce es inevitable”.
Y con todo, debería ser un premio Cervantes. Como algún otro (y otra) que falta y que ya han cumplido unos años. Mientras tanto, como dice sin decir su novela Cortesanos: sin manos amigas y sin poder, todos unos pringados.
El madrileño Manuel Longares, que nació en el mero centro burgués y aristócrata de la capital hace 83 años -en la calle Alcalá esquina Conde de Peñalver- y que ha retratado como pocos el llamado “todo Madrid”, el barrio Salamanca y sus personajes -ambiciosos y dueños del cotarro, de lo que se cuece y del poder, ya sea en el franquismo o democracia- ha sido, sin embargo, un escritor (y periodista) más hacia la sombra. De los que hacen poco ruido, pese a que tenga novelas como Romanticismo (2001), que ya quisieran muchos que vocean bastante más para que se les haga caso. Longares piensa más en la literatura, sin premios y alharacas. Por eso cuando se le pregunta cómo se tomaría el Cervantes -que sería un candidato ideal- se ríe: “Me lo tomaría a guasa, sería una broma estupenda. Pero aquí para algunas cosas te tienes que mover de cierta manera”.