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Rosalía resucita en Madrid y estrena su reinado global entre lágrimas y euforia
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PRIMERA NOCHE EN LA CAPITAL

Rosalía resucita en Madrid y estrena su reinado global entre lágrimas y euforia

Apenas unos días después de su cancelación en Milán por problemas estomacales, Rosalía ha vuelto a la capital para coronarse como la reina del pop que nunca pensamos que podría nacer en España

Foto: Rosalía, durante su primera noche en la capital. (Live Nation/Sharon López)
Rosalía, durante su primera noche en la capital. (Live Nation/Sharon López)
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Con lágrimas en los ojos, gesto circunspecto, nervios en el ambiente. Así arrancó la larga estancia madrileña de Rosalía en el Movistar Arena madrileño. La escenografía lo dejaba claro, rescatada por sus bailarines de una caja de alta seguridad cual figurita de Lladró o peligroso velociraptor: tratadme con cuidado. Lo susurraba también la breve pausa en la que, después de Sexo, violencia y llantas y Reliquia, la cantante dio la bienvenida al público, con un silencio que parecía ahogado por una garganta compungida. "Madrid, muchas gracias" no sonaba a exultante grito de júbilo, sino a súplica.

¿Teatro o sentimiento honesto? En el universo de Lux, eso da igual; o, mejor dicho, es lo mismo gracias a su perfecta conjunción de forma y fondo. La nueva encarnación de la cantante, presentando el que quizá sea su mejor disco, el que quizá sea el mejor álbum de los últimos años, confunde los límites de la interpretación con los de su materia prima, la realidad. Es un espectáculo en sus primeros compases buscadamente estilizado, como lo es el álbum que presenta, en el que los trazos de emoción se colaron poco a poco en los pequeños gestos, no en las grandes coreografías. Es la gran paradoja: lo que importa es el pequeño momento de zozobra, la escala más humana, amplificada para todo un pabellón gracias a esas pantallas gigantes que parecen dos púlpitos; pero no se trata de un concierto coreografiado para TikTok.

Cualquier duda se viene abajo con una Mio Cristo Piange Diamanti que cierra el primer acto con un auténtico tour de force vocal, por mucho que la cantante no pueda igualar su registro en estudio, y en el que los ojos le brillan como solo le han brillado a los genios. Es el final de la parte más complicada del show, y la entrada a su segundo acto carnal, con una Berghain avasalladora que da la bienvenida a Saoko, aún más industrial, aún más macarra, elevada por la orquesta y que pone de pie a la mitad del público. Y, de repente, Rosalía ha vuelto a cambiar de piel. Transfiguración en directo: ya no queda nada de la inseguridad de las primeras canciones.

Para cuando suenan "Bizcochito" y "Despechá", el Palacio amenaza con venirse abajo

Es una sonrisa la que pinta su cara cuando anuncia que es una noche especial porque es la primera del Lux Tour en la capital. La mirada al final de La fama es la que pondría alguien que se está apostando con un farol las llaves de casa en una partida de póker. Acto seguido, arranca con LA COMBI VERSACE y el Palacio se pone a temblar. Es el final del segundo acto, ya con el público ganado, fantasmas desvanecidos, lista para hacer historia y reclamar su trono. Uno de los primeros capítulos de un viaje que le llevará durante al menos un año su disco por todo el mundo y del que saldrá convertida en otra persona.

Sola en la multitud

Rosalía ha leído bien el libro de estilo de los grandes artistas, que dice que toda escalera hacia el estrellato está configurada a partir de la tensión entre dos vertientes que no se anulan, sino que se complementan. Así, si al disco pop (Motomami) le ha seguido la declaración de intenciones artística (Lux), a la puesta en escena minimalista de aquella gira tenía que sucederle necesariamente el equivalente: una puesta en escena maximalista. Del cuero al satén, de la moto al velo, de la carretera al cielo.

Si en la gira de Motomami la ausencia de músicos estaba más o menos justificada por ese citado minimalismo electrónico, en esta ocasión Rosalía ha optado por una orquesta que ronda la veintena de músicos que reproduce logradamente el sonido orquestal de Lux con, eso sí, bastante apoyo pregrabado. Situada en mitad del pabellón, abandona a la cantante con sus bailarines en un escenario dominado por la presencia aún magnética, todavía espontánea, a ratos más fatigada de Rosalía.

placeholder Varias fans hacen cola para el concierto de Rosalía, en el Movistar Arena, a 20 de marzo de 2026. (Europa Press/Eduardo Parra)
Varias fans hacen cola para el concierto de Rosalía, en el Movistar Arena, a 20 de marzo de 2026. (Europa Press/Eduardo Parra)

Una de las grandes preguntas de la noche era si sería capaz de esquivar los peligros asociados a un álbum que, a diferencia de El mal querer o Motomami, no resulta ni fácil de trasladar al directo ni siempre agradable de escuchar. Por un lado, corría el riesgo de acercarse con complacencia a esos lugares comunes que el público relaciona con la alta cultura –gorgoritos operísticos, pasos de ballet, las cuerdas de los violines como instrumento “culto” por excelencia–; por otro, el de convertir el escenario en una versión premium de la Madrid Fashion Week mezclada con algún musical para todos los públicos de Gran Vía. Pero tan solo en contadas ocasiones parece caeren ello. En otros llega a rozar la perversidad conceptual, como en la fantástica versión de Can't Take My Eyes of You de Frankie Valli, sobada canción que resucita en voz de la catalana: soy vuestro cuadro, una imagen para ser grabada, pero mejor no toquéis.

Rosalía conoce bien el potencial viral de sus conciertos, así que si cada gira es una nueva colección de memes, el equivalente al chicle en Bizcochito durante la gira de Motomami en esta ocasión puede ser la rave final de Berghain o, sobre todo, una esperada La perla que amenaza con engullir definitivamente al resto del cancionero, más oscuro y exigente, de Lux. La canción ¿menor? devenida en hitazo arranca esta noche con un divertido intercambio de experiencias con Soy una pringada (ay, los hombres). Momento coreado hasta el delirio, con una Rosalía coronada no como una santa, sino como diabla. Ella no tiene tiempo para odiar a Lucifer.

"¿Sabes por qué no tienes vicios?", le grita una fan desde el público. "¡Porque el vicio eres tú!" La cantante se parte de risa, se lanza a Sauvignon Blanc y vuelve a llorar, pero ahora sí, de felicidad. Con La Yugular se corona: a partir de aquí todo es una pura fantasía que sortea con habilidad el populismo facilón. Para el tercer acto ("ahora sí que sí, ahora sí que sí"), se mete entre el público para contonearse a ritmo de Dios es un stalker, perdonar a pecadores y poner a dar palmas al Palacio con La rumba del perdón mientras rescata CUUUUuuuuuute como si fuese una rave en Berlín, remezclada con los Sweet Dreams de Eurythmics. Con Bizcochito y Despechá el público pierde la cabeza, pero solo por un rato. Olvídense de las acusaciones de mojigatería. En la noche de Madrid hubo más pecado que redención.

La hay en Focu 'ranni, pathos amoroso interpretado en plenitud de facultades y colofón final del concierto junto a una Magnolias que deja al público sin aliento. "Todos habéis venido / incluso mis enemigos", desliza con cierta ironía, nada de rencor, antes de volver a entrar en la luz cegadora y dar por finalizado el concierto. Hasta mañana, hasta la eternidad.

Es mala amante, la fama

Como todas las noches iniciales de una residencia que se prolongará con otros conciertos el próximo miércoles, viernes y sábado, había cierta inquietud palpable en algunos compases. El día anterior, el Movistar Arena había albergado el concierto de Hans Zimmer, lo que obligó a un rápido montaje de escenario. El pasado miércoles, la cantante se había visto obligada a cancelar su concierto en Milán a mitad de pase por una visible indisposición estomacal, náuseas incluidas; ayer fue vista paseando recuperada por la Casa de Campo con su hermana Pili y Loli Bahía. Además, el Lux Tour apenas lleva tres fechas, por lo que es de esperar que haya que limar algunas asperezas, a cambio de una mayor naturalidad que irá perdiéndose a medida que pasen los días.

La gran ironía es que, a pesar de la unanimidad crítica (o, seguramente, por ello), no han sido los meses más fáciles para una Rosalía más vulnerable que nunca, cada una de sus palabras analizada al detalle y que ha sobrevivido como ha podido a una serie de polémicas a cada cual más delirante, desde la dificultad para conseguir entradas hasta el conato de cancelación por aquellas declaraciones sobre Picasso que le llevaron a grabar un vídeo excusándose sin demasiada convicción. Ha tenido incluso que aguantar hasta acusaciones ridículas de recurrir al playback.

placeholder 'Berghain', uno de los primeros momentos álgidos de la noche. (Live Nation/Sharon López)
'Berghain', uno de los primeros momentos álgidos de la noche. (Live Nation/Sharon López)

Rosalía ha cometido dos pecados imperdonables en España: no disimular su talento bajo una capa de falsa modestia y aspirar a ser una artista global sin renunciar a una idiosincrasia propiamente española. En directo, rodeada de sus fans, todo eso desaparece y solo queda la gozosa celebración de un cancionero que ya ha pasado a la historia, interpretado con la convicción de quien solo compite con la posteridad. Cuando dice que, aunque es una noche más, siempre se va a acordar de ella, es fácil creer en ella: ha inaugurado su reinado global, por fin, en casa. Es todo un teatro, un trampantojo en el cual no existe ninguna diferencia entre ser un genio o solo parecerlo, pero también es todo real. El último "muchas gracias, Madrid" ya no es una súplica, es, por fin, un grito de eufórica felicidad.

Con lágrimas en los ojos, gesto circunspecto, nervios en el ambiente. Así arrancó la larga estancia madrileña de Rosalía en el Movistar Arena madrileño. La escenografía lo dejaba claro, rescatada por sus bailarines de una caja de alta seguridad cual figurita de Lladró o peligroso velociraptor: tratadme con cuidado. Lo susurraba también la breve pausa en la que, después de Sexo, violencia y llantas y Reliquia, la cantante dio la bienvenida al público, con un silencio que parecía ahogado por una garganta compungida. "Madrid, muchas gracias" no sonaba a exultante grito de júbilo, sino a súplica.

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