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"Kikiriki", "cock-a-doodle-doo", "kukeleku": por qué el gallo canta diferente en cada lengua
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Onomatopeyas

"Kikiriki", "cock-a-doodle-doo", "kukeleku": por qué el gallo canta diferente en cada lengua

El perro en España hace guau-guau, mientras que en inglés ladra haciendo woof woof y en coreano meong meong. El sonido tiene patria, el mismo sonido es percibido en cada lengua de modo distinto

Foto: Aves de corral en una aldea de Palas de Rei, en Lugo. EFE/Eliseo Trigo
Aves de corral en una aldea de Palas de Rei, en Lugo. EFE/Eliseo Trigo

El gallo canta kikirikí (o quiquiriquí) en español; bastante igual en alemán, kikeriki; se distancia, pero no mucho, en italiano, chicchirichì; en francés y portugués ya parece otro gallo: cocorico; y en inglés, no digamos: cock-a-doodle-doo; se comprende que los rusos, con tanto frío, tengan el oído torcido, kukarékú (кукареку); tan encorvado como la oreja cálida de los árabes, kukuryū (كوكريو). Los japoneses, que son enrevesadillos, oyen kokekokkō y escriben con el mismo estilo: コケコッコー; en chino mandarín lo reflejan así: 喔喔喔 o así: 公鸡喔喔叫, pero lo que nos agobia es la pronunciación: gōu gōu gōu. Los coreanos, como los ingleses, oyen más una o: kko-kki-o (꼬끼오), y los turcos —y esto es lo más sorprendente—: ü-ürü-ü. Nosotros creíamos que la vocal del gallo es la i, pero no: la o y la u tienen sus espacios. Y la e solo asoma claramente en neerlandés: kukeleku. Sin embargo, la vocal más abierta, la a, no aparece para imitar el sonido del gallo.

El animal, evidentemente, no emite sonidos distintos: produce una secuencia acústica relativamente estable, pero cada lengua la adapta a su propio sistema. El español percibe una alternancia de sílabas con vocal cerrada final; el francés privilegia la repetición de vocales abiertas; el inglés introduce una secuencia más larga y rítmica; el japonés duplica consonantes porque su fonología favorece estructuras silábicas simples y marcadas. La diferencia no está en el gallo, sino en el filtro. Las lenguas recortan la realidad sonora según los hábitos fonéticos y prosódicos.

Muchas palabras que hoy no parecen relacionadas con lo que nombran nacieron por imitación de un sonido que ha perdido su transparencia original. Estas voces han pasado por un proceso de lexicalización cuando dejaron de sentirse como imitaciones y se integraron plenamente en el vocabulario. Ya no pensamos en el sonido cuando decimos murmurar (voz que procede del mu-mu del habla en voz baja) o burbuja (que se genera por el glu glu o blu blu), ambas por una repetición sonora que difícilmente se recuerda cuando usamos la palabra.

Las onomatopeyas imitan el mundo y, una vez adaptadas, lo nombran. Suelen presentarse como el rincón más "natural" del lenguaje porque creen reproducir directamente sonidos del entorno. Sin embargo, basta comparar el canto de los gallos en distintas lenguas para descubrir una paradoja fascinante: incluso cuando intentamos reproducir el mismo sonido, no lo oímos igual. El oído interpreta; la lengua traduce.

Foto: diversidad-vocales-lenguas-musicalidad-1hms

El perro ladra con acento

Algo parecido ocurre con el ladrido del perro. En español oímos guau guau; en inglés, woof woof o bow wow; en francés, ouaf ouaf; en alemán, wau wau; en italiano, bau bau; en ruso, gav gav (гав-гав); en japonés, wan wan (ワンワン); en coreano, meong meong (멍멍); en chino, wāng wāng (汪汪); en turco, hav hav; en árabe, haw haw; en suajili, mbwa hufanya o simplemente bau. El sonido real del perro contiene explosiones breves y vibraciones guturales, pero cada lengua selecciona lo que puede representar con su inventario de fonemas. El japonés carece de grupos consonánticos complejos y adapta el sonido a sílabas abiertas; el ruso opta por la consonante sonora g; el inglés oscila entre una vocal cerrada (woof) y una estructura reduplicada (bow wow). No imitamos el sonido "tal cual"; lo interpretamos según lo que nuestra lengua nos permite oír y pronunciar.

El reloj y el tiempo segmentado

Incluso los sonidos mecánicos revelan esta diversidad. El reloj hace tic-tac en español, francés, alemán, italiano y coreano tik-tak (틱탁). Parece que coincidimos, pero no: en inglés hay una ligera variación, tick-tock; en japonés parece que son de otro mundo: チクタ, que se lee chiku-taku; en chino, dī-dā (滴答). Aquí la diferencia es más sutil, pero significativa. El japonés adapta el sonido a su estructura silábica con vocales intercaladas. El chino emplea sílabas que encajan en su sistema tonal y fonológico. El patrón binario del reloj es universal; su representación sonora, no.

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Otros sonidos viajeros

El gato maúlla en español miau, en inglés meow, en francés miaou, en alemán miau, en japonés nyaa (ニャー), en coreano yaong (야옹), en chino miāo (喵). El cerdo hace oink oink en inglés, pero oinc oinc en francés, bu bu en coreano y nkh nkh en tailandés. La vaca dice muu en español, moo en inglés, muh en alemán, en japonés. Incluso las interjecciones humanas cambian: el estornudo es achís en español, atchoum en francés, achoo en inglés, hapshoo en ruso (апчхи), hakushon (ハクション) en japonés. El dolor se expresa como ay en español, ouch en inglés, aïe en francés, ahia en italiano. Cada lengua dispone de un inventario limitado de sonidos. Si falta, lo sustituye por el más cercano. Por eso el japonés adapta sonidos extranjeros a sílabas abiertas y el árabe evita ciertos grupos consonánticos. Influye igualmente la estructura silábica. Algunas lenguas permiten sílabas cerradas (como el inglés: tick); otras prefieren abiertas (como el japonés: chi-ku). La onomatopeya no es pura imitación, sino tradición compartida. Los niños aprenden que el gallo canta kikirikí porque así lo dice su comunidad. Y luego interviene una percepción auditiva guiada. El cerebro categoriza los sonidos del entorno según las categorías fonológicas conocidas. Oímos con los oídos, pero también con la lengua. Por eso los sonidos de los animales guardan cierta semejanza con lo que emiten, aunque cada lengua los interpreta a su manera. La palabra zumbido procede del sonido vibrante zuzuzuzu de la abeja, y de ahí el verbo zumbar. Dicho esto, es más fácil identificar los verbos maullar, graznar, croar, cacarear y piar y relacionarlos con el gato, el cuervo, la rana, la gallina y los pájaros, porque su sonido es miau, gra-gra, croac, ca-ca y pío.

Los verbos murmurar, balbucear, susurrar, tartamudear y cuchichear, que significan distintas maneras de articular las frases, proceden de onomatopeyas como mur-mur, ba-ba, sss, repetición trabada de sílabas y chu-chu. La formación de estas palabras es comparable a la de las equivalentes inglesas: to murmur, to babble, to whisper (R.U.), to stutter (EEUU) o to stammer (Reino Unido), y to mutter; y en francés: murmurer, balbutier, chuchoter y bégayer, pues el francés no tiene dos verbos distintos como el español cuchichear y murmurar.

Tictac dio lugar a derivados como tictaquear. Tintinear nace del sonido metálico tin-tin. Repicar, del pic-pic repetido. Chasquido / chasquear, del chas seco. Crujir, del cruj áspero. Retumbar, del sonido profundo tum. Zarandear, relacionado con un ruido repetitivo. Bofetada, vinculada al sonido del golpe buf / bof. Tambor, del redoble tam-tam. Palabras muy lexicalizadas ya no parecen onomatopéyicas: burbuja, borbollar, borbotar –del sonido del agua hirviendo–; chicle, relacionado con el sonido pegajoso al masticar; gárgara y gorgotear, inspirados en el sonido de la garganta; y cencerro, tomado del tintineo repetido. Zigzag –que imita el movimiento rápido y quebrado– y clic son hoy voces completamente integradas. Así como el inglés buzz, bang, whisper y giggle (zumbido, estallido, susurro o cuchicheo y risita); el francés glouglou (onomatopeya de líquidos); el japonés: kirakira (brillar) y dokidoki (latido del corazón); y el alemán: klirren (tintinear) y plätschern (chapotear).

Foto: chino-mandarin-lengua-hablada-trayectoria

Queda claro con estos ejemplos que las onomatopeyas ni son universales ni son transparentes, pero su diversidad muestra que incluso en el terreno aparentemente más directo del lenguaje interviene la mediación cultural. No hay una reproducción exacta del sonido natural, sino una reconstrucción ajustada a un sistema. Lo más natural del lenguaje es, qué paradoja, profundamente cultural.

El oído también aprende

El estudio comparado de las onomatopeyas revela algo más profundo que una simple curiosidad folclórica. Nos enseña que el sonido no es una realidad neutra que el lenguaje copia sin más. El oído humano no funciona como una grabadora; funciona como un intérprete. Percibe, clasifica y adapta. Un niño japonés y un niño español escuchan el mismo gallo, pero lo insertan en moldes fonéticos distintos. El mundo no suena diferente: lo que cambia es la manera en que cada lengua lo organiza. Las onomatopeyas son la prueba de que incluso cuando creemos imitar la naturaleza seguimos hablando nuestra lengua. Porque no es el gallo quien canta distinto en cada país: somos nosotros quienes lo escuchamos con acento.

*Rafael del Moral es sociolingüista experto en lenguas del mundo y autor de la 'Enciclopedia de las lenguas', 'Breve historia de las lenguas', 'Historia de las lenguas hispánicas' y 'Las batallas de la eñe', así como de numerosos artículos en revistas especializadas.

El gallo canta kikirikí (o quiquiriquí) en español; bastante igual en alemán, kikeriki; se distancia, pero no mucho, en italiano, chicchirichì; en francés y portugués ya parece otro gallo: cocorico; y en inglés, no digamos: cock-a-doodle-doo; se comprende que los rusos, con tanto frío, tengan el oído torcido, kukarékú (кукареку); tan encorvado como la oreja cálida de los árabes, kukuryū (كوكريو). Los japoneses, que son enrevesadillos, oyen kokekokkō y escriben con el mismo estilo: コケコッコー; en chino mandarín lo reflejan así: 喔喔喔 o así: 公鸡喔喔叫, pero lo que nos agobia es la pronunciación: gōu gōu gōu. Los coreanos, como los ingleses, oyen más una o: kko-kki-o (꼬끼오), y los turcos —y esto es lo más sorprendente—: ü-ürü-ü. Nosotros creíamos que la vocal del gallo es la i, pero no: la o y la u tienen sus espacios. Y la e solo asoma claramente en neerlandés: kukeleku. Sin embargo, la vocal más abierta, la a, no aparece para imitar el sonido del gallo.

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