La estadounidense Ruth Asawa habría cumplido este 2026 cien años y sería toda una estrella. Ya lo fue en los años cincuenta del pasado siglo, cuando su obra se volvió un reclamo en las galerías californianas. Sin embargo, lo interesante es que sus trabajos dan completamente en la tecla del gusto actual, un siglo más tarde.
La delicadeza, la armonía, la quietud, pero también el movimiento sincopado. La búsqueda de la belleza y el bienestar. Los diseños florales y arbóreos, bonitos y elegantes entre tanto desastre. Todo lo que son estos años pospandémicos reflejados en las imágenes de redes como Instagram. Ese magnetismo explica por qué esta retrospectiva, que aterriza ahora en el Guggenheim de Bilbao en su debut español, batió récords de asistencia en el SFMoMA —siendo la más vista desde antes de 2020— y triunfó en el MoMA de Nueva York.
Asawa es casi más una artista de los veinte del XXI que de su propio siglo. En su descargo: ella fue pionera y creadora, no como las usurpadoras redes. “Es una artista que al principio de su carrera tuvo muchísimo éxito, pero a partir de los 60 abandonó las galerías y se centró en su trabajo en el estudio. No volvió a entrar en una galería comercial hasta los 2000”, nos cuenta Janet Bishop, comisaria jefe del SFMoMA. Y entonces fue ya imparable con obras valoradas en más de cuatro millones de euros y siendo recuperada por museos como el Whitney (aparte de los MoMA y ahora Guggenheim). “Hay algo en la universalidad de su lenguaje, tiene un vocabulario concreto y los visitantes nos decían que les gustaba perderse en la belleza de sus obras”, añade Bishop. Porque, efectivamente, esta es una exposición que se puede pasear sin leer cartelas, solo admirando esculturas grandes y pequeñas como si fuera un bosque de diversas formas hechas de alambre. Tampoco hace falta entender mucho más. “En un mundo cada vez más loco, más sobrecargado, su obra permite seguir moviéndote con fluidez”, señala por su parte Cara Manes, comisaria asociada del MoMA.
Influencia japonesa
Asawa no es muy conocida en España (ni en Europa en general) porque su trabajo lo realizó en San Francisco, donde vivió desde 1949 hasta su muerte en 2013, y se ha movido mucho más en la estela estadounidense a la que aportó su distinguido toque japonés (que hoy es otro de los motivos de su éxito: actualmente Japón está en todas partes).
Era hija de emigrantes japoneses y eso afectó a su obra por dos vías. Por un lado, sufrió el internamiento al que EEUU sometió a los japoneses (incluso los nacidos allí) durante la II Guerra Mundial. Asawa estuvo 18 meses internada en una prisión y fue allí donde aprendió a dibujar. La enseñaron otros internos que habían trabajado en los estudios de Disney. En cuanto salió de allí se puso a estudiar arte. Quería ser profesora, pero su creatividad la llevó directamente al camino del artista. Después lo dijo muchas veces: el internamiento fue malo, pero sin él no hubiera tenido esa carrera. Por otro lado, está toda la influencia oriental: la papiroflexia, el origami, el mundo armonioso de la naturaleza. La directora del Guggenheim, Miren Arzalluz, reproduce con precisión las palabras que mejor evocan, según ella, las obras de Asawa: “Habitan el espacio sin robar el aire”. Y algo de eso hay. “Es un lema necesario en tiempos inciertos”, apostilla.
En concreto, el montaje de la exposición se da en dos salas del museo. Tiene unas 250 obras (aunque no parecen tantas) y están organizadas en diez secciones de forma cronológica a lo largo de seis décadas, desde finales de los años cuarenta, cuando estudió en la Black Mountain College (1946-49) y coincidió con Josef Albers, John Cage o Merce Cunningham (y se nota la labor de estos excepcionales y experimentales artistas) hasta su época final con los dibujos en tinta de las flores que crecían en su casa. Es un montaje bonito, delicado…, en el que la lectura es el trabajo que la artista hizo con los diferentes materiales (del hierro, al bronce, el papel…) y esas formas danzantes de sus famosos lóbulos (ella los llamaba así: son unas especies de cestas).
No hay ningún tipo de intención espiritual o filosófica ni por supuesto, política. “No, la cuestión es más bien formal”, clarifica Manes. Se entiende el éxito primerizo de Asawa porque en los años cuarenta y cincuenta resultaba muy moderna. Los lóbulos, cuya idea había extraído de la cestería mexicana (el primero es de 1949), son fantásticos. Los hacía de abajo arriba con una línea continua de alambre, un material rígido que le exigía mucha fuerza en las manos. Pero también trabajaba con estampados para papel pintado y otros tejidos. Es un diseño de interiorismo -otro motivo de su éxito actual- que buscaba una experiencia sensorial y que pronto le llevó a trabajar con productos comerciales. Pero ahí es cuando lo dejó y se metió en su estudio porque no quería vivir de los productos en serie. Podría haberlo hecho perfectamente. Hoy algo parecido te encuentras en las tiendas de muebles de diseño de todo el mundo.
Tras casarse en 1949 con el arquitecto Albert Lanier con quien tuvo seis hijos -que también colaboraron con la obra de su madre; a ella le gustaba mucho la creación comunitaria- empezó a trabajar con diferentes formas de los lóbulos. Más grandes, más pequeños, otros colgantes… Y algunos se empezaron a abrir como si fueran figuras de árboles (algo que le llegó de casualidad cuando se le rompió un alambre y le gustó la forma que se quedó). A estos les llamaba “ventanas abiertas”. No obstante, pese a la profusión de lóbulos por todo el montaje, una de las mejores partes son los grabados de Tamarind (1965), litografías que evocan flores como la amapola, las suculentas, las capuchinas o los crisantemos, y que dan buena cuenta de la excepcional técnica de la artista con esta disciplina.
Podría haberse dedicado a la manufactura -el renombre que tenía ya entonces en el diseño y la moda era total- pero Asawa tenía un interés por que el arte llegara a la comunidad y todo el mundo pudiera disfrutarlo. Empezó a colaborar con las instituciones de San Francisco en los sesenta para la creación de fuentes públicas como la famosa Andrea, de 1968, en la que aparece una sirena amamantando a un bebé. Generó mucha controversia entonces, pero ahí sigue y es una pieza emblemática de la ciudad, donde también se pueden ver sus Fuentes de Origami (1975-76) o su jardín del recuerdo (con todas esas formas armoniosas tan orientales). En 1994 presentó en San José su colosal Monumento Conmemorativo del Internamiento de Japoneses Estadounidenses donde esta vez sí incidía en aquello que ella, su familia y otros tantos vivieron durante la II Guerra Mundial.
Culmina el montaje con creaciones para su casa (“era y sigue siendo mi estudio”, como ella dijo hasta el final). Estaba en Noe Valley y es absolutamente de catálogo. Hay una foto en la exposición en la que se ve su salón con amplios ventanales, los lóbulos colgantes, sus hijos, otro tipo de creaciones… “Un modo de vida relajado y desenfadado”. Absolutamente moderno para la época. Incluso se pueden ver unas puertas monumentales que Asawa creó para la entrada. Es más, también se exponen varios moldes faciales que la artista creó de las personas que pasaban por esa casa. Que eran muchas. Debía ser un sitio espectacular y con un gusto que hoy nos parece muy contemporáneo, pero que entonces era totalmente innovador. Ese es el gran mérito de Ruth Asawa: llegar antes que los demás.