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Cuando sonreír era de pobres y marginales
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la historia de un gesto

Cuando sonreír era de pobres y marginales

En la Europa del Barroco, el control de las emociones era el mayor símbolo de estatus: una boca cerrada era la máxima expresión de dignidad y poder; la sonrisa era rasgo de campesinos en tabernas, de mendigos o de locos

Foto: Esta sonrisa del Amor victorioso, de Caravaggio, es lo más transgresor que se hizo en mucho tiempo (hacia 1601-1602).
Esta sonrisa del Amor victorioso, de Caravaggio, es lo más transgresor que se hizo en mucho tiempo (hacia 1601-1602).

Vivimos bajo la tiranía de la sonrisa obligatoria. Basta que alguien levante un teléfono en medio de una cena para que todos los comensales congelen un gesto de felicidad absoluta. Hemos convertido la alegría en un requisito indispensable de nuestra identidad visual. Sin embargo, la obligación de sonreír ante una cámara es una anomalía histórica reciente. La relación del ser humano con la sonrisa en el retrato ha sido, a lo largo de los siglos, mucho más accidentada y contradictoria de lo que imaginamos.

Hay que retroceder hasta los primeros rostros que el hombre se atrevió a dibujar para entender por qué. Desde Sumer hasta Egipto, desde la Grecia arcaica hasta el mundo etrusco, las figuras más antiguas presentan una curva ascendente en los labios que los especialistas llaman sonrisa arcaica. No era, sin embargo, una expresión de júbilo: probablemente respondía también a una convención técnica para dar vida al rostro. Un gesto neutro tiende a parecer serio; la leve curvatura de la boca era la manera más sencilla de insuflar vida a una cara. La sonrisa, en sus orígenes, no representaba la felicidad de nadie.

Ese estado de inocencia duró hasta que la filosofía se impuso sobre la intuición artística. Cuando la Grecia clásica comenzó a divinizar al ser humano y a reducirlo a proporciones matemáticas, la sonrisa desapareció. El Discóbolo o el Doríforo no sonríen porque no son personas, son ideales. Roma heredó esa gravedad y el cristianismo primitivo la mantuvo. Pero la historia de la sonrisa no es una línea recta, es una serie de pulsaciones. Cuando en la plena Edad Media la vida volvió a las ciudades y el pensamiento de Aristóteles desplazó al rigor platónico, el arte gótico recuperó la sonrisa en sus vírgenes y pórticos. El mundo volvía a tomarse con menos solemnidad. Aquella sonrisa se apagó con la crisis del siglo XIV y el Renacimiento no la devolvió, Miguel Ángel prácticamente la desterró de sus obras por exigencias de su idealismo neoplatónico, y su sombra se proyectó durante todo el Barroco.

Para comprender la aversión clasista hacia la risa basta pasear por las salas del Prado. Reyes, nobles y burgueses nos observan con gravedad imperturbable. En la Europa del Barroco, el control de las emociones era el mayor símbolo de estatus: una boca cerrada era la máxima expresión de dignidad y poder. Sonreír enseñando los dientes era rasgo de campesinos en tabernas, de mendigos o de locos. Fuera de los Países Bajos (donde Frans Hals o Jan Steen retrataban la vida popular con naturalismo sin complejos) la sonrisa abierta era o un marcador de clase baja o un recurso transgresor. Caravaggio lo sabía bien cuando pintó su Amor victorioso (1602) con esa mueca insolente destinada a escandalizar.

placeholder Detalle del autorretrato de Élisabeth Louise Vigée-Le Brun que causó escándalo al enseñar los dientes. (The National Gallery de Londres)
Detalle del autorretrato de Élisabeth Louise Vigée-Le Brun que causó escándalo al enseñar los dientes. (The National Gallery de Londres)

El punto de inflexión llegó a finales del siglo XVIII y tuvo nombre de mujer. En el Salón de París de 1787, la retratista oficial de María Antonieta, Élisabeth Vigée Le Brun, se autorretrató con los labios entreabiertos, mostrando una hilera de dientes blancos junto a su hija pequeña. El boletín Mémoires Secrets recogió la indignación, aquella afectación había sido condenada unánimemente por personas de buen gusto y no encontraba precedente entre los Antiguos. Vigée Le Brun no ignoraba lo que hacía. La sonrisa con dientes existía ya en la pintura doméstica holandesa, pero nadie se había atrevido a trasladarla al retrato formal y personal. Con ese destello de esmalte introdujo la sensibilidad romántica en el arte, el afecto y la naturalidad valían más que la rigidez de las convenciones.

Cuando la fotografía se popularizó, los primeros retratados mantuvieron la seriedad pictórica. Una imagen seguía siendo un documento solemne. Mark Twain llegó a escribir que nada era más comprometedor para la memoria de un hombre que una sonrisa tonta fijada para siempre. Sin embargo, a principios del siglo XX la publicidad se apropió del hallazgo de Vigée Le Brun. Compañías como Kodak invirtieron millones en convencer al mundo de que las fotos servían para documentar momentos felices, instaurando la orden de decir "patata" o "cheese" ante el flash. La sonrisa dejó de ser una subversión artística para convertirse en una exigencia comercial.

Compañías como Kodak invirtieron millones en convencer al mundo de que las fotos servían para documentar momentos felices

Hemos recorrido un camino paradójico. Si los nobles del siglo XVI consideraban que sonreír era una imposición plebeya, nosotros hemos convertido la felicidad pública en un trabajo a tiempo completo. Hoy nos aterra parecer serios. Hemos perdido el derecho a la gravedad, esa capacidad de estar en el mundo sin demostrar constantemente lo bien que nos va. Quizá por eso resulta tan reconfortante volver a los retratos de Velázquez o Rembrandt. En esos rostros de labios apretados y mirada profunda no vemos a personas amargadas, vemos a seres humanos que ejercían el lujo de la autenticidad en silencio. Ellos nos recuerdan que la dignidad no necesita filtros y que, a veces, reclamar el derecho a no sonreír es el acto de libertad más genuino que nos queda.

*Jorge Herrero (Zaragoza, 1990) es historiador e informático. Vive entre líneas de código y relatos del pasado, buscando siempre conectar a través del conocimiento. Escribe sobre Historia, Cultura y la forma en que ambas configuran nuestra identidad.

Vivimos bajo la tiranía de la sonrisa obligatoria. Basta que alguien levante un teléfono en medio de una cena para que todos los comensales congelen un gesto de felicidad absoluta. Hemos convertido la alegría en un requisito indispensable de nuestra identidad visual. Sin embargo, la obligación de sonreír ante una cámara es una anomalía histórica reciente. La relación del ser humano con la sonrisa en el retrato ha sido, a lo largo de los siglos, mucho más accidentada y contradictoria de lo que imaginamos.

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