Quizá sea el momento de ver la vida en rosa: lo que este color ha hecho por nosotros
La industria conoce ahora 129 tonos de rosa: desde el rosa chicle hasta el tuliano, desde el blush hasta el punch... Y tiene una historia increíble, que cuenta el experto Björn Vedder en este adelanto de su libro
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Hoy en día, el rosa está en todas partes, no solo desde la película de Greta Gerwig (Barbie, 2023) y la tendencia de moda que trajo consigo, sino desde hace mucho más tiempo. Las cosas rosas dominan nuestra vida cotidiana: hay vestidos rosas y zapatos rosas, paredes rosas y cojines rosas, juguetes rosas y muebles rosas, accesorios rosas y cosméticos rosas, platos rosas, bebidas rosas y chocolate rosa, coches rosas, autobuses rosas, bicicletas rosas, aviones rosas... Y cada vez son más las cosas de este color. Porque la industria lanza nuevos productos de color rosa todos los días e inventa continuamente más tonos de rosa para vender aún más cosas de color rosa. En la actualidad, la paleta asciende ya a 129 tonos, desde el rosa hasta el fucsia, pasando por el salmón y el magenta, desde el melocotón al coral y el rosa chicle hasta el rojo fresa, desde el cotton candy al pink glow y el love potion hasta el tender touch. Aunque cada tono de rosa es un poco distinto, para mí fueron durante mucho tiempo uno solo, un cliché, el barniz chirriante de una sociedad frenética de usar y tirar que, con ligeras variaciones, tiñe de rosa todo lo que debe ser alegre o de una belleza superficial y adorable, como los bustos de supermodelos de mis hijas, los cojines del sofá de mi hermana o el polo rosa de mi compañero de trabajo. Siempre la misma historia de lo dulce, lo ingenuo y cándido, lo alegre y femenino, lo naif y divertido.
Este prejuicio, sin embargo, se hizo añicos cuando conocí en Viena a una mujer llamada Rosa. Yo acababa de dar una breve charla para presentar la exposición de un pintor y quería ir enseguida al bar, porque tenía la boca bastante seca, cuando se interpuso en mi camino. Se parecía a Campino con un disfraz de Barbie de Vivienne Westwood y era muy encantadora, agradable y divertida..., e iba vestida de rosa de los pies a la cabeza. Así que empezamos a hablar. Además de amiga del pintor, ella misma también era artista. Planeaba una exposición en Berlín que se trataría exclusivamente del color rosa y de cómo una mirada rosa al mundo podría ayudarnos a superar el estado de ánimo de crisis omnipresente. "¡Ver de color rosa o hundirse en la fosa!". El título lo había traducido de una frase del inglés que combina las gafas de cristales rosas del lema con la moderna ideología del éxito: Pink or sink! Me preguntó si me apetecía hablar sobre ello en la inauguración, y me pareció una idea sensacional porque arrojaba una luz sorprendente sobre el color y porque yo también tenía la impresión de que un poco más de alegría y optimismo no nos vendría mal. Así que, tres semanas más tarde, me encontraba en una galería emergente en la Hohenzollerndamm de Berlín explicando que "no es la crisis lo que nos está derribando, sino nuestro propio comportamiento cuando estamos en apuros", y añadía que debíamos ver el futuro de una manera optimista y alegre si queríamos mantenernos a flote.
"No es la crisis lo que nos está derribando, sino nuestro propio comportamiento cuando estamos en apuros"
El argumento lo saqué del médico y filósofo griego Galeno, que conocía tanto las crisis vitales como las situaciones críticas de sus pacientes, y que sabía por experiencia que quien se da por vencido cuando su vida está en la cuerda floja ya ha perdido. El elogio de Galeno a la persistencia lo asocié con el amanecer, que también es optimista para muchas personas porque anuncia la salida del sol y un nuevo día. "Eos, la de rosáceos dedos", como cantaba ya el poeta griego Homero, abre el cielo para que su hermano Helios pueda pasar con su carro del sol. Y así como la aurora promete un día soleado, la perseverancia rosa debería guiarnos a través de la crisis. Porque en ese momento, en el invierno de 2022, nosotros también teníamos la sensación de que nuestra vida estaba en peligro. Y nos enfrentábamos a esa sensación con una gran fiesta: con vestidos rosas, con cien cajas de vino rosado y una paleta de macarons rosas recién hechos de una panadería vienesa. Todos estaban allí. También Erik, el pintor de Viena, con un precioso traje rosa de Tom Ford o Gucci (como Ryan Gosling dos años más tarde en los Óscar), aunque por desgracia faltaba Peter Fox, a quien había invitado a cantar su canción Zukunft Pink, que era un éxito en ese momento.
Alle malen schwarz, ich seh’ die Zukunft pink
Wenn du mich fragst, wird alles gut, mein Kind.
[Todo el mundo lo pinta de negro, pero yo veo el fu-
turo rosa. Si me preguntas a mí, todo irá bien, cariño].
De todas formas, estábamos de muy buen humor y escuchamos otras canciones sobre el rosa, porque hay bastantes, desde la mundialmente famosa canción de amor de Édith Piaf La vie en rose (1947) y el estándar del jazz Looking at the World Through Rose Colored Glasses (1962), de Frank Sinatra, pasando por la canción de Gilbert Bécaud L’important c’est la rose (1967) y la agresiva y desafiante autoafirmación de Hildegard Knef Für mich soll’s rote Rosen regnen (1968), hasta la divertida canción de rock de Aerosmith Pink (1997): "Yeah, pink, it’s like red but not quite".
Sin embargo, cuando ya en casa pasé revista a la noche, me pregunté si no me lo había puesto demasiado fácil. Pink or sink, mantenerse alegre a pesar de la crisis; eso estaba muy bien. Pero el rosa no es solo el color de la aurora auspiciosa, sino también el del crepúsculo que cierra el día y hace que la luz desaparezca. Y a menudo esa puesta de sol es mucho más bonita que la aurora. Por lo tanto, nuestro lema podría haber sido muy diferente: ¡ver de color rosa y hundirse en la fosa! Porque, hablando del cielo, el Pink or sink solo abarca la mitad de la revelación.
'Rosa' (Taurus): Los pintores veían en el color rosa la encarnación del espíritu. Para Yves Klein representaba el color del vuelo de regreso tras explorar el absoluto con su azul ultramarino. Madame Pompadour fue la primera en convertir el rosa en símbolo de las mujeres seguras de sí mismas. Más tarde, este color cayó en desgracia, se convirtió en un símbolo de las amas de casa conservadoras con Mamie Eisenhower y, más recientemente, con Barbie, en un pigmento del color del consumo de plástico ilimitado.
Björn Vedder: Escritor, filósofo y comisario de exposiciones. Estudió literatura y filosofía en las universidades del Ruhr en Bochum, Humboldt de Berlín y Bielefeld, donde obtuvo en 2008 el doctorado con una tesis sobre el escritor y traductor Wilhelm Heinse. Su labor intelectual abarca la crítica de arte, la reflexión filosófica y la interpretación literaria, ámbitos en los que destaca por su mirada ética y social sobre la cultura contemporánea.
Esta unilateralidad acercó nuestra postura a las gafas de cristales rosas, que se han vuelto proverbiales y tienen fama de ser una forma de ensoñación ingenua e irreal, por lo que la gente suele reírse de quienes las llevan, a menos que estén enamorados. De hecho, el momento en que el ser amado resplandece ante nuestros ojos cegados por Cupido, como si estuviera cubierto de mil pequeños cristales, parece ser una de las pocas excepciones en las que estamos dispuestos a aceptar la ensoñación rosa. Porque los amantes están enajenados. Amantes amentes, decían los romanos. Y a veces está bien estar un poco loco o ser alguien por el que otro está loco. El himno de esta locura rosa es La vie en rose de Piaf. Esta chanson describe cómo el enamoramiento hace que una persona vea toda la vida alegre y feliz y, por lo tanto, ha ejercido una gran influencia en nuestra manera de entender las gafas de color rosa:
Quand il me prend dans ses bras
Qu’il me parle tout bas
Je vois la vie en rose.
En español: "Cuando él me toma en sus brazos y me
habla suavemente, veo la vida de color rosa".
Nunca me ha convencido la visión unívoca y ligeramente despectiva de esas gafas de cristales rosas. Por eso me gustó que la exposición de Berlín se opusiera a ello en cierta manera, y con buenos argumentos. Porque no creo que Galeno estuviera loco, ni que estén equivocadas las innumerables investigaciones empíricas sobre los efectos positivos de una visión del mundo optimista y alegre para el éxito de nuestras acciones. Pero también creo que la situación no mejora limitándonos a cerrar los ojos y pensar en algo bonito. Y me preguntaba si no se podría formular una versión de las gafas rosas que incluyera también las puestas de sol y fuera más completa en su anuncio de nuestro sol errante. Una alegría rosa que también sea seria. Al intentarlo, me he topado con una tradición de pensamiento que se remonta a la Antigüedad, y a la que me gustaría llamar "el optimismo de la aurora".
El rosa celeste es, sin duda, solo uno de los fenómenos que me hizo ver la vie en rose de otra manera. Hay algunos más. Quizá el más llamativo es el estereotipo de género según el cual el rosa es un color de niñas. Estaba convencido de que este cliché ya no tenía ningún valor en la actualidad. Sin embargo, su preponderancia quedó demostrada por la indignación de los aficionados cuando la Federación Alemana de Fútbol decidió que sus futbolistas compitieran en la Eurocopa 2024 con camisetas de visitante de color rosa. "¿Es una camiseta de mujer?"; "¿De qué color es el esmalte de uñas?". Los comentarios de este tipo (y también malintencionadamente homófobos) se multiplicaron hasta tal punto que la federación se vio obligada a lanzar una campaña en favor de la camiseta, con la intención de mostrar que los hombres no solo pueden llevar el color rosa, sino que también pueden ganar con él.
No obstante, durante mucho tiempo esto había sido un hecho evidente, porque originalmente el rosa era un color de hombres. Ya los cazadores del Neolítico utilizaban ocre para teñir de rosa su taparrabos, cubriendo y a la vez acentuando "la estaca roja que nace entre las caderas" (como decía Goethe con gran elegancia). Y hasta el final de la vieja Europa, bajo el cadalso, los hijos de las casas nobles europeas se vestían de rosa para remarcar su hombría y su virilidad juvenil. De ellos tomó el rosa madame de Pompadour, la amante de Luis XV, para incorporarlo a su vestuario, porque con el color de los cortesanos podía señalar su emancipación: de amante a política influyente. A consecuencia de ello, sin embargo, el color perdió su vínculo con la nobleza y la masculinidad, y pronto degeneró en el color de moda de la bohemia y el nouveau riche. Y con el tiempo, después de la Gran Guerra, la ideología reaccionaria devolvió el color rosa a un lugar en el centro de la sociedad, como señal de un retorno a los valores familiares y a los roles tradicionales en el Pink Think, y como seña de identidad del ama de casa sexualizada en las pin-ups.
En el Neolítico utilizaban ocre para teñir de rosa su taparrabos, cubriendo y a la vez acentuando "la estaca roja que nace entre las caderas"
La historia moral y cultural moderna se refleja en el papel cambiante que este color ha desempeñado en la relación de los sexos y en las ideas asociadas a cómo las personas deben comportarse —o, mejor dicho, no comportarse—, igual que el arcoíris se refleja en una gota de agua. El rosa reúne a personas y cosas muy dispares: no solo amas de casa y pin-ups, sino también licores y diamantes, musicales y trincheras, el gran Gatsby y Frida Kahlo, Mamie Eisenhower y Jayne Mansfield, el shocking pink y Coco Chanel, Yves Saint Laurent y la Pantera Rosa...
Si hay una moraleja que pueda extraerse de esta cambiante historia, tal vez sea que con el rosa no se puede hacer una política de identidad, porque lo que el color incluye por un lado lo excluye por otro. En este sentido, el rosa es el color diverso por excelencia.
Esto es lo que expresa Aerosmith en el videoclip de Pink, un modelo de inclusión veinticinco años antes de que el concepto se pusiera de moda. El cantante, Steven Tyler, aparece como un conejito rosa. Hay una dominatrix, gays, viejos, crossdressers y travestis, negros, hispanos y asiáticos, gente muy pequeña y muy grande, gente muy gorda y muy delgada, elfos y luchadores de sumo, góticos, punks y fetichistas, colegialas y bailarines de ballet... Las figuras se suceden (animadas por ordenador); las caras de la banda aparecen una y otra vez (con distintas apariencias), y al final un centauro toca la guitarra.
Por supuesto, Aerosmith también hace referencia a la estrecha relación entre el rosa y la comunidad LGTB+, aunque ahora la bandera del arcoíris ha cobrado más importancia. Aun así, en realidad el rosa es mucho más inclusivo que el arcoíris, porque este solo contiene una parte de la luz visible. Y la luz visible que no forma parte del arcoíris es el rosa. Viene de los extremos opuestos del espectro y roza nuestros conos visuales tanto para la luz roja como para la azul. Por lo tanto, hace visible lo que el arcoíris excluye. Es una luz de comunión y de unión de los opuestos.
Esta relación del rosa y el arcoíris con la comunión tiene un notable paralelismo en la religión cristiana y la pintura. Muchos pintores usaban el rosa para referirse al Espíritu Santo, que, como es sabido, en el Nuevo Testamento tiene la función de crear comunión. En el Antiguo Testamento, en cambio, el símbolo unificador era el arcoíris.
La prehistoria espiritual del rosa es el segundo foco de mis descubrimientos, ya que abre una visión de este color diferente de la que ofrece la cultura de consumo coloreada, y se extiende hasta el presente. En este contexto, las artes visuales han sido especialmente importantes para mí. Nos muestran el rosa no solo como el color del Espíritu Santo, de la elevación espiritual o de la materialización de ese espíritu, sino también del coqueteo con perfume de rosas, del éxtasis erótico, de la alegría de vivir y de la felicidad de sentirse como en casa en el mundo.
Estas ilustraciones del sentimiento rosa lo hicieron tangible para mí por primera vez como un estado de ánimo, porque muestran que el rosa no es solo un color, sino una actitud ante la vida. "Pink isn’t just a color. It’s an attitude", dice Miley Cyrus.
Considerado como una actitud ante la vida, el rosa es el complementario del gris, que, como ha explicado recientemente una teoría filosófica del color, no es solo el tono de la idea que nos explica el mundo de la burocracia que maneja nuestras vidas y de los hombres grises que tiran de las cuerdas tras el telón, sino también de un mundo amenazante en el que hemos sido arrojados al nacer y en el que nos dejan solos con nuestros miedos y preocupaciones.
Los hombres grises hacen la vida tan gris como ellos mismos: trajes grises, sombreros grises, caras grises y pensamientos grises
Ese es el sentimiento del gris. Es el resultado de una mirada hacia adentro y de una cierta ceguera al color, que también puede deberse a razones habituales. En la novela de Michael Ende Momo (1973) se dice: "Los hombres grises hacen la vida tan gris como ellos mismos: trajes grises, sombreros grises, caras grises y pensamientos grises. Y nadie sabe cómo hacerles frente". Excepto la propia Momo, por supuesto, pues los hombres grises solo existen"porque la gente les da la oportunidad de existir".
A ello se opone el sentimiento rosa. Es el sentimiento de estar en contacto con el mundo y con los demás, de poder dar forma a la propia vida. Es la confianza de estar a salvo en la Tierra. El rosa nos abre la mirada al "feliz mundo de las cosas y a su Dios, el Sol". Así se puede esperar con alegría lo que está por venir. Sin miedo ni preocupaciones, tranquilo y relajado en el aquí y ahora.
Sin embargo, el sentimiento rosa no sería rosa si en él no se detectara un leve tono grisáceo. Se muestra como un temblor existencial ante las crueldades y contradicciones de la vida, como una decepción en el amor y como un páramo deslumbrante en nuestro mundo de plástico donde el rosa se ha vuelto gris. Pese a todo, la historia del color ofrece lo suficiente para superar este gris. Todo lo que tenemos que hacer es volver a ver de color rosa.
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