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Muere a los 96 años Jürgen Habermas, el último gran filósofo de la Escuela de Frankfurt
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Muere a los 96 años Jürgen Habermas, el último gran filósofo de la Escuela de Frankfurt

Nació en Düsseldorf, Alemania, en 1929 y fue el representante más destacado de la segunda generación de filósofos de la Escuela de Frankfurt

Foto: El filósofo Jürgen Habermas en una fotografía de archivo. (EFE/Jesús Diges)
El filósofo Jürgen Habermas en una fotografía de archivo. (EFE/Jesús Diges)

En 1962, con treinta y tres años, Jürgen Habermas publicó su tesis doctoral, Historia y crítica de la opinión pública. En ella explicaba cómo las sociedades democráticas modernas surgieron en los cafés y los salones europeos del siglo XVII, donde la clase burguesa, con el desarrollo del comercio internacional y un incipiente capitalismo, empezó a hablar de economía y política. Fue el nacimiento de la "opinión pública". Y esa deliberación informal, privada y ajena al afán controlador de los Estados acabó siendo la base del mundo moderno. Un mundo de argumentos y razones. Un mundo de comercio y noticias.

Habermas, que ha muerto este sábado en Stanberg a los 96 años, nació en Düsseldorf, Alemania, en 1929. Creció en una familia protestante y conservadora de la próspera clase media de provincias. Terminada la Segunda Guerra Mundial, estudió en varias universidades alemanas antes de acabar en 1956 en el Instituto de Investigación Social de la Universidad Goethe. Allí coincidió con dos de los principales representantes de la llamada Escuela de Frankfurt, Theodor Adorno y Max Horkheimer, figuras extraordinariamente importantes para la cultura alemana de mitad del siglo XX. Como casi toda esa generación de pensadores alemanes, ambos habían emigrado durante el nazismo a Estados Unidos, donde desarrollaron una crítica demoledora contra el capitalismo y la cultura occidental moderna. Consideraban que la industrialización había reprimido nuestros instintos primitivos y nuestros anhelos revolucionarios, y que la cultura moderna estaba dominada por fuerzas represoras y era, a pesar de su apariencia amable y entretenida, una forma de control social.

placeholder Theodor Adorno, uno de los mentores de Haberman, en una foto de archivo.
Theodor Adorno, uno de los mentores de Haberman, en una foto de archivo.

Los dos identificaban en el capitalismo americano muchos rasgos comunes con el nazismo: la publicidad y la cultura popular no eran tan distintas de la propaganda, y los grandes medios de comunicación homogeneizaban a los individuos y los despersonalizaban. A pesar de que Habermas es considerado un miembro de la segunda generación de esta corriente filosófica, no tardó en chocar con sus maestros. Pensaba que se habían vuelto cínicos y que su desilusión con la democracia era peligrosa. A diferencia de ellos, creía que el legado de la Ilustración y el liberalismo era valioso; que el racionalismo deliberativo y la contraposición de argumentos mejoraban la sociedad. En muchos sentidos, los seres humanos solo se desarrollaban con plenitud cuando hablaban entre sí, cuando enfrentaban sus opiniones, como explicó en otra de sus grandes obras, Teoría de la acción comunicativa (llegó a especular que su fijación por la comunicación humana se debía a haber nacido con el labio leporino, lo que le había dificultado el habla).

Habermas era consciente de muchos de los problemas que tienen la democracia y el capitalismo actuales y, en realidad, no fue nada complaciente. Pronto se convirtió en el principal intelectual socialdemócrata alemán, con una presencia constante, crítica y profesoral en todos los debates públicos, en todos los medios y foros posibles. Inventó, de hecho, la noción de "patriotismo constitucional" —que más tarde en España haría suya José María Aznar—, que suponía una manera de demostrar compromiso con el propio país sin caer en el nacionalismo. En su caso, como en el de tantos miembros de su generación, el nazismo fue el gran trauma que motivó su defensa del cosmopolitismo europeísta. Pero más allá de su dedicación al estudio de la comunicación y la democracia, en sus decenas de libros abordó casi todos los aspectos imaginables en un filósofo alemán clásico de su tradición: el legado de Nietzsche (Sobre Nietzsche y otros ensayos) y de Marx (Después de Marx. La reconstrucción del materialismo histórico), la relación entre ética y ciencia (El futuro de la naturaleza humana) y entre creencias y democracia (Mundo de la vida, política y religión) o la construcción de la UE (La constitución de Europa).

El nazismo fue el gran trauma que motivó su defensa del cosmopolitismo europeísta

Sin embargo, siguiendo las enseñanzas de sus maestros, Habermas creía que la libre deliberación que fundamentaba la democracia estaba en declive a causa de los medios de comunicación de masas y la cultura popular, que se encontraban dominados por intereses privados y constreñían el verdadero poder de la libertad de expresión. En ese sentido, siempre tuvo algo de nostálgico e idealizó el pasado frente a los estragos de la sociedad industrial. Pero, en parte también por eso, fue uno de los filósofos contemporáneos que más y mejor se enfrentó a las ideas posmodernas que empezaron a circular por Europa y Estados Unidos a partir de los años setenta. Partidario del racionalismo y defensor de la ciencia, Habermas se enfrentó al relativismo filosófico. A diferencia de muchos pensadores posmodernos, que afirmaban que la ciencia era una herramienta ideológica de control, él consideraba que había contribuido a liberar al ser humano.

Habermas tuvo una larga vejez, durante la cual fue objeto de reconocimiento mientras seguía interviniendo en el debate público. Recibió el Premio Príncipe de Asturias de Ciencias Sociales en 2003, entre muchos otros homenajes en todo el mundo. Fue crítico con la gestión de Merkel durante la crisis financiera de 2008 y en ocasiones se mostró perplejo ante fenómenos como internet —que le generó una gran curiosidad— o la guerra de Ucrania, ante la que tuvo una posición menos beligerante que muchos de sus compatriotas. También sintió cierta nostalgia, si no por las sociedades religiosas, sí por el marco de valores compartidos que ofrecía la religión. Pero siempre pensó que la comunicación y la discusión, cuando no estaban constreñidas por las grandes burocracias o por instituciones opresoras, eran el único horizonte deseable para los seres humanos.

En 1962, con treinta y tres años, Jürgen Habermas publicó su tesis doctoral, Historia y crítica de la opinión pública. En ella explicaba cómo las sociedades democráticas modernas surgieron en los cafés y los salones europeos del siglo XVII, donde la clase burguesa, con el desarrollo del comercio internacional y un incipiente capitalismo, empezó a hablar de economía y política. Fue el nacimiento de la "opinión pública". Y esa deliberación informal, privada y ajena al afán controlador de los Estados acabó siendo la base del mundo moderno. Un mundo de argumentos y razones. Un mundo de comercio y noticias.

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