Juana La Loca, la reina que todo el mundo quiso ver muerta y vivió más que nadie (a su pesar)
Falleció entre orines, llagas y pestilencia en el palacio de Tordesillas donde la habían recluido, primero su padre, y luego su hijo. Este ensayo histórico recorre su figura y la "abominable" leyenda que se construyó
El 12 de abril
Murió doña Juana de Castilla y todo lo demás a los setenta y cinco años, camino de alcanzar los setenta y seis en el mes de noviembre. Hasta ese día terminal de la renovación que suele traer la primavera, había vivido veintidós años más que su madre, la reina Isabel la Católica, y once más que Fernando de Aragón, su desnaturalizado padre. La reina expiró apenas tres años antes que su condenado hijo mayor, Carlos, aquel que la mantuvo en la prisión ideada por Fernando el Católico y el cardenal Francisco Jiménez de Cisneros. Su primogénita, Leonor de Austria, también claudicó a los tres años, unos pocos meses antes que su hermano. Isabel, la tercera de sus vástagos, había fallecido casi treinta años antes al otro lado de Europa, bien unida a la hermana de su padre, la infanta Margarita de Austria, cuñada de doña Juana por partida doble, pues fue esposa de su hermano mayor, Juan, aunque solo durante un periquete. La penúltima de sus hijas, María de Austria, que había sido reina de Hungría y Bohemia y gobernadora de Flandes, también había exhalado el último suspiro en aquel fatídico año de 1558, en su caso en la comarca vallisoletana de Cigales. Los dos hijos que había parido en tierras castellanas, Fernando, único emperador español, y Catalina, su compañera en el presidio de Tordesillas, aguantaron más que los otros, quizá por haber sido criados en los reinos peninsulares; quizá por haber resistido más tiempo a la vida "amenca, en el caso de Fernando; quizá por pura casualidad. Fernando, que se convirtió en emperador tras la renuncia de Carlos I, murió nueve años más tarde que su madre. La pobre Catalina fue la que más tiempo lloró la muerte de la reina doña Juana, al fenecer veintitrés años más tarde, a la edad de setenta y un años, de lejos el más longevo de todos sus descendientes.
En lo que se refiere a sus queridos e ignorados hermanos, tampoco fueron muy a la zaga de la descendencia. La mayor de su casa, Isabel de Aragón, había desaparecido de aquel mundo dos años después de que doña Juana contrajera matrimonio obligado con Felipe, el archiduque borgoñón causante directo e indirecto de los males que habrían de aquejar a doña Juana durante buena parte de su vida. Su único hermano, el príncipe Juan, casado con la hermana del archiduque, había claudicado un año antes que la hermana mayor, sin haber cumplido los veinte años. La hermana pequeña, María, desposada con el rey de Portugal, falleció en 1517, un año después que el padre católico y aragonés de familia castellana, aun habiendo sobrevivido a diez partos, lo que debería colocarla en la lista de las supervivientes más extremas que uno pueda imaginarse. La más joven de los hermanos, Catalina de Aragón, alcalaína como su sobrino Fernando, resistió más que el resto, pues falleció en 1536 a la edad de cincuenta y un años, muy lejos de la marca conseguida por doña Juana. Quizá la única persona de la familia que fue capaz de llegar a entender lo que supuso la vida de doña Juana fue Catalina de Aragón y Alcalá de Henares, que había llevado una existencia de fracasos y aislamientos, con esposos que se morían o la querían ver muerta, capaz de provocar una aberración religiosa y una huida hacia la memoria funesta de aquel Enrique Tudor. Entre una realidad inimaginable y una irrealidad imaginada por buena parte de quienes deberían haberse esforzado en defender su persona, doña Juana de Castilla protagonizó una inexistencia insufrible, pasando la mayor parte de su vida enterrada, a la espera de una muerte que nunca parecía llegar, por más que todos aquellos que se preocuparon por anularla trataran de empujarla de un modo u otro hacia un final imposible.
A veces en vida cierta, a veces en incierta falsedad, la muerte de doña Juana de Castilla, así como toda su vida, de oculta y relatada pasó a ser pasto de una infame leyenda, tan miserable como las personas que protagonizaron semejante devenir. Objeto de cualquier rumor, chascarrillo, aventura y dislate que se pueda imaginar, doña Juana sí que se convirtió, parafraseando al veronés inventado por William Shakespeare a finales del siglo, en un juguete del destino. La reina fue, más que ningún otro personaje creado por los múltiples relatos que suele pergeñar la historia mal asumida, una promesa rota por los despiadados coetáneos que se esforzaron en imaginar una realidad imposible, donde la reina era principio y fin, causa y efecto de los males que habrían de afligirla en una larga vida, más que sufrida, padecida cada uno de los días que le tocó abrir los ojos para comprobar que aquello no era un entremés oficiado por una compañía de cómicos italianos traídos hasta la corte.
'Juana de Castilla' (Ática de los Libros): En esta biografía definitiva, Eduardo Juárez Valero reconstruye con rigor y precisión la auténtica trayectoria de Juana, desmontando los tópicos que la han reducido a un personaje pasivo. A partir de una profunda investigación y del acceso a documentación inédita, el autor muestra a una soberana plenamente consciente de su papel, capaz de gobernar y de comprender el alcance político de su herencia, pero apartada del poder por los intereses de quienes la rodearon.
Eduardo Juárez (Real Sitio de San Ildefonso, 1968): Es doctor en Geografía e Historia, docente y escritor. Ha publicado veinte libros, más de cuarenta publicaciones científicas, entre ellas la premiada Crónicas de un Real Sitio y más de tres centenares de artículos en revistas como National Geographic Historia o Muy Historia. Participa en programas de RTVE y CyLTV.
Siempre envuelta en acasos e invenciones sin sentido, la muerte de doña Juana no podía escapar a ese construir la irrealidad de una vida que pareciera real. Lo mismo ocurrió con todos los demás aspectos de su existencia: su matrimonio, la relación con su madre y, en especial, con su padre; el abandono de sus hermanos o el interés estrictamente personal con respecto a la vida propia, tal y como debería entenderse la relación de Catalina de Aragón con doña Juana; el abandono o, mejor dicho, el desinterés interesado con que sus hijos trataron la penuria de su encierro; la cosificación manifiesta de su persona y, en especial, su trascendencia política para la masa ingente de pecheros ignorantes y constantemente manipulados por el liderazgo político; la percepción que se tenía de ella como objeto de intercambio y legitimación de no pocos partidos políticos, tendencias, corrientes y líderes, todos ellos convencidos de saber qué era mejor para doña Juana y su penosa vida manipulada. Su muerte, digo, tuvo una sorprendente intrascendencia, más aún cuando su vida había sido un compromiso con la nada y un constante devenir hacia aquel momento final tan ansiado por ella como por el resto de los actores protagonistas de aquella tragedia.
En línea con el viejo refrán, doña Juana murió sola, cumpliendo con un objetivo deseado por tantos paisanos, coetáneos y familiares a quienes ese destino literario les dio con un palmo de narices durante más de cinco décadas. Empezando por la madre, muchos fueron los que hubieran deseado que doña Juana desapareciera de aquel mundo. Una vez se conoció la perla con quien la habían casado y siendo inalcanzable el control del primogénito a pesar de las negociaciones de Isabel la Católica sobre el tema, la vida de doña Juana dejó de tener interés político. Supongo que lo mismo pensarían el infame esposo en las Cortes de Valladolid o el padre desnaturalizado tras el pastiche escenificado en Toro; algunos castellanos en el trayecto marítimo desde Inglaterra a principios de 1506, o muchos aragoneses, valencianos, mallorquines y sicilianos una vez se hubo casado Fernando el Católico con la joven Germana de Foix. A esta, sin duda, le habría encantado que la ya reina de Castilla la palmara en cualquiera que fuese la circunstancia. Qué decir de los "amencos y castellanos diputados de Maximiliano I una vez falleció su hijo, el ya rey Felipe de Castilla, tras las mentadas e infames Cortes de Valladolid. Sin discusión alguna, este fue quien con más ahínco deseó que doña Juana muriera desde el momento en que supo de ella. Muerta antes de la boda por poderes o en el viaje de Castilla hasta Flandes, vía Inglaterra; muerta en un naufragio, o por cualquier peste, o por el pirateo de filibusteros franceses al servicio de Carlos VIII o de Luis XII de Francia; muerta en los bajíos de los puertos borgoñones o en el tránsito hacia Amberes o Bruselas; muerta antes de que pudiera consumar el matrimonio o, una vez consumado, en las nupcias o en las tornabodas. Muerta tras el segundo parto, pues, tras regalarle un heredero, había perdido la utilidad, o en cualquiera de los viajes y encierros recetados durante sus años de penuria privilegiada entre Flandes y Borgoña. Muerta tras la proclamación de Toledo o en los fastos de las Cortes Generales de Aragón. Muerta antes de parir a Fernando en Alcalá de Henares y, por supuesto, antes de las Cortes de Toro de 1505 y las de Valladolid de 1506. En cuanto al hijo desnaturalizado, el cardenal de todo, bueno hubiera sido que la diñara tras el fallecimiento de Fernando de Aragón, para simplificar así el proyecto de sucesión que tan bien había regado de influencia y más que probablemente dinero y prebendas el abuelo austriaco. Muerta para los realistas en Burgos o en Torquemada, en Medina del Campo o en Tordesillas, mucho antes de que se acercaran a ella por su prestigio y legitimidad los procuradores comuneros y, tras el fracaso de estos, muerta en el desaparecido caserón de Tordesillas por no haber consolidado la revolución que se había llevado por delante cabezas en Villalar y haciendas por toda Castilla.
Pese a tanto deseo de muerte, doña Juana, empeñada en vivir sin tener especial apego a la vida, transitó por tanta maledicencia hasta el final de sus días en una incomprensible existencia llena, como ya he dicho, de tergiversación y falsedad al servicio de una idea de nación, dinastía y supuesta hegemonía imprecisa en el mejor de los casos y muy fácil de desmontar, asunto este que se apreciará en las páginas venideras. Su muerte, deseada por tantos en tan diferentes momentos, se tornó en un objetivo casi inviable y, según le ocurriera a su bisabuelo paterno, aquel que sobrevivió a todos sus enemigos, acabó por ser imaginada como algo solemne y, de tanto esperar, absolutamente monumental.
Por otra parte, doña Juana de Castilla no despertó más que interés residual hasta la llegada del siglo XIX, la constitución del Estado liberal y la construcción artificial de la nación española a través de las múltiples y reiteradas obras escritas, pintadas y esculpidas. Hasta ese momento, doña Juana había sido una pobre mujer enferma que había estado en el lugar más inapropiado posible, dadas las supuestas condiciones mentales de las que hizo gala, a decir de algunas de las principales crónicas de aquella época, en concreto la escrita por Lorenzo de Padilla en vida de la reina acerca de su infame esposo y la archifamosa hagiografía de Fernando de Aragón pergeñada por Jerónimo de Zurita pocos años después de la desaparición de doña Juana. Para aquellos, defensor el primero de la memoria de los Reyes Católicos y de la Casa de Aragón el segundo, doña Juana no dejó de ser un verso suelto prescindible durante toda su vida, a excepción de los tiempos gestantes, con algo de defensa patria por parte de Padilla, que nunca dejó de ver a Felipe de Habsburgo como el extranjero usurpador que fue.
La llegada del liberalismo político y la aparición del nacionalismo durante ese ignoto y obviado siglo XIX español sacó del baúl de los despojos a doña Juana
La llegada del citado liberalismo político y la aparición del nacionalismo durante ese ignoto y obviado siglo XIX español no solo resucitó la memoria de los rebeldes comuneros, sino que sacó del baúl de los despojos a doña Juana de Castilla, presentándola como un personaje, que no persona, esencial para comprender lo extremadamente dificultosa y trágica que llegó a ser la constitución de la nación española, tan bien analizada y descrita por el maestro José Álvarez Junco. En ese contexto literario de divulgación excesiva, romanticismo exacerbado, pasiones desmedidas y necesidad de trascendencia constante de todos y cada uno de los actos descritos, la vida de doña Juana se trasformó en un sainete superficial y sensiblero, en un vodevil sacado de un entremés tardío y mediocre, donde el amor sustituía a la necesidad y la pasión desenfrenada al argumento político defendido con uñas y dientes. Ese contexto de imaginación desmedida y desconectada de la realidad se muestra en las numerosísimas fuentes primarias custodiadas en la sección de nobleza del Archivo Histórico Nacional, en la colección documental de la Real Academia de la Historia, en las Bibliotecas Nacionales de España y Francia, en los Archivos franceses y belgas y, principalmente, en el Archivo General de Simancas.
Todas esas referencias soslayadas permitieron construir una leyenda, asumida por media humanidad e ignorada por el resto, donde la debilidad inherente de doña Juana, por enferma, loca, sometida por las bajas pasiones y, en definitiva, por ser mujer en un mundo descrito constantemente para hombres del que su muerte no podría escapar a la invención más insensata que se pueda imaginar. No hay más que leer la descripción de sus últimos momentos entre los mortales que incluye Álvaro de Cienfuegos en su obra de 1726 acerca de la vida de Francisco de Borja. Escrito el volumen en un momento en que empezaba a cuestionarse la acción de la Compañía de Jesús, especialmente en el Nuevo Mundo y en el control de la educación, razones esas, entre otras, que provocaron la expulsión de los jesuitas en 1767, Cienfuegos ubicaba a Francisco de Borja en compañía de doña Juana en el momento de su muerte. Dándole consuelo y consejo, el eclesiástico panegirista mostraba a una mujer lúcida en los últimos compases de su vida, acompañada por tan insigne persona, allí presente para darle el último adiós y encomendar su alma a la divinidad. Para enmarcar aún más la fantasía, Cienfuegos aseguraba que el ilustre jurista segoviano, Domingo de Soto, había acompañado a Francisco de Borja hasta Tordesillas para, tras un análisis veraz basado en medio vistazo, afirmar que doña Juana nunca estuvo loca ni padeció enfermedad mental alguna que pudiera nublar su juicio o confundir su mente.
La muerte le dio alcance en medio de la absoluta soledad e indiferencia en que se había movido su persona, no así el personaje construido
Semejante fantasía, además de estar al servicio y defensa de la cuestionada Compañía de Jesús durante el siglo XVIII, se basaba en la presencia de Francisco de Borja en Tordesillas durante sus años de aprendizaje y juventud al servicio del entramado constituido en torno a doña Juana por Bernardo de Sandoval y Rojas y Francisco Jiménez de Cisneros. La muerte real y documentada de la reina, como el resto de su vida, fue, en realidad, un asunto rutinario dentro de la excepcionalidad que siempre la rodeó. Señora legítima de todos aquellos territorios en los que la intitulaban, dueña de un mundo que nada sabía ni quería saber de ella, la muerte le dio alcance en medio de la absoluta soledad e indiferencia en que se había movido su persona, no así el personaje construido a partir de ella. Según el informe que escribió su médico personal, el doctor Santa Cara, a Carlos I, doña Juana falleció el día de Viernes Santo de 1555, 12 de abril, para más señas. Impedida para moverse desde, al menos, el año 1552, la reina había endurecido aún más su penar con la pérdida del uso de las piernas. Dado que no podía moverse y, como en tantos momentos de su vida, se negaba a ser manipulada y retirada del espacio que fuera, padecía de llagas causadas por la inmovilidad, algunas de las cuales se gangrenaron. Esto la condujo a una situación hasta tal punto irreversible que se vio obligada a postrarse de costado entre los orines y el estiércol que ella misma producía, alimentando así las infecciones que minaban su escasa salud.
Por más que intentaran tratarle las heridas, infectadas y medio podridas, sajándolas y cubriéndolas con ungüentos egipciacos o quemando la peor de todas las llagas, aquella que tenía negra bajo la nalga, para evitar lo que el médico entendía como ergotismo o fuego de San Antón, doña Juana se negaba a cualquiera que fuera el tratamiento, sangría o medicina que aquel pobre doctor trataba de administrarle para garantizar la continuidad de una vida ya cancelada por su protagonista principal. La terrible septicemia, por otra parte bien frecuente, debió acabar con su vida de la forma más terrible. Allí postrada, entre gente a la que nunca deseó acompañar, apestando por la falta de higiene y, sobre todo, por la podredumbre de sus heridas, sin hijos a los que encomendarse ni memoria de una vida que abrazar en el momento de dejarla, doña Juana finiquitó sus días en la más absoluta de las soledades, dejando claro que una cosa había sido ella; otra distinta, el papel que le tocó desempeñar, y, finalmente, otra inimaginable, la irrealidad construida a su alrededor. Como tantos otros que acabaron agotando su vida al servicio de una mujer que no quería servicio alguno, el pobre doctor Santa Cara rogó al rey, quien no había acompañado a su señora madre en los momentos finales, aquella que le había dado todo lo que estaba dilapidando y consumiendo su propia vida, que le concediera una digna pensión para retirarse a su tierra navarra, de donde había partido hacía ya treinta y un años para atender a doña Juana. Esos años de servicio consumieron una vida que, a decir de la entrelínea de su escrito, sentía perdida y malgastada.
Ahora bien, perdida la vida en una soledad sin fin y sometida a un abandono casi absoluto que devino desde el principio en un desprecio por la propia identidad, la existencia de doña Juana de Castilla, reina y señora de nada y principio de casi todo lo que la rodeó y sucedió, no deja de ser un momento crucial en la historia de Europa. Buscar algo más allá de lo evidente, de la necesidad de su vida y, en especial, de la esencia de su persona, aquella que quedó subsumida en ríos de tinta escrita e impresa, será el objetivo de las siguientes páginas. Buscar entre toda aquella chusma interesada, miserables al servicio de un interés propio o derivado, gentuza sin entrañas dominadora del discurso político continental, constituye por sí mismo una sólida y atractiva aventura que correr.
Queridos lectores, traten de acordar si su muerte no fue más que el colofón a una infamia sostenida por una recua de desalmados inmorales y olvidadizos
A saber si, tras cerrar la contraportada del presente libro, la reina doña Juana de Castilla será más diáfana para quienes hayan leído lo aquí escrito. O quizá estas páginas supongan un acicate hacia otras visiones que, sustentadas asimismo por las fuentes primarias, permitan hacer justicia a una mujer aplastada por una narrativa abominable; una mujer que, sometida por el relato de la historia más falaz, nunca llegó a desempeñar el papel que pudo representar y que, seguramente, quiso rehuir en cada una de las pocas decisiones que llegó a tomar por sí misma.
Lean, pues, queridos lectores, y traten de acordar si aquella muerte infame y miserable, apestada y fétida entre las ropas de una cama sin aseo en la oscuridad de una vieja casona ya perdida de la llanura castellana, fue la conclusión lógica de una vida intrascendente o, por el contrario, si aquello no fue más que el colofón a una infamia sostenida por una recua de desalmados inmorales y olvidadizos.
El 12 de abril