'Torrente, presidente': muy anti-Vox y muy antisistema
Tras doce años alejado de las pantallas, "el brazo tonto de la ley" regresa para iniciar su carrera política en una sátira que no deja a ningún político sin su bofetada
Probablemente la película más esperada de la última década, Torrente, presidente se convertirá en uno de los grandes taquillazos de la historia del cine español. Doce años después de su última entrega, Torrente: Operación Eurovegas (2014), Santiago Segura resucita al policía más corrupto de la piel de toro para lanzarlo de lleno a otro sector de corruptelas: la política. Sin pases de prensa previos ni tráiler ni imágenes promocionales, este viernes la matinal de los cines de La Vaguada estaban llenos de afanosos críticos de cine dispuestos a ser los primeros en participar del fenómeno cinematográfico del año. Porque Torrente, no hay duda, es el mejor termómetro de la fiebre española, una especie de radiografía aberrante de nosotros mismos, de los temas candentes, de las caras de las portadas, tanto de la prensa seria como del corazón, es el esperpento valleinclanesco con el palillo entre los dientes, es el espejo deformante de nuestras fealdades.
Torrente es, de alguna manera, el reverso del cine de Almodóvar. Frente al objetivo de Segura desfilan todos sus grandes colaboradores: desde Cañita Brava hasta el Señor Barragán, iconos de una España cañí que resiste a pesar de los tiempos del cambio. Lo más entrañable de Torrente -porque esto sí es entrañable- resulta la reunión de la vieja guardia, sobre todo la vuelta de Gabino Diego como Cuco, un cuarto de siglo después.
Segura, hay que reconocérselo, no ha venido para hacer amigos. Reparte a diestro y siniestro del espectro políctico, contra el lenguaje inclusivo y la corrección, pero, no se engañen, quien se lleva la peor parte es el populismo de un partido racista, clasista y corrupto bautizado con las inequívocas siglas de NOX. Si alguien pensaba que Torrente, al que a veces se ha criticado de ser una reivindicación disfrazada de sátira, iba a otorgar su bendición a la nueva política ultra, se equivoca. El discurso de Torrente, presidente es tan anti-Vox como antisistema. "Irresponsablemente escrita y dirigida por Santiago Segura", avisan los créditos. Y sí, son grandes los jardines en los que se mete Segura a machete limpio. Segura consigue sacar la risa culpable, la risa refleja, la risa atávica e involuntaria que uno sólo practica en la intimidad del hogar, como el catalán aznariano.
En Torrente, presidente se echa algo de menos ese cine procaz del primer Torrente. Al mal gusto -¡bendito mal gusto!- le cuesta abrirse paso entre tanto cameo y tanta referencia... y autoreferencia. Torrente, presidente podría ser un especial de Navidad de Martes y 13 pasado por el filtro -no filtro- de la rascada de huevos, un compendio de los greatest hits de nuestro momento. Vemos a Juan del Val convertido en una especie de asesor político, al pequeño Nicolás como ayudante, Ana Rosa Quintana y Pablo Motos... ¡incluso a un expresidente haciendo de sí mismo! Muchos no saben si nos reímos de ellos o con ellos, pero, aunque sean el foco de las burlas, todos quieren salir en Torrente, como para dejar constancia en un futuro de que alguna vez fueron alguien, aunque fuese durante cinco segundos.
Segura consigue sacar la risa culpable que uno sólo practica en la intimidad del hogar, como el catalán aznariano
Segura utiliza a Pablo Motos de parapeto: "Que vengan a mi programa no significa que piense como ellos", dice el presentador, pero si el encanto de las primeras Torrentes era la caricatura, en esta película la distancia entre persona real y personaje es más fina, como en el caso del agitador Vito Quiles. Y es que en esta película, Segura ha escrito un Torrente en el país de los cancelados: algunos de sus secundarios -nacionales e internacionales- habrán encontrado en esta una de las pocas ofertas que les habrán llegado. El rodillo referencial le deja a una exhausta y la calidad de las interpretaciones de los cameos hacen que la película se resienta.
En algún momento de la trama ha dado la sensación de que Segura habría podido convencer hasta el mismísimo emérito, pero nos hemos tenido que conformar con Carlos Herrera. Torrente, presidente es, en el mejor sentido, uno de esos Mortadelos olímpicos que son casi una crónica satírica equivalente a los periódicos de aquellos días. Todos los temas que definen nuestra época están metidos en el cóctel de Segura: los populismos, la inmigración, los desahucios; pero también algunas de las idiosincrasias que han definido desde siempre el cliché español: la picaresca y las ganas de colocar a todos los amigos a poner el cazo.
Lo mejor de Torrente, presidente es, sin duda, el propio Torrente. Muy pocos son capaces de crear un personaje intemporal del calado y la genialidad de José Luis Torrente, y a Segura, como creador y como intérprete, lo eleva a la altura de Ibáñez o Escobar. Torrente, como los chistes de Chiquito de la Calzada, son el pegamento de España, que se reconoce muy a su pesar, supongo que como un británico en la Vicky Pollard de Little Britain o en Benny Hill, o un alemán en el acordeonista vestido de tirolés.
Torrente, presidente arranca de una manera muy española, también, en un bar. En el bar del chino facha, para ser exactos, con un Torrente, epítome del joseluís, soltando la típica turra de salvapatrias de bar. "Son los socialistas los que están destruyendo el país; nos prometieron el oro y el moro, el oro se lo han quedado ellos y nos han llenado el país de moros", espeta ante su parroquia etílica. Empieza fuerte, la cosa. En una mesa esquinada se encuentran dos asesores encorbatados del partido ultraderechista Nox, interpretados por David Guapo y Willy Bárcenas -Taburete también ha compuesto la banda sonora-, que al ver al "gañán", en sus propias palabras, deciden que puede tener tirón entre un sector concreto del electorado. Y es que ni , ejem, Nox ni su electorado quedan muy bien parados.
Ramón Langa es Carrascal, el líder carismático de Nox, asesorado por Pelayo (Carlos Areces), que se presta al experimento gañanesco hasta que siente que se le ha ido de las manos. Si les suena Carrascal, también les sonará Pedro Vilches, el presidente del Gobierno en la España torrentiana, interpretado por un Bertín Osborne que se mira en un espejo, como Narciso, y que seguro habrá disfrutado parodiando a Sánchez.
Está Pedro Vilches, el presidente del Gobierno en la España torrentiana, interpretado por un Bertín Osborne que habrá disfrutado parodiando a Sánchez
La película, la más sangrienta y con más acción de la hexalogía, recorre el auge -plagado de casualidades- y el intento de caída -plagado de atentados- de Torrente en su carrera política. Porque la sexta entrega de la saga es una crítica furibunda hacia el sistema, no sólo por la representación de los políticos que aparecen como cínicos, corruptos y despreciadores de sus propios votantes, sino también porque explicita su mensaje cuando el gran villano de la película pregunta: "¿Cree que los ciudadanos son dueños de su destino o que los políticos están donde están porque los han elegido ellos?".
Torrente, presidente ha sido un divertimento para su director, que conseguirá soliviantar a todos. Ahora veremos si los que tanto critican la piel fina del adversario serán capaces de encajar los golpes.
Probablemente la película más esperada de la última década, Torrente, presidente se convertirá en uno de los grandes taquillazos de la historia del cine español. Doce años después de su última entrega, Torrente: Operación Eurovegas (2014), Santiago Segura resucita al policía más corrupto de la piel de toro para lanzarlo de lleno a otro sector de corruptelas: la política. Sin pases de prensa previos ni tráiler ni imágenes promocionales, este viernes la matinal de los cines de La Vaguada estaban llenos de afanosos críticos de cine dispuestos a ser los primeros en participar del fenómeno cinematográfico del año. Porque Torrente, no hay duda, es el mejor termómetro de la fiebre española, una especie de radiografía aberrante de nosotros mismos, de los temas candentes, de las caras de las portadas, tanto de la prensa seria como del corazón, es el esperpento valleinclanesco con el palillo entre los dientes, es el espejo deformante de nuestras fealdades.