'The Mountain', de Gorillaz: por qué bailar ante la muerte de un ser querido
Damon Albarn y el dibujante Jamie Hewlett perdieron a sus dos padres casi simultáneamente. Ahora les rinden homenaje, junto a otros músicos, con música de sitar y ritmos indostánicos
Que la muerte no es el final, sino una puerta a la vida eterna, es un mantra que recorre todas las religiones, en especial la budista. Su centro mundial de peregrinación, la India, ha fascinado desde el siglo pasado a los músicos occidentales que buscaban exotismo y profundidad en sus canciones. Algo tienen ciudades santas como Benarés, y en especial su río, el Ganges, para que tantos artistas salgan recompuestos emocionalmente de sus respectivos duelos personales. Es el caso de Damon Albarn y de su compañero Jamie Hewlett, de la banda virtual Gorillaz, quienes decidieron bañarse en el sucio y purificador río indio para superar ambos la muerte de sus respectivos progenitores, fallecidos con tan solo diez días de diferencia.
"La India es un lugar muy interesante para afrontar el duelo, porque tienen una perspectiva muy positiva sobre la muerte. Inglaterra es un mal lugar para lidiar con ella", declaraba Albarn al rotativo británico The Sun. Y en efecto, de todo ese periplo espiritual ha salido un disco con el rotundo título de The Mountain,el noveno en su haber. Se trata de un álbum largo y espeso en cuanto a duración e instrumentación, bastante irregular, pero al fin y al cabo completo, que explora la pérdida de una manera luminosa con voces de fantasmas y personas que ya fallecieron.
El timbre del sitar es un murmullo a lo largo de todo el disco que conecta vivos y muertos, tanto anónimos como conocidos. Nada más abrir la página del disco en cualquier reproductor aparece una infinidad de nombres en cada una de las canciones. De cineastas (Dennis Hopper) a cantantes y músicos que hace ya tiempo fallecieron (Tony Allen o Mark E. Smith, cantante de la banda The Fall).
A todos les invocan Albarn y Hewlett como si de una fiesta se tratase en vez de un funeral, junto a compositores amigos y contemporáneos, como Joe Talbot de IDLES (que efectúa un spoken word bajo ritmo reggae enThe God of Lying), el rapero Black Thought o el guitarrista de los Smiths, Johnny Marr. Esta leyenda viva de la música británica comparte créditos con otro peso pesado como Paul Simonon, de los míticos The Clash en Casablanca. Una entente que une a los dos pero que defrauda por la propia naturaleza electrónica de la canción: no se entiende que el bajo o la guitarra tengan más peso o se luzcan más cuando esta colaboración podría haber pasado a la historia de las antologías del rock.
El único español en la lista de invitados es Bizarrap, que imaginamos que colabora poniendo sus manos a la mezcla y empaste en Orange County,uno de los mejores temas del disco, en el que Albarn repite desconsoladamente el lema que resume a todo el conjunto de letras: "Lo más difícil es decir adiós a alguien que amabas".
La crítica al sistema acaba derivando en una especie de misantropía dosmilera muy cercana al Radiohead de finales de los 90
Sin embargo, lejos de sumirnos en la tristeza, el álbum en su conjunto mantiene el alma de Gorillaz, con desarrollos muy cercanos a los mejores de Humanz (2017), su mejor disco para muchos. Esta esencia es más marcada en las primeras del disco, con una cómica The Happy Dictatorque habla de cómo en las dictaduras nunca hay malas noticias (una gran paradoja) con la colaboración del grupo de culto Sparks.
El tema más desgarrador es The Empty Dream Machine, una especie de vals en el que la interpretación vocal de Albarn estrecha lazos con la última etapa de David Bowie. Justo después de tanta intensidad llega un rap argentino de Trueno enThe Manifiesto, estrechando un puente cultural inmenso entre Sudamérica y la India, y nada más terminar, como si se tratara de otra canción, interviene el rapero fallecido Proof. Aquellos que tengan buena memoria dosmilera percibirán un flow similar al de Eminem a la hora de rapear, y no es para menos: los dos fueron grandes amigos y participaron juntos en aquella película llamada 8 millas.
Hay varias canciones que pasan como anecdóticas, comoThe Plastic Guruo Damascus, donde la interpretación del sirio Omar Souleyman no brilla del todo. Pese a ello, el resultado conjunto es más que convincente: se trata del álbum con más hondura emocional de Gorillaz. No todos tenemos la oportunidad de viajar a la India para cambiar nuestra percepción de la muerte, pero se agradece que músicos de la talla de Albarn estén ahí para hacerlo y traernos de vuelta un ejercicio de virtuosismo musical que inserta su vena de pop occidental en la tradición de música indostánica.
El álbum no está exento de crítica al sistema capitalista, que acaba derivando en una especie de misantropía dosmilera muy cercana al Radiohead de finales de los 90. La última canción del álbum, titulada The Sad God(que ya lo dice todo) afirma en los que quizás sean las líneas más inspiradas del disco: "Te di átomos, construiste una bomba / Ahora no hay nada y me he ido / No más montañas, no más canciones / No más oraciones enviadas al espacio / Solo quedan pantallas para ver tu rostro". Para Albarn, no hemos matado a Dios, se ha cansado de nosotros. Y tal vez esa sea la razón por la que en esta parte del mundo sentimos tanta desesperanza ante la muerte.
Que la muerte no es el final, sino una puerta a la vida eterna, es un mantra que recorre todas las religiones, en especial la budista. Su centro mundial de peregrinación, la India, ha fascinado desde el siglo pasado a los músicos occidentales que buscaban exotismo y profundidad en sus canciones. Algo tienen ciudades santas como Benarés, y en especial su río, el Ganges, para que tantos artistas salgan recompuestos emocionalmente de sus respectivos duelos personales. Es el caso de Damon Albarn y de su compañero Jamie Hewlett, de la banda virtual Gorillaz, quienes decidieron bañarse en el sucio y purificador río indio para superar ambos la muerte de sus respectivos progenitores, fallecidos con tan solo diez días de diferencia.