'Sufro, luego existo', de Pascal Bruckner: por qué la víctima es el héroe de nuestro tiempo
El ensayista parisino convierte su nuevo libro en una llamada de atención al hedonismo victimista y a la incapacidad occidental de gestionar la frustración
Cubierta de 'Sufro, luego existo', de Pascal Bruckner. (Siruela)
El pensador francés Pascal Bruckner (París, 1948) sostiene entre las páginas de Sufro, luego existo (Siruela) que la víctima se ha convertido en el héroe moral de nuestro tiempo. No en el sentido trágico que la palabra había adquirido durante siglos para designar a quien padecía una desgracia irreparable, sino en la acepción más reciente y paradójica que otorga al sufrimiento un régimen de autoridad y hasta de extorsión. Quien ha sufrido dispone de una legitimidad difícil de discutir, y cuanto más visible resulte la herida, mayor parece la gravedad moral de su palabra.
La intuición de Bruckner no consiste en negar el dolor ni en ridiculizarlo sino en describir la mutación cultural que ha elevado el agravio a categoría política y a territorio opresivo. Occidente, llamémosla así, ha desarrollado una sensibilidad extraordinaria hacia el sufrimiento humano, fruto de una larga tradición moral que aloja en el cristianismo su noción fundacional. El Dios de los Evangelios se dirige a los humillados, no a los poderosos. Cristo se ubica entre los pecadores, los miserables, los derrotados, de tal manera que la inversión de las jerarquías antiguas otorgó dignidad a los vencidos y transformó la compasión en un principio moral. Durante siglos la fuerza legitimaba el derecho, el cristianismo introdujo una lógica distinta donde la herida reclamaba atención.
Bruckner reconoce en esa revolución una de las grandes conquistas espirituales de Europa. Sin ella no existirían la sensibilidad hacia los oprimidos, los derechos humanos ni la progresiva ampliación de la justicia social. Pero esa misma herencia se desprestigia cuando la condición de la víctima deja de describir un infortunio y comienza a funcionar como una credencial simbólica.
Semejante "desplazamiento" predispone una competición victimista, una rivalidad silenciosa donde las comunidades, las minorías e incluso los Estados buscan afirmar la singularidad incomparable de su sufrimiento. El pasado se transforma en un depósito de agravios cuya función ya no consiste tanto en comprender la historia como en legitimar posiciones presentes. Las tragedias se comparan, las cifras se inflan, los recuerdos se ordenan según una curiosa aritmética moral donde la autoridad corresponde al dolor más espectacular.
El fenómeno resulta visible en numerosos debates contemporáneos que conceden a las víctimas una centralidad casi litúrgica. Bruckner observa que las democracias occidentales parecen organizar su sensibilidad pública alrededor del agravio, hasta el punto de que cualquier objeción se interpreta fácilmente como una forma de crueldad. Quien sufre posee razón anticipada.Discutirlo suena indecente. Nos habla Bruckner de la victimización como una expresión del hedonismo militante, de "un pasaporte que se exhibe para impresionar a los contemporáneos (...) Te provee de una nueva identidad, te transforma en un ser excepcional que puede hacerse notar sin grandes esfuerzos en la escena pública".
El ensayo adopta entonces el tono irónico de los moralistas franceses cuya línea editorial examina una mentalidad más que una doctrina. Bruckner describe episodios donde la vigilancia moral roza el absurdo: desde las universidades que recomiendan sustituir los aplausos por gestos silenciosos para no incomodar a ciertos estudiantes hasta protestas contra caricaturas infantiles consideradas ofensivas. El imperativo dominante consiste en no herir susceptibilidades, como si la convivencia democrática dependiera de una permanente anestesia emocional.
La prosperidad y el bienestar de las sociedades occidentales no contradice una creciente intolerancia hacia la frustración
De hecho, la prosperidad y el bienestar de las sociedades occidentales no contradice una creciente intolerancia hacia la frustración. Bruckner recurre a la imagen de la princesa del guisante para describir esta sensibilidad exacerbada. Cuantos más colchones acumula la civilización, más insoportable se vuelve la mínima incomodidad.
El filósofo no ignora el sufrimiento real ni pretende minimizarlo. Las víctimas de atentados, guerras o catástrofes merecen reconocimiento y reparación. Pero incluso en ese terreno aparece una dificultad inquietante cuando la justicia intenta traducir el dolor en cifras. Los sistemas de indemnización establecen baremos para cada pérdida, como si la tragedia humana pudiera encontrar equivalencias contables. Bruckner recuerda la respuesta de una madre que perdió a su hijo en los atentados del 11 de septiembre cuando recibió la compensación estatal: prefería recuperar a su hijo.
La historia pesa, pero no determina completamente a quienes la heredan. Sartre formuló esa intuición con una frase que el ensayista recuerda con frecuencia: los seres humanos no se reducen a lo que la historia ha hecho con ellos, también pueden decidir qué hacer con esa herida. La memoria resulta necesaria, aunque el resentimiento perpetuo termina por paralizar la vida colectiva.
La vida humana no se agota en el dolor padecido. También incluye la capacidad de responder a él
La provocación del libro consiste precisamente en recordar una evidencia que nuestra época parece olvidar con facilidad. El sufrimiento forma parte de la experiencia humana y merece atención moral. Pero cuando se convierte en el fundamento exclusivo de la legitimidad pública, corre el riesgo de empobrecer nuestra comprensión de la dignidad. La vida humana no se agota en el dolor que ha padecido. También incluye la capacidad de responder a él.
El pensador francés Pascal Bruckner (París, 1948) sostiene entre las páginas de Sufro, luego existo (Siruela) que la víctima se ha convertido en el héroe moral de nuestro tiempo. No en el sentido trágico que la palabra había adquirido durante siglos para designar a quien padecía una desgracia irreparable, sino en la acepción más reciente y paradójica que otorga al sufrimiento un régimen de autoridad y hasta de extorsión. Quien ha sufrido dispone de una legitimidad difícil de discutir, y cuanto más visible resulte la herida, mayor parece la gravedad moral de su palabra.