Al rescate de Charles Williams, el 'bestseller' (de calidad) que criticó el esnobismo literario
Con 26 años, Hernán Migoya emprendió la aventura de conocer a su autor favorito. Ahora recuerda aquellos años locos con motivo del prólogo que ha escrito de 'Calma total', uno de los grandes éxitos del estadounidense
En 1983, en el municipio asturiano de Cangas de Onís, un chaval de doce años lee y subraya con denuedo una novela negra en casa de su abuela. No hay mucho que hacer. Es uno de esos veranos eternos de la adolescencia. Su vía de escape, en una época sin teléfonos móviles ni conexión a Internet, es un libro titulado El arrecife del Escorpión, firmado por un enigmático autor norteamericano llamado Charles Williams. Como tantos otros de su generación que luego se hicieron periodistas, novelistas o simplemente aficionados a la escritura, el joven vivió un bautismo de fuego literario que le llevó a obsesionarse con la historia y su creador.
"Para mí, era la historia perfecta", escribe ahora Hernán Migoya, aquel niño que ahora tiene 45 años. "Lo tenía todo: una aventura en alta mar, una atmósfera rezumante de suspense con elementos mínimos, un héroe reticente, una rubia magnífica, unos gángsteres despiadados... y una historia de amor más grande que la vida". Durante el resto de su juventud fue de librería en librería preguntando por sus obras. La pena es que no había muchas, y lejos de amainar su pasión por Williams, eso le hizo sentirse especial, como si hubiera descubierto un tesoro en una isla perdida del océano. A mediados de los años 90, se hizo guionista de cómics, lo que le granjeó una invitación al festival de la Semana Negra de Gijón. Allí, por fin conoció a gente con la que podía compartir su fascinación por el autor. Casi todos le sacaban más de diez años.
"Yo era un 'niño-viejo', mis herencias culturales eran de generaciones anteriores", admite Migoya, en una conversación con este periódico. "Tengo una obsesión por desenterrar piezas gloriosas o gente que no tuvo suerte. Williams era conocido por los que ya eran adultos en los 80, en pleno boom por la novela negra". En los años 50 había sido un autor superventas, vendiendo millones de ejemplares en Francia y Estados Unidos. En cambio, tras su muerte en 1975 había pasado al olvido y por ello relegado a la categoría de autor maldito. Tan obsesionado estaba Migoya con Williams, que en 1997 se propuso visitar la tumba de su ídolo. Aunque, de hecho, no estaba seguro del todo que esta existiera debido a una leyenda urbana extendida por François Truffaut.
El cineasta francés, que en su día realizó una adaptación cinematográfica de una de sus últimas novelas, contaba que una buena mañana Williams había cogido un velero de su propiedad y lo había hundido en el océano, ahogándose sin dejar rastro. No fue el único director que llevó a la gran pantalla alguna de sus historias. Quizá la más famosa fue Labios ardientes (1990), de Dennis Hopper, interpretada por Don Johnson y una jovencísima Jennifer Connelly, la cual estaba ambientada en la novela Zona caliente, publicada por primera vez en 1953. Pero también otros recordarán Calma total, estrenada un año antes, dirigida por Phillip Noyce con el reparto estelar de Sam Neill y Nicole Kidman, un seductor thriller en alta mar de alto impacto. Precisamente esta novela la ha vuelto a reeditar la editorial Bunker Books con un emotivo prólogo de Migoya en el que narra cómo Williams le cambió la vida.
El embuste de Truffaut
A sus 26 años, viajó hasta Nueva York para rastrear el paradero de su escritor favorito y comprobar si la versión de su suicidio, extendida por Truffaut, era cierta, algo de lo que no estaba tan seguro: "Tampoco soy un gran conocedor de la biografía de Truffaut, pero creo que era un farsante, de la misma manera que muchos grandes escritores o directores de cine", opina Migoya. "Creo que dijo aquello para insuflarle romanticismo al lanzamiento de su película basada en la novela de Williams".
"Admiro el respeto que tienen los yanquis a la cultura del entretenimiento, algo que en España siempre se ha despreciado"
Dispuesto a conocer la verdad sobre la desaparición de Williams, Migoya se planteó la misión de viajar hasta Nueva York. El subdirector de la Semana Negra de Gijón, Ángel de la Calle, le dijo que no le pagaría el viaje, pero que si traía información para un libro, este se lo publicaría. Y efectivamente. Tras mandar un correo electrónico a través de su rudimentario Windows XP a su agente literario, Don Congdon, veía la luz dos años más tarde Charles Williams: La tormenta y la calma, la única biografía publicada en español sobre Charles Williams, en la que desmentía la versión del suicidio de Truffaut y repasaba el ascenso y caída de este genio literario.
Migoya ya había viajado en el año 1992 a Estados Unidos, cuando tan solo tenía 20 años. "Yo era muy fan de la cultura estadounidense. Admiro el respeto que tienen los yanquis a la cultura del entretenimiento, algo que en España siempre se ha despreciado", asegura. "No sé cómo mis padres me dejaron ir, solo me puse en contacto con mi madre dos veces en un mes. En esa ocasión fui al salón del cómic de San Diego, que es muy famoso dentro del mundo de los cómics. Pero luego me pillaba el bus Greyhound, que cogían todos los vagabundos, y me recorrí todo el sur del país con ellos, compartiendo catre porque no tenía dinero".
Con esa experiencia previa, el escritor y dibujante español viajó a Nueva York para entrevistarse con Don Congdon, el agente literario de Williams. "Él me desmintió inmediatamente la versión de Truffaut", señala. En efecto, lo que ocurrió, tal y como lo cuenta Migoya en el prólogo de Calma total: "Deprimido por la muerte de su mujer y de su caída comercial en picado como escritor y guionista, terminó de solitario inquilino en un bungaló de Van Nuys, un barrio costero de Los Ángeles. Allí fue donde una noche de abril, tendido en la cama de su dormitorio, agarró su escopeta y se descerrajó un tiro en la boca". Truffaut no se había equivocado a la hora de afirmar que su muerte se había debido a un suicidio, solo que de una manera más tradicional y menos romántica.
Congdon le puso en contacto inmediatamente con Allison, la única hija de Williams que había tenido con su única esposa, Lasca Foster, quien había fallecido a causa de un cáncer. Fue ella quien encontró el cadáver de su padre en la casa junto a una nota de suicidio. "Era una mujer encantadora, se quedó muy sorprendida con todo mi relato, porque ella había vivido en primera persona cómo su padre pasó de ser un escritor famoso a quedar relegado al olvido", cuenta Migoya. Como anécdota, el escritor español relata que tiempo después supo que Congdon era el agente literario y amigo cercano de Ray Bradbury, célebre autor de Fahrenheit 451, dándole mucha rabia no haberlo sabido en aquel entonces para preguntarle también por este genio de la literatura contemporánea.
"Me deja asombrada la sentida y extremadamente elaborada introducción de Hernán. ¡Sabe más de mi padre que yo misma!", asegura Allison
Allison, por su parte, le envió manuscritos inéditos con las historias de su padre, le cedió fotografías familiares y le dio todo lujo de detalles sobre cómo era Williams en la intimidad. Al año siguiente, en 1998, Migoya la invitó a la nueva edición de la Semana Negra de Gijón, en la que protagonizó un hermoso homenaje a la figura de su padre. "Ella se emocionó mucho, y yo también: de alguna manera, insólitamente reunidos en Gijón, invocamos y reivindicamos juntos la presencia y memoria de mi escritor favorito", resalta.
"Era una mujer encantadora", prosigue el escritor. "Se quedó fascinada con mi historia, ya que ella había vivido en primera persona el olvido de su padre por parte del mundo de la cultura de Estados Unidos, y se quedó pasmada al ver que un muchacho español como yo se había cruzado el océano solo para saber más de su padre. Otra de las causas de su depresión es que había intentado meter en Hollywood varios guiones que le rechazaron". De hecho, no había conseguido vender The Hot Spot, la novela que más tarde se haría famosa al ser llevada al cine por Dennis Hopper. "Se había quedado en un cajón guardada hasta que Hopper la rescató 20 años después". Lo más curioso de todo es que Migoya se había quedado tan impactado por la caída en desgracia del escritor que se le olvidó preguntar dónde estaba enterrado.
Ahora, en pleno 2026 y tras la publicación de Calma total con el prólogo de Migoya, Allison le ha hecho llegar este mensaje al escritor a propósito de la publicación de Calma total y de su prólogo "Me deja asombrada la sentida y extremadamente elaborada introducción de Hernán. ¡Sabe más de mi padre que yo misma! Me ha conmovido su admiración por las novelas de mi padre y por su enfoque tan literario. ¡Es algo muy hermoso! Espero que su entusiasmo llegue a más gente, y por supuesto, revive el interés por la obra de papá".
¿Qué es lo mejor de Williams? ¿Cuál fue el desencadenante que le hizo obsesionarse tanto con la obra de este autor olvidado? Con los años, Migoya descubrió que ambos comparten orígenes humildes y rurales. "Siento mucha empatía con él", admite. "Yo soy nieto de minero, hijo de carpintero y vengo de un pueblo. A él le irritaba mucho el esnobismo urbanita y literario, como a mí. Él siempre estuvo del lado del hombre anónimo, de la gente corriente. Los buscavidas son sus protagonistas típicos, gente que viene de abajo".
Migoya ya ha cumplido su misión al rescatar del olvido a este genio de la novela negra; ahora, es cosa nuestra disfrutar de sus novelas, como si fuéramos aquellos adolescentes en el verano eterno de nuestras vidas.
En 1983, en el municipio asturiano de Cangas de Onís, un chaval de doce años lee y subraya con denuedo una novela negra en casa de su abuela. No hay mucho que hacer. Es uno de esos veranos eternos de la adolescencia. Su vía de escape, en una época sin teléfonos móviles ni conexión a Internet, es un libro titulado El arrecife del Escorpión, firmado por un enigmático autor norteamericano llamado Charles Williams. Como tantos otros de su generación que luego se hicieron periodistas, novelistas o simplemente aficionados a la escritura, el joven vivió un bautismo de fuego literario que le llevó a obsesionarse con la historia y su creador.