Esta mujer lleva 22 años siguiendo a Emilio Trashorras. Ahora lo cuenta todo
Leticia Álvarez, pionera en la investigación de la trama asturiana del 11-M, publica una biografía del minero que vendió la dinamita que reventó la historia de España
Leticia Álvarez posa para una entrevista con El Confidencial. (J. R.)
El joven asturiano José Emilio Suárez Trashorras tenía un carácter voluble (así se llamaba en los años noventa lo que ahora probablemente describiremos como esquizofrenia). En 1996, tras dejar un puesto de trabajo estable en Lácteos Avilés, decidió hacer la mili de legionario. Trashorras pasó las primeras semanas entusiasmado en Ceuta, hasta que se rayó y pidió la baja en el hospital militar. La evaluación médica no salió bien, o sí, según se mire. Uno de los mandos le dijo: "Se va a quedar con nosotros. Porque no es que lo vea apto, es que lo veo aptísimo, así que no se diga más. Denegada". Silencio en la sala. Trashorras miró a los tres oficiales del tribunal médico y soltó una frase extrañísima: "Uf, uf, ahora mismo os estoy viendo a los tres minúsculos". Los mandos fliparon, pero el monólogo tarantiniano de Trashorras no había hecho más que empezar...
"Me acaba de cambiar el chip, y cuando eso me pasa... me puede dar por coger el abrecartas que hay ahí encima de la mesa y degollaros a los tres… Cuando salga de la cárcel tras cometer este crimen voy a ir a por vuestras familias y además matar a todo el que se interponga en mi camino desde aquí hasta Asturias. ¡¡Es eso o que me dejéis reunirme con mi familia pacíficamente, joder!!", espetó Trashorras a los militares. Otra vez silencio en la sala, pero mucho más helado y terrorífico. Los oficiales declararon a Trashorras "no apto por dos años, por reacción grave al estrés". Ni pío de sus palabritas amenazantes en el informe oficial. Lo cuenta la periodista Leticia Álvarez en su biografía sobre el minero asturiano que vendió el explosivo del 11-M, Trashorras, que publica ahora Debate.
“Trashorras quería ir a la mili porque de pequeño jugaba a vestirse de verde, con ropas de camuflaje, iba a cazar y se sentía poderoso. Fue a la Legión, pero la Legión es muy dura, no es la vida que quería Emilio, que prefería pasarlo bien y despilfarrar con los amigos. Allí tenías que hacer guardias, había una jerarquía, justo él que no aguantaba la disciplina. Cuando quiso salir y no lo logró a la primera, le salió esa visceralidad que él llama "el diablo que llevo dentro", aclara Álvarez desde su despacho en El Comercio, el periódico gijonés, del que es directora adjunta.
Una obsesión
Álvarez lleva veintidós años escribiendo sobre Trashorras, los mismos que se cumplen hoy del atentado. Veintidós años "obsesionada" con cómo un asturiano descarriado se vio envuelto en un salvaje atentado geopolítico, y acabó condenado a 35.000 años de prisión (no es una errata).
Álvarez sujeta la biografía que publica junto a la editorial 'Debate'. (J. R.)
En el libro, Álvarez hace una reflexión sobre el incidente en la mili de Trashorras: "Resulta imposible no pararse a pensar qué habría sucedido si el informe hubiera recogido la verdad, la amenaza inédita y violenta de un hombre ante tres mandos militares sin pensar en las consecuencias. ¿Habría cambiado su futuro, acaso la historia de España, si ese día lo hubieran castigado?". Y la cosa disparatada no había hecho nada más que empezar.
En efecto, los siguientes ocho años de la vida de Trashorras -de su baja militar al 11-M- están tan repletos de sucesos improbables, que los conspiratorios vieron otra muestra de que las piezas del 11-M no encajaban. Pero, ¡ay!, lo único que demostraban los desmadres de Trashorras es que los noventa en Asturias fueron tan locos en ciertos ambientes -una versión drogada y dinamitera del realismo mágico- que no pasan un mínimo test de verosimilitud, aunque todo ocurriera de verdad.
Fueron muchas las veces en las que Trashorras casi descarrila antes del 11-M. Siempre por méritos propios. Como aquella vez que intentó apuñalar a alguien durante una reyerta discotequera, incidente que no le amilanó demasiado: pocos días después, haciendo buena la canción de Ilegales, decidió ir a toda hostia por la carretera -carrera ilegal entre Oviedo y Grado en un Clio de 16 válvulas-, se estampó contra un vehículo, salió del coche y le metió una paliza al otro conductor (que pasaba por allí). Fueron sus únicos antecedentes antes del atentado, algo increíble dada su tendencia a liarla parda. Trashorras iba cuesta abajo y sin frenos, quemando la ruta asturiana del bakalao, metiéndose coca non stop y vendiendo estupefacientes... y dinamita, que robaba en la Mina Conchita, de caolín, donde trabajó metiendo madera en los tajos, hasta que le dieron la invalidez (cobraba unos 1000 euros mensuales del Estado, pero su alto tren de vida -coches, fiestas y viajes- venía de los trapis).
Pero aunque todo esto ya era más que bastante, el verdadero surrealismo macarra asturiano aún no había llegado. Faltaban las serpientes.
Serpiente de verano
El último día de agosto de 2001, cuando en los periódicos no hay mucho que hacer, dos años y medio antes del 11-M, vecinos del barrio gijonés de El Coto alertaron de que en el trastero comunitario de un bloque de viviendas había... criaderos de serpientes. Allí se presentó Leticia Álvarez a reportajear para El Comercio, y se encontró todo un submundo, las pitones de tres metros que un individuo llamado Javier Lavandera llevaba por las noches al Horóscopo, conocido club gijonés del canalleo, para un espectáculo de striptease. En un intento -quizá mejorable- de tranquilizar a sus vecinos, Lavandera salió fotografiado en El Comercio con un pintón al cuello…
Pero el verdadero tomate en casa de Lavandera había ocurrido tres días antes, cuando un guardia civil del Servicio de Información se presentó allí porque el encantador de reptiles decía haber escuchado algo muy gordo en el Horóscopo, del que también era portero. Dos clientes habituales del local -Trashorras y su cuñado (Antonio Toro)- querían vender explosivos. Explicación (grabada) de Lavandera al guardia civil: "Estaba en el Horóscopo, sin asegurar ni nada y, bueno, tengo serpientes, que son mi afición… Llévolas para que hagan striptease con unas húngaras. Entonces apareció este chaval [Trashorras] y empezamos a hablar, y, que si las serpientes y tal, va cogiendo confianza y un día dijo: 'Oye, ¿tú no sabrás de alguien que pueda comprar explosivos?'. Y, como ahí de noche te encuentras con cada loco y con cada tontería, dije que no sabía de nadie, ja, ja, ja. Y me dice: "¿No te lo estarás tomando a broma? Tengo mil kilos para vender a la semana".
De primeras, Lavandera interpretó las palabras de Trashorras como la clásica ida de olla de una noche narcótica, hasta que Trashorras y su cuñado le enseñaron un maletero con 50 kilos de cartuchos con la palabra Goma 2 inscrita. "Yo trabajé en la mina, pero ver esos arsenales...", dijo Lavandera al estupefacto guardia civil, que grabó en secreto sus conversaciones con Lavandera y las elevó a sus superiores... en balde. "Por descuido, incredulidad y la infructuosidad de las investigaciones, acabaron olvidadas en un cajón", según Álvarez.
Leticia Álvarez, este martes, en Gijón. (J. R.)
Aún más cercado estuvo Trashorras cuando cayó el grupo con el que vendía drogas, aunque salió airoso tras hacerse confidente policial, circunstancia que tampoco lograría desactivar el futuro mecanismo del 11-M. Dentro del extracto del libro sobre las peculiaridades de dicha operación: "En el registro realizado en un garaje de Avilés que tenían arrendado Toro y Trashorras se hallaron 54 kilos de hachís y un par de cosas más imprevisibles e inesperadas para los investigadores… 16 cartuchos de explosivos goma 2 ECO y 94 detonadores eléctricos… Nadie abrió diligencias por un hallazgo cuando menos singular. De aquello tan solo quedó un escueto informe elaborado. El material se destruyó. Al fin y al cabo, todo encajaba: el propietario era un exminero”.
En tres palabras: Asturias is different.
Atando cabos
Todos estos elementos absurdos dispersos -serpientes para bailes picantes, vendedores de hachís con dinamita, noches interminables de cocaína— cobraron sentido en la cabeza de Leticia Álvarez cuando varios asturianos desconocidos fueron detenidos al poco del 11-M. “Aún no sabíamos quiénes eran, solo que podían estar relacionados con los explosivos, cuando me acordé de un antecedente, en julio de 2001, cuando a unos avilesinos que vendían hachís les encontraron cartuchos de dinamita. Lo volví a publicar por si acaso… y acerté. Luego, tras saberse que uno de los detenidos era Trashorras, me llamó Lavandera muy nervioso, que tenía aún mi teléfono por lo de las serpientes, y me dijo: "Oye, yo a ese tío lo conozco, iba al Horóscopo todas las noches, me ofreció explosivos y avisé a la policía. Estaba muy nervioso. Así llegué yo a la trama asturiana del 11-M, parte por azar, parte uniendo cabos de mi trabajo anterior”.
PREGUNTA. Todas las aventuras de Trashorras son tan inverosímiles que parece mentira que el 11-M asturiano no implosionara antes del 11-M. Para los conspiratorios fue la demostración de que nada encajaba. ¿Confundimos confabulación con carambolas?
RESPUESTA. Efectivamente. No me gusta caer en tópicos, pero la realidad supera a veces por mucho a la ficción. Si lo miras desde la perspectiva del atentado, en efecto, las cosas cuadraban con dificultad, porque el atentado fue tan grande y espeluznante como para pensar que cuatro mataos podían haber tenido que ver con él. Pero si no llega a haber un atentado, Trashorras hubiera seguido haciendo sus mequetrefadas descerebradas por Asturias, con la la impunidad de ser informante policial.
P. ¿Hay algún lugar del mundo, además de en Asturias, donde la policía te encuentre dinamita y lo tome como si fueran petardos navideños?
"Es el país de Pepe Gotera y Otilio llevado a la realidad, salvo que esta vez no acabó en chiste, sino en desgracia"
R. Normal no es. En la operación contra la red de venta de drogas en la que estaban Trashorras y Toro, la policía encontró mucha dinamita junto al hachís. Pensaron: "Uy, nada, era un minero y por eso tenía dinamita". Los TEDAX destruyeron los cartuchos porque no formaban parte del sumario del caso. Hasta que estalló el 11-M y todos enloquecieron con los cartuchos olvidados. Es el país de Pepe Gotera y Otilio llevado a la realidad, salvo que esta vez no acabó en chiste, sino en desgracia.
P. ¿Nadie al volante?
R. Mucho descontrol. Desde que Trashorras entró a trabajar en Mina Conchita, en 1999, dispuso de explosivos sin controlar. Se hacía el importante porque tenía un material que, como poco, valía para saltar los peces en el río o tirar un muro sin contratar a un albañil, algo frecuente en la Asturias profunda, donde tener dinamita en casa no era algo tan extraño. Pero Trashorras, que presumía de sacar 200 o 300 kilos de dinamita a la semana de la mina, no se quedó ahí. Maquinó cómo ampliar su negocio con los cartuchos. Empezó pagando favores con los cartuchos, siguió cambiándolos por hachís y acabó vendiéndolos… hasta que cayeron en las peores manos.
P. ¿Sabía Trashorras para qué se usaría la dinamita del 11-M?
R. Ese es un tema muy delicado. Trashorras ha sido juzgado y condenado por ello. Es verdad que está condenado por dolo eventual, es decir, que podía haberlo sabido o no [más definiciones de “dolo eventual” para zanjar dudas: Ejecutar una determinada acción, aun sabiendo que la misma puede acarrear consecuencias. O cuando la persona no busca directamente un resultado lesivo, pero lo prevé como probable]. En esa duda nos tenemos que quedar todos, él está condenado como cooperador necesario de la masacre. Trashorras niega taxativamente que supiera para qué era la dinamita; pensaba que era para robos en joyerías y cosas así. Conociendo su vida, mi sensación es que si hubiera sabido que era para atentar, no se hubiera quedado en España, porque tenía lazos fuera del país y manejaba pasta. No te quedas aquí para que luego te cojan. Pero, insisto, es una deducción, la verdad judicial está ahí, condenado por dolo eventual aunque él diga que no lo sabía.
P. Sabemos que la conexión entre la rama marroquí y asturiana del atentado se dio en una cárcel. Dicho lo cual: hay un contraste brutal entre la supuesta austeridad de la Yihad y unos asturianos desaforados que se dedican a quemar la noche. ¿Cómo acaban mezclándose estos mundos en lugar de a tortas?
R. Trashorras dice que compartía noches con Jamal Ahmidan, "el Chino" [cabecilla del 11-M, muerto en el piso de Leganés]. Sostiene que no tenían conductas radicales, que consumían drogas, que iba con ellos al Horóscopo [donde también había alterne]. Solo empezó a detectarles cierta radicalidad poco antes del atentado, cuando ya era tarde. Me creo que fueran de copas juntos, pero probablemente Ahmidan le engañó, se hizo pasar por quien no era para conseguir la dinamita. Cuando los hermanos Oulad Akcha subieron a Asturias a por dinamita, Trashorras ya vislumbró otro perfil, dos tíos que solo hablaban entre ellos y en marroquí. Cuando Trashorras y su mujer, el 14 de febrero de 2004, pasaron por la casa de Morata de Tajuña (cuartel general del atentado), el 24 de febrero de 2004, hubo algo de tensión política, discusiones sobre beber Coca-Cola o Meca-Cola o alusiones a favor de la caída de las Torres Gemelas, pero Trashorras no vio o no quiso ver que el tema se les había ido de las manos.
La mañana más oscura
Como el libro de Álvarez merece mucho la pena, qué menos que acabar con un extracto especialmente estremecedor, sobre el amanecer del 11-M en la casa avilesina del “colaborador necesario” del 11-M.
Álvarez: 'Trahorras solo empezó a detectarles cierta radicalidad poco antes del atentado, cuando ya era tarde'. (J. R.)
"Había trasnochado, como era habitual, y no había comido nada desde hacía horas. De pronto, recibió una llamada. Era ella [su mujer] desde el curro. "Milio, un atentado. Hay un atentado gordísimo, dicen que fue ETA". Emilio se metió una raya de cocaína para despegar de la resaca y decidió bajar al bar de enfrente a tomarse un café. No notó nada raro. La misma sensación de flotabilidad que sentía desde hacía un año, cuando recibió la notificación de que lo jubilaban de la mina. "La total, tío, me dan la total", había presumido delante de los colegas del barrio”.
“Salió de casa duchado y perfumado… Cruzó la acera y entró en el bar... Todos miraban hacia la tele. En pantalla parecían verse unos trenes desguazados... Se hablaba de muertos. Decenas de muertos en Madrid. De tragedia. De atentado. Joder, parecía gordo. De pronto, el olor a colonia fresca con el que había amanecido unas horas antes y la cotidianidad en la que se movía con prepotencia se diluyeron en un mar de dudas... Cuando Arnaldo Otegi compareció públicamente para asegurar que la izquierda abertzale no baraja ni como mera hipótesis’ que el atentado fuera obra de la banda terrorista ETA, Emilio despertó… Muy en el fondo del estómago, entendió que ya era tarde para dar marcha atrás… En los escasos momentos de lucidez que le dejaban no solo las drogas, sino su propia indiferencia ante la realidad, Trashorras ató cabos y acertó. Emilio paga y sale corriendo del bar… Los nubarrones se cernieron sobre su pequeño y reducido mundo en Avilés. Llegaron para cubrirlo todo y dejaron bajo su espesor oscuro e impenetrable una sensación de claustrofobia de la que aún no ha logrado deshacerse. 'Fueron los moros'".
"La tercera persona a quien llamó [al atar cabos tras el atentado] fue a Manuel García Rodríguez, Manolón, entonces jefe de la Brigada de Estupefacientes de la Comisaría de Avilés, a quien llevaba información de vez en cuando a cambio de que hiciera la vista gorda con sus negocietes: "Manolo, que te digo yo que fueron los moros". Pero él [Manolo], erre que erre con que había sido ETA".
El resto es historia negrísima de la democracia española.
El joven asturiano José Emilio Suárez Trashorras tenía un carácter voluble (así se llamaba en los años noventa lo que ahora probablemente describiremos como esquizofrenia). En 1996, tras dejar un puesto de trabajo estable en Lácteos Avilés, decidió hacer la mili de legionario. Trashorras pasó las primeras semanas entusiasmado en Ceuta, hasta que se rayó y pidió la baja en el hospital militar. La evaluación médica no salió bien, o sí, según se mire. Uno de los mandos le dijo: "Se va a quedar con nosotros. Porque no es que lo vea apto, es que lo veo aptísimo, así que no se diga más. Denegada". Silencio en la sala. Trashorras miró a los tres oficiales del tribunal médico y soltó una frase extrañísima: "Uf, uf, ahora mismo os estoy viendo a los tres minúsculos". Los mandos fliparon, pero el monólogo tarantiniano de Trashorras no había hecho más que empezar...