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Aramburu y su decepcionante 'Maite'
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Aramburu y su decepcionante 'Maite'

Nos deja, eso sí, un epitafio agudo, hondo, herido e hiriente: la reflexión de Manoli, la madre de Maite, quien, con un destello de lucidez, afirma que "Dios se adapta a todo y en esta tierra se ha apuntado al nacionalismo"

Foto: Fernando Aramburu, en la firma de libros de la pasada Feria del Libro de Madrid (Gustavo Valiente / Europa Press)
Fernando Aramburu, en la firma de libros de la pasada Feria del Libro de Madrid (Gustavo Valiente / Europa Press)
EC EXCLUSIVO

La lectura de la última novela de Fernando Aramburu no responde a los reclamos promocionales según los cuales aparentaba resultar un relato de parecido calibre al de su extraordinaria Patria, seguramente la historia que más ha acercado a la opinión pública española, desde la literatura, al horror de la banda terrorista ETA. El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, un episodio sádico y criminal que sucedió entre los días 10 y 13 de julio de 1997, no opera en la novela del donostiarra como el hecho vertebral de la narración. Por el contrario, funciona en la historia que nos cuenta el autor como una mera anécdota que irrumpe de cuando en vez en las vidas de la protagonista, Maite, de su hermana, Elene y de su madre, Manoli.

Para lograr un acoplamiento entre la trama principal y el crimen, Aramburu mete en extraños soliloquios a la protagonista, unas conversaciones consigo misma o con los espectrales padres del terrorista que descerrajaría los tiros letales sobre la nuca de Miguel Ángel Blanco. Unos progenitores del etarra que resultan tan inverosímiles y arbitrarios como alguno de sus personajes colaterales en la trama. El escenario de la novela es un San Sebastián apenas reconocible y el retablo de vivencias de las tres mujeres que soportan experiencias que sufren con dolor de distinta intensidad y parecido dramatismo. Una emoción que no siente el lector someramente informado cuando el escritor anuda los argumentos del trío familiar al secuestro y asesinato del joven Miguel Ángel Blanco.

placeholder 'Maite', de Fernando Aramburu (Tusquets).
'Maite', de Fernando Aramburu (Tusquets).

Si se desposeyera a Maite del encuadre temporal con el que Aramburu emulsiona la historia con uno de los crímenes más vesánicos de ETA, el relato fluiría sin merma de lo que al final resulta: una novela que no es de las mejores de Fernando Aramburu y que tampoco se aproxima a Patria. El texto carece de vibración y, por momentos, se percibe la artificiosidad que acompaña a la distancia de observación del autor quien, no obstante, transforma en una suerte de genialidad narrativa (un recurso fallido) el enlace de las vidas de las tres mujeres con el asesinato de Miguel Ángel Blanco. Se produce un fundido en el transcurso de la trama cuando Maite se entera de la muerte del concejal popular de Ermua horas después de su acaecimiento porque los avatares de su vida le absorben mucho más que la hondura depresiva de aquel acontecimiento luctuoso.

No es de las mejores de Aramburu y tampoco se aproxima a 'Patria'. El texto carece de vibración y, por momentos, se percibe la artificiosidad

Pudiera ser que los que vivimos allí los tres días de julio de 1997, que nos dejaron una cicatriz biográfica imborrable, hayamos abierto los brazos a la última novela de Aramburu con la precipitada esperanza de que el escritor, desde la lejanía germana, trazase el drama de esas jornadas de incuria moral que como una resaca persistente y voraz se ha ido tragando la conciencia omisiva y amnésica de una parte grande de la sociedad vasca. El respeto y el agradecimiento a Fernando Aramburu, que son enormes por su tarea de denuncia del terror, no permiten, sin embargo, dar por buena la promoción de Maite como si se tratase de una historia nuclear de aquellos días de julio de 1997. Irrita por banal, además, la ‘vasquización’ (perdóneseme el palabro) de la narración cuando recurre al ingrediente artificioso de manejar términos coloquiales del euskera (maitia, aita, ama, amona, mesedez) que se mechan en los coloquios entre unos personajes de indistinguible perfil identitario.

He leído y releído el texto, he subrayado párrafos, he vuelto sobre mis pasos, he buscado el mecanismo sentimental de la historia, he tratado de reconocer en las calles donostiarras (o en las de Bilbao) a esos personajes femeninos que con tanta maestría Aramburu perfiló en Patria, trazos de Miren, rasgos de Bittori. Inútil. He cerrado el libro con el desconsuelo de la oportunidad perdida. Tiene derecho el autor a extraviarla porque ha culminado con éxito otras muchas, pero cabe la duda de que sea ecuánime por su parte encelarnos con un supuesto retrato de aquel julio en el que todo terminó y todavía no sabemos qué empezó en la sociedad vasca. Quizá suponíamos que Aramburu nos los describiría con su viveza habitual.

Nos deja el autor, eso sí, un epitafio agudo, hondo, herido e hiriente: la reflexión de Manoli quien, con un destello de lucidez, afirma que “Dios se adapta a todo y en esta tierra se ha apuntado al nacionalismo” (página 141). Si Aramburu hubiese seguido el sendero de esa agria imputación de la madre de Maite y Elene, quizá el milagro de Patria se hubiese repetido.

Maldito marketing.

La lectura de la última novela de Fernando Aramburu no responde a los reclamos promocionales según los cuales aparentaba resultar un relato de parecido calibre al de su extraordinaria Patria, seguramente la historia que más ha acercado a la opinión pública española, desde la literatura, al horror de la banda terrorista ETA. El secuestro y asesinato de Miguel Ángel Blanco, un episodio sádico y criminal que sucedió entre los días 10 y 13 de julio de 1997, no opera en la novela del donostiarra como el hecho vertebral de la narración. Por el contrario, funciona en la historia que nos cuenta el autor como una mera anécdota que irrumpe de cuando en vez en las vidas de la protagonista, Maite, de su hermana, Elene y de su madre, Manoli.

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