Handel o la orgía de los sentidos en Valencia
El montaje de 'Giulio Cesare' que apadrinan Marc Minkowski, Vincent Boussard y Christian Lacroix es el acontecimiento de la temporada española, incluida la revelación de Marina Monzó
El jaleo de los petardos y el estruendo de los fuegos artificiales otorgan más sentido a la cámara hiperbárica en que se ha convertido el montaje de Giulio Cesare en la sede de Les Arts. Quedan dos funciones (11 y 13 de marzo). Y conviene considerarlas una oportunidad, pues sucede que la versión musical (Minkowski) y escénica (Vincent Boussard) de la ópera de Handel se ha convertido en el mayor acontecimiento de la temporada española. No ya por la cualificación de un reparto en el que impresionan particularmente las voces y el carisma de Marina Monzó (Cleopatra) y de Aryeh Nussbaum Cohen (César), sino por la orgía sensorial y estética con que se desenvuelve, cuadro a cuadro, este milagro operístico.
Puede que la clave resida en la concepción "orgánica" del fenómeno. No hay distancia conceptual ni física entre la escena ni el foso (que está elevado), ni entre el foso y la platea. Los cantantes atraviesan a su antojo la cuarta pared. Y se desplazan entre los espectadores para hacerles partícipes de sus desvelos y sus desgracias, aunque el mayor acierto dramatúrgico proviene del éxtasis sinestésico.
Es donde adquiere un vuelo conmovedor el vestuario exquisito de Christian Lacroix y donde la tecnología funciona al servicio de una iconografía palpitante, tanto en la elegancia de las escenas contemplativas como en los guiños más audaces al barroquismo y la comedia del arte. Es el contexto visual en el que el maestro Minkowski ejerce de hechicero y de alquimista. No se limita a dirigir primorosamente a la orquesta de Les Arts, sino a convertirla en un fresco pictórico cuya densidad extrema los matices y predispone un cromatismo embriagador. El maestro francés respira con los cantantes. Los mece en los recitativos y las arias. Inocula un estado de trance en el que brillan como solistas los mejores profesores de la agrupación valenciana, desde el concertino diabólico (Stéphane Rougier) a los colegas de las flautas, las trompas y el bajo continuo.
Adquiere un vuelo conmovedor el vestuario exquisito de Christian Lacroix y la tecnología funciona al servicio de una iconografía palpitante
Uno para todos, todos para uno, el acontecimiento se decanta en un lenguaje simbólico que compagina las referencias egipcias -del ibis a las pirámides- con el impacto magnético del ciclo lunar y con una relación coreográfica -insistimos- entre la escena, la música y la comunión atónita de los espectadores. Escuchamos a Handel igual que lo vemos. Y lo vemos cada vez que lo escuchamos.
Por eso reviste tanto interés el vestuario de Lacroix en su capacidad de desdoblar los matices de los personajes. Y de revestirlos de un instinto que aprovechan desde la energía compartida. No hay jerarquías rígidas, sino una circulación continua de flujo entre los personajes. Aryeh Nussbaum Cohen confirma el rango excepcional de su Giulio Cesare -un papel concebido por Handel para el castrato Senesino- y lo hace sin tentaciones musculares. El virtuosismo está ahí, desde las acrobacias de Empio, dirò, tu sei hasta la impetuosa Quel torrente, che cade dal monte, pero lo más notable consiste en la inteligencia musical con que administra cada aria, cada silencio, cada gesto. Y frente a él se levanta la Cleopatra de Marina Monzó, que afronta su primer Handel con una mezcla muy rara de brillo, carácter y teatralidad. No se limita a seducir: gobierna la escena. Piangerò la sorte mia lo demuestra cuando el lamento inicial se transforma en una tempestad de furia y virtuosismo.
Alrededor de ellos gravita un reparto sólido y perfectamente integrado en la respiración colectiva del espectáculo. Cameron Shahbazi construye un Tolomeo tan inquietante que grotesco, con la incisividad venenosa que exige el personaje. Sara Mingardo aporta a Cornelia la autoridad grave de quien lleva décadas conviviendo con el papel, capaz de oscurecer el aire con una sola frase y de detener el tiempo en el dúo Son nata a lagrimar. Arianna Vendittelli asume el travestido Sesto equilibrando el ardor vengativo con el lirismo contemplativo. Jean-Philippe McClish confiere a Achilla una densidad oscura y evolutiva, mientras Bryan Sala y Lora Grigoriev sostienen con solvencia a Curio y Nireno. Nadie queda fuera de la alquimia: todos participan de ese pulso común que hace que Handel no solo se escuche, sino que parezca latir y crepitar en la sala, fuera del espacio y del tiempo, mientras más allá de la cámara hiperbárica estallan los petardos y recorren el cielo los fuegos artificiales.
El jaleo de los petardos y el estruendo de los fuegos artificiales otorgan más sentido a la cámara hiperbárica en que se ha convertido el montaje de Giulio Cesare en la sede de Les Arts. Quedan dos funciones (11 y 13 de marzo). Y conviene considerarlas una oportunidad, pues sucede que la versión musical (Minkowski) y escénica (Vincent Boussard) de la ópera de Handel se ha convertido en el mayor acontecimiento de la temporada española. No ya por la cualificación de un reparto en el que impresionan particularmente las voces y el carisma de Marina Monzó (Cleopatra) y de Aryeh Nussbaum Cohen (César), sino por la orgía sensorial y estética con que se desenvuelve, cuadro a cuadro, este milagro operístico.