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Un "no a la guerra" fijo-discontinuo... y caducado
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Rubén Arranz

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Un "no a la guerra" fijo-discontinuo... y caducado

Cualquiera tiene derecho a encabezar un movimiento pacifista, pero convengamos en que, una vez se pone uno a la tarea, lo suyo es no participar en ninguna acción bélica.

Foto: El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Alejandro Martínez)
El presidente del Gobierno, Pedro Sánchez. (Europa Press/Alejandro Martínez)
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El día de abril de 2025 en que Zapatero presentó su libro La solución pacífica, se mostró apesadumbrado porque el conflicto de Gaza no hubiera derivado en un movimiento civil en favor de la paz, al igual que en 2003, cuando se impuso el “no a la guerra”. La columnista en activo que ejercía de maestra de ceremonias asintió con devoción, en una muestra perfecta de que detrás de algunas tribunas hay admiraciones que deberían hacer sentir más vergüenza que orgullo, aunque eso no suceda.

Medio año después de ese momento, un 14 de septiembre, fue necesario suspender la última etapa de La Vuelta a España por las protestas de los manifestantes contra un equipo israelí. Los altercados se vieron en RTVE, donde entonces ya se barajaba la retirada de Eurovisión, ante la negativa de su organizadora a vetar al país hebreo.

Seis días antes, el Gobierno había anunciado un decreto de embargo; y el 24 de ese mes, Moncloa envió una embarcación para rescatar a unos cuantos tripulantes de la flotilla Global Sumud, en la que habían participado varios españoles, incluido alguno que hizo escala en España por su cumpleaños, en un paréntesis festivo en su lucha. Obligatorio, sin duda.

¿A quién le importa un sudanés?

Existen muchas guerras en el mundo. Hay una en Europa de la que se desvió la atención después de que ganara fuerza el movimiento pacifista para Oriente Medio, apoyado por algunos que, un tiempo antes, en sus “putos podcast” —hoy también en Movistar+— habían adoptado la retórica de que el Dombás estaba sembrado de nazis. Es la que le convenía a Putin, quien más recientemente ha patrocinado matanzas en Mali, Burkina Faso y Niger con sus mercenarios a las que tampoco han prestado atención. ¿A quién le importa esa gente en España?

Tampoco se ha cuestionado la posición diplomática con Emiratos Árabes Unidos pese a su nexo con las Fuerzas de Apoyo Rápido (FAR) de Sudán, que dispone estos días de los carniceros más efectivos e insaciables del continente africano. Siempre hay guerras que tienen menos relevancia. Algunas, reciben mucha menos atención. No sucede así en Oriente Medio porque hay quien sabe que pueden generar réditos políticos. Hay una izquierda en España que, por la razón que sea (¿y cuál será?) se pirra por todo lo que ha patrocinado Irán. Incluso ha participado activamente de su propaganda.

Está visto que el pacifismo no obliga a ser consecuente: tan sólo a redoblar esfuerzos para que la propaganda se difunda lo máximo posible

Cualquiera tiene derecho a encabezar un movimiento pacifista, pero convengamos en que, una vez se pone uno a la tarea, lo suyo es no participar en ninguna acción bélica. Sería lo más consecuente con ese discurso. España envió el otro día una fragata a Chipre para colaborar en la defensa de la isla, junto al portaaviones francés Charles de Gaulle. Lo hizo mientras ministros como Ana Redondo coreaban de nuevo, 23 años después, el “no a la guerra”. Fue una regresión o, más bien, la invocación de un espíritu al que sólo se reclama cuando conviene. Al poco de anunciarse la noticia, Pablo Iglesias lamentó que el antibelicismo hubiera durado tan poco.

¿Puede considerarse lo de la fragata como una acción de guerra, de las que contravienen la 'no violencia'? Según se mire. Chipre es un socio de la Unión Europea y ayudarle es loable. Incluso puede tener un punto heroico. Pero eso aleja a España de la neutralidad y del antibelicismo; y, por supuesto, contradice aquello que afirmó Pedro Sánchez antes de gobernar, cuando quería ganarse a la parroquia pacifista: “Sobra el Ministerio de Defensa. Ese presupuesto se podría dedicar a luchar contra la pobreza y la violencia de género”.

Puede parecer una fanfarronada y lo es, aunque hay casos peores, con los que se apela a la teoría de la conspiración para quitar hierro a la decisión del Gobierno de enviar la fragata. El contertulio habitual de RTVE Javier Aroca expresaba sospechas más delirantes este jueves en sus redes sociales: “Si no es Irán quien atacó la base británica de Akrotiri en Chipre, ¿de quién tenemos que defendernos los europeos?”.

Ya se sabe que entre la condena a Israel por sus excesos y la conspiración hay un camino estrecho que cierta izquierda se ha mostrado encantada de recorrer, aunque conduzca a un punto tenebroso. Hay quien es plenamente consciente (o no) que entre apelar a los ataques de bandera blanca y al antisemitismo ha habido tan sólo un suspiro en algunas ocasiones, a lo largo de la historia.

El acero para Israel

Pero vayamos más allá con el análisis de este "no a la guerra" que nos ocupa y nos enorgullece. La fragata Cristobal Colón, orgullo de la Armada, está construida en acero, un producto en el que es especialista Sidenor, a la que afecta estos días un proceso judicial por haber vendido acero a Israel, según su presidente, antes de que entrara en vigor el 'embargo español'. Digamos que aquí el “no a la guerra” tampoco implica una postura totalmente contraria a sus presuntos participantes indirectos, dado que una buena parte de los antibelicistas patrios —incluidos el PSOE y Bildu— aplaudieron que un consorcio capitaneado por esta empresa comprara el 29,7% de Talgo hace unas semanas, y la salvara.

Está visto que el pacifismo no obliga a ser consecuente: tan sólo a redoblar esfuerzos para que la propaganda se difunda lo máximo posible y consiga movilizar votos.

Sobra decir que cada país es soberano y debe cuidar por sus intereses y hacerlos compatibles con los de sus aliados. Bravatas como las del presidente de Estados Unidos son patéticas, como tantos y tantos aspavientos del trumpismo. Pero aquí no pretendemos analizar las cuestiones geopolíticas, sino 'el relato', que en las cuestiones bélicas siempre es falsario y que en este caso, además, surge de la obsesión de Moncloa por aprovechar casi cualquier circunstancia para remontar en las encuestas. Por tanto, es inconsistente. Tanto, como todos esos debates cotidianos, al hilo del 23-F, de una denuncia delirante a Adolfo Suárez, de una manifestación de los idiotas de Núcleo Nacional o, qué se yo, de la abundancia de lluvias.

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Ana Redondo, ministra de Igualdad. (EFE)

Intuyo que este “no a la guerra” tendrá mucho menos recorrido que el de 2003. A lo mejor es más efectivo que la histeria por los pellets de plástico que se desató antes de las elecciones gallegas, con Yolanda Díaz recorriendo una playa, un viernes, con una especie de cedazo entre las manos y gesto de rabia. Pese a todo, se le puede augurar un menor recorrido: los movimientos contestatarios son menos efectivos desde el Gobierno que desde la oposición. Entre otras cosas, porque la política exterior, en tiempos de conflicto, obliga a afrontar escenarios cambiantes y a asumir contradicciones que quizás son moralmente reprobables, pero que resultan necesarias para evitar males mayores. De ahí que en estos casos la oposición oportunista sea más efectiva que el gobierno adaptativo.

Pedro Sánchez ya ha conseguido que Financial Times le designe como “la némesis de Trump en Europa” y esa pieza de caza la podrá exhibir ante sus votantes y ante sus amanuenses y corifeos digitales, cada vez con menos tornillos en la azotea. Pero el contexto es complejo, hay aliados amenazados si se mantienen las hostilidades y, en esos casos, decidir la política exterior en función de lo que aconseje la demoscopía, de puertas para adentro, sólo lleva a contradecirse y a caer en renuncios que gente como Iglesias, excolaborador de HispanTV, la tele de Ahmadineyad, estará encantada de señalar.

Tampoco puede decirse que Sánchez tenga enfrente a portentos de la acción política. La maniobra del PP de filtrar el vídeo manipulado de Margarita Robles (“yo estoy con Trump”; “yo estoy helada”) es absolutamente lamentable. Hay berreas en Génova 13 que serían improcedentes incluso en las despedidas de soltero de la aldea más remota.

El día de abril de 2025 en que Zapatero presentó su libro La solución pacífica, se mostró apesadumbrado porque el conflicto de Gaza no hubiera derivado en un movimiento civil en favor de la paz, al igual que en 2003, cuando se impuso el “no a la guerra”. La columnista en activo que ejercía de maestra de ceremonias asintió con devoción, en una muestra perfecta de que detrás de algunas tribunas hay admiraciones que deberían hacer sentir más vergüenza que orgullo, aunque eso no suceda.

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