Cuando las mujeres "tenían el cerebro de un chimpancé o un negro"
En el libro 'Insumisas', el sociólogo Manuel Espín relata la historia de la lucha de quienes a lo largo de los siglos XIX y XX se rebelaron contra los roles establecidos. Este es un fragmento
El
Moebius se propone demostrar "cuán loco es el feminismo", destacando que "el amor conyugal y el matrimonio alcanzan una preponderancia sobre los demás instintos, que, en condiciones normales la mujer obtiene sin esfuerzo la victoria". Destacando "la paciencia en la mujer, como cuando asiste solícitamente al niño enfermo; y en casos semejantes en que se refieren a un sentimiento de amor es especialmente femenino". Cita a Lombrosio y Ferrero para destacar su inferioridad mental, y destaca lo que denomina "antagonismo entre la vocación natural de la mujer y la vocación auténtica" como la de las que aspiran a ser doctoras o artistas "producto de una degeneración": "Las mujeres dotadas de talento son real y verdaderamente víctimas, sea porque merced a sus aptitudes intelectuales renuncian a los impulsos de la naturaleza, sea porque cuando son madres deben esforzarse en servir a dos señores distintos".
Moebius: "La mujer está destinada a ser madre; luego todo lo que tienda a entorpecer ese deber es falso y dañoso"
Afirma que, salvo en las actrices y las cantantes, las mujeres no son indispensables, tampoco las pintoras, escultoras o doctoras, más allá de la poesía o las escritoras de novelas. "Las mujeres —afirma— viven pendientes de sus hijos y de su marido; lo que es extraño a la familia no les interesa"; mientras carecen del sentido de lo justo. "El disimulo, o sea el embuste, es el arma natural y más indispensable para la mujer [...] a la que la Naturaleza exige amor y abnegación maternales".
Moebius replica a Ibsen y su Nora, a la que considera "degenerada e histérica" por abandonar su hogar y su familia "para satisfacer aspiraciones cerebrales". Cree que "los verdaderos enemigos de las mujeres son los feministas, los que quieren anular las diferencias entre los dos sexos": "La mujer está destinada a ser madre; luego todo lo que tienda a entorpecer ese deber es falso y dañoso".
La primera edición española de ese libro tiene una peculiaridad: está traducido y prologado por Carmen de Burgos, que representa precisamente lo que Moebius critica. Ese prólogo es discrepante pero no incisivo, lo que muestra la difícil posición en la que ella se debió encontrar. La autora pone en evidencia a varios tipos de feminismos: por una parte el de las reivindicaciones pertenecientes a las clases elevadas de la sociedad, de carácter conservador, y las mujeres del pueblo, de las que dice que no son feministas "sino esencialmente anarquistas; no piden jamás la identidad absoluta de los sexos, [sino que desean] la igualdad humana dentro de la justicia equitativa". Su opinión es relativamente poco agresiva respecto a Moebius; puntualiza Carmen de Burgos en sus opiniones sin entrar a degüello a rebatir las del conocido médico que generó polémica a principios del XX. Así explica la peculiar actitud de Carmen de Burgos su reciente biógrafa Asunción Valdés:
"Hay que ponerse en el lugar de Colombine en una época en la que las mujeres estaban tratadas como menores o inferiores en los códigos que establecían una permanente tutela sobre ellas. Ya sabemos que en la Grecia clásica venían a ser como una especie de metecos o extranjeros, bajo unos criterios que nada tienen que ver con los de nuestro tiempo. De Burgos sabía nadar y guardar la ropa porque ella era profesora y ser docente tenía una gran importancia; pero a la vez debía guardar las formas. Era erudita, culta, tenía grandes conocimientos, ejercía el periodismo y valoraba su función social; pero no podía dar argumentos a quienes la calificaban de rebelde, destructiva de la familia y la sociedad, peligrosa [...]. Los epítetos que se utilizaban habitualmente para denigrar a las mujeres con ideas propias. Porque en esa época salirse del rol que se las asignaba, siempre lejos de lo público (el arte, la política, la creación, la profesión...) era un acto de rebeldía".
'Insumisas' (Almuzara): es la historia de la lucha de quienes a lo largo de los siglos XIX y XX se rebelaron contra los roles establecidos, y por acceder a la educación, al sufragio, a la creación cultural, la ciencia, la política y el deporte.
Manuel Espín: es doctor en Sociología (UNED) y licenciado en Derecho, Ciencias de la Información y Ciencias Políticas por la Universidad Complutense de Madrid. Ha impartido clases, cursos y asignaturas en diversos centros superiores y trabajado en importantes medios de comunicación. Entre sus últimos libros, 'Vida cotidiana en la España de la posguerra' (2022), 'La España Ye-yé' (2023) y 'Sexo en el franquismo' (2025).
A las feministas se las llamaba "locas, marimachos, atentatorias contra los valores familiares y la estabilidad del matrimonio, malas madres [...]" y no puede sorprender encontrarnos con opiniones de pensadores de la época, sin ir más lejos de Schopenhauer para quien las mujeres no eran más que "señoras de pelo largo y caderas anchas". Por eso Carmen evita denominarse feminista. Traduce el libro de Moebius y lo prologa porque necesita dinero, evita una carnicería sobre ese texto que debía aborrecer, pero dice lo que quiere aunque con buenas formas, cuando se fija en personajes como Madame Curie, las primeras mujeres científicas, y fija la atención en la terrible situación de las cárceles en general y en especial las femeninas, en las que en lugar de tener oportunidad de salir de la delincuencia sus condiciones se agravan y están todavía más expuestas, en una línea de continuidad como la que ya había expresado Concepción Arenal.
El mito de la debilidad femenina
A lo largo de la historia, especialmente en la época de la Ilustración y el XIX, en la que la especulación científica adquiere carta de naturaleza y protagonismo social, hay un argumento supuestamente científico utilizado para evitar la presencia de las mujeres en los espacios de creación y de decisión: su naturaleza débil, inestabilidad emocional, fragilidad física y psíquica... que la hace extremadamente endeble y vulnerable. Se viene a decir que por naturaleza la mujer es voluble y sometida a vaivenes emocionales, porque el territorio de los sentimientos le pertenece y es donde se hace fuerte dentro de un mundo aparte y cerrado, en lo que se viene a llamar universo o misterio femenino, que se quiere ligar a ese misterio de la vida que constituye la capacidad de engendrar.
No debe sorprender que a mediados del XIX se volviera a las categorías de Galeno del siglo II, cuando hablaba de esa enfermedad femenina que afectaba a vírgenes, monjas, viudas y algunas casadas que las hacía mostrarse especialmente sensibilizadas, incluso sexualmente desequilibradas, y que en la época victoriana se categoriza como histeria femenina, en lo que llegó a ser una especie de saco de todo revuelto. Esa constitución inestable hace imprescindible la tutela masculina y la justifica. A la vez, representa un elemento de exclusión de las mujeres en la vida pública y los espacios laborales fuera del hogar de la misma manera que la creación femenina se presenta bajo matiz sesgado; es propia de un ser inferior y desprestigiado cuya credibilidad se pone en duda al describírsela bajo el riesgo de sus patologías propias dependientes de una naturaleza inestable.
El mito adquiere presencia en un tiempo de exaltación de la ciencia cuando en la sociedad victoriana se buscan respuestas a ese mal, etapa represiva en lo relacionado con la sexualidad contemplada como tabú. Todavía más para las mujeres que ni siquiera pueden mencionar sus contenidos en una conversación para evitar ser degradadas al más bajo estrato de la calificación social. La llamada histeria femenina adquiere connotación sexual especialmente morbosa. Con tratamientos consistentes en hipnosis, curas de sueño, temporadas de reposo o lavados vaginales y masajes practicados por una comadrona. Tanto que, a finales de ese siglo y el principio del XX, se empiezan a comercializar aparatos estimuladores mecánicos que pasan a ser eléctricos.
La llamada histeria femenina adquiere connotación sexual morbosa. Se empiezan a comercializar estimuladores mecánicos que luego son eléctricos
Para Freud esa (presunta) patología es debida a cualquier huella de un trauma sufrido en la infancia que pervive en el subconsciente. El estereotipo de la histeria femenina sobrevive hasta convertirse en un lugar común que se utiliza para categorizar a su inestabilidad mental, y que le impide asumir funciones de responsabilidad, con lo que su ámbito de influencia se circunscribe al doméstico y familiar. La descripción de esa situación que en la actualidad podríamos enmarcar en lo psico-social-cultural no tuvo en cuenta hechos a considerar de evidente importancia:
- Hasta épocas todavía recientes el matrimonio en la burguesía y la aristocracia era acordado y formaba parte de una negociación casi comercial, donde la novia aparecía como el objeto predestinado a cumplir la función reproductora y a atender los requerimientos sexuales del varón.
- Había mujeres que sentían aversión al sexo con su esposo, y que eran incapaces de explicarlo. Se las negaba la capacidad de manifestar el deseo y carecían de opinión. Cualquier mujer que hubiera mencionado sus gustos y preferencias al cónyuge se exponía a ser considerada como una prostituta.
- Desde el nacimiento el plan femenino estaba orientado hacia el matrimonio, y fuera del mismo no existía factor de recambio. La dependencia respecto al marido era emocional pero fundamentalmente económica. Él provenía de recursos económicos a la familia, y cualquier decisión por parte de ella habría sido una especie de suicidio. Todavía más en sociedades como la española donde no existía el divorcio.
Cualquier mujer que hubiera mencionado sus gustos y preferencias al cónyuge se exponía a ser considerada como una prostituta
- Ese malestar femenino incapaz de ser verbalizado generaba frustración, desasosiego, nerviosidad y malestar constante. Y el pretexto de la disfunción de la mujer era utilizado por ella para evitar una práctica conyugal incapaz de producirle la menor satisfacción. Mientras debía estar al servicio del esposo cuándo, dónde y como él quisiera.
- La tradición asumía que las mujeres eran más frágiles que los hombres en todos los sentidos, y que había enfermedades que formaban parte de su identidad, más allá de las fisiológicas. En un proceso donde interiorizaban desde que tenían conciencia esa diferencia, en la que la naturaleza femenina era descrita bajo condicionantes distintos a los masculinos; lo que contribuía a delimitar los espacios para cada cual.
El