Iglesia contra ultraderecha o la envenenada herencia franquista del nacionalcatolicismo
El catedrático Julián Chaves publica La Iglesia durante el primer franquismo (1936-1945). Charlamos con él sobre la identificación Iglesia-Estado, su papel en la represión y los ecos actuales
Decenas de personas cantan el 'cara al sol' en Valladolid tras una misa por Franco. (EFE/Fernando Sanz)
Apenas unas semanas antes de que comenzara la Semana Santa de 1940 en Sevilla, el cardenal Pedro Segura, antiguo arzobispo de Toledo y primado de España, se iba a enfrentar al partido único de Falange –FET y las JONS–. Dionisio Ridruejo, jefe de Propaganda de FET, se había empeñado en inscribir en los muros exteriores de la catedral de Sevilla los nombres de los "caídos por Dios y por España", incluido el de José Antonio Primo de Rivera, contra el conocido criterio del cardenal Segura, que durante la Cuaresma se había cerrado en banda a que se tocaran los muros apelando a la autonomía eclesiástica.
Era la España aún de la plena posguerra y en la máxima identificación del Estado con esa Iglesia mártir, después de una Guerra Civil que el bando nacional había definido como "Cruzada" tras la persecución religiosa y la matanza en la retaguardia republicana de cerca de 6.800 sacerdotes y religiosos por el mismo hecho de profesar la fe. El Vaticano no proclamó la Cruzada, que se quedó en la pastoral del obispo de Salamanca Pla y Deniel de 1936, pero un año después, el primado de España, Isidro Gomá, redactaría la carta colectiva firmada por la inmensa mayoría de los obispos denunciando la persecución y matanza de los religiosos, que tuvo un impacto internacional enorme: la república empezó a perder la guerra en el exterior contra la cruz.
El cardenal Segura no era precisamente lo que se denominaría un progresista dentro de la institución eclesiástica, sino más bien un ultramontano. En 1931 se había convertido además en un icono de la resistencia contra el anticlericalismo de la II República, cuando el gobierno provisional le expulsó de España en 1931 y maniobró después con la Santa Sede para que le apartaran del arzobispado de Toledo, el puesto de primacía simbólica de la Iglesia.
"El sectarismo y la polarización tan propios de ahora existieron también incluso durante la época de la dictadura"
En 1940, como cardenal y arzobispo de Sevilla, no era un sospechoso como lo eran el exiliado Vidal i Barraquer –que no firmó la carta colectiva– o Mateo Mújica, obispo de Vitoria, expulsado por defender al clero vasco. Sin embargo, durante la Semana Santa de aquel lejano 1940, Segura se mantuvo firme contra las demandas del partido único: existían unas disposiciones de 1938 y una práctica oficial que consistía en la inscripción en los muros de los nombres de los caídos, pero el cardenal se negó y más adelante expresaría en una pastoral: "No somos los obispos ni son los sacerdotes, en su sagrado ministerio, funcionarios y servidores del Estado, sino única y exclusivamente ministros de Jesucristo".
Después de la identificación de Iglesia-Estado que acometió el régimen de Franco desde su misma fundación, la Iglesia en España ha quedado en cierta medida estigmatizada en la cultura popular con la adhesión a la dictadura, por lo que sorprenderá que la ecuación "Iglesia=extrema derecha" no fuera exactamente así, ni siquiera en el momento álgido de la posguerra. Hubo otros muchos encontronazos más.
Lo explica a El Confidencial en Madrid el catedrático de Historia Contemporánea de la Universidad de Extremadura, Julián Chaves, que acaba de publicar un exhaustivo trabajo sobre la Iglesia y el Estado franquista: El águila y la sotana. La Iglesia durante el primer franquismo (1936-1945): "El libro tiene una traducción en el presente inequívoca. En dos aspectos: primero, que la España franquista no era en el caso de Iglesia tan monolítica como se piensa. Y segundo, que el sectarismo y la polarización tan propios de ahora existieron también incluso durante la dictadura, en el sentido de que la Iglesia mostraba también desavenencias con los acuerdos que tomaba el franquismo en sus manifestaciones extremas y sectarias".
'El águila y la sotana', de Julián Chaves. (Ático de Libros)
El catedrático no pretende en absoluto esquivar la clara identificación que tuvo la alta jerarquía de la Iglesia con el régimen; de hecho, más bien al contrario, detalla con bastante claridad el importante papel que desempeñó en la represión, pero sencillamente no se deja nada en el tintero, incluyendo también las desavenencias de un periodo corto pero absolutamente clave en el que la Iglesia fue un pilar fundamental que se usaría para definir ideológicamente al régimen. Según Chaves, ya en la inmediata posguerra, más que en el partido único, Franco se apoyó en la Iglesia.
Se tradujo de inmediato en una suerte de "franquistización" deliberada de la institución eclesiástica, tal y como explica Julián, que sería el origen de la comunión de un sector con lo que se denominaría posteriormente el nacionalcatolicismo y la desavenencia de otro. Esos primeros años de la dictadura dejarían un poso indeleble y otra traducción en el mismo presente sobre la Iglesia que aún tiene ecos: "Uno puede ser religioso, católico, creyente, y evidentemente no tiene por qué comulgar con posiciones ultraderechistas, ni mucho menos", comenta Julián. "Pero ¿qué ocurre? ¿Cuál es el reflejo? Pues que en ese afán de control a los feligreses por parte de la Iglesia, en periodos tan críticos como el actual, pues indudablemente se puede sacar ese discurso y esa lectura de su comportamiento, que no representa realmente a la Iglesia".
Julián Chaves posa con su libro. (Cedida)
Esas grietas se han visto, por ejemplo, ahora con las críticas de VOX a las autoridades de la Iglesia por el caso de Jumilla, comenzando el verano pasado, y que tuvieron una clara respuesta por parte del episcopado con alusiones explícitas precisamente a ese periodo del nacionalcatolicismo. El secretario general de la Conferencia Episcopal, César García Magán,pronunció desde el púlpito de la catedral de Toledo unas duras palabras por lo que entendía como ataques de la ultraderecha a la Iglesia: "lamentablemente se vuelven a escuchar eslóganes que en el primer tercio del siglo XX se escucharon furibundos y tremendos contra el Evangelio y contra la Iglesia y las iglesias, que hoy son pronunciados por algunos de los supuestos herederos de quienes en aquel primer tercio del siglo XX defendieron la Iglesia y, muchos de ellos, al precio de su sangre con el martirio".
Es imposible no pensar en esa comunión Iglesia-Estado del primer franquismo que aspiró a moldear a la jerarquía eclesiástica a su imagen y semejanza con la idea de controlarlo de raíz. La proyectada visita del papa León XIV en junio a España añade más tensión a la cuestión. Especialmente después de que se filtrara que el pontífice alertó en noviembre a la cúpula de la Conferencia Episcopal española sobre el riesgo de que la Iglesia quedara identificada con una única tendencia política, mencionando concretamente a la ultraderecha.
Esto es lo que sí ocurrió, en cambio, evidentemente en la posguerra franquista, a pesar de los esfuerzos del Vaticano entonces, debido a la clara participación del conjunto de la Iglesia de España en los resortes del nuevo Estado, incluida la represión. Chaves detalla en su libro, por ejemplo, cómo la Ley de Responsabilidades Políticas de 1939 institucionalizó explícitamente la participación del párroco como parte del aparato represivo. El artículo 48 de esa ley establecía que para abrir un expediente contra cualquier sospechoso había que recabar informes de cuatro fuentes en un plazo de cinco días: el alcalde, el jefe local de Falange, el comandante del puesto de la Guardia Civil y el cura párroco.
Así, según Chaves, el párroco no era una figura auxiliar ni opcional, sino uno de los cuatro pilares del sistema de delación. Esta participación se extendería a muchos ámbitos, según explica a El Confidencial, como sería la legislación de pensiones a huérfanos, que incorporaba sistemáticamente informes del párroco y que podían ser decisivos: "Cualquier inmoralidad de la viuda de ese republicano que fue fusilado era objeto sencillamente de informe y podía ser vinculante en el sentido de que no se concedía la pensión", o en el caso más llamativo, el del Patronato de Redención de Penas: "los reclusos que salían a trabajar redimían condena y recibían una pequeña remuneración, pero la Iglesia impuso su propio filtro moral: aquellos que no estén casados por el matrimonio católico no reciben pensión. Lo que provocó situaciones como que algunos presos que no habían contraído matrimonio canónico se apresuraran a hacerlo desde la cárcel para poder cobrar".
"Franquistizar" la Iglesia
¿Y cómo se conseguía esa colaboración tan activa de la Iglesia? Colocando en la jerarquía de las diócesis a los obispos más afectos a las ideas del nuevo régimen. La cuestión del Concordato que pretendía Franco con la Santa Sede y que tenía como objetivo nombrar él mismo a los obispos. No se pudo firmar porque la Iglesia se opuso tajantemente, pero lo que sí se acordó, según detalla Chaves, fue el convenio de 1941: "hubo una negociación en la que se permitió que el régimen propusiera una terna, hasta tres candidatos para cada sede, de los que luego la Santa Sede elegía. ¿Qué hizo el franquismo? La Dirección General de Seguridad y los jefes provinciales de Falange se preocuparon de que todos los que iban a ser seleccionados para poder ser obispos, o los clérigos susceptibles de poder serlo, fueran objeto de un informe detallado de un organismo y de otro".
"La Iglesia era el poder espiritual y, digamos, el gobierno franquista era el poder temporal"
Esta es una de las grandes aportaciones del libro: los informes de los obispables que realizaban Falange y la Dirección General de Seguridad para cribar candidatos poco afectos al movimiento y que Julián ha incluido en su obra. Un ejemplo: el abad entonces del Sacro Monte de Granada, Jesús Mérida. Según el informe de Falange:
"Hermético. No exterioriza sus ideales políticos. Indiferencia hacia el régimen y hostilidad manifiesta hacia el mismo. Durante la dominación roja estuvo conviviendo con su íntimo amigo el contumaz y destacado marxista Manuel Pérez Xambó, al que tras la liberación no solo escamoteó del presidio avalándolo con el prestigio e inmunidad que dan los hábitos sacerdotales y los innumerables cargos que ostenta (hecho que, por lo descarado, produjo indignación entre la opinión pública), sino que más tarde trató de conquistarlo en la Facultad de Derecho de Granada en un cargo análogo al que antes desempeñara en esta Universidad".
Esto conllevaba, según el catedrático, que cuando se presentaba la terna para obispo "no fuera cualquiera, sino los que realmente interesaban al franquismo, ya que los restantes ya se preocupaban ellos de que no figuraran". Esas maniobras por "franquistizar" a la Iglesia devinieron en el enfrentamiento con buena parte de los obispos que más peso habían tenido en la llamada Cruzada y, por supuesto, con la Santa Sede, que de hecho actuó en contra de las injerencias franquistas imponiendo también su criterio. Lo demuestra precisamente el caso del abad Jesús Mérida, tal y como explica Chaves en su libro, que fue nombrado obispo de Astorga en 1943 a pesar del demoledor informe de Falange, conformando esa Iglesia no tan monolítica que desvela el catedrático.
Una circular
Al final, además del cardenal Pedro Segura en la Semana Santa de 1940, que podría pasar por una anécdota, el enfrentamiento entre Iglesia y Falange escaló. El mismo primado Isidro Gomá, arquitecto de la colaboración con el bando nacional y el franquismo, acabaría protestando contra el régimen. Primero se opuso, por ejemplo, a un convenio hispano-alemán con la Alemania del Tercer Reich que ya había denunciado el papa y, más adelante, y de forma paradójica, a la censura que en otro sentido ellos mismos aplicaban.
Lo explica Chaves: "es muy curioso porque la Ley de Prensa y Propaganda de 1938 estableció una férrea censura. No olvidemos: la Iglesia era el poder espiritual y, digamos, el gobierno franquista era el poder temporal. Había una dualidad que la Iglesia no estaba dispuesta a soportar, por lo que pretendieron que los boletines, las pastorales y las circulares de la propia Iglesia no fueran censuradas. La paradoja es que no se respetó".
Este fue el inicio del enfrentamiento soterrado de los dirigentes eclesiásticos con Falange, según Chaves, y especialmente con Ramón Serrano Suñer: "Una circular del mismo Isidro Gomá fue censurada, lo que tocó a la línea de flotación de la jerarquía eclesiástica: ‘¿A mí me vas a censurar?’. Todos los obispos, de alguna manera, mostraron su adhesión, lo publicaron en sus obispados y demás. Y eso creó una crispación verdaderamente importante. De hasta dónde podía llegar la censura y dónde estaba la Iglesia".
Apenas unas semanas antes de que comenzara la Semana Santa de 1940 en Sevilla, el cardenal Pedro Segura, antiguo arzobispo de Toledo y primado de España, se iba a enfrentar al partido único de Falange –FET y las JONS–. Dionisio Ridruejo, jefe de Propaganda de FET, se había empeñado en inscribir en los muros exteriores de la catedral de Sevilla los nombres de los "caídos por Dios y por España", incluido el de José Antonio Primo de Rivera, contra el conocido criterio del cardenal Segura, que durante la Cuaresma se había cerrado en banda a que se tocaran los muros apelando a la autonomía eclesiástica.