¿Un harén en La Pedrera? El inquilino más extravagante de la obra maestra de Gaudí
Publicamos un fragmento de 'El legado olvidado de Gaudí', un libro que da cuenta de las insólitas vidas de la Casa Milà: desde salas de bingo, hasta mercadillos subterráneos y pensiones que ocuparon sus icónicos espacios
Aunque los tabiques interiores han desaparecido (como Gaudí vaticinó), el aspecto del entresuelo de la Pedrera es tan sugestivo como en 1912, con los cielos rasos de yeso que parecen mecerse entre corrientes marinas.
Las reformas y los cambios de uso son algo común en nuestro entorno construido y es difícil que un edificio se mantenga inalterado durante años por el simple hecho de que necesitamos modificarlo para que se adapte a nuestras necesidades. Esta situación también afectó a edificios proyectados por Gaudí, como el Palacio Episcopal de Astorga, que nunca llegó a servir como tal y que funciona actualmente como Museo de los Caminos, o el Capricho de Comillas, que hasta hace no mucho acogía un restaurante entre sus muros.
Gaudí ya imaginaba esto en algunos casos, como el que nos ocupa, pues dijo que sería muy fácil que la Casa Milà se transformase en hotel por la versatilidad de su planta libre y la cantidad de habitaciones y baños que albergaba. Lo cierto es que este edificio acogió en su interior las funciones y situaciones más peculiares que se podrían imaginar.
Cubierta de 'El legado olvidado de Gaudí', de Jorge Ibáñez Puche. (Almuzara)
En realidad, Gaudí no iba muy desencaminado, pues en el cuarto piso del edificio se instaló, casi desde el principio, la pensión Hispano-Americana, que disponía de parte del entresuelo como su comedor, delicadamente ornamentado con los cielos rasos de yeso que aún persisten y que nos evocan las olas y remolinos del viento contra la superficie del mar. Este espacio conserva parte de esa función, pues es actualmente un café que se asoma al Paseo de Gracia.
'El legado olvidado de Gaudí' (Almuzara). ¿Sabías que un príncipe egipcio se instaló con su harén en La Pedrera? ¿O que Gaudí diseñó un sillón para la reina María Cristina, proyectó un edificio monumental para Tánger y construyó un refugio para ingenieros de minas que aún resiste en los Pirineos? Aunque es mundialmente venerado por su obra cumbre, la inacabada Sagrada Familia, lo que conocemos de Antoni Gaudí representa solo una fracción de su verdadero universo creativo. Su vasta y prolífica imaginación rebasó con creces el alcance de sus obras más populares. Este fascinante ensayo ilustrado rescata sus proyectos desconocidos más fabulosos y curiosas anécdotas relacionadas con su vida y obra. En sus páginas descubrirás diseños que jamás trascendieron el papel, monumentos que fueron destruidos y tesoros arquitectónicos olvidados que aún siguen en pie, testigos tangibles de un talento eterno que sigue desafiando al tiempo.
Jorge Ibáñez Puche (Yecla, 1996) es arquitecto especializado en patrimonio arquitectónico por la Universidad Politécnica de Cartagena. Lleva años dedicado al estudio de la obra de Antoni Gaudí, publicando artículos de investigación en revistas de referencia como Coup de Fouet o Dragón. Asimismo, colabora con iniciativas internacionales de difusión como Gaudí México. Tras el éxito de su primer libro, Antoni Gaudí. Proyectos perdidos (cARTEm), el autor se reafirma como una de las voces más autorizadas para rescatar del olvido las obras menos conocidas del maestro catalán.
Dado el enorme tamaño de La Pedrera, la pensión no fue el único establecimiento que se alojó en esta espectacular construcción. A lo largo de los años, los bajos que estaban destinados a carboneras fueron ocupados por pequeños comercios. También en el sótano se llegó a habilitar un mercadillo que contaba entre sus negocios con tiendas de marroquinería, una librería o un establecimiento especializado en artículos para el jardín. Los pisos principales no se libraron de esta fiebre comercial, aunque las reformas en esta planta se debieron a la dueña, Roser Segimon, que a la muerte de Gaudí hizo eliminar los cielos rasos de su piso y colocó una decoración de gusto clásico. En ese entorno, que ya carecía de los remolinos y ondas en el techo, se instaló una sala de bingo que gozó de gran fama entre los vecinos del barrio.
Quizá el cambio de uso más radical que afectó a La Pedrera lo encontramos en 1936. Tras el estallido de la Guerra Civil, el PSUC incautó el edificio como sede de la Consejería de Economía y Agricultura y como residencia de su secretario general. No fue este el inquilino más peculiar del inmueble, pues hasta 1918 vivía entre los muros de la Casa Milà Ibrahim Hassan, nada menos que un príncipe egipcio sobrino del sultán de aquel país.
Los testimonios de la época nos hablan de un auténtico harén en el piso que el príncipe arrendaba, con multitud de sirvientes y opulencia dentro y fuera de casa, con ricas ropas orientales y un imponente Alfa Romeo para pasearse por la ciudad.
Aunque los tabiques interiores han desaparecido (como Gaudí vaticinó), el aspecto del entresuelo de la Pedrera es tan sugestivo como en 1912, con los cielos rasos de yeso que parecen mecerse entre corrientes marinas.