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Los curros que molan han dejado de molar: es hora de volver a la oficina y opositar
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Héctor G. Barnés

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Los curros que molan han dejado de molar: es hora de volver a la oficina y opositar

Durante unos años, los nuevos empleos de internet ofrecían el sueño de ser independiente, libre y guay. Era un espejismo. Ahora echamos de menos la seguridad de un puesto fijo

Foto: Foto: AMC.
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De pequeño tenía una clara imagen mental de cómo sería mi futuro laboral. En esa estampa fantasiosa, me veo abriendo la puerta de casa (de casa de mis abuelos, por lo que fuese) trajeado, con un portafolios bajo el brazo, y arrojándome de cabeza en el sofá mientras mi mujer y mis hijos vienen a auxiliarme. A los siete años me imaginaba inventando videojuegos –la palabra “diseñar” quedaba lejos aún–, porque claro, a ningún otro niño más que a mí se le ocurriría que iba a hacer falta que alguien inventase videojuegos.

Aquella fantasía propia de un niño de principios de los noventa ya mostraba cómo estaba cambiando el rol que el trabajo jugaba en las vidas de los adultos. Aunque el factor principal que definía esa imagen del trabajo era la fatiga, no el entusiasmo (si había algo que tenía claro era que el trabajo cansaba), también empezaba a asomar esa pulsión vocacional que definiría tantas decisiones vitales de las generaciones posteriores. Pero no era una vocación cualquiera, de las de toda la vida, como ser profesor o médico, sino una vocación creativa, ligada a las emergentes profesiones tecnológicas.

La periodista Mar Manrique (nacida en 1998, así que gen Z) arranca Un trabajo soñado (Península) con una escena primaria semejante, en la que fantasea con una alarma sonando a las seis y media de la mañana, andenes llenos, cargos rimbombantes, sillas de oficina y una separación entre vida y trabajo propia de otra época. La realidad que se impuso a su generación fue muy diferente: de repente, la oficinita se convirtió en un entorno inaccesible para el recién licenciado y, además, tampoco merecía la pena: estaba muy mal pagado.

Así que internet, aparentemente democrático y meritocrático, se convirtió en su refugio. Una alternativa aspiracional. No hacía falta una gran inversión inicial para hacerse un nombre, así que el entorno digital se convirtió en el equivalente a lo que significaba montar un grupo en los ochenta, un entorno de posibilidades en el que si te lo montabas bien, lo petabas. Podías ser tu propio jefe, tener tus propios horarios y dedicarte a lo que quisieras porque solo tú podías hacer lo que mejor sabes hacer. El trabajo del futuro.

"A mí me flipan las oficinas, me imagino cómo debe de ser ir todos los días a una"

A medida que transcurren los capítulos, y aunque la autora no llega a ser nunca destructiva, empieza a asomar el lado oscuro de ese trabajo soñado. Había espacio, sí, pero no para todo el mundo. La supuesta libertad empezó a desvelarse como sumisión a unos mandatos de los que ningún creador podía escapar: el del algoritmo, que podía cortarte la cabeza de un día para otro como ocurrió con Playground o Vice; el de la marca personal, que obligaba a que cada aspecto de tu vida privada fuese potencialmente comercializable; el de la autoexplotación, que en lugar de proporcionarte independencia para trabajar cuando y como quisieras te castigaba si dejabas de ser productivo durante un segundo.

Poco a poco, esa generación que quiso vivir de internet se dio cuenta de que los trabajos que molaban a lo mejor eran, en realidad, un poco mierda. Estaban más cerca de convertirse en riders o conductores de compañías VTC que en influencers o gurús. Además, a medida que se expandía la industria digital, dejó de haber empresas a las que volver, que aprovecharon el encanto de los curros guays para recortar plantillas y externalizar servicios a esos trabajadores dispuestos a autoexplotarse por menos del salario mínimo. La dependencia de las viejas empresas seguía siendo inevitable para estos trabajadores, con la diferencia de que ahora había aún menos posibilidades.

Retrato del trabajador guay

En uno de los capítulos finales, la autora viaja a Fuerteventura para vivir en primera persona la experiencia del nómada digital, summum del trabajador guay. Aunque al principio se encuentra con aventura, placer y relax al cerrar el ordenador, se pregunta si dilatar la experiencia le permitiría seguir disfrutándola. La del nómada es una burbuja que no sigue el ritmo natural de las cosas. Un Marina d’Or para ex-Erasmus, un cumpleaños infantil. Aunque algunos de sus compañeros de coliving estaban dispuestos a conversar, otros “prefieren ver una serie con los cascos puestos y rehúyen la mirada cuando pasas por su lado”.

Ese es el mejor retrato del trabajador “guay”. Un individuo aislado física, psicológica y económicamente, sin raíces físicas ni límites entre su trabajo y su vida personal, que no tiene ningún lugar al que volver. Ni una ciudad, ni una oficina, ni un hogar. Que no puede garantizar que mañana seguirá haciendo lo mismo que hoy, que vive con el miedo a que su fecha de caducidad esté próxima, y que ha confundido independencia con soledad. Un átomo sin redes de apoyo que vive su fantasía de independencia en el lugar en la escala social que su éxito profesional le haya otorgado. Desde un piso compartido con otros tres desconocidos a una mansión en Silicon Valley.

No es casualidad que en ese contexto la autora cite a La Mala Rodríguez, que en sus memorias escribe sobre su fantasía de trabajar en una oficina. “A mí me flipan las oficinas, me imagino cómo debe de ser ir todos los días a una, tener una grapadora, ir a la impresora, conocer al chico callado de la mesa del fondo, sentarte en tu escritorio”, escribe en sus memorias, Cómo ser mala (Temas de Hoy). “La gozadera de quedar para ir a tomar algo después del curro. Eso me encantaría. Para mí lo exótico son ese tipo de cosas”.

No me sorprende comprobar que La Mala nació en 1979. Millennial temprana, es decir, la última generación que aún vivió la fantasía de un trabajo estructurado. En los últimos tiempos ha retornado entre los más jóvenes una fascinación por lo que ellos entienden como el modelo de oficina de los años noventa, con sus cubículos, monitores CRT, bolígrafos, post-it y horarios de nueve a cinco. Aunque gran parte de esta fascinación esté relacionada con lo estético, otra está relacionada con la posibilidad de socializar que ofrecían estos lugares.

Al final, es un poco como la nostalgia por las sitcoms, en las que a los protagonistas les ocurría algo nuevo en cada capítulo. No es tampoco casualidad que series como Mad Men o Central Perk, la cafetería de Friends donde los protagonistas se juntaban en cada capítulo, de repente hayan vuelto a ser objeto de fascinación. En las oficinas y los bares ocurrían cosas, no como en ese espacio virtual que ha sido el entorno de trabajo para toda una generación y donde son los algoritmos y el falso interés, no el azar y la aventura, quienes median las relaciones personales.

"Hay cierto cansancio en la vivencia de la novedad constante y, tras la fiesta, uno quiere volver a lo que conoce", escribe Manrique. Los trabajos guays ofrecían la posibilidad de que tu vida fuese una aventura permanente, lo que terminó traduciéndose en una inestabilidad permanente. Cuando todo cambia, es imposible hacer planes a largo plazo. De ahí que esa generación haya vivido un efecto rebote que ha hecho aterrizar a algunos en el punto absolutamente opuesto: la oposición, la garantía final de estabilidad, previsibilidad y seguridad. La mediocridad de la oficina, elevada a la enésima potencia.

"Anhelo la tranquilidad, pero ahora mismo busco el movimiento"

En un momento del libro, su tía le pregunta a la autora, después de que suelte una retahíla de anglicismos, que por qué no una oposición. Al fin y al cabo, su padre se sacó una a los 60 años: fue la vía para la seguridad laboral de su familia.

Le devuelvo la pregunta a Manrique unos cuantos años después. "No me he planteado opositar como algo a medio plazo, creo que ni siquiera a largo", me responde. "No es algo que vea en el futuro próximo. Desde que entré en el mundo profesional no he tenido un camino claro, porque he probado muchas cosas, y siempre he procurado ir sorprendiéndome". La autora reconoce que no se ve 34 años haciendo exactamente lo mismo, y ni siquiera sabe a qué opositaría. Pero entrega una reflexión final: "Es contradictorio porque anhelo la tranquilidad, pero ahora mismo busco el movimiento". Tarde o temprano, a todos nos llegan los impuestos, la muerte y las ganas de opositar.

De pequeño tenía una clara imagen mental de cómo sería mi futuro laboral. En esa estampa fantasiosa, me veo abriendo la puerta de casa (de casa de mis abuelos, por lo que fuese) trajeado, con un portafolios bajo el brazo, y arrojándome de cabeza en el sofá mientras mi mujer y mis hijos vienen a auxiliarme. A los siete años me imaginaba inventando videojuegos –la palabra “diseñar” quedaba lejos aún–, porque claro, a ningún otro niño más que a mí se le ocurriría que iba a hacer falta que alguien inventase videojuegos.

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