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Cuando Harnoncourt encontró (y tuteó) a Wagner
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Cuando Harnoncourt encontró (y tuteó) a Wagner

Sony rescata la única grabación en que el maestro berlinés abordó al compositor colosal, lo hizo en 1999 encajonándolo entre Mendelssohn y Schumann, y no volvió a repetirlo

Foto: Cubierta del disco de Nikolaus Harnoncourt que ahora edita Sony.
Cubierta del disco de Nikolaus Harnoncourt que ahora edita Sony.

Fue en el verano de 1999, en Graz, cuando Nikolaus Harnoncourt se permitió la osadía elegante de interpretar Wagner sin pedir permiso a los próceres del wagnerianismo. El festival era suyo (Styriarte), el asunto de aquella edición gravitaba en torno al amor, y decidió penetrar en los territorios Tannhäuser y Tristán como quien atraviesa un campo de minas sin miedo a las advertencias. Nada de liturgia, nada de bronce ni de esa densidad casi teológica que convierte a Richard Wagner en una religión comparada.

La clave de la travesía estaba en el marco. Antes de convocar el Venusberg wagneriano, aparece Felix Mendelssohn con La bella Melusina. Y después del acorde suspendido de Tristán, irrumpe Robert Schumann con su Requiem für Mignon sobre texto de Johann Wolfgang von Goethe. Harnoncourt encajonaba -acojonaba- a Wagner entre los compositores a quienes despreció con mayor virulencia. La ironía resulta demasiado fina para resultarnos casual.

Y La Melusina suena limpia, casi severa. Harnoncourt la dirige como si quisiera recordarnos que el romanticismo también supo escribir con escuadra y cartabón. El agua ondula, sí, pero con arquitectura y narrativa. Mendelssohn emerge como constructor, no como decorador. Y cuanto más nítida es esa claridad, más excesivo parece el mundo que Wagner levanta a continuación.

En la bacanal del Tannhäuser parisino no hay voluptuosidad cremosa. Hay nervio. Hay fricción. El coro de peregrinos avanza con firmeza casi incómoda. El Venusberg no embriaga, sino inquieta. Harnoncourt afila los perfiles, reduce la grasa sonora, deja el conflicto al descubierto. El amor prorrumpe como una batalla entre la ley y el deseo. El amor como escisión y desgarro.

Harnoncourt afila los perfiles, reduce la grasa sonora, deja el conflicto al descubierto. El amor prorrumpe como una batalla entre ley y deseo

Es la fórmula atmosférica que predispone el comienzo de Tristán, ese acorde que tantas veces se desploma como bloque narcótico aquí aparece suspendido, casi frágil. La Chamber Orchestra of Europe procede con una transparencia que desactiva la niebla romántica. Harnoncourt deja respirar las voces internas. La tensión crece sin empastarse. El clímax se abre, no estalla. Isolda, en la voz profunda de Violeta Urmana, asciende con peso humano, sin evaporarse en incienso. El éxtasis adquiere gravedad cuando se nos aparece el epílogo del Liebestod.

Una de las peculiaridades del disco que ha publicado Sony consiste en que la voz del propio Harnoncourt interviene entre las obras con criterio pedagógico. Se le escucha explicar ante el público las razones de su interés por Wagner, la fractura que detecta en el acorde inicial de Tristán, o cómo entiende la dialéctica de Tannhäuser. No habla para solemnizar, sino para estimular los sentidos del público, más o menos como si la combinación de la palabra y el sonido convirtieran el concierto en un ensayo en vivo.

placeholder Nikolaus Harnoncourt. (Cedida)
Nikolaus Harnoncourt. (Cedida)

El desenlace al compás con Schumann introduce una temperatura diferente. El Requiem für Mignon propone una espiritualidad coral que contrasta con el erotismo metafísico wagneriano. Comunidad frente a arrebato. Recogimiento frente a incendio. El Arnold Schoenberg Chor articula esa ceremonia con densidad concentrada, sin aparato. Se diría que Haroncourt canta con ellos, igual que un Papa lo haría en una misa de Palestrina.

Que esta grabación vea la luz ahora tiene sentido. Durante años, Harnoncourt quedó etiquetado como revolucionario del barroco. Aquí aparece enfrentándose al compositor más cargado de tradición romántica y aplicándole el mismo bisturí, es decir, la claridad estructural, la tensión interna, el rechazo del sentimentalismo viscoso. Wagner pierde monumento y gana nervio.

Lo fascinante de Graz 1999 no es la rareza biográfica. Es la fricción intelectual. Harnoncourt no entra en Wagner para venerarlo. Entra para leerlo como si fuera "la primera vez", despojándolo de capas manieristas y clichés. Y al hacerlo así, lo vuelve más peligroso, más moderno, más incómodo. Por eso no solo resulta tan interesante que el maestro berlinés dirigiera a Wagner por primera vez, sino que nunca volviera a repetir la experiencia.

Harnoncourt no entra en Wagner para venerarlo. Entra para leerlo como si fuera "la primera vez", despojándolo de capas manieristas y clichés

El disco, el documento, aparece ahora, en 2026, porque Sony Classical ha decidido abrir, con permiso explícito de la familia y del Nikolaus Harnoncourt Zentrum de Linz, los archivos de la Styriarte, el festival que el maestro oficiaba en Graz. La grabación existía desde el 25 de junio de 1999. Dormía. Circulaba como memoria y estaba en los armarios de la radiotelevisión austríaca (ORF).

Solo faltaba el gesto editorial, o sea, la remasterización, el aparato crítico, incluso el acceso a las partituras anotadas. Podría sospecharse que el "cofre" es un ejercicio de musicología, pero Harnoncourt nos abrasa con la temperatura de su misterio.

Fue en el verano de 1999, en Graz, cuando Nikolaus Harnoncourt se permitió la osadía elegante de interpretar Wagner sin pedir permiso a los próceres del wagnerianismo. El festival era suyo (Styriarte), el asunto de aquella edición gravitaba en torno al amor, y decidió penetrar en los territorios Tannhäuser y Tristán como quien atraviesa un campo de minas sin miedo a las advertencias. Nada de liturgia, nada de bronce ni de esa densidad casi teológica que convierte a Richard Wagner en una religión comparada.

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