'DTF St. Louis': ¿Nadie quiere que veas esta serie tan chula?
James Bateman y David Harbour se ponen al servicio de la sofisticada deconstrucción narrativa de Steve Conrad
Cuesta entender el título de la nueva serie de HBO, DTF St. Louis. Está comprobado que hay tres palabras que hacen que una novela venda mucho en España: "amor", "tiempo" y "Barcelona". Incluso Woody Allen puso Barcelona en el título de una de sus películas (es verdad que le pagaban por ello, además). Sin embargo, St. Louis, el topónimo, no vende películas, series ni galletas, como sí lo hacen Nueva York o Las Vegas. Nadie se interesa por algo que sucede en St. Louis, mayormente porque St. Louis no tiene ni equipo en la NBA ni ha hecho nada nunca salvo ponerle el nombre a un avión, El espíritu de St. Louis. Súmenle a la propuesta el áspero acrónimo DTF, no tan conocido fuera de Estados Unidos como ASAP o LOL. DTF respalda la expresión "down to fuck", literalmente "listo para follar", lo que a sus creadores les ha parecido muy gracioso: "Listo para follar, St. Louis", ¡la serie del año! Es como si a Santiago Segura se le ocurriera titular una serie BDSM Cuenca. Sólo hace gracia en España.
El caso es que la serie nace muy tocada por su título, que a nadie enamora y se pierde entre el catálogo de caballeros y tías buenas de HBO. Su cartel son dos tipos sentados en unos columpios, para más emoción. Pero resulta que esos tipos se llaman Jason Bateman y David Harbour, y por ahí vamos entendiendo por qué las estrellas de la tele cobran más que los cirujanos.
Para ver qué ha hecho Bateman después de Ozark, se pone uno esta serie; incluso para ver qué hace Harbour después de Stranger Things.
Y lo que hacen es ponerse al servicio de la deconstrucción narrativa de Steve Conrad, creador de la serie y director de su primer episodio. Decimos "deconstrucción" a sabiendas de que operamos en contra de DTF, St. Louis. Uno no tiene la culpa de que personas muy inteligentes también hagan series para HBO.
La narración es catatónica, incluso desesperante para el espectador común
Todo en este piloto es maravillosamente sofisticado, con el punto friki necesario para que la sofisticación sea, además, posmoderna. James Bateman interpreta a un hombre del tiempo (Steve Conrad debe de tener lo suyo con los meteorólogos, pues su tercer guion se tituló precisamente El hombre del tiempo, con Nicolas Cage, 2005); y David Harbour se mete en la piel de un intérprete de signos, que empieza a trabajar con él en la pequeña pantalla.
La elección de estas dos profesiones tan particulares y, a su modo, exquisitas, señala el extrañamiento general que quiere provocar DTF, St. Louis. En sólo 49 minutos, nos cuenta cómo estos dos hombres se conocen, se hacen amigos, visitan con sus familias la casa del otro, se confiesan la sequía sexual de sus respectivos matrimonios, se interesan por una app de ligoteo casual llamada DTF y se apuntan a ella para ser infieles a sus esposas, aventura que acaba involucrando a la policía.
La narración es catatónica, incluso desesperante para el espectador común. Yo agradezco que me ahorren la clásica escena familiar del desayuno donde todos están acelerados porque unos llegan tarde al colegio y otros, al trabajo. O las escenas de amor entre los esposos. O las largas secuencias del mundo laboral que hemos visto mil veces. Todo aquí es veloz, fragmentario, sugerido o resumido, abrupto; algunas escenas parece que no tienen sentido. No pasa nada malo y todo el tiempo sientes una enorme incomodidad.
Aciertan los traductores españoles de HBO al inventarse para la app DTF el perfecto sentido castellano "Donde Todos Follan", lo que nos ahorra muchos galimatías. La serie (y hablo sólo del piloto) avanza entre Un tipo serio (Hermanos Coen, 2009) y algunas ocurrencias de Lanthimos, hasta coquetear en algún punto con la masculinidad conjurada de Otra ronda (2020). El hijo de uno de los protagonistas tiene como pasatiempo tirarle piedras a las casas; uno de los hombres no puede acostarse con su mujer porque le parece antierótica después de haberse hecho árbitro (ella) de béisbol. Veremos a la policía de St. Louis revisar decenas de fotos de porno gay en el ordenador de comisaría.
Todo está diseñado para dar una sensación rarísima de enfermedad mental generalizada. Los personajes hablan sin emoción, y es difícil empatizar con ellos, dada su frialdad y anhedonia.
Sin embargo, cada escena resulta adictiva, y poco a poco se va perfilando una peculiar trama de suspense, que dirige la narración hacia el thriller. Cuando el capítulo termina, puede apreciarse la imponente perfección de su guion, inteligentísimo y lleno de secretos y turbiedades.
Bateman y Harbour están fantásticos; también aparece Richard Jenkins. La música se ha elegido con mimo y contención (suenan sólo tres canciones). Todos los escenarios son elegantes, geométricos y un punto opresivos. El piloto es excelente porque no sabes qué va a pasar en los siguientes episodios. Y, sobre todo, porque no sabes con quién vas.
Cuesta entender el título de la nueva serie de HBO, DTF St. Louis. Está comprobado que hay tres palabras que hacen que una novela venda mucho en España: "amor", "tiempo" y "Barcelona". Incluso Woody Allen puso Barcelona en el título de una de sus películas (es verdad que le pagaban por ello, además). Sin embargo, St. Louis, el topónimo, no vende películas, series ni galletas, como sí lo hacen Nueva York o Las Vegas. Nadie se interesa por algo que sucede en St. Louis, mayormente porque St. Louis no tiene ni equipo en la NBA ni ha hecho nada nunca salvo ponerle el nombre a un avión, El espíritu de St. Louis. Súmenle a la propuesta el áspero acrónimo DTF, no tan conocido fuera de Estados Unidos como ASAP o LOL. DTF respalda la expresión "down to fuck", literalmente "listo para follar", lo que a sus creadores les ha parecido muy gracioso: "Listo para follar, St. Louis", ¡la serie del año! Es como si a Santiago Segura se le ocurriera titular una serie BDSM Cuenca. Sólo hace gracia en España.