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Frente al burka, la cara al viento: canciones de libertad y amor de Raimon y Roberta Flack
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"LA CARA AL VENT"

Frente al burka, la cara al viento: canciones de libertad y amor de Raimon y Roberta Flack

Un viejo himno contra la dictadura sirve hoy para reflexionar sobre identidad y dignidad, en pleno debate sobre velos integrales y el significado humano —y cultural— de mostrarnos sin imposiciones

Foto: Concierto de Raimon en el Palayu de la Música de Barcelona. (EFE, Andreu Dalmau)
Concierto de Raimon en el Palayu de la Música de Barcelona. (EFE, Andreu Dalmau)

Lo dijo Raimon en "Al Vent", una canción que, a partir de su lanzamiento en 1963, se convertiría en un himno de libertad. Frente a la dictadura, el cantautor de Xativa exigía que viviésemos con "la cara al vent, el cor al vent y les mans al vent". Reclamaba que pudiésemos pasear al aire libre, sin represión, sin máscaras ni miedos y que nuestra piel se dejase acariciar por el aire de un cambio que inevitablemente debía barrer a los enemigos de la libre conciencia y de la responsabilidad de unos ciudadanos que eran perfectamente capaces de tomar y afrontar sus propias decisiones. No por casualidad cantó en una lengua entonces perseguida, como el catalán, y comenzó con nuestros rostros como la proa imprescindible para conseguir nuestros derechos.

En estos días vivimos la polémica sobre el uso del burka y el niqab. No conviene engañarse, ambos son una tortura de tela que obliga a las mujeres a ocultar su cara y su cuerpo y hay que recordar que si nos roban nuestros rostros nos convierten en seres prohibidos, en autómatas sin expresión, sin aliento ni expresión o vida. No es simplemente, como se ha dicho, que con su uso se infravalore a la mujer. Es mucho peor: consiste en eliminarla y convertirla en un muñeco desangelado que deambula por nuestras calles sin capacidad de contacto real con sus semejantes o de transmitir sensaciones, ideas o deseos. Se trata en la práctica de un asesinato en vida, de una muerte civil con la que se castiga a un ser humano por el pecado imperdonable de haber nacido con un sexo que se considera impuro y al que, en el fondo, sus dominadores temen.

Nuestras caras nos dan nuestras más relevantes señas de identidad. Son las delatoras de nuestros miedos y los mensajeros de nuestra nobleza y capacidad de amar y dar. Son también la referencia de nuestra salud e implacables exponentes de nuestra decadencia. Con ellas expresamos nuestro valor ("se lo dijo a la cara") y denunciamos la cobardía o la desfachatez ("no tuvo cara"). Exigimos claridad ("dímelo a la cara"), describimos la ausencia o efectos de una enfermedad ("tiene buena o mala cara") o describimos la fuerza de una emoción ("le cambió la cara"). Es nuestra vida la que se mueve en las facciones, la que envejece en la piel, brilla en los ojos, se derrumba en las lágrimas o deslumbra en la sonrisa. Si la cancelamos nos convertimos en una siniestra parodia o en uno de aquellos gólem que nos describía el escritor austriaco Gustav Meyrink.

Es nuestra vida la que se mueve en las facciones, la que envejece en la piel, brilla en los ojos, se derrumba en las lágrimas

El mundo de la música popular tampoco se puede concebir sin el semblante de sus protagonistas. Desde el nombre de grupos tan extraordinarios como The Small Faces o The Faces, en el que muchos conocimos a Rod Stewart, hasta las portadas de aquellos viejos vinilos que nos alegraron la vida; las caras de tantas estrellas del pop nos han servido de señal, guía o testimonio de lo que íbamos a escuchar.

Como olvidar al camaleón Bowie que describía con su rostro los cambios que él y su música experimentaban. Del guiño a Greta Garbo en Hunky Dory (1971) a su cara cruzada por un relámpago ya eterno en Aladdin Sane (1973) o de su flequillo art soul en Young Americans (1975) a su perfil futurista en Low (1977); las novedades en su imagen fueron el complemento perfecto a la revolución de su música. Y como concebir el Tattoo You (1981) de los Stones, quizás su último gran álbum, sin la faz tatuada de Mick Jagger.

La pasión de los millones de devotos de Bob Marley es inseparable de su semblante reflexivo en la cubierta de Legend (1984), quizás la recopilación más decisiva de la historia de la música popular, y los escasos aficionados que se hicieron con The Future Now (1978) de Peter Hammill es muy probable que lo hicieran por una portada en la que media barba afeitada y otra media muy crecida subrayaban su gesto enloquecido. Pero quizás la evolución facial definitiva, aunque no para bien, fue la de Michael Jackson que se sometió a un progresivo blanqueamiento gore para buscarse la ruina.

placeholder Mural dedicado a David Bowie en Londres. (EFE)
Mural dedicado a David Bowie en Londres. (EFE)

Y si el corazón del pop está en las canciones, en múltiples ocasiones el protagonismo facial es fundamental en su belleza. Así lo entendieron los Bee Gees que en Odessa (1969), su mejor trabajo antes de la fiebre disco, incluyeron "You'll Never Seen My Face Again" (1981), una balada marca de la casa en la que aseguraban que las falsedades de su pareja serían la causa de que no le volviera a ver. Más dramática fue la cantante y modelo jamaicana Grace Jones quien unió una hermosa melodía del músico argentino Astor Piazzola con el reggae, y algunas frases, en francés, para regalarnos "I've Seen That Face Before (Libertango)", un tema que se sumerge en las noches de París y deja una frase para la historia del disco: tú también detestas la vida.

Pero hay que concluir con el single definitivo. Se trata de "The First Time I Ever Saw Your Face" (1972), una versión soul de Roberta Flack de una antigua composición folk que estuvo muy cerca de convertirse en la canción de amor perfecta. En ella, esta inmensa cantante nos cuenta una historia de conocimiento y pasión y empieza así:

La primera vez que vi tu cara

Pensé que amanecía en tus ojos

Y que la luna y las estrellas

Eran el regalo que dabas

Al oscuro e infinito cielo

No se puede decir mejor. Es imprescindible que nadie nos devuelva a la noche eterna.

Lo dijo Raimon en "Al Vent", una canción que, a partir de su lanzamiento en 1963, se convertiría en un himno de libertad. Frente a la dictadura, el cantautor de Xativa exigía que viviésemos con "la cara al vent, el cor al vent y les mans al vent". Reclamaba que pudiésemos pasear al aire libre, sin represión, sin máscaras ni miedos y que nuestra piel se dejase acariciar por el aire de un cambio que inevitablemente debía barrer a los enemigos de la libre conciencia y de la responsabilidad de unos ciudadanos que eran perfectamente capaces de tomar y afrontar sus propias decisiones. No por casualidad cantó en una lengua entonces perseguida, como el catalán, y comenzó con nuestros rostros como la proa imprescindible para conseguir nuestros derechos.

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