¿Por qué el cachopo sí y el flamenquín no? El diccionario de la RAE ignora al plato andaluz
El bocado triunfa en bares, menús escolares y hasta récords Guinness, pero sigue sin reconocimiento lexicográfico mientras otros platos regionales sí acceden al diccionario académico
Una edición del Diccionario de la Lengua Española de la RAE. (EFE/Esteban Biba)
Cuando a principios de este año se viralizó la noticia de que el actor Jacob Elordi había sido visto comiendo flamenquines en la gala de los Golden Globes, celebrada en el Beverly Hilton de Los Ángeles, algunos dijeron que aquello era IA; otros aseguraron que se trataba probablemente de uramakis en tempura o de algún tipo de rollo japonés rebozado; y otros, no pocos pero tampoco muchos, defendieron la tesis de queJacob Elordi tenía en su plato, sin ninguna duda, un flamenquín de Andújar cortado en rodajas.
De entre todos los comentarios recibidos, en su mayoría emoticonos con brazos haciendo fuerza, fuegos y banderas de Andalucía, había uno que, por su carácter lúcido y aguafiestas, acumulaba el mayor número de me gusta: "¿Cómo van a estar los flamenquines en los Golden Globes si ni siquiera están en la RAE?"
La RAE. Año 2026. El cachopo asturiano lleva años disfrutando de un espacio en la obra lexicográfica académica por excelencia: el Diccionario de la lengua española. En concreto, desde el 16 de diciembre de 2021, cuando entró por la puerta grande junto con el sanjacobo, el rebujito y el paparajote murciano. Toda una tanda gastro en la que, por lo que sea, no estaba el flamenquín.
Decir que alguien en Murcia se sorprendió de la inclusión oficial del paparajote sería faltar a la verdad, ya que el académico murciano Pérez Reverte se había encargado de anunciar la gesta cinco años atrás en su cuenta personal de Twitter.
Donde tampoco se sorprendieron fue en Andújar, cuna original del flamenquín. No porque no les importara que un año más su plato estrella quedase fuera, sino porque allí la mayoría da por hecho está incluido en el diccionario de la RAE desde hace años. No puedes preocuparte por una injusticia que desconoces.
El flamenquín está en el Mercadona, en los menús del día de los restaurantes de barrio, en los comedores escolares de muchos colegios, en el corpus de recetas de Arguiñano y hasta en el Libro Guinness de los récords, pero hay un lugar donde no está, y es en la literatura. No tiene asiento literario, el flamenquín, y ese es precisamente uno de los criterios que manejan en la RAE para decidir qué entra y qué no.
En 2021 el chachopo entró por la puerta grande junto con el sanjacobo, el rebujito y el paparajote. Por lo que sea, no estaba el flamenquín
"Que esté en el Mercadona no vale como justificación", indica doña María Águeda Moreno, catedrática de Lengua Española de la Universidad de Jaén e investigadora principal del grupo de investigación Seminario de Lexicografía Hispánica. "La razón de que no esté incluido en el diccionario tendrá que ofrecerla la propia Academia, pero atendiendo a su funcionamiento, que sienta sus bases en el siglo XVIII, sabemos que se van a centrar en la evidencia en corpus representativos de textos, que van desde la narrativa clásica hasta la oralidad, pasando por prensa y medios de comunicación. Una palabra como flamenquín tendrá, probablemente, poca representatividad en esos corpus. No quiere decir que no se conozca el flamenquín, a lo mejor, en el planeta entero —añade—, pero quizás no ha pasado de la carta de un menú a un texto narrativo o periodístico".
No hay gente de mentira comiendo flamenquines: eso es lo que pasa. No hay personajes literarios cocinándolos o diciendo "qué rico está este flamenquín, Andrés". No hay un Uclés poniendo a sus protagonistas a comer flamenquines en La península de las casas vacías. Podemos entenderlo porque está ambientada en la guerra civil española, época preflamenquina, pero con la excusa del realismo mágico se podía haber salvado esa cuestión.
No se le ha ocurrido nunca a Vila-Matas, por citar a un autor que lleva cincuenta años publicando, abandonar la seguridad de los cafés parisinos y arriesgar con la palabra flamenquín. Hubiera podido encajarla perfectamente en El mal de montano: un texto ficticio dentro de otro texto ficticio dentro de otro texto ficticio dentro de un flamenquín.
No hay personajes literarios cocinando flamenquines o diciendo "qué rico está este flamenquín, Andrés". Eso es lo que pasa
Para Marta Torres, vicerrectora de Cultura de la Universidad de Jaén, especialista en léxico culinario, académica de la Academia del Gazpacho Andaluz y cofrade de la Cofradía Gastronómica El Dornillo, impulsora del Día Mundial de la Pipirrana, "la RAE siempre ha promovido ciertos ámbitos a lo largo del tiempo, por épocas. Ahora están volcándose en el ámbito de la tecnología, pero también en el de los desastres sanitarios y climáticos, el tema de la pandemia, de la dana… Si una palabra se está usando mucho, deciden incluirla, pero quizás la palabra dana dentro de veinte años ya no se use. El problema es que no hay una marca de culinario en el diccionario. Podrían ponerla, igual que la hay para otros ámbitos, como la filosofía, la medicina, la agricultura o la lingüística. Los académicos saben que la palabra flamenquín existe, pero la tienen localizada como una palabra regional".
Es una historia, la de este lomo relleno rebozado, de ninguneo e invisibilidad por parte del establishment. Triste. Como cuando Camela, salvando las distancias, existía sin existir, llenaba estadios y arrasaba en las gasolineras, pero eran despreciados por el mundillo cultural.
Un plato con un par de flamenquines, plato estrella de la gastronomía andaluza. (iStock)
La batalla parecía olvidada cuando una mañana de julio de 2023 nos despertamos con la noticia de que Antonio, vecino de Córdoba y muy probablemente jubilado, había lanzado una campaña en change.org denunciando la desidia de la RAE con el flamenquín:
"Esta institución que dice enarbolar el genio propio de la lengua omite en clara desidia, al indiviso símbolo gastronómico reconocido y admirado en todo el mundo, a la vez que desprecia la oportunidad de definir una de las señas culinarias que definen el sabor a Córdoba Andalucía y España."
La iniciativa tuvo un asombroso recorrido mediático, pero terminó quedándose en una simple anécdota y a finales de ese mismo año la RAE limpió, fijó y dio esplendor a la lengua española con la inclusión de las regañás y el cochifrito.
Llegados a este punto, es lógico que paremos, reflexionemos, respiremos y nos preguntemos qué corpus lingüístico puede tener un cachopo que no tenga un flamenquín, por citar un caso de plato regional creado en la misma época y que se fue extendiendo poco a poco por el resto del país, uno desde el norte y otro desde el sur.
"Si un plato tiene una representación en la literatura, una sola, ya puede ser razón de peso para que sea incluido en el diccionario"
"No sabría decir qué vida ha tenido la palabra cachopo fuera de las cocinas —indica Moreno—, pero a lo mejor sí que ha entrado, aunque sea una vez, en un texto literario. Si tiene una representación en la literatura, una sola, ya puede ser razón de pesopara que sea incluida en el diccionario".
"En el primer diccionario, indica Moreno, el de 1726, el que se conoció como Diccionario de autoridades, hay representación de la variedad dialectal andaluza, pero sorprendentemente hay muchos aragonesismos. Luego te das cuenta de que el lexicógrafo de turno era de Aragón y barrió para casa".
Le pregunto a Moreno si cree posible que un académico, uno solo, pueda hacer que una palabra entre o no en el diccionario, si tiene ese poder: "Lo que pasa cada jueves por la tarde en sesión privada en la Academia no lo sabemos. Solo hay actas. Y no puede asistir nadie. A nosotros nos ayudaría mucho que fuese público para entender decisiones que se toman".
En este ejercicio de reflexión es inevitable que en algún momento nos sintamos perdidos y se nos cruce por la cabeza la idea de "qué más da todo esto". ¿Adónde nos lleva? ¿A quién le importa? ¿Para qué? Qué más da si un flamenquín figura oficialmente en el diccionario de la RAE o solo existe en el menú del Bar Manolín. ¿Es menos flamenquín, acaso?
La respuesta es muy simple: solo queremos colocar las cosas en su sitio.
Da igual si se llama flamenquín o si se llama Jacob Elordi: alguien tiene que colocarlos en su sitio. El flamenquín debería estar en el diccionario de la RAE, entre flamenco y flamígero, y Jacob Elordi, con su porte de jinete andaluz, debería estar en la Romería de la Virgen de la Cabeza, que es el equivalente iliturgitano de los Golden Globes.
Jacob Elordi en enero pasado en la alfombra roja de los Globos de Oro 2026. (REUTERS/Daniel Cole)
Decimos el flamenquín, pero ya puestos decimos también los panetes de la abuela Florentina, sus andrajos y su ajoatao. ¿Dónde los colocamos? En la RAE no están. Su serviguera, su cascaflote y su "no te enfollines". ¿Qué hacemos con todo eso? ¿Le pedimos a la señora Tomasa, de Andújar, que le dé asiento literario al cascaflote, al que ella llama cacoflote?
Mi abuela murió hace años, pero si algún día se me olvida y me pongo a buscarla, no la encontraré en la RAE. Ahí no está ella. Ahí está el brunch, el panetón y la crudité. Y el chundachunda, palabra que ya nadie dice y que entró en 2023.
Los ojos como platos de la Tomasa: "Eso estará equivocado".
Cuando a principios de este año se viralizó la noticia de que el actor Jacob Elordi había sido visto comiendo flamenquines en la gala de los Golden Globes, celebrada en el Beverly Hilton de Los Ángeles, algunos dijeron que aquello era IA; otros aseguraron que se trataba probablemente de uramakis en tempura o de algún tipo de rollo japonés rebozado; y otros, no pocos pero tampoco muchos, defendieron la tesis de queJacob Elordi tenía en su plato, sin ninguna duda, un flamenquín de Andújar cortado en rodajas.