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La ruidofobia es otro invento burgués (como cuando Proust forró su casa para aislarse)
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La ruidofobia es otro invento burgués (como cuando Proust forró su casa para aislarse)

La necesidad de calma y espiritualidad en un mundo tan saturado de ruidos nos está llevando a un ensimismamiento que acaba paralizando a las sociedades. Psicólogos, artistas y poetas nos hablan de ello

Foto: El silencio nos relaja, nos calma en una sociedad llena de ruidos. ¿Pero hasta qué punto es deseable? (EC Diseño)
El silencio nos relaja, nos calma en una sociedad llena de ruidos. ¿Pero hasta qué punto es deseable? (EC Diseño)
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Poco antes de la pandemia, el escritor y periodista de viajes Suso Mourelo hizo un experimento. Estuvo nueve meses viviendo en cuatro pueblos con menos de cien habitantes: Aragüés del Puerto, en el pirineo oscense, El Centenillo, en Sierra Morena, Higuera de Albalat, en Cáceres, y Audanzas del Valle, en el páramo Leonés. Norte y sur y muy diferentes entre sí. También por sus ruidos y silencios (pese a todo, mucho más ruidosos los sureños que los norteños). Y descubrió varias cosas: un silencio deseado, esa quietud de la naturaleza con esos paseos hermosos por el bosque o con el leve crepitar del fuego en la chimenea mientras se leía un libro. Ahí no había cláxones, ni voces, ni música estridente, ni gritos de niños. La España vaciada y calmada. Pero también otro silencio: el impuesto, el que condenaba a sus habitantes a no decir ni una palabra. La España vaciada y abandonada. El silencio triste. “El verdadero hermano de la soledad”, admite el escritor vía telefónica.

De ahí surgió el libro La naturaleza del silencio (La línea del horizonte) que salió publicado en 2019 y prácticamente fue arrasado por el covid. Sin embargo, su reflexión hoy en día da en la diana en dos aspectos.

Por un lado, estamos en una era en la que cada vez se reivindica más el silencio por esa búsqueda de cierta calma entre tanto ruido (desde las redes sociales a la discusión política, pero también por los herzios que han aumentado en ciudades cada vez más repletas). No hay más que ver la profusión de libros sobre el tema, como los ya casi clásicos Historia del silencio, de Alain Corbin (2019) o Biografía del silencio, de Pablo D’Ors (2016), exposiciones como la reciente dedicada al danés de las habitaciones vacías, la calma y el sosiego Vilhem Hammershoi en el Thyssen o incluso esta ola de espiritualidades, retiros zen y fines de semana de desconexión digital.

placeholder 'La naturaleza del silencio', de Suso Mourelo (La línea del horizonte)
'La naturaleza del silencio', de Suso Mourelo (La línea del horizonte)

Y, por otro, estamos también en la era del silencio impuesto. Del silenciamiento. De cosas que no podemos decir. Y de cosas que no nos dejan decir. Y esto no parece nada bueno. Ni siquiera tampoco el repliegue en el silencio de uno mismo.

El silencio deseado

Mourelo vive desde hace tiempo en Tokio, una ciudad que está, a nivel ruido, en las antípodas de Madrid. “Lo notas ya desde el aeropuerto”, afirma en conversación telefónica. “Tokio es una ciudad muy grande, pero no hay ruido en las calles. Y la gente apaga el móvil en los trenes y en los cafés se calla. Piensan más en los demás que en sí mismos. Nada que ver con las europeas, donde siempre hay ruido en parte por este materialismo, porque cada vez hay más bares, más gente. Hay un ruido físico, visual, y luego el de las redes sociales. Cada vez es más difícil mantener el silencio”, sostiene.

Y, en este sentido, entiende que sea lógica esta búsqueda de la calma en nuestras sociedades occidentales. “Además, todas las discusiones políticas han subido el tono. El ruido ha subido tanto que hay mucha gente que se siente molesta porque el grito y el insulto es dañino y aunque no le ataquen a uno, ese ataque se siente. Y todo esto es responsable de esta búsqueda del silencio”.

"El ruido ha subido tanto que hay gente que se siente molesta porque el grito y el insulto es dañino; aunque no le ataquen a uno, ese ataque se siente"

Algo que, además, de alguna manera impulsó la pandemia y el confinamiento. Así también lo ve el poeta Vicente Luis Mora que acaba de publicar El libro blanco. Alfabeto de silencios (La caja Books), un libro muy híbrido que reflexiona sobre los significados del silencio. “Sí, parece que estamos reflexionando más sobre esto porque puede que dejar de oír los ruidos del tráfico fuera una experiencia singular, volvíamos a escuchar los pájaros, percibimos la ciudad como un sitio habitable… Y nos acostumbramos a un modo de vida mucho más lento”, comenta por teléfono. Y no solo eso, puede que incluso todo aquello fuera el catalizador para que muchas personas se empezaran a replegar en las redes sociales. “Sí, porque también parece oportuno detenerse, aislarse y reflexionar. Quienes estamos en las redes hemos visto una elevación del ruido total, una elevación de una violencia verbal… Así que el resultado es que se prefiere mantenerse en silencio. Yo cada vez veo menos gente que interactúa”.

placeholder 'Nuestros silencios', de Lauerence Joseph (Gatopardo)
'Nuestros silencios', de Lauerence Joseph (Gatopardo)

Esto es lo que la psicoanalista y psicóloga clínica Laurence Joseph llama “el silencio sagrado”, tal y como lo analiza en el reciente ensayo Nuestros silencios (Gatopardo). En él, nos habla, como decía también más o menos Mourelo, del silencio evocador, el que se disfruta, y el que se impone, el que te silencia, el que te lleva a la soledad. El sagrado sería el que se busca, el bueno.

"Cuando estás en silencio ves muchas más cosas. Los monjes dicen que se vuelven adictos al silencio porque les permite estar más cerca de las palabras"

“Porque es como el del monje. Cuando estás en silencio puedes ver muchas más cosas. Los monjes dicen que se vuelven adictos al silencio porque les permite estar más cerca de las palabras”, sostiene a través de videoconferencia. Y, una vez más, es lo que a muchas personas les pasó en la pandemia o ante una gran nevada cuando los ruidos se pararon, que hubo hasta una búsqueda de aplicaciones para bajarse el canto de los pájaros. Nos volvimos adictos a Thoreau, al yoga y a lo zen.

El lado oscuro

Pero todo esto también tiene su otro lado, mucho más oscuro. Mourelo, de hecho, señala que “el silencio se ha intelectualizado y eso siempre es muy burgués”. Recuerda que, como decía Alain Corbin en Historia del silencio, en el siglo XIX con la revolución industrial las ciudades se desarrollaron y los sonidos cambiaron. El silencio, en gran parte, desapareció y los intelectuales, la nobleza y la burguesía empezaron a buscar ese silencio. Proust, incluso, llegó a forrarse la casa para no escuchar a los vecinos. “El silencio se convirtió en un signo de distinción y en ciudades como Londres y París se empezó a legislar contra el ruido. Y ahora estamos en algo parecido. Son los intelectuales y artistas los que reclaman el silencio, pero no son la mayoría. La mayoría vive en el grito, da voces”, sostiene. Una vez más, la distinción de carácter clasista, también en esto del silencio y lo zen.

Y no podemos olvidar que una sociedad silenciosa es también una sociedad callada, que no se mueve, que no grita para cambiar las cosas. Una sociedad silenciosa es, por definición, profundamente conservadora.

Una sociedad silenciosa es una sociedad callada, que no grita para cambiar las cosas. Una sociedad silenciosa es profundamente conservadora

A la distinción burguesa (que lleva aparejado todo este movimiento de la mística y la espiritualidad en retiros zen a precios de oro) de estar en silencio -mientras las clases populares se instalan en el griterío- se unen como aspecto negativo los silencios coercitivos, impuestos. Y esos, en tiempos de redes, vuelven a abundar.

De esta parte, está la aparición del ya famoso “ghosting” o desaparecer de la vida de alguien sin tan siquiera decir adiós, sin dar explicaciones, sin nada. En la vida real esto es complicado; las redes, sin embargo, admiten muchas más posibilidades. Mucho más cuando a la persona apenas se la conoce (es algo que se suele dar en las apps de citas, pero no solo). “Hay algo del sadismo del ser humano en este comportamiento. Es como si hubiera obsolescencia en los seres humanos. Es una forma de decir, ya no te doy mi tiempo, ya no comparto mi humanidad contigo. Y sin decir por qué”, sostiene la psicóloga. Y sí, es una postura muy manipuladora, pero también hay algo más ahí.

Ensimismamiento en el algoritmo

Aparte de inhumanidad también es una forma de desconfianza y no solo en otra persona. Aquí ya no hablamos solo de aplicaciones para ligar. Desconectar, poner en off a otro es una forma de actuar que tiene unas consecuencias sociales mucho más grandes. “Esta mañana escuchaba una encuesta sobre la confianza en la política francesa y el resultado es que había bajado muchísimo. Cuando apagas a los otros es que se está dejando de confiar en la gente, lo de la política es solo un reflejo, lo que demuestra que estamos cada vez más encerrados en nosotros mismos y más solos”, comenta Laurence Joseph.

"La desconfianza en la política es solo un reflejo de que estamos cada vez más encerrados en nosotros mismos"

Además, todo esto no tiene nada que ver con trastornos mentales de ningún tipo. Lo hacemos todos (en mayor o menor medida). Es un repliegue que, de alguna manera, ya esbozó Georges Perec en El hombre que duerme sobre una persona que habla cada vez menos, se expone cada vez menos y solo se rodea de cámaras de eco, de lo quiere escuchar, hasta que acaba desapareciendo de la sociedad y de la familia. “En mi opinión, cada vez hay más gente en Francia, incluso adolescentes, que están cada vez más atrapados en su algoritmo. Y ven todo el día lo mismo en la red social. Es un algoritmo que amplifica cada vez más tu pequeño interés. Así que el mundo se convierte en tu pequeño interés. Y si conoces a alguien que no comparte tus mismos intereses, lo dejas, no le escuchas. Yo creo que hay cada vez más individualismo, pero en este individualismo también veo mucha tristeza. Creo que es un ultracapitalismo que nos permite elegir a alguien, usarlo, luego desecharlo. Y esto en realidad está produciendo una inmensa tristeza”.

Y la coerción

Que te dejen silenciado produce mucho dolor; y cuando nos callan porque el otro impone su voz, también. Son dos caras de la misma moneda y el ruido que ahora en las redes -mucho más que en el mundo real- no está siendo el mejor aliado para la libertad de expresión. Todo el mundo puede decir que se ha callado cosas en público. Todo el mundo ha podido comprobar las consecuencias de un paso en falso, de decir algo espontáneo que trajo malos resultados. Por tanto, ante eso, te callas para la próxima. La forma nada sutil de la cancelación.

“Va sobre controlar a la gente. Y esta es una cara muy triste y muy peligrosa del silencio ya que lo estamos usando para recortar la libertad de expresión. Silenciar a una persona crea una desaparición”, sostiene la psicóloga.

Ahí está el recientísimo caso de la directora de la Berlinale, Tricia Tuttle, que puede perder su puesto -así lo estaba barajando el Ministerio de Cultura alemán el pasado viernes por la tarde- por apoyar públicamente la causa de Palestina. Mensaje implícito: calladita estás más guapa.

placeholder 'El libro blanco', de Vicente Luis Mora (La Caja Books)
'El libro blanco', de Vicente Luis Mora (La Caja Books)

El poeta Vicente Luis Mora reconoce que estos silenciamientos nos están diciendo algo sobre el estado de las cosas que no es bueno, pero el mismo tiempo señala que el excesivo ruido (y todas estas consecuencias) también “han traído una reflexión sobre la necesidad de opinar de todo. Se vive más tranquilo sin necesidad de expresar todo el rato tu opinión. Creo que ha bajado la cantidad de opinión y agradezco que haya cierta merma. Yo, por ejemplo, cuando me reservo la opinión no es por la violencia verbal, sino por el cuñadismo, por la invasión de opiniones de tercera fila. Así que a mí me parece saludable que esto haya bajado porque al mismo tiempo creo que ha subido la conversación entre amigos, en un entorno seguro. Antes ya lo habías soltado todo en las redes; ahora lo vuelves a comentar en un bar”.

"Creo que ha bajado la cantidad de opinión en redes y lo agradezco porque al mismo tiempo creo que ha subido la conversación en un entorno seguro"

Da para mucho este asunto del silencio. Se le puede seguir sacando punta con aspectos buenos y no tanto. “Compartir un silencio con alguien puede ser una gran prueba de amor, una gran prueba de confianza”, argumenta Laurence Joseph. Luego ya sabemos los peligros, como el grito final de Bernarda en el drama de Lorca: "¡Silencio, silencio he dicho! ¡Silencio!".

Poco antes de la pandemia, el escritor y periodista de viajes Suso Mourelo hizo un experimento. Estuvo nueve meses viviendo en cuatro pueblos con menos de cien habitantes: Aragüés del Puerto, en el pirineo oscense, El Centenillo, en Sierra Morena, Higuera de Albalat, en Cáceres, y Audanzas del Valle, en el páramo Leonés. Norte y sur y muy diferentes entre sí. También por sus ruidos y silencios (pese a todo, mucho más ruidosos los sureños que los norteños). Y descubrió varias cosas: un silencio deseado, esa quietud de la naturaleza con esos paseos hermosos por el bosque o con el leve crepitar del fuego en la chimenea mientras se leía un libro. Ahí no había cláxones, ni voces, ni música estridente, ni gritos de niños. La España vaciada y calmada. Pero también otro silencio: el impuesto, el que condenaba a sus habitantes a no decir ni una palabra. La España vaciada y abandonada. El silencio triste. “El verdadero hermano de la soledad”, admite el escritor vía telefónica.

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