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Manu Sánchez y el sufrimiento del nuevo rico
Si Manu Sánchez fuera antisistema, ni el presidente andaluz ni la ministra de Hacienda estarían entre el público. No les reirían igual las gracias.
Manu Sánchez habla de su patrimonio con cierto complejo de culpa, como si la fortuna le correspondiera como parte de un castigo. Uno no llega a facturar 4,7 millones de euros de la noche a la mañana. Su empresa lo consiguió en 2024 y para eso hace falta talento, esfuerzo y cierta habilidad para convencer a los proveedores. Le ha ido bien. Cada vez mejor. Su yate, de 43 pies, está fondeado en Puerto Banús y es de suponer que en sus conversaciones nocturnas, a boca cerrada, se preguntará qué es lo que ha hecho bien para formar parte del mundo de la comedia y no morirse de hambre, como tantos humoristas a lo largo de las décadas.
El éxito no es ningún pecado, como tampoco lo es que un artista al que le va bien adopte comportamientos de nuevo rico y compre un barco o pida siempre marisco en los restaurantes. Todo está en Chirbes: él retrató como nadie los complejos que genera el éxito y la tentación irrefrenable por lo caro, de ahí que elegir langosta o caviar a pie de yate revele muchas veces más carencias pasadas que buena posición en el presente.
Pero Manu Sánchez tiene razón: él puede gastarse su dinero en lo que le plazca. Juzgarle por ello implica ser gazmoño y envidioso; y quizás víctima de ese discurso estúpido que defiende que la virtud sólo se alcanza a través de la pobreza, como si la miseria no generara monstruos o como si no pudiera aspirarse a la santidad a partir de un determinado nivel de renta.
El poder del dinero
Uno de los pecados más comunes por estos lares es el de desconfiar de quien ha ganado dinero. Hace un par de semanas, Ione Belarra se refería a Juan Roig como un “ser despreciable” por convertir “en un auténtico monopolio el sector de la alimentación”, del que obtiene réditos multimillonarios. El propio Gobierno lo ha fomentado a partir de la adopción se alude a la existencia de “beneficios caídos del cielo” y ha despotricado sin descanso contra las compañías energéticas, contra el Ibex, contra la banca y contra los fondos buitre.
Podemos deducir entonces que existe una forma lícita de ganar dinero y otra que es moral y políticamente cuestionable. ¿Dónde está la frontera entre la forma correcta y la incorrecta? ¿Hace falta flagelarse en público para conseguir el respeto de la parroquia? ¿Existe algún límite en lo que respecta al tamaño del yate? ¿Es necesario afirmar que ha pagado sus impuestos y que ¡viva por ello!? ¿La sociedad en Panamá de un director de cine es menos offshore que la de alguien de derechas?
He de confesar que no entiendo muy bien cuál es el criterio a aplicar. ¿Si gana dinero con la comedia su fortuna es decente, pero si vende comida o luz no lo es? En cualquier caso, podemos concluir que la electricidad, la comida y el buen humor son (más o menos) necesarios. Pero, puestos a analiza de forma sincera esta compleja situación, también sería justo decir que Juan Roig, pese a estar en la cúspide de la riqueza y del mal --valga la redundancia-- juega con cierta desventaja con respecto a Manu Sánchez.
No lo digo porque tenga menos gracia, sino porque, si uno de sus clientes se siente descontento con el precio de la docena de huevos o con las albóndigas en salsa, tiene la opción de comprar en otro supermercado. No sucede igual con los monólogos de Manu Sánchez. Habrá quien considere que son agudos y acertados; y habrá quien sienta una necesidad imperiosa de apagar el televisor cada vez que anuncian su presencia porque considere que tiene la misma gracia que una inspección fiscal.
El problema es que el ciudadano que aborrece a Manu Sánchez no puede evitar que el dinero de sus impuestos se emplee en lo que podríamos llamar 'Servicio Público de Entretenimiento'. Su empresa factura a Canal Sur, como ha hecho lo propio con administraciones de Cádiz, San Fernando, Tarifa, Baeza, Dos Hermanas o Moguer. Que nadie piense mal: no son sólo de un color político. Es un cómico que gusta y un productor exitoso. Lo que sucede con estos humoristas es que, al igual que con el pago de impuestos, si vives en esta parte del mundo es un deber sufragarlos. Puedes evitar comprar en Mercadona, pero no que la Junta de Andalucía pague a este artista, empeñado estos días, por lo que sea o por lo que fuere, en defender la singularidad andaluza, a las puertas de unas elecciones autonómicas. ¡Qué casualidad!
Humor y cash
Varios de sus compañeros de profesión han engordado su patrimonio de una forma espectacular gracias a su humor. El cual, por cierto no es inocuo, sino que tiene cierto grado de 'compromiso', cuestión que suele llevar bastante lejos en el panorama audiovisual contemporáneo, dado que parece que el arte, sin más, no gusta tanto en quien financia a los creadores desde la política. Eso ha convertido a estos cómicos en generadores de opinión pública. Por eso, espero que entiendan que, cuando aparecen en un medio público, en un pregón o en unas fiestas patronales, a lo mejor hay quien se siente molesto cuando le degradan a la categoría de cavernícola con su turra política.
Manu Sánchez ha barnizado sus chistes durante los últimos tiempos con cierto componente político. En la entrevista que le hizo Jordi Évole hace unos días, emitida el domingo en LaSexta, dijo que él cree en la redistribución de la riqueza, la justicia social y en “vencer al sistema desde dentro”. Desconozco si estas últimas palabras pretendió pronunciarlas desde extramuros, pero la realidad es que tanto quien preguntaba como quien respondía aquella noche son parte del 'poder' desde hace unos cuantos años, de ahí que consigan contratos tan jugosos con televisiones públicas. Si fueran antisistema, ni el presidente andaluz ni la ministra de Hacienda estarían entre el público. No les reirían igual las gracias.
Cuando uno asume que está dentro de esa élite, pese a que su origen sea humilde, se siente menos culpable al comportarse como un rico y puede comer y cenar gambas; o pasear por Dos Hermanas con un coche caro sin sentir que traiciona a “la clase trabajadora”. Nunca dejarán de tener vicios de nuevo rico, pero asumimos que las ínfulas y la ansiedad obsesiva por el marisco viajarán siempre con ellos... porque es lo que anhelamos los pobres. Por eso nos esforzamos tanto por hacer gracia allí donde estamos, aunque seamos peores que ellos.
Lo que habría que pedir en estos casos es cierta piel gruesa ante quienes señalan que mantener un Servicio Público de Humor Político (añadamos el último término) desde lo público es una forma de adoctrinar que ejecutan quienes saben que su libertad creativa está condicionada por el importe de sus contratos.
Por cierto, AENA ha anunciado un premio anual de 1 millón de euros para una obra literaria. Habrá que trasladar a los autores la necesidad de ser también graciosos, desde un punto de vista gubernamental, si quieren aspirar a ganarlo.
Manu Sánchez habla de su patrimonio con cierto complejo de culpa, como si la fortuna le correspondiera como parte de un castigo. Uno no llega a facturar 4,7 millones de euros de la noche a la mañana. Su empresa lo consiguió en 2024 y para eso hace falta talento, esfuerzo y cierta habilidad para convencer a los proveedores. Le ha ido bien. Cada vez mejor. Su yate, de 43 pies, está fondeado en Puerto Banús y es de suponer que en sus conversaciones nocturnas, a boca cerrada, se preguntará qué es lo que ha hecho bien para formar parte del mundo de la comedia y no morirse de hambre, como tantos humoristas a lo largo de las décadas.