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Europa está ganando la guerra: somos pobres, irrelevantes y vagos, pero sabemos vivir
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Héctor G. Barnés

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Europa está ganando la guerra: somos pobres, irrelevantes y vagos, pero sabemos vivir

Quizá hayamos caído en el olvido, pero aún podemos levantarnos tarde, salir a pasear, comer con los amigos al sol, charlar con el panadero y dedicarnos a no hacer nada

Foto: Mads Mikkelsen en 'Otra ronda'.
Mads Mikkelsen en 'Otra ronda'.
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Europa está en decadencia. La cuna de la democracia es hoy un actor irrelevante en el gran tablero político global. Hemos cedido nuestro cetro a potencias como EEUU o China, que se ríen en nuestra cara. Somos un paquidermo débil y dependiente, un Narciso enamorado del reflejo de su propia historia y lastrado por su incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos. Nos hemos resignado a jugar el papel de comparsa en el Nuevo Orden Global. En el mejor de los casos, nuestra decadencia será tan lenta que quizá solo afecte a nuestros hijos. En el peor, nuestra vida será brutal, desagradable y corta.

El diagnóstico lo ha leído muchas veces, unas cuantas de ellas en este mismo periódico. Ahora que se acaba el invierno y vuelve el calorcito que anuncia la primavera me acuerdo de esas visiones del apocalipsis en el Viejo Continente, porque está empezando a retornar en redes, blogs y discusiones aquel término que brotó el verano pasado para nombrar la irresistible atracción que genera el estilo de vida europeo fuera de sus fronteras. Sobre todo, entre estadounidenses. Euromaxing (o Europemaxing, Euromaxxxing o Europemaxxing), es decir, en una traducción un poco ortopédica, “Europeizar tu vida al máximo”.

Según Urban Dictionary, el diccionario de neologismos por excelencia, se trata de: levantarse, tomar un café con los amigos, comer con los mismos amigos, dar un paseo, tomar otro café con los amigos y no hacer nada. Según a quien se le pregunte, también puede consistir en tomar cervezas un martes por la tarde, levantarse sin alarma, caminar 10.000 pasos al día, tomar el sol, comer con vino, llevar reloj, flirtear con mujeres a diario, conocer el nombre de tu carnicero e ir siempre un poco arreglado de más.

La imagen que mejor sintetiza el Euromaxing es aquella del europeizado chef estadounidense Anthony Bourdain con gafas de sol redondas, fular y chupa de cuero, sentado en la mesa de una terraza donde descansan un café con leche, una barra de pan, un paquete de Marlboro y unas monedas que dicen “quédese con la vuelta”. El placer sensorial del sol, la comida y la bebida; la vida ligera del playboy; la ausencia de preocupaciones; la despreocupación por el dinero; la cercanía física y emocional; la vida como eterna socialización. Es decir, una aventura a la vuelta de cada esquina; vivir tu vida como si fuese un espectáculo. Los signos de lo que hoy entendemos universalmente como buena vida y que tiene su última reserva espiritual en Europa. Como él mismo escribió en Confesiones de un chef (Salamandra), “tu cuerpo no es un templo, es un parque de atracciones”.

Muchos de estos rasgos de la vida “europea” han estado siempre vinculados con lo mediterráneo. Irónicamente, son aquellos que los países del norte de Europa reprocharon a los PIIGS durante la crisis como síntoma de su debilidad de espíritu. Hoy, los iconos del Euromaxing provienen también del norte del continente, como el danés Mads Mikkelssen, protagonista de Otra ronda del también danés Thomas Vinterberg, en la que un grupo de amigos se propone mantener un nivel de borrachera constante pero tolerable para sacudirse de encima la abulia de la vida moderna.

Mientras EEUU y gran parte del mundo occidental se lanzan en los brazos del estoicismo y el nihilismo, esta Europa idealizada se presenta como el último estandarte de ese epicureísmo que busca la felicidad a partir de un placer moderado y constante, como el alcohol en sangre de los personajes de la película de Vinterberg, la ausencia de dolor (aponía) y la tranquilidad (ataraxia). Una actitud vital que se diferencia ligeramente de aquel Mediterráneo Moral que tanto ha promovido la nueva derecha y que se limita a la mitificación de un imaginario conservador, casi mussolinista.

El Occidente triunfador es el de la autoexplotación, la rectitud y el final del sexo

No es casualidad que esta fascinación por Europa despertase durante el verano pasado, el primero de la segunda era Trump, y que haya vuelto entre nosotros apenas un mes después de la intervención del ICE en Minneapolis. Es el negativo perfecto de unos Estados Unidos cuya iconografía, como decía recientemente Tony Gilroy, creador de la serie de televisión Andor, está directamente basada en el mismo “manual para principiantes del fascismo” con que él ha dibujado al Imperio Galáctico. Rostros enjutos y cuerpos militares, tonos grises y líneas rectas, literalidad, disciplina y olor a cerrado. Ese Occidente supuestamente triunfador es el de la economía de la autoexplotación, la cirugía estética mutiladora, la disciplina protestante, la desaparición de las relaciones sexuales. La sociedad china no está mucho más sana.

Los mensajes que intentan definir un paralelismo estadounidense de este Euromaxing son hilarantes por reveladores. Levantarse a las cuatro de la mañana, tener siempre prisa, caminar solo un paso al día, bronceado artificial e ir siempre mal vestido. Incluso aquellas cosas en las que se parecen a los europeos, lo hacen en su versión más oscura: cerveza durante la comida (el alcoholismo de la desesperación), flirtear con mujeres (porque no te gusta la tuya) y conocer el nombre del cajero de Walmart. Lo mismo, pero sin la gracia europea.

Aunque pueda parecer un simple meme, conviene no restarle importancia a este súbito retorno del atractivo europeo en este preciso momento histórico. La incapacidad de un imperio de trasladar a la vida cotidiana de sus ciudadanos su supuesta superioridad es la grieta por la que termina derrumbándose, como bien sabía Richard Nixon cuando en el célebre debate de la cocina de 1959 se pavoneó frente a Kruschov de los electrodomésticos de los que podían disfrutar de los estadounidenses, mientras los rusos arrugaban el morro y decían que estaban a otras cosas más importantes. Hoy Europa puede jugar ese papel que en otros tiempos correspondía a Suiza, Islandia o Costa Rica, irrelevantes en el gran plan general del universo pero envidiados por sus vecinos y felices.

Felices gracias a un Estado del bienestar que, a pesar de sus sucesivas reducciones, sigue funcionando. El europeo sabe que si sufre una enfermedad crónica no tendrá que arrojarse por una ventana para aliviar a su familia del coste de su tratamiento médico o salir con miedo a la calle ante la posibilidad de ser deportado o de que un grupo armado le dispare a sangre fría. El Euromaxing es un meme, pero también el símbolo de cómo la relevancia global importa poco si no repercute en la vida del ciudadano. Y ahí, como siguen mostrando las encuestas sobre satisfacción vital, Europa sigue encontrándose por delante.

Un motivo de orgullo para un continente con la autoestima dañada que tal vez debería caminar con la cabeza más alta por haber sido capaz de inventar lo que se entiende hoy a nivel global como una sociedad saludable. Pero tampoco nos emocionemos demasiado, que Bourdain se suicidó a los 61 años después de un complicado romance con Asia Argento. Eso también es bastante Euromaxing.

Europa está en decadencia. La cuna de la democracia es hoy un actor irrelevante en el gran tablero político global. Hemos cedido nuestro cetro a potencias como EEUU o China, que se ríen en nuestra cara. Somos un paquidermo débil y dependiente, un Narciso enamorado del reflejo de su propia historia y lastrado por su incapacidad de adaptarse a los nuevos tiempos. Nos hemos resignado a jugar el papel de comparsa en el Nuevo Orden Global. En el mejor de los casos, nuestra decadencia será tan lenta que quizá solo afecte a nuestros hijos. En el peor, nuestra vida será brutal, desagradable y corta.

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