'Portobello': El precio justo de la mafia
La serie italiana mezcla mafia y programas de máxima audiencia en un caso real de los años 70
Gracias a Youtube, nos parece incomprensible que un programa de televisión como Portobello tuviera éxito. Sale un loro. Salen hipnotistas, niños con trompetas, señores con gorros raros, un hombre que anuda una cuerda con la lengua. El show de variedades se autodefinía como "el mercado de los viernes" y llegó a reunir a casi treinta millones de italianos alrededor de la pequeña pantalla. Finales de los 70, principios de los 80. Inevitablemente pensamos en Joaquín Prat, incluso en el Un, dos, tres y en Crónicas marcianas, tonterías televisivas de cuando había poca competencia para hacer tonterías. Luego llegó Youtube y vimos que, lo que se dice hacer el tonto, lo puede hacer cualquiera.
HBO ha estrenado una serie sobre este programa de televisión, lo cual no puede entusiasmar a nadie. Por suerte, está la mafia. En Italia la mafia ve la tele, se apasiona, escribe cartas a los presentadores, y por ahí todo seguido se la liaron a Enzo Tortora, presentador de Portobello. No sé si hay algo (libros, cine, televisión, gastronomía) en Italia que no mejore la mafia. Que no mejore de cara a su distribución internacional en forma de espectáculo. El mejor anuncio publicitario de la historia son todos esos mafiosos de Coppola y Scorsese comiendo espaguettis con tomate. Como los mafiosos no comen cocido madrileño, el cocido no lo conocen en Nueva York.
Portobello, la serie, se suma a la moda de historias ambientadas en los años 70. También Ponies (PrimeVideo) o la película El agente secreto recuperan camisas y peinados setenteros. Esto es un riesgo porque puedes hacer Cuéntame, donde todos los actores parecen disfrazados y no te crees los coches que salen ni las sillas donde se sientan. El cine de época (quizá bastan veinte años de retardo para que algo sea cine de época) suele ser inverosímil, demasiado limpio, excesivamente minucioso en reproducir una realidad que ya no existe.
El octogenario director Marco Bellochio cuenta con su propia memoria para dar fiabilidad a la mímesis de su serie. También en Exterior noche (sobre el secuestro de Aldo Moro) volvió a esos mismos años 70 donde él tenía apenas cuarenta y pasaban tantas cosas increíbles.
Portobello desprende un aura apabullantemente italiana. Como sucede en Mussolini: el hijo del siglo (SkyShowtime), la puesta en escena tiene algo de burlesco, de teatro orgiástico y feísta. Se selecciona a los actores por sus defectos físicos, se les graba en primeros planos un tanto monstruosos, no sale casi nadie guapo y eso que hablamos de Italia. Esta práxis de las series italianas acaba dando a sus productos cierta inconveniente irrealidad, como sucede con las películas de Paolo Sorrentino. Demasiado derretidas, demasiado epidérmicas, demasiada nariz.
Con todo, el primer episodio de Portobello es fantástico, aunque la mitad del mismo nos adentre en un programa de televisión que no conocemos y cuyo día a día recuerda al de cualquier otro programa de televisión (pensemos en El asesino del juego de citas). También tiene algo de Broadway Danny Rose (1985, Woody Allen).
La otra mitad del episodio es mucho mejor: la mafia. Se citan tantas bandas de mafiosos italianos que parece la lista de los reyes godos: 'Ndrangheta, Camorra, Nueva Camorra… Los vemos en la cárcel como si estuvieran en su casa. Tienen muebles, cuadros y televisión. Tienen libertad para salir al pasillo a matar a uno de otra mafia. En la tele, uno de los mafiosos, el que está más zumbado, ve Portobello, y decide escribir a su presentador, enviarle regalos. Como no le contesta, le coge manía. Le amenaza en otra carta.
Esto seguramente es el día a día de cualquier presentador de televisión, pero no siempre te manda cartas incómodas un tipo que vive de matar gente, y que come espaguetis.
El primer episodio de Portobello es fantástico, aunque la mitad del mismo nos adentre en un programa de televisión que no conocemos
HBO emite un episodio cada semana, y a la hora de escribir este comentario sólo podía verse el primero. Cuando una serie se basa en una historia real, los periódicos se apresuran a recuperar esa historia y aguarle la fiesta a los productores de la serie. Así que resulta muy difícil no enterarse de lo que va a pasar en Portobello, a nada que seas impaciente.
La serie toca algunas fibras contemporáneas, como en las escenas relacionadas con el terremoto de Irpinia (sur de Italia, 1980). Fue devastador, mató a "800 personas", dice la serie (fueron tres mil), y movilizó solidaridad y millones. Para la mafia, esos millones que llegaban al sur del país eran maná caído del cielo, mucho más fáciles de robar que los que había en los bancos. El propio programa Portobello hizo una colecta, pero no se dieron mucha prisa en hacer llegar ese dinero.
Ya saben: la Dana. La desgracia es un gran negocio, podría construirse un país entero con el dinero que se recauda y se destina a los damnificados por un desastre natural. Sin embargo, ya estemos en Irpinia o Valencia, al final la calle sigue patas arriba pasados meses; pasados años.
Gracias a Youtube, nos parece incomprensible que un programa de televisión como Portobello tuviera éxito. Sale un loro. Salen hipnotistas, niños con trompetas, señores con gorros raros, un hombre que anuda una cuerda con la lengua. El show de variedades se autodefinía como "el mercado de los viernes" y llegó a reunir a casi treinta millones de italianos alrededor de la pequeña pantalla. Finales de los 70, principios de los 80. Inevitablemente pensamos en Joaquín Prat, incluso en el Un, dos, tres y en Crónicas marcianas, tonterías televisivas de cuando había poca competencia para hacer tonterías. Luego llegó Youtube y vimos que, lo que se dice hacer el tonto, lo puede hacer cualquiera.