Es noticia
A ver cómo te explico, abuelo, que soy un caniche con esclerosis
  1. Cultura
Israel Merino

Por

A ver cómo te explico, abuelo, que soy un caniche con esclerosis

El alarmismo mediático. De la moda 'therian' es una operación psicológica del gobierno de Milei para desviar la atención de su reforma laboral

Foto: Fin -nombre ficticio-, un joven de 17 años de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), que se identifica con un lobo gris albino. (EFE/Enric Fontcuberta)
Fin -nombre ficticio-, un joven de 17 años de Sant Feliu de Llobregat (Barcelona), que se identifica con un lobo gris albino. (EFE/Enric Fontcuberta)

Imagino el infierno como un lugar de suelos caldosos y lúgubres donde un señor cornudo con cueros poco elegantes azota en el culo a los malos de la historia –más de uno querrá ir al averno después de leer esta línea– y reparte tostadas de azufre para desayunar. También lo imagino como un sitio multicultural, al estilo de un Lavapiés idílico en 2015, que fuerza la convivencia de jinetes ligeros del Imperio mongol con politoxicómanos fallecidos durante la movida madrileña; de siervos ajusticiados por robar media hogaza de pan en el siglo XII con juniors de las Big Four a los que el socio de consultoría ha arrancado el corazón en la boca de metro de Plaza de Castilla en un extraño ritual público-privado.

Me imagino a cualquiera de nosotros palmándola y yendo a ese lugar tremendo y caluroso, como una Castilla sin árboles, a echar la tarde con un habitante primitivo de nuestro planeta con quien tendríamos que entablar una conversación genuina y ágil que respondiera todas sus dudas sobre su futuro, nuestro presente, aunque no supiéramos ni por dónde empezar. Yo quizá le hablaría de los coches, esas máquinas raras y caras que funcionan con un liquidito denso que a algunos les huele rico, aunque no lo entienda, y que ha desatado casi todas las guerras importantes de los últimos cincuenta años; o de las inteligencias artificiales generativas, unos algoritmos – uf, a ver cómo le explico yo qué es un algoritmo – capaces de aumentar unas milésimas la productividad de los trabajadores de oficina a costa de comprometer las reservas de agua dulce de medio mundo.

O le hablaría de los therians. Sí, eso sería divertidísimo; cogería a un galero etíope secuestrado por el Imperio romano en el siglo I, pongamos que crucificado a las afueras de Civitavecchia tras liderar una revuelta contra el centurión por querer doble ración de sal, y le diría que en un país costero llamado Argentina, en un continente descubierto mil trescientos años después de su muerte, unos jóvenes adultos se juntan en los parques para vestirse de animales cuadrúpedos porque creen que lo son. Le explicaría que hay muchachines que se perciben como lobos, zorros, osos o linces porque aseguran tener disforia animal, y que caminan a cuatro patas, se huelen el culo, exhiben como perrillos de competición sus saltos e incluso ladran y muerden a los intrusos.

Trataría de explicarle que no son disfraces lo que llevan, sino trajes porque en sus cabezas conciben de verdad ser esos animalillos; por cierto, todos ellos elegantes y suntuosos como los linces ibéricos o los osos grises, pero ninguno parasitario o ridículo como una cucaracha americana o uno de esos caniches endogámicos con esclerosis que manejan las familias rococós. También le explicaría el brutal escándalo que la frikada adolescente ha montado y que en muchos periódicos – aquí estoy yo, subido a la ola porque algo hay que contar – han hablado de las quedadas como si fueran focos pandémicos capaces de desatar una catástrofe exportable a medio mundo.

Foto: higienizar-a-franco-ay-si-paco-levantara-la-cabeza

En verdad, creo que le quitaría hierro a la situación. Me reiría de ellos, claro que sí, porque igual no hay que tomar muy en serio a un criajo argentino que dice no ser humano sino un águila calva bisexual, pero tampoco me cebaría. Quiero decir: todos hemos visto ya en los medios las fotillos de esos chavales haciendo el payaso con sus máscaras de animales – algunas muy logradas, supongo que es mejor hacer manualidades que caer en el basuco –, pero tampoco alarmaría a medio mundo ni los instrumentalizaría para pregonar, ahora sí que sí, el colapso definitivo de Occidente, como también lo fue para algunos el pantalón baggy de la década del dos mil diez o las crestas punkies de los ochenta o incluso los jipis sesenteros del LSD. Es otra estupidez más, por cierto, puesta en el candelero público pese a tener ya más años que la pandemia justo cuando Argentina ha aprobado una reforma laboral que devuelve a los trabajadores unos derechos no mucho mejores que los del amigote etíope crucificado en Civitavecchia. Muy curioso, ¿no? Este escándalo mediático, por hacer una analogía ibérica, me recuerda al baile de columnistas que desató Moncloa cuando propuso quitar el cambio de hora: se ha sabido después que fue un ejercicio de trilerismo político para desviar la atención de vete tú a saber cuál escándalo real.

Yo, en fin, pienso ahora cómo se tomarían mis abuelos, fallecidos hace ya casi veinte años, si les dijera que no me siento humano y sí el caniche endogámico con esclerosis de la citada familia rococó. Supongo que me regalarían un azadón por Navidad. O un collarín nuevo, guau, guau.

Imagino el infierno como un lugar de suelos caldosos y lúgubres donde un señor cornudo con cueros poco elegantes azota en el culo a los malos de la historia –más de uno querrá ir al averno después de leer esta línea– y reparte tostadas de azufre para desayunar. También lo imagino como un sitio multicultural, al estilo de un Lavapiés idílico en 2015, que fuerza la convivencia de jinetes ligeros del Imperio mongol con politoxicómanos fallecidos durante la movida madrileña; de siervos ajusticiados por robar media hogaza de pan en el siglo XII con juniors de las Big Four a los que el socio de consultoría ha arrancado el corazón en la boca de metro de Plaza de Castilla en un extraño ritual público-privado.

Trinchera Cultural Javier Milei Argentina
El redactor recomienda