El reality show del siglo XIX: el Baile de las Locas en París
Durante la Belle Époque el manicomio Salpêtrière abría sus puertas a una fiesta de disfraces en la que la élite francesa bailaba con las pacientes, en un juego de espejos precursor de los 'realities'
En el París de finales del siglo XIX, durante la Belle Époque, existía una invitación que despertaba una curiosidad tan morbosa como aristocrática. No venía del Palacio del Elíseo ni de la Ópera, sino de un manicomio. Cada año, coincidiendo con la mitad de la Cuaresma, el Hospital de la Salpêtrière abría sus puertas para celebrar el evento más surrealista y fascinante de la ciudad: el "Baile de las Locas".
Aunque hoy la cultura popular tiende a personificar este evento en la figura del neurólogo Jean-Martin Charcot, lo cierto es que estos bailes, que se popularizaron especialmente entre finales del siglo XIX y las primeras décadas del XX, formaban parte de un engranaje institucional mucho más complejo. Bajo la supervisión de la administración hospitalaria, lo que se presentaba como un experimento de catarsis social se transformaba en un espectáculo donde la frontera entre la cordura y la demencia estaba a punto de disolverse. Se abrían las puertas del pabellón de las histéricas y las epilépticas para que la alta sociedad parisina bailara con ellas, convirtiendo el dolor mental en una atracción de feria regada con champán. Durante una noche, el gran patio del hospital, habitualmente sombrío, se llenaba de lámparas de gas, orquestas y flores para crear una atmósfera onírica donde el síntoma se confundía con la fiesta.
Lo verdaderamente conmovedor de aquel evento ocurría semanas antes en los talleres del hospital. Las pacientes pasaban el año entero cosiendo sus propios disfraces con retales y donaciones de la caridad. Para ellas aquella noche no era una simple fiesta, sino la única oportunidad de dejar de ser un expediente clínico. El disfraz operaba un milagro cruel en el que la mujer que solía estar sujeta por diagnósticos de histeria se transformaba en Arlequín, en Colombina, en Reina de Saba o en gitana. Por unas horas, una interna podía vestirse de marquesa y exigir reverencias, viviendo un espejismo de dignidad que se desvanecería al amanecer.
Pero el verdadero espectáculo lo protagonizaban los invitados. La élite parisina acudía en masa al hospital movida por un voyeurismo inconfesable, buscando con la mirada algún síntoma o un desmayo dramático que justificara la velada. Como la etiqueta exigía disfraz o gala, se producía en la pista de baile un juego de espejos donde vizcondes disfrazados de bufones bailaban valses con pacientes disfrazadas de pastoras. Bajo las máscaras, las etiquetas sociales se borraban ante la mirada de una ciencia que ya había convertido la medicina en teatro con las famosas lecciones de los martes de Charcot. En ellas, el neurólogo hipnotizaba a las mujeres ante un auditorio repleto de escritores y artistas que acudían a ver los ataques como quien asiste a una función de Sarah Bernhardt.
Aunque la medicina moderna terminó refutando aquellas teorías y eliminó la histeria de los manuales de diagnóstico en 1980, el impacto cultural de esa época fue colosal. Su legado contagió al arte hasta el punto de que los surrealistas decidieron elevar la patología a la categoría de musa. Escritores como André Breton y Louis Aragon llegaron a celebrar el cincuentenario de la histeria en 1928 definiéndola como el mayor descubrimiento poético del siglo XIX. Esa fascinación culminó una década después en la Exposición Internacional del Surrealismo de 1938, supervisada por Marcel Duchamp, quien prometió a los asistentes vivir una auténtica noche de histeria. Fue Breton quien escribió en su novela
Hoy, aunque hayamos cerrado la Salpêtrière a las visitas turísticas, nuestra cultura sigue obsesionada con el mismo mecanismo. Ya no vamos en carruaje al hospital, pero encendemos las redes sociales o la televisión para ver reality shows donde personas emocionalmente rotas se exponen, se disfrazan y "bailan" para nuestro entretenimiento. Charcot nos enseñó algo inquietante sobre la condición humana que el Carnaval pone de manifiesto: dada la oportunidad y la máscara adecuada, la gente "normal" pagará lo que sea por mirar al monstruo a los ojos, solo para asegurarse de que, al menos por esta noche, ellos están al lado correcto de la reja.
*Jorge Herrero (Zaragoza, 1990) es historiador e informático. Vive entre líneas de código y relatos del pasado, buscando siempre conectar a través del conocimiento. Escribe sobre Historia, Cultura y la forma en que ambas configuran nuestra identidad.
En el París de finales del siglo XIX, durante la Belle Époque, existía una invitación que despertaba una curiosidad tan morbosa como aristocrática. No venía del Palacio del Elíseo ni de la Ópera, sino de un manicomio. Cada año, coincidiendo con la mitad de la Cuaresma, el Hospital de la Salpêtrière abría sus puertas para celebrar el evento más surrealista y fascinante de la ciudad: el "Baile de las Locas".