La apasionante historia que nos ocupa se inició cuando la periodista Rosa Belmonte se refirió indirectamente a la condición cognitivo-mamaria de Sarah Santaolalla en El Hormiguero, espacio televisivo que la izquierda ha criticado en el pasado por su conexión con la barbarie. Hablaba Pablo Motos de una tertuliana que había llamado "traidor" a Felipe González cuando Belmonte preguntó: “¿Es ésa que es mitad tonta, mitad tetas?”. La hormiga Barrancas giró entonces la cabeza de repente hacia la cámara con el reflejo propio de quien acaba de presenciar un delito. No era para menos. El comentario ofendió profundamente a la aludida, quien consideró aquello como el último episodio de una campaña que la derecha ha orquestado para humillarla. ¿Por qué? Por su forma de pensar y de expresarse, que, convengamos, no entiende de lindezas ni puede asociarse a lo sutil.
Belmonte se disculpó tras ser consciente de que sus palabras habían molestado. No estuvo acertada y lo asumió, lo que zanjaría cualquier polémica en el mundo civilizado. En la España contemporánea no sucede así. Aquí existen algunas dinámicas que lo complican un poco. Ciertos condicionantes que han alejado el consenso. El primero tiene que ver con lo personal. Con el personaje que necesita interpretar cada cual cuando cruza la puerta de su casa, que en algunos casos resulta tedioso, pero fundamental para mantener economía familiar. Supongo que nadie nace con el deseo de ser pocero o analista mediático, pero la vida obliga a veces a explorar charcos malolientes para poder pagar las facturas.
El papel de Santaolalla no es sencillo, pero está muy bien pagado. Ejerce de heredera moral de Belén Esteban y lo hace muy bien. Nada que decir: cada cual se gana la vida como puede y su actitud, aunque más gritona, no es peor que la de un politólogo de postín. En tiempos en los que la política ha tomado el testigo de los programas del corazón y ocupa varias horas al día de la parrilla de programación, el sanchismo necesitaba a su princesa del pueblo y recurrió a esta mujer, que es demasiado joven y corre el riesgo de achicharrarse, pero que ejecuta el rol que le ha correspondido de una forma inmejorable. Recita las consignas con contundencia y explota el papel de víctima cuando toca. Esto último es importante. Es la parte más marcada de su personalidad televisiva y explica que haya rechazado las disculpas de Rosa Belmonte.
Si hubiera accedido a ello, todo hubiera terminado ahí, pero eso equivaldría a desperdiciar una oportunidad, algo que no contempla el manual del agitador contemporáneo. No lo digo por ella, que a fin de cuentas es el instrumento, sino por quienes la convirtieron en tertuliana de referencia, que son los que han aprovechado estos días para organizar una campaña de denuncia contra el acoso que sufren los portavoces de los partidos de izquierda por parte de la derecha, que cada vez está más echada al monte y más dispuesta a demoler los cimientos de la democracia liberal.
Javier Ruiz, en 'Mañaneros 360'. (TVE)
Lanzan esos avisos desde magacines como el de Javier Ruiz, que han dedicado un tiempo más que generoso a este asunto durante los últimos días. Un tiempo excesivo, a todas luces, dado que podía haberse dedicado a otros asuntos de interés público, pero un tiempo que ha servido a los espectadores para concienciar sobre el riesgo que corren en estos tiempos los librepensadores progubernamentales, dos conceptos antónimos, en principio, pero que aquí demuestran que las paradojas pueden reconciliarse si hay voluntad y asientos en las tertulias, pagados por el contribuyente.
Uno de los rótulos que exhibía Mañaneros 360 este jueves advertía: “Ataque machista en prime time a Santaolalla”. Lucía en pantalla mientras el presentador hablaba prácticamente de una causa general contra las mujeres progresistas, que son “vejadas” por el mero hecho de serlo. No luchaba solo en esta guerra, dado que, unas horas antes, el Ministerio de Igualdad había enviado una queja formal a Atresmedia por este suceso. Nótese cómo se fabrica una campaña mediática y política a partir de un insulto. Son unos maestros en esas artes y en alterar la escala de prioridades.
¿Qué es más grave aquí?
Porque, pensemos: ¿de verdad es tan grave que una tertuliana se pase de frenada? Podríamos llegar a sospechar que no, pese a que las terminales mediáticas del Gobierno hayan considerado este episodio como una muestra más de que existe una violencia, cotidiana y tolerada, que se dirige a los portavoces progresistas y que se alimenta a diario en las tribunas y platós más incendiarias, todas ellas situadas a la derecha, como la de Trancas y Barrancas, hormigas ultramontanas. En la relación de pirómanos no entran los contertulios de Mañaneros 360, que en su constante empeño por 'despolarizar lo polarizado' han llegado a llamar "idiotas" a los votantes del PP y de Vox. La propia Santaolalla, sin ir más lejos. En esa ocasión, RTVE no la reprobó. Al contrario.
Aun así, hay cosas peores que la salida de tono de una colaboradora. De ésta y de la otra. Una de ellas ha sucedido en los últimos días, aunque, oh, casualidad, el ruido que ha generado el 'caso Sarah' haya contribuido a disipar la atención sobre lo sucedido. Fue el pasado martes cuando Pedro Sánchez, en la tribuna del Congreso de los Diputados, señaló a Íker Jiménez por la toxicidad de su programa, en el que, casualmente, interviene de vez en cuando Víctor de Aldama.
A lo mejor nos hemos acostumbrado a que el jefe del Ejecutivo señale a un periodista, del mismo modo que hemos dejado de sentir vértigo cuando un portavoz del Gobierno acusa a un juez de prevaricar. El verdadero ataque a la democracia liberal quizás proceda de quien anima a los ciudadanos a fiarse exclusivamente de “las fuentes oficiales” mientras despotrica, por su boca o por las de otros, de los medios de comunicación que trabajan para desmontar sus mentiras, como, por ejemplo, las que pronuncio Óscar Puente tras el accidente de Adamuz.
A este ministro se le conoce por señalar con asiduidad a medios y a informadores; e incluso por referirse a ellos con sobrenombres despectivos. Y no resulta tan difícil de entender: sería más peligroso que un ministro se refiriera a una periodista como “la tonta de las tetas” a que lo hiciera otra tertuliana o un gañán en una taberna. La actitud es excesiva en todos los casos, pero el daño que causa un Gobierno es mayor. ¿Por qué entonces la campaña de estos días se ha centrado en lo de Santaolalla? Pues por eso es.
Habrá quien piense que amenazar a la prensa crítica con un Plan de Acción por la Democracia es mucho menos preocupante que una referencia televisiva a unas glándulas mamarias. He aquí el resultado de la manipulación. He aquí el motivo por el que Sánchez pide que sólo se escuche a las fuentes acreditadas, que son las suyas, las que beben de Moncloa. Las que a usted le consideran mitad tonto y, mitad, lo que usted tenga.
La apasionante historia que nos ocupa se inició cuando la periodista Rosa Belmonte se refirió indirectamente a la condición cognitivo-mamaria de Sarah Santaolalla en El Hormiguero, espacio televisivo que la izquierda ha criticado en el pasado por su conexión con la barbarie. Hablaba Pablo Motos de una tertuliana que había llamado "traidor" a Felipe González cuando Belmonte preguntó: “¿Es ésa que es mitad tonta, mitad tetas?”. La hormiga Barrancas giró entonces la cabeza de repente hacia la cámara con el reflejo propio de quien acaba de presenciar un delito. No era para menos. El comentario ofendió profundamente a la aludida, quien consideró aquello como el último episodio de una campaña que la derecha ha orquestado para humillarla. ¿Por qué? Por su forma de pensar y de expresarse, que, convengamos, no entiende de lindezas ni puede asociarse a lo sutil.