Por
Bad Bunny mató a las estrellas de la marca personal
Su actuación en el descanso de la Super Bowl fue la culminación de un proyecto artístico centrado en el relato nacional puertorriqueño
Hace poco más de un año, Bad Bunny lanzó Debí tirar más fotos, su sexto álbum de estudio dedicado a su Puerto Rico natal. A través de ritmos de salsa, bolero y bachata, por nombrar algunos, el artista homenajea a su tierra y trata temas como la gentrificación, el colonialismo estadounidense y el turismo depredador que sufre el país. El álbum ha sido alabado por el público y la crítica, ha propiciado una gira masiva con cifras récord y se ha llevado el Grammy a Mejor disco del año. Lo sorprendente de toda esta avalancha de éxito no es que ocurra ahora, cuando la música latina tiene todo el prestigio internacional del que carecía hace veinte años, sino que sea con un disco que habla de una experiencia colectiva. En ocasiones celebratorio — como en Nuevayol —, en ocasiones explícitamente político — como en Lo que le pasó a Hawaii —, Bad Bunny habla de Puerto Rico como de una abuela querida o una amante ansiada, apelando a sentimientos universales para explicar un problema local.
Todo esto con la mirada puesta en la tradición latina y los pasos dirigidos, al mismo tiempo, al futuro de la música. Y aunque la recuperación del folclore y las referencias clásicas son una tendencia ya amplia en el mainstream, ni Rosalía ni C. Tangana lo han hecho para contar la historia del pueblo que creó esa cultura, sino para contarse a sí mismos como ídolos de masas. Es en esta novedad donde se encuentra la clave de su actuación en la Super Bowl.
La narración personal, el contar la vida propia — o un punto de vista concreto sobre la misma — es antiguo y propio de estrellas y divos, como ejemplifican en España Ese hombre de Rocío Jurado, Era mi vida él de Isabel Pantoja y la mitad de los éxitos de Julio Iglesias. Sin embargo, esta cosa de airear los trapos sucios mediante la música ha tomado otra trascendencia en el siglo XXI, con álbumes que han dado para análisis intelectuales y verdaderos exorcismos de masas en los conciertos.
El máximo exponente de este fenómeno ocurrió hace ya diez años, cuando Beyoncé confesó al mundo su crisis matrimonial, con infidelidades y guantazos en un ascensor de por medio, en su disco Lemonade. El triunfo rotundo de Lemonade abrió la veda para más confidencias musicales consecutivas de Beyoncé y su marido Jay Z en los posteriores discos, solos o juntos como The Carters, como si fuesen una serie de spin-off de Keeping up with the Kardashians.
Precisamente, el auge inicial y posterior establecimiento de las figuras públicas contemporáneas — véase, celebrities e influencers —, a través de la telerrealidad primero y las redes sociales después, tiene mucho que ver con esta tendencia a la confesión pop. Desde hace veinte años, se entiende que la fama es consecuencia de quién se es, no de qué se hace y nada define más la identidad que la experiencia propia y los sentimientos que ella genera.
Tradicionalmente, la separación entre el ámbito personal y la obra artística estaba bastante clara para todos los implicados — prensa, público y artistas —. Para los personajes más faranduleros y rosas, el nexo de unión entre estos ámbitos serían las entelequias a las que llamamos "vida sentimental" — cacareada de manera medida — y "la persona pública" — ese alter ego artístico parecido pero no idéntico al doble que representa y protege —. La misma Beyoncé cayó brevemente en este desdoblamiento en su doble disco I am… Sasha Fierce, aunque son muchísimos los artistas que lo usan actualmente: Lady Gaga y su personaje drag king Jo Calderone, Eminem y su doble maligno Slim Shady, Chappell Roan o el mismo Bad Bunny.
Pero estas medidas de protección, basadas en acuerdos tácitos y fantasías teatrales que separan persona y personaje, han sido demolidas por la misma apisonadora que pretende terminar también con la cordura y privacidad de los mortales anónimos: la marca personal. Durante el primer cuarto del siglo XXI, justo con el surgimiento de los realities y el social media, la obsesión con la fama y la exposición mediática, la persecución afanosa — no exenta de picaresca — del éxito y el culto a la productividad han cristalizado en este tramposo concepto.
Por poner un ejemplo también hegemónico y musical, no es baladí que la cantante pop más grande de las últimas décadas sea Taylor Swift, una artista con pinta de chica normal, que no cae en extravagancias públicas, que usa su nombre de pila y que disco a disco, canción a canción, ha desarrollado una carrera artística basada en ser ella y contar su vida. Buena parte de su éxito — en su variante más sectaria — deviene de la relación parasocial establecida con los fans en redes, donde se terminan de redondear las teorías sobre su vida personal, creadas a su vez con retales de letras de sus canciones y recortes de prensa rosa.
Como todo, esto tiene sus matices que conviene tener en cuenta. La explotación de la vida privada como material artístico tiene algo de noble, algo de búsqueda personal del sentido propio, de narrarse a uno mismo para explicarse a sí y al mundo: es un gesto de autenticidad mediado por una ficción subjetiva. Pero cuando en el artista la avidez — de atención, de relevancia, de dinero — puede más que el pudor, el público, más empatía, puede llegar a sentir bochorno.
El año pasado nos ha dejado dos confesiones en forma de canción en esta línea, con la ya mencionada Taylor Swift cantándole — con mucha ironía, eso sí — al pene erecto de su prometido y Lily Allen, que ha sacado un disco monográfico ventilando su ruptura con el actor David Harbour, donde confiesa el acuerdo de la pareja que permitía que él se acostara con prostitutas. Creo que estarán de acuerdo, especialmente si sufren de vergüenza ajena como yo, en que podríamos haber seguido viviendo nuestras vidas sin saber todo esto.
Pero también el año pasado, Debí tirar más fotos se alejó de todas estas tendencias y, aunque personal y autorreferencial, el disco interpela a sentimientos colectivos generacionales y locales en los que se mezclan la nostalgia, la inseguridad política y económica, la identificación de grupo y la experiencia migratoria. Bad Bunny cuenta así desde su alter ego lo que sienten millones de personas, entre ellas el propio Benito Antonio Martínez Ocasio.
Lo que hizo en el disco con Puerto Rico lo extendió a todo el continente americano (y a todo el mundo occidental, en realidad) mediante su actuación en el descanso de la Super Bowl. El puertorriqueño ofreció un espectáculo que, lejos de escenografías megalómanas que ensalzasen su figura, era esencialmente una fiesta. Fiesta en la casa, fiesta en la calle, fiesta en el campo, fiesta en los bares. Y qué es una fiesta si no un gran show, un teatro colectivo en el que nos congregamos y donde todos tenemos nuestro pequeño papel individual y nuestro gran disfrute en compañía. Quizá vaya siendo hora de que el arte y la cultura de nuestro tiempo se parezcan más a una gran fiesta.
Hace poco más de un año, Bad Bunny lanzó Debí tirar más fotos, su sexto álbum de estudio dedicado a su Puerto Rico natal. A través de ritmos de salsa, bolero y bachata, por nombrar algunos, el artista homenajea a su tierra y trata temas como la gentrificación, el colonialismo estadounidense y el turismo depredador que sufre el país. El álbum ha sido alabado por el público y la crítica, ha propiciado una gira masiva con cifras récord y se ha llevado el Grammy a Mejor disco del año. Lo sorprendente de toda esta avalancha de éxito no es que ocurra ahora, cuando la música latina tiene todo el prestigio internacional del que carecía hace veinte años, sino que sea con un disco que habla de una experiencia colectiva. En ocasiones celebratorio — como en Nuevayol —, en ocasiones explícitamente político — como en Lo que le pasó a Hawaii —, Bad Bunny habla de Puerto Rico como de una abuela querida o una amante ansiada, apelando a sentimientos universales para explicar un problema local.