Cuándo y por qué la derecha perdió el norte (y decidió abrazar los postulados populistas)
El libro coral 'La derecha desnortada' (Península) analiza desde el liberalismo y con una crítica argumentada la deriva autoritaria y nacionalista de la derecha. Publicamos el prólogo
Una manifestación de extrema derecha el sábado en Madrid. (Reuters/Alejandro Martínez Vélez)
Detectar una tendencia es difícil, sumarse a ella es muy fácil, y resistirse es casi imposible.
En los estertores del Imperio romano se acuñó un término que trataba de explicar por qué caen los imperios. Se hablaba de "épocas estúpidas" para poner nombre al hecho inexplicable del suicidio civilizatorio. El término, no obstante, ha sido vejado por los anarquistas románticos. ¿Por qué se desintegraban los imperios? La connotación original, que apuntaba a un embrutecimiento de unos pocos que eran capaces de hacerse cargo de lo peor de la sociedad para encumbrarlo a puestos de gobierno, ha degenerado en una posición antisistema. Ahora, en lugar de señalar a los demagogos que instrumentalizan el resentimiento para llegar al poder, la estupidez se achaca a las élites de los regímenes políticos dominantes. Según esto, los estúpidos ya no son los demagogos sino los líderes. Así, se acusó al ruso Nicolás II de la caída del Imperio de los zares y la llegada de Lenin, y al alemán Guillermo II de la llegada de Hitler al poder. Y, por extensión, en nuestros días, se justifica el descaro de los aspirantes a tiranos por la estupidez de los líderes demócratas, como si Donald Trump se explicase por Barack Obama y Vladímir Putin por Ursula von der Leyen.
Lo propio de las épocas estúpidas es el advenimiento de líderes que encarnan los peores vicios de las sociedades en vías de transición. Es lo que explica que Lenin llegase al poder y el auge de los movimientos de masas del siglo pasado. Y es lo que hoy explica la autoridad de presidentes como Trump, Viktor Orbán y Giorgia Meloni, así como de partidos como Vox en España, Chega en Portugal, Alternativa para Alemania y el Partido por la Libertad, en los Países Bajos. Es la legitimidad del desencanto, la fuerza del cabreo y el prestigio de la revolución popular. Es la representación de quienes piden dar un golpe en la mesa porque creen que vamos sin remedio hacia el abismo.
Hoy no estamos en una época estúpida ni ante el final de ninguna civilización, pero sí que adolecemos de uno de sus principales vicios, el de invertir la carga de la prueba de la estupidez. En lugar de despreciar el populismo por ser un claro ejemplo de política reactiva, se le escucha con atención y, en caso de que se sospeche que tiene rendimiento electoral, se copia literalmente. El mejor ejemplo, y la muestra más clara de estupidez, se está dando con el cambio de postura respecto a la inmigración y la integración cultural. Los partidos liberales tradicionales se dejan contagiar por las soflamas nacionalistas sin entender ni por qué funcionan electoralmente ni por qué son esencialmente injustas, pero las copian porque presuponen una inteligencia donde no la hay. Nos parece sabio y sofisticado prestar atención a la queja de los populismos porque "algo de razón tendrán", "por algo será", aunque no sepamos exactamente por qué.
Los partidos liberales tradicionales se dejan contagiar por soflamas nacionalistas sin entender por qué funcionan electoralmente
Esta forma de pensar entiende que lo razonable es empatizar, por ejemplo, con un yihadista para comprender la supuesta crisis de Occidente, o con Orbán para reformar la Unión Europea. Solo nos faltaría preguntarle a Putin qué haría para mejorar la OTAN. Este patetismo intelectual se da en cualquier ocasión en la que lo humano se enfrenta de bruces con el mal.
La realidad es que lo único que cabe esperar al asomarse a las peores tendencias de nuestro siglo es recibir el reflejo de lo más perverso que reside en cualquier sociedad humana. Lo más razonable, por tanto, es dejar de mirarse en esos charcos populistas y buscar en fuentes propias la respuesta a nuestros problemas. Lo que no se puede permitir es que tratemos de encontrar la solución en nuestro malestar, porque el demagogo nunca será un buen médico para los males que afectan a la democracia.
Cubierta de 'La derecha desnortada' (Editorial Península).
El título de esta obra, La derecha desnortada, obedece a la necesidad de señalar cómo se ha producido una escisión dentro del bloque de derechas, de cuyo seno ha renacido una forma autoritaria, nacionalista y revisionista de la historia, que parece encontrar poca capacidad de respuesta en los partidos liberales tradicionales.
De Portugal a las fronteras con Rusia, y también más allá del Atlántico, el fenómeno es uniformemente identificable. Recibe el nombre de "ola de derechas", "auge de la extrema derecha" o "populismos de derecha", entre otros, y constata la aparición de una pléyade de partidos políticos que no se reconocen en la familia de la democracia liberal y que obtienen un notable rendimiento electoral. Es una tendencia distinguible en Europa y en América que a los autores de esta obra preocupa porque no contemplan en la propuesta de estas formaciones una solución constructiva a los problemas que afrontan nuestras sociedades contemporáneas. Es posible que, de alguna manera, estos partidos se hagan eco de problemas reales, pero es previsible no solo que no sean capaces de solucionarlos, sino que los agraven.
La solución a la nueva configuración de las sociedades globales no será nunca el revisionismo histórico ni el maximalismo cultural del movimiento MAGA (Make America Great Again, ‘Haz que Estados Unidos vuelva a ser grande’) y sus variantes europeas que claman por recuperar la "verdadera Europa de los valores". En este identitarismo cultural, en la "Europa del pesebre" que defiende Giorgia Meloni, no podemos ver otra cosa que el romanticismo político que es la levadura madre de todos los nacionalismos.
Estos partidos de extrema derecha se hacen eco de problemas reales, pero es previsible que no sean capaces de solucionarlos y que los agraven
El hecho cierto es que países emergentes como la India tienen la certeza de estar ofreciendo futuro a sus hijos, mientras que en Occidente cunde la obsesión de que estamos privando de porvenir a las siguientes generaciones. Este cansancio moral es el caldo de cultivo ideal para la aparición de nuevos movimientos políticos que sacarán provecho del desencanto.
Tampoco parece razonable ver que la alternativa a la ralentización de la productividad sea el autoritarismo y la llegada de líderes fuertes. Es frecuente encontrar posturas anarcoliberales emparejadas con personajes autoritarios y carismáticos. Esto obedece a un vicio típico de la extrema derecha tradicional que rinde culto a la eficiencia y lo fía todo al poder de decisión personal y, por ello, desconfía de las instituciones, los procedimientos reglados y la alternancia política.
Y, por último, es poco probable que una regeneración democrática pueda venir de un partido que no se reconoce dentro del sistema, sino que se postula como solución para revertirlo. Esta fórmula, desarrollada por el pensador Vilfredo Pareto hace cien años, es la que adoptó el fascismo italiano para canalizar el resentimiento cultural, el sueño de una Italia más grande y la promesa de un progreso acelerado. Un partido único que representa al "pueblo" contra el sistema, o un partido antisistema, dudosamente será la mejor manera de mejorar la democracia.
En consecuencia, aspiramos a establecer la diferencia dentro de la diferencia, algo que los conceptos habituales no permiten, y analizar cómo una derecha mira a la otra derecha, a veces para buscar explicaciones a su identidad, otras para intentar diferenciarse.
Sobre el libro
La derecha atraviesa una crisis de identidad. Ya no se reconoce en la moderación que la llevó al poder ni en los principios que durante décadas marcaron su rumbo. Entre la nostalgia del pasado y el empuje de los nuevos populismos, arrinconada por el ascenso del nacionalismo identitario y el desgaste del institucionalismo, el liberalismo busca su lugar en un escenario dominado por la polarización.
Coordinado por el profesor Armando Zerolo, La derecha desnortada (Península) es un libro coral ―con textos de José F. Peláez, Javier Redondo, Joseba Louzao, Jorge Raya Pons, María Blanco, Beatriz Becerra, David Jiménez Torres y Juan Fernández-Miranda― que analiza cómo la irrupción de la ultraderecha, el fracaso de proyectos centristas y la erosión de su discurso moderado han transformado el espacio conservador. El resultado es un ensayo crítico y necesario sobre cómo la fractura de una derecha sin proyecto ni dirección, la influencia del trumpismo y el avance del identitarismo han vaciado el debate de ideas.
El vocablo populismo se nos antoja insuficiente porque engloba en un mismo término demasiadas realidades diferentes. No sirve para explicar lo que ahora nos preguntamos. ¿Hay algo específico en los movimientos de extrema derecha que los diferencie de los de izquierda o son todos populismos y nada más? El título de este libro presupone que el problema no está tan claro como parece y que, cuando nos juzgue la historia con la misma contundencia con la que lo hacemos nosotros hoy con los protagonistas del siglo pasado, se preguntarán por qué no supimos ver el elefante en la cacharrería. ¿Por qué la derecha pensó que podía ser buena idea asociarse con la derecha nacional populista? ¿En qué momento a alguien le pareció que un gobierno PP-Vox funcionaría en Castilla y León, que una alianza de las dos derechas podría llegar a gobernar en España, que Chega lograría gobernar con los liberales en Portugal, o que los Patriotas por Europa podrían convivir políticamente con el Partido Popular Europeo para hacer una Europa más fuerte y más unida? La realidad es que el soberanismo identitario que propone la vuelta de la soberanía nacional es frontalmente incompatible con la propuesta de una Europa más grande. Como también lo es un modelo de integración identitaria frente al modelo de integración europea.
Los autores que aquí comparecemos hemos sido convocados para responder, por tanto, a una pregunta: ¿qué es la derecha desnortada? El objetivo pretende explicar algo mientras está sucediendo, lo que se parecería a hacer historia del presente, si es que tal cosa es posible. Para ello, hemos querido ofrecer un enfoque poliédrico que contenga distintos puntos de vista. El lector no encontrará aquí una interpretación dogmática de lo que debería ser la derecha, sino una obra coral con distintos puntos de vista que comparten la preocupación de ver que su degradación también produce esperpentos.
¿En qué momento alguien pensó que un gobierno PP-Vox funcionaría en Castilla?
En el libro hallaremos enfoques más psicológicos, como el de María Blanco, imprescindibles para comprender una época psicologista que pone más el acento en estados anímicos que en los análisis económicos, jurídicos o sociológicos a los que más acostumbrados estábamos. La razón cede ante las emociones y las pasiones vencen a los argumentos.
Autores como José F. Peláez ponen el foco en la esencia de la derecha y sus derivas tradicionales. Es un punto de vista más esencialista que se pregunta qué es la derecha, y si alguna vez hubo alguna derecha que no estuviese desnortada. Esta cuestión es el hilo conductor de toda la obra, el elemento común a todas las contribuciones, la pregunta que recorre el libro como recorre también el mundo: ¿qué le pasa a la derecha, que parece haber perdido el norte?
Para responder a esta pregunta es imprescindible no perder la memoria inmediata, que es la más difícil de recoger en un discurso ordenado que sirva para explicarnos el presente. Este esfuerzo, centrado en la política reciente española, ha correspondido a Juan Fernández-Miranda y a David Jiménez Torres, que han mirado atrás para explicar que lo que nos pasa proviene de los cambios sucedidos a lo largo de las últimas dos décadas y del olvido forzado al que la derecha se ha visto sometida en sus encontronazos con una izquierda española que perdió el rumbo mucho antes que la derecha liberal.
Como no se trata, en ningún caso, de hacer un ejercicio dialéctico en el que queden marcadas las víctimas y los culpables, la aportación de Beatriz Becerra era imprescindible en esta obra colectiva para ofrecer un ejercicio de autocrítica sin el cual ningún análisis tiene valor. La derecha no es solo la víctima de una izquierda alocada o radicalizada, dispuesta a crispar para obtener votos desmovilizados. Esa ausencia de crítica interna explica mucho más acerca del desnorte de la derecha que todas las declaraciones que se nos ocurran sobre las traiciones de la izquierda. Los olvidos conscientes de la corriente liberal, su incapacidad para proponer un programa de gobierno que reconstruya la concordia, su torpeza al caer en la batalla cultural y perder pie en el debate público, sus formas bruscas cuando confunden lo que se cuenta con lo que se dice y disuelven en el mensaje el contenido han hecho que la derecha liberal se desfonde y se mimetice con aquello que debería combatir.
La ausencia de crítica interna explica mucho más acerca del desnorte de la derecha que todas las declaraciones sobre las traiciones de la izquierda
Este fenómeno no se entiende como una célula aislada en un laboratorio, sino como un individuo inserto en una red de relaciones internacionales. Jorge Raya Pons señala cómo, en países vecinos que sirven de ejemplo a la derecha desnortada, ya se ha producido un ataque frontal contra las libertades de prensa y de expresión, sexual y religiosa. Hemos creído necesario detenernos en esto y en el peligro que la injerencia de potencias extranjeras está realizando en la órbita de los países de tradición liberal, para aterrizar la cuestión en los efectos reales que las políticas iliberales pueden tener en la calidad de la vida democrática. Estamos en un contexto de guerra híbrida y sufrimos la intervención de Estados extranjeros en nuestra política doméstica porque la inteligencia rusa sabe que hay focos en nuestras sociedades, los quintacolumnistas de la democracia, como decía Eugenio Nasarre, que son especialmente proclives a dejarse incendiar por los pirómanos de la órbita de Putin.
Javier Redondo adopta también una perspectiva internacional para situar en su contexto una derecha populista que tiene mucho de tradición propia, y otro mucho de producto importado. Las deudas que tiene el nacionalpopulismo español con Estados Unidos y Francia son muy grandes. Desde el Tea Party y el movimiento neocon estadounidense, al mucho más complejo de comprender, pero también muy influyente neomaurrasianismo de Marine Le Pen, la ideología nacionalista que corroe a la derecha española no se entiende sin estas influencias, a veces tan difíciles de detectar.
También resulta extremadamente complejo detectar la influencia de la religiónen las corrientes políticas de fondo que provocan la sacudida de nuestras riberas nacionales. Reparar en ello es necesario, y esa ha sido la tarea de Joseba Louzao. Dado que muchos analistas se sienten tan perdidos al penetrar en el territorio de la fe como lo podría estar cualquiera de nosotros en una noche río arriba por el Amazonas, el hecho religioso es el punto más vulnerable de la ideología liberal y la vía de agua por la que el barco zozobra. Lamentablemente, resulta que es mucho pedir que la izquierda y el liberalismo clásico comprendan el enorme peso que la religión está teniendo en configurar los movimientos tectónicos que se están produciendo en la derecha, pero una respuesta eficaz al nacionalismo exige hacer un esfuerzo de comprensión de esta realidad. Por eso, ofrecemos una categorización de las distintas posiciones que es de gran ayuda para señalar cómo el poder puede instrumentalizar la religión con fines políticos.
Cuando la derecha acierta es porque es fiel a su compromiso con la libertad y porque ha tenido claro contra qué luchaba
En lo que parece que coincidimos todos los autores es en que nunca ha existido una derecha prístina e inmaculada, y en que no todas las derechas son iguales, ni todos los errores y desviaciones tienen los mismos efectos. Hay, sin duda alguna, una forma específica de errar de la derecha, porque, cuando la izquierda se equivoca, también lo hace a su propia manera. No todo es lo mismo ni todos se equivocan igual. La derecha, como la izquierda, no es más que un aglomerado amorfo de muchísimos materiales que difícilmente casan bien. Cuando la derecha acierta es porque es fiel a su compromiso con la libertad y porque ha tenido claro contra qué luchaba: el absolutismo, el fanatismo religioso y la intolerancia moral. Y, cuando yerra, es porque vuelve al autoritarismo, al identitarismo y a la intolerancia para «recuperar el orden».
Llegados a este punto, algunos nos reprocharán que no escribamos también contra la izquierda. La respuesta es sencilla: porque no tenemos por qué justificar nuestra ideología cada vez que hablemos en público. Si ahora sentimos que se habla poco y mal de la atrofia de la derecha es justo respetar nuestro derecho a decirlo. Podemos analizar al Partido Popular, a Vox o a Trump sin tener que utilizar un disclaimer del tipo «aunque Sánchez...» o «es que la ideología woke...». Es decir, no tenemos por qué justificarnos para criticar lo que ahora nos parece oportuno criticar.
El hecho de que la derecha muestre su peor cara también se debe a una izquierda que la ha acorralado contra un muro insalvable
Pero es que, además, este esfuerzo tiene otro valor que quizás satisfaga a quienes tienen en el retrovisor a la izquierda. A esa izquierda también dirigimos un mensaje: la democracia no es monopolio de la izquierda, no todas las derechas son fascistas, franquistas, autoritarias o iliberales, y el hecho de que la derecha muestre su peor cara también se debe a una izquierda que la ha acorralado contra un muro insalvable. No se entienden muchas cosas sin el efecto pendular que provoca la supremacía de una izquierda que se arroga la legitimidad democrática, la superioridad cultural y la primacía moral.
Este libro colectivo también es, por tanto, una lección para una izquierda que se piensa en bloque y una invitación a que algunos de ellos también hagan lo mismo y abran un debate público sobre sus deficiencias, las tendencias totalitarias que acogen en su seno y valoren su incapacidad de distinguir en el adversario político a aquel con el que se puede construir de aquel con el que es imposible. Porque si la izquierda no hace ese esfuerzo también, el nuestro será vano.
Detectar una tendencia es difícil, sumarse a ella es muy fácil, y resistirse es casi imposible.