Bad Bunny y Carolina Durante: una parábola sobre la baja autoestima de la clase media
Mientras la clase trabajadora sigue enorgulleciéndose de sí misma cuando tiene éxito, la media sabe que quizá no sea más que una casualidad. El ascenso individual frente al descenso colectivo
A estas alturas ya he leído todas las posibles interpretaciones políticas, sociales y simbólicas de la aparición de Bad Bunny en la Superbowl. Todas, menos una. Paradójicamente, la más evidente porque fue la que Benito verbalizó. "Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio, y si hoy estoy aquí en el Super Bowl 60 es porque nunca, nunca dejé de creer en mí", espetaba a la cámara. "Pero también te diré que deberías creer en ti; vales más de lo que piensas, créeme".
Una de esas frases problemáticas que la mayoría de comentarios, sobre todo los realizados desde la izquierda, han pasado por alto. Tiene un poco de tufillo a colonialismo ideológico yanki, a derivada portorriqueña del american dream. Llevamos años repitiendo que el “si quieres, puedes” y el “todo esfuerzo tiene su recompensa” son las mentiras que han apuntalado la cultura meritocrática. Más aún si vienen acompañadas de ese individualismo que utiliza el “yo” en lugar del “nosotros”.
El mismo día de la actuación cayó en mis manos Carolina Durante. El secreto del éxito no sé cuál es (Lengua de Trapo/Círculo de Bellas Artes), que intenta desentrañar los motivos que llevaron al grupo madrileño de veinteañeros a llenar el WiZink en apenas un par de años. El ensayo del periodista y editor de Walden Manuel Moreno describe muy bien cómo reacciona hoy un joven español de clase media (media-alta) urbana cuando tiene éxito: desconcierto.
De acuerdo que el éxito de Carolina Durante es incomparable con el de Bad Bunny, artista número 1 a nivel global, pero la forma de enfrentarse a él de cada uno de ellos es reveladora. Mientras la clase media europea —porque en esto somos europeos— se apresura cada vez más a reconocer con modestia que su éxito no es el resultado directo de su esfuerzo, sino de una serie de coincidencias fuera de su alcance y por lo tanto, sospechoso y difícil de explicar (el libro trata de hacerlo sin éxito), el currante Benito sabe que es el resultado de haber creído en sí mismo, de haberlo intentado. Es sintomático del pesimismo de una cierta clase media, con la que me identifico personalmente, que ha dejado de creer en que el futuro esté en sus manos y el optimismo de una clase trabajadora que nació lejos de los centros de poder y que, sin embargo, aún es capaz de creer en la posibilidad de prosperar.
Han conseguido sortear la trampa de la arrogancia del "me lo merezco"
En una entrevista con Javier Ruiz para Hoy por Hoy en 2019, el bajista Martín Vallhonrat lamenta que “tengo dos carreras y un máster y si no fuese por el grupo, ahora mismo estaría pelándome el culo en algún bar o algún teatro” cuando le preguntan si forma parte de la generación estafada. Si no hubiese tenido éxito, habría fracasado. Bad Bunny es hijo de un camionero y una profesora de inglés jubilada que trabajaba de cajero en un supermercado cuando grabó sus primeras canciones. Moreno no ahonda demasiado en el origen socioeconómico de los carolinos, pero aunque se conocieron en un colegio concertado de Moncloa, descarta las acusaciones de pijos ocasionadas por la confusión con su canción Cayetano. El canon perfecto de la clase media urbana madrileña, probablemente progresista y de alto capital cultural, que percibe cada día su retroceso social y económico a pesar de que sobre el papel no le debería ir tan mal como a la trabajadora.
En el retrato que el periodista pinta de la banda madrileña a partir de su trayectoria y sus declaraciones transluce esa pérdida de autoestima de una clase social que, en otras generaciones, se habría tomado el éxito de forma muy distinta. Seguramente, peor: espectros de la Movida. Por un lado, puede leerse como una sana muestra de madurez de una generación que ha esquivado la trampa de la arrogancia del “me lo merezco”. Por otro, es también el reflejo de esa ansiedad de las expectativas incumplidas que sobrevuela el libro y que resulta paradójica desde fuera pues se trata de una banda cuyos miembros pudieron dedicarse a vivir de la música antes de cumplir los 25.
Bad Bunny en el Super Tazón XVI. (Reuters/Ricardo Arduengo)
Por supuesto que influye en esta aparente falta de autoestima sus distintos modelos de masculinidad, aclara Moreno. El estereotipo de cantante de reguetón es la evolución latinizada de la estrella de rock, algo que se puede aplicar incluso al deconstruido Bad Bunny, uñas pintadas y aliado queer. La masculinidad de los carolinos se corresponde con ese prototipo del nuevo hombre de clase media urbana bien formada: “No son lloricas, pero tampoco machotes”, escribe. “Tienen una mayor educación emocional y responsabilidad afectiva, donde la otra persona no es el enemigo”. Los traperos, por lo general de origen más modesto, suelen estar más cerca del swag reguetonero que de la modestia culpable de los rockeros de guitarras.
Las heridas históricas de la clase media
La clave para entender esa incertidumbre vital incluso entre quienes han cumplido sus sueños de manera vertiginosa se encuentra apenas dos páginas atrás, cuando Diego Ibáñez le cuenta al autor que la crisis de 2008 afectó mucho a su familia. Su madre se quedó en el paro “con cierta edad”. También despidieron a la pareja de su madre, hubo problemas en su hogar y mucha tensión. “Fue un momento muy complicado, ellos acabaron dejándolo y tuvimos que mudarnos de casa”. Parece ser que ver a tus dos padres en paro es una experiencia iniciática común a muchas familias españolas. Yo también lo viví, pero diez años antes, como consecuencia de aquella crisis del 92 que cayó en el olvido.
Esa baja autoestima se refleja en la manera de posicionarse políticamente. Los carolinos son una banda comprometida con su entorno inmediato, pero de forma más modesta y cercana, apoyando a otros grupos o la escena local. El abierto posicionamiento político de Bad Bunny está relacionado con sus raíces y su identidad como portorriqueño, que le ha llevado a cantar sobre los apagones en su isla natal o la privatización del territorio en Hawái. Los carolinos tienen esa cosa tan de clase media de la ironía y, como desliza Moreno, aceptan que no hay otra realidad que el capitalismo. Algo que, irónicamente, habría garantizado su éxito, ya que no tenían problema en aparecer en Vanity Fair o en eventos patrocinados por marcas.
A la clase media solo le queda rebajar las expectativas incluso cuando le va bien
La gran paradoja final es que aunque el éxito de la clase trabajadora de un país como Puerto Rico es mucho más excepcional estadísticamente, esta sigue creyendo en él porque con algo tendrán que soñar. Mientras tanto, a la clase media nacional solo le queda rebajar las expectativas incluso cuando le va bien, porque los traumas de las distintas crisis le han enseñado que tiene mucho más cerca el desclasamiento que el éxito, y este, de llegar, es siempre sospechoso. Solo las clases altas siguen creyendo a pies juntillas en la meritocracia como forma de justificar su éxito. Ellos, falta de autoestima, ninguna.
A estas alturas ya he leído todas las posibles interpretaciones políticas, sociales y simbólicas de la aparición de Bad Bunny en la Superbowl. Todas, menos una. Paradójicamente, la más evidente porque fue la que Benito verbalizó. "Mi nombre es Benito Antonio Martínez Ocasio, y si hoy estoy aquí en el Super Bowl 60 es porque nunca, nunca dejé de creer en mí", espetaba a la cámara. "Pero también te diré que deberías creer en ti; vales más de lo que piensas, créeme".