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El abismo del Holocausto como nunca lo habías visto
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El abismo del Holocausto como nunca lo habías visto

Filmin propone la versión remasteriza de 'Shoah', el inmenso trabajo documental de Claude Lanzmann, no para estilizarlo sino para trasladar la claustrofobia y la congoja de la palabra y del testimonio

Foto: Fotograma de 'Shoah', el documental de Claude Lanzmann sobre el Holocausto. (Filmin)
Fotograma de 'Shoah', el documental de Claude Lanzmann sobre el Holocausto. (Filmin)

La llegada a Filmin de la versión remasterizada de Shoah no responde a la lógica de la novedad ni al gesto rutinario de la actualización técnica, sino a una comprobación más incómoda y más exigente, precisamente porque escasean las obras del cine contemporáneo que soportan peor la tentación de la comodidad visual y, al mismo tiempo, resisten mejor el paso del tiempo.

Shoah regresa sin haber desaparecido, vuelve sin necesitar explicaciones ni correcciones, reaparece porque su radicalidad claustrofóbica no dependía de un contexto histórico concreto, sino de una intuición moral que sigue interpelando al presente con una lucidez intacta. La alta definición no la embellece ni la moderniza, introduce una fricción mayor entre la serenidad de los planos y la violencia de lo que se dice, como si la limpieza visual enfatizara aún más la perturbación que la película nunca dejó de provocar.

Claude Lanzmann concibió Shoah durante once años (1974-1985) desde una desconfianza profunda hacia la imagen histórica, no porque renegara de su existencia, sino porque intuía su efecto tranquilizador, cuando no el peligro de la estilización. El archivo ofrece una ilusión de conocimiento que permite cerrar el duelo con rapidez y pasar página con una conciencia engañosamente satisfecha. Lanzmann optó por prescindir de cualquier imagen del exterminio y filmar únicamente el presente, las voces de quienes participaron o sobrevivieron y los escenarios donde todo ocurrió y donde ahora, décadas después, parece no haber ocurrido nada.

La decisión conceptual no alojaba una pirueta formal, obedecía a una exigencia ética que redefinía el estatuto mismo del cine documental. La cuestión ya no consistía en mostrar, sino en obligar a escuchar y a sostener el "texto" sin el alivio de la ilustración ni la escapatoria de unas imágenes amortizadas por la sobreexposición. La palabra en su trágico esplendor semántico. El testimonio pavoroso en su propia carnosidad.

El espectador escucha con precisión insoportable cómo funcionaba el exterminio mientras la imagen se mantiene obstinadamente neutra

El corazón cinematográfico de Shoah late en esa conversión del paisaje en sujeto moral. Los campos, los bosques, las vías de tren y los pueblos polacos que la cámara recorre con una calma casi ofensiva no funcionan como ruinas ni como monumentos, funcionan como superficies normalizadas que disimulan la matanza. Y en ese mismo fingimiento se concentra su potencia.

El espectador escucha con una precisión insoportable cómo funcionaba el exterminio mientras la imagen se mantiene obstinadamente neutra, ajena, incluso bella en su monotonía vegetal. La naturaleza ha seguido su curso, ha cubierto las huellas, ha desempeñado su trabajo, pero el crimen no ha desaparecido, solo ha quedado soterrado bajo una apariencia de continuidad. Entre lo que se escucha y lo que se ve se abre una grieta que no se cierra y que convierte la "proyección" en una experiencia de fricción permanente, incómoda y, claro, insoportable.

placeholder Claude Lanzmann y Barbara Janicka caminan junto a Jan Piwonski en el lugar donde se alzaba el campo de exterminio de Sobibor. (Fotograma de la película Shoah)
Claude Lanzmann y Barbara Janicka caminan junto a Jan Piwonski en el lugar donde se alzaba el campo de exterminio de Sobibor. (Fotograma de la película Shoah)

El documental complementario que introduce Filmin en esta oportuna reposición -El camino a Shoah, de Guillaume Ribot- ayuda a entender hasta qué punto el método narrativo fue una conquista difícil y nada cómoda. No traduce Shoah a un lenguaje pedagógico ni la rodea de comentarios explicativos, la piensa desde dentro a partir de material inédito del rodaje y de la propia voz de Lanzmann, dejando ver un proceso marcado por la duda, la obstinación y la conciencia constante del límite.

El cineasta aparece como alguien que empuja a sus interlocutores porque no encuentra otra vía para aproximarse a una verdad que se resiste a ser nombrada y que solo emerge cuando el lenguaje se quiebra, cuando la memoria tropieza, cuando la palabra avanza a contracorriente de cualquier tentación narrativa. Shoah no nació como una forma cerrada, nació como un combate sostenido contra el espectáculo, contra el sentimentalismo y contra la pereza moral del espectador.

La radicalidad de Shoah se manifiesta también en su relación con el tiempo. No hay progresión dramática ni alivio final, no hay clímax que permita reorganizar emocionalmente lo visto. El montaje renuncia a seducir para poder pensar y confía en la duración como herramienta ética. Asistir a Shoah sus diez horas de radiación implica aceptar el cansancio, la saturación, incluso el deseo de abandonar, y ese desgaste forma parte del sentido porque la memoria no fluye, pesa, y pesa precisamente porque no se deja domesticar. Lanzmann obliga al espectador a permanecer, no para castigarle, sino para impedirle la salida rápida, la conclusión confortable, la sensación de haber cumplido. Muchas han sido las veces que Hollywood ha abusado del sensacionalismo y ha pretendido cultivar la sensibilidad del espectador por el llanto y la sensiblería, como si la catarsis nos hiciera mejores personas.

'Shoah' nació como un combate sostenido contra el espectáculo, contra el sentimentalismo y contra la pereza moral del espectador

Los escenarios de Shoah, en cambio, revelan una potencia que desborda el marco del Holocausto. Lanzmann comprendió que el mayor peligro no radicaba en el olvido explícito, sino la normalización, en la posibilidad de que el mundo siguiera funcionando sobre los mismos lugares donde ocurrió lo indecible sin que nada pareciera recordarlo.

Tiene todo el sentido acordarse de Hope, aquella performance audiovisual concebida por Haris Pašović y presentada en Aviñón, cuyas escenas recorrían los parajes actuales de Srebrenica y de otras matanzas de la Guerra de Bosnia sin mostrar imágenes de archivo ni cadáver alguno.

La cámara avanzaba por bosques y caminos que hoy podrían parecer neutros o incluso apacibles, mientras los subtítulos introducían nombres, cifras y ausencias que desmienten esa serenidad. No hay reconstrucción histórica ni relato explicativo, hay una constatación incómoda, la naturaleza ha cubierto los escenarios del crimen con una eficacia que roza la obscenidad y precisamente por eso el paisaje se convierte en prueba.

Cada plano tranquilo encubre una fosa, cada claridad vegetal disimula una violencia que no ha desaparecido, solo ha quedado enterrada, y el título alude a una esperanza quebrada, partida entre la fantasía del regreso imposible y la confianza obstinada en que el trabajo forense termine algún día de hacer visible lo que la historia dejó bajo tierra. Hope no se mide con Shoah, confirma su herencia.

La remasterización de Shoah no anestesia nada. Intensifica la fricción entre la serenidad visual y la violencia verbal y confronta a un espectador saturado de imágenes de catástrofe que ya no escucha. Shoah impide el consumo distraído, obliga a detenerse y a permanecer, obliga a aceptar que hay experiencias que el cine solo puede rodear sin poseerlas. La alta definición no aclara, hace más visible la mentira del paisaje. Y sirve de ocasión para luchar contra la desmemoria, el olvido y la frivolidad, ahora que el antisemitismo y la amnesia pretenden reconstruir la mayor aberración conocida.

La llegada a Filmin de la versión remasterizada de Shoah no responde a la lógica de la novedad ni al gesto rutinario de la actualización técnica, sino a una comprobación más incómoda y más exigente, precisamente porque escasean las obras del cine contemporáneo que soportan peor la tentación de la comodidad visual y, al mismo tiempo, resisten mejor el paso del tiempo.

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