Inquieta la autenticidad del talento. Creíamos que el talento era un don divino, maná sorteado, y poco a poco vamos descubriendo que siempre hay una ayuda, un forzamiento. Ahora mismo Faustino Oro, argentino de 12 años residente en España, es el genio-niño del ajedrez. Parece que un niño descubre las piezas y se le dan bien y se obsesiona y, sin más, es un genio. Lo cierto, con Faustino Oro, es que procede de una familia dedicada a este juego de mesa desde la generación de sus abuelos paternos (maestro nacional él; jugadora de nivel ella), y que, por tanto, su talento no apela a todos los niños del mundo, sino sólo a aquellos que encuentran en sus familias las condiciones perfectas para que haya talento.
Lo mismo me pasa con Carlos Alcaraz, el mismo bajón: su familia es dueña de un club de tenis en Murcia, no es como que Carlos experimentara la epifanía del tenis como podía haber experimentado la epifanía de la literatura. Era talento para el tenis el único talento que podía tener.
Ahora estrena Netflix un documental siniestro sobre Judith Polgar, famosa en los 90 por ser la primera chica a la que veníamos jugar extraordinariamente bien al ajedrez. Hace años (debe de ser que estoy en ello), descubrí lo que el documental señala: que la niña Judidh nunca eligió el ajedrez, nunca descubrió una vocación, sino que fue su padre, un tirano, el que se empeñó en que el ajedrez fuera su vida. A esta aberración medieval Netflix la considera también feminismo.
El documental empieza planteando un duelo en la cumbre entre el patriarcado y el progreso. Judith Polgar va a jugar contra Garry Kasparov, que además ha declarado (como tantos otros ajedrecistas) que las mujeres son muy malas al ajedrez. Este abocetado narrativo no puede obviar sin embargo el origen del talento de las hermanas Polgar. Y por ahí vamos viendo que quizá hubiera sido mejor dejar a las niñas ser ellas mismas.
La niña Judidh nunca eligió el ajedrez, nunca descubrió una vocación; fue su padre, un tirano, el que se empeñó en que el ajedrez fuera su vida
En resumen: el padre (además, fue el padre, la madre obedeció) las tuvo desde los cinco años jugando al ajedrez ocho horas al día, con tres profesores consecutivos, sin ir a la escuela y sin hacer otra cosa que meter su vida niña en un tablero reticulado. Eran tres hermanas, dos salieron campeonas y la otra, seguramente, fue feliz. A veces lo mejor es ser la que no quiere jugar al ajedrez.
Así, la vida entera de Judith y Susan fue ajedrez, con papá cobrando los premios que ganaban. El documental nos vende (porque papá Polgar lo vende) que eran muy pobres, lo cual casa mal con que ninguno de los dos trabajara y tuvieran dinero para comer, pagar profesores de ajedrez y celebrar la Navidad. Es muy inverosímil todo esto.
El documental, titulado La reina del ajedrez, nos lleva a hacernos preguntas mucho más ambiguas de lo que sus creadores calcularon. Por ejemplo: ¿Es Judit Polgar un ejemplo para las niñas? Yo creo que no. Un ejemplo para las niñas y los niños es un niño que descubre su vocación y es apoyado por su familia, no una niña torturada desde los cinco años (piénsenlo: ¡desde los cinco años!) para que le entre en la cabeza el ajedrez entero.
Judith Polgar y Garry Kasparov en 'La reina del ajedrez' (Rosa de las Nieves/Netflix)
La reina del ajedrez gustará a gente que no sabe nada de ajedrez. Los que jugamos a diario sólo podemos despreciarlo. En algunos momentos, la película recurre a dramatizaciones del juego, grabando un tablero y haciendo primeros planos sobre los trebejos y los escaques. Si paras la imagen, descubres que las piezas están puestas a voleo, ni siquiera se han molestado en reproducir una partida de verdad o, cuando menos, una partida posible. Vemos peones en primera fila o en octava, piezas agrupadas sin sentido en una esquina, estructuras defensivas inviables. Es como si haces un documental sobre fútbol y tus actores juegan con una sartén en lugar de un balón.
El filme apenas rasca la superficie de este juego obsesivo, pues toda su intención es mostrar una rivalidad Kasparov-Polgar que deja de lado la magia infernal del ajedrez. El ajedrez es boxeo. Mike Tyson afirmó que su misión en el ring es destruir el orgullo de su rival. Bobby Fischer dijo lo mismo respecto al ajedrez. Y Kasparov afirma en el documental: "Es tu voluntad contra la mía".
Si creen que el ajedrez es una práctica elegante de la inteligencia, una especie de ballet de neuronas con muñequitos de madera de dos colores, se equivocan. El ajedrez es crueldad pura, como un partido de fútbol donde ganara quien consigue lesionar a más rivales. Nos gusta Judith Polgar, pero ¿por qué eligió su padre su destino, y por qué eligió precisamente el ajedrez? Fue un capricho. Imaginen que hubiera elegido el curling o el Pasapalabra.
Lo que no entiende uno es por qué no quiso que su hija fuera ingeniera, arquitecta o cirujana, si la cosa iba de sacar adelante a la familia. El ajedrez es un deporte birrioso financieramente, como la petanca. No da para vivir como sí lo hace una formación universitaria concreta, en ciencias.
Judith, en su documental hagiográfico, no muestra el menor rencor por la locura lectiva de su padre, lo que quizá resulta al cabo lo más siniestro de todo. La obligó a casarse con un tablero de ajedrez por el bien de la familia, como en el siglo XII.
Inquieta la autenticidad del talento. Creíamos que el talento era un don divino, maná sorteado, y poco a poco vamos descubriendo que siempre hay una ayuda, un forzamiento. Ahora mismo Faustino Oro, argentino de 12 años residente en España, es el genio-niño del ajedrez. Parece que un niño descubre las piezas y se le dan bien y se obsesiona y, sin más, es un genio. Lo cierto, con Faustino Oro, es que procede de una familia dedicada a este juego de mesa desde la generación de sus abuelos paternos (maestro nacional él; jugadora de nivel ella), y que, por tanto, su talento no apela a todos los niños del mundo, sino sólo a aquellos que encuentran en sus familias las condiciones perfectas para que haya talento.