Hammershøi, el triunfo del silencio y la belleza de una habitación vacía

Por Paula Corroto
Tres mujeres jóvenes, Vilhem Hammershøi, 1895
© Museo Thyssen-Bornemisza

El Museo Thyssen inaugura la muestra 'Hammershøi. El ojo que escucha' con 70 lienzos que nos animan al silencio y la quietud. Una exposición que deslumbra en tiempos en los que tanto se busca el recogimiento

En la era de la ‘ruidofobia’ -se prioriza la calma, los silencios, los retiros, el recogimiento- hay un pintor danés que se debe conocer: Vilhelm Hammershøi (1864-1916). Vivió apenas 51 años, ‘solo’ pintó alrededor de 400 obras, tuvo éxito en vida, pero después caería en el mayor de los olvidos al no conectar con las vanguardias. Sin embargo, desde hace unos años está tomando una increíble relevancia. Sus cuadros ahora sí están dando con la tecla de los tiempos y en Dinamarca es un superventas.

Ahora llega con una retrospectiva de 70 lienzos al Museo Thyssen de Madrid, una exposición -Hammershøi. El ojo que escucha- en la que nada más entrar se siente esa quietud. La mayoría de las obras proceden de la Galería Nacional de Copenhague y se ha organizado en cooperación con la Kunsthaus de Zúrich (a donde acudirá después). Como dato económico: el Ministerio de Cultura ha asegurado en 131,5 millones de euros 43 de las obras. Una señal de lo preciado de este pintor.

La primera vez que llegó a España fue en 2007 con una muestra en el CCCB de Barcelona. Clara Marcellan, conservadora de Pintura Moderna del Thyssen y comisaria de esta exposición, la vió y quedó entusiasmada. Era un proyecto que se hizo con Copenhague y en el que se comparaba su pintura con la obra cinematográfica de Dreyer. De hecho, si se conoce el cine escandinavo, de Dreyer a Bergman, pero también los contemporáneos Lars Von Trier o Joaquim Trier, se nota el pincel de Hammershøi en esos interiores fríos, blancos, grises, desangelados, esos rostros un tanto hieráticos, esas habitaciones vacías con apenas una silla, un piano o una cómoda. Nunca nada surge por generación espontánea, siempre hay alguien a quien se ha copiado. También la pintura del propio danés, quien quedó obnubilado con la pintura holandesa del XVII.

En su obra se puede ver perfectamente a Vermeer -otro pintor intimista, en plena ebullición- y esa mirada hacia los interiores de las casas en las que las mujeres leían una carta, cosían, colocaban un plato en la mesa. El trazo es mucho más relajado, hay mucha más ambigüedad, pero esa mirada minuciosa a la intimidad es la misma.

Ida leyendo una carta, Vilhem Hammershøi, 1899 © Museo Thyssen-Bornemisza
Desnudo femenino de pie, Vilhem Hammershøi, 1909-1910 © Statens Museum for Kunst
Los edificios de la Compañía Asiática, vistos desde la calle Sankt Annæ, Copenhague, Vilhem Hammershøi, 1902 © Museo Thyssen-Bornemisza / Statens Museum for Kunst
Modelo femenina desnuda, Vilhem Hammershøi, 1884 © Statens Museum for Kunst
Lluvia con sol, lago Gentofte, Vilhem Hammershøi, 1903 © Museo Thyssen-Bornemisza / Anders Sune Berg

Es lo que ocurre a su vez con otra de las características de Hammershøi: las mujeres pintadas de espaldas, lo cual procede del siglo XVII y del Romanticismo. En su caso, en la mayoría de las ocasiones esta modelo fue su mujer Ida Ilsted, a quien pintó numerosas veces. La historia de Ida, quien le sobreviviría muchísimos años -vivió hasta 1949- también es curiosa, ya que fue una mujer que, según se ha podido saber por la correspondencia del pintor, sufrió depresión y siempre tuvo una salud mental frágil. Y eso a veces se nota en su rostro. En otros solamente vemos su nuca, dándole una carnalidad al cuadro que impresiona. Casi como si se pudiera acariciar. Sin embargo, este estilo, aunque a él le favoreció y le fue muy bien gracias a su mecenas, Alfred Bramsen (siempre tiene que haber algún mecenas), perdería poco después toda la gracia. Hammershøi fue contemporáneo de artistas como Mondrian y Kandinski y aunque a todos les entusiasmaban las líneas -en el danés hay una geometría total con las líneas de puertas y ventanas- la abstracción de los dos últimos hizo que fueran mucho más codiciados años más tarde. El danés se diluiría en el gusto del público; el ruso y el holandés ganarían todos los enteros. Así es como funciona el arte.

La cuestión es que hoy en día las líneas de Hammershøi, la solidez arquitectónica, el estudio de la luz, la armonía, la introspección y la quietud que destilan sus cuadros le han vuelto a poner en el disparadero. Su época fue también la de empezar a escuchar música grabada en casa gracias a los nuevos dispositivos -el gramófono es de 1887- y por eso otra de sus temáticas son personas escuchando música (y, por supuesto, quietas). De ahí que esta exposición se subtitule El ojo que escucha. Todo tiene un poco que ver con los sonidos. Por ejemplo, en su paleta está muy presente el blanco -junto al gris, el negro y el ocre-, un color del cual Kandinski decía que “en pintura era como una pausa musical”.

Interiores cotizados

Hammershøi e Ida vivieron hasta 1908 en el primer piso de Strandgade, 30 (está dentro del céntrico barrio de Cristianía, hoy uno de los más de moda y más culturetas de Copenhague). Cuando ellos estaban allí ya era una casa antigua, del siglo XVII -durante muchos años vivieron comerciantes de la Compañía Asiática Danesa, que estaba al lado- pero a él pintor le gustaba mucho esa estética. Hoy sigue existiendo aunque no es una casa museo sino que viven particulares. El asunto de la vivienda es importante porque una gran parte de la obra del pintor son sus interiores. Sus habitaciones, sus ventanas y puertas blancas. Allí pintó Ida leyendo una carta (1899), la espectacular Rayos de sol (motas de polvo bailando en los rayos de sol) (1900) o Interior con una joven vista de espaldas (1903-1904), con ese punto de luz espectacular sobre el cuello.

Interior, mujer vista de espaldas, Vilhem Hammershøi, 1904
© Museo Thyssen-Bornemisza / Randers Kunstmuseum
Rayos de sol o sol. Motas de polvo bailando en los rayos de sol. Strandgade 30, Vilhem Hammershøi, 1900 © Museo Thyssen-Bornemisza / Anders Sune Berg

Estos lienzos son solo algunos de los ‘highlights’ que se pueden encontrar en una exposición que deslumbra desde el inicio. Ahí están Tres mujeres jóvenes, que son su mujer (en el centro), su hermana Ana (derecha) y su cuñada (izquierda). Porque él, además de su casa solía pintar a sus familiares y a quien tenía cerca. Después, Marcellán ha dedicado toda una sala a Ida con retratos como el de su luna de miel en París en 1892 -fue una ciudad que a ella le sorprendió muchísimo, sobre todo, la ‘ligereza’ de las parisinas- y otros tantos en los que aparece haciendo determinadas labores. Pero siempre con calma, con tranquilidad, sin estrés.

Sin nadie

Es chocante pasar de los retratos a un par de salas en las que en los interiores no hay nadie. Como si todo el mundo hubiera desaparecido. Como si hubiera una pandemia. Fueron sus cuadros de mayor éxito, los que todos querían comprar. Él mismo lo decía, “hay belleza en un interior vacío”. Ahí podemos ver Interior. Una vieja estufa (1888), el primer cuadro que pintó sin gente. Y distintas variaciones de una habitación con sus puertas, pero no eran series, sino que era lo más a mano que tenía siempre el danés.

A él, no obstante, le gustaba pintar paisajes. Hizo muchos de las afueras de Copenhague y también de Londres, una ciudad a la que acudió con asiduidad, primero porque quería conocer al pintor James McNeill Whistler, segundo porque se hizo muy amigo de un pianista y pasaba allí algunas temporadas. Hay varios cuadros, por ejemplo, del British Museum, que es lo que él veía desde su ventana. Sin embargo, estos lienzos tuvieron menos éxito. Su clave está en los interiores.

Para el final se han dejado algunos de sus últimos cuadros, un gran autorretrato de 1911 que le muestra mucho más mayor -aunque no lo era, murió de un cáncer de garganta con 51 años-, cuando vivía un gran apogeo, ya que le dieron un premio (junto a Klimt y Zuloaga); también hay desnudos y los interiores de su nueva casa en Strandgade, 25, ya que tuvieron que abandonar la anterior porque se encontraba en mal estado. Tampoco se fueron muy lejos y las casas se parecían bastante.

Interior. Una vieja estufa, Vilhem Hammershøi, 1888
© Statens Museum for Kunst
Interior. Una vieja estufa, Vilhem Hammershøi, 1888 © Statens Museum for Kunst

Marcellán ha dejado un documental de la BBC de Michael Palin, uno de los miembros de Monty Python y uno de los mayores fans de Hammershøi. En él cuenta anécdotas como las del cuadro Interior con mujer joven de espaldas, uno más de Strandgade, 30. Fue un cuadro que un coleccionista compró al danés, pero lo quería vacío, sin gente. Entonces el pintor dobló la parte en la que aparecía la mujer y la puso detrás del marco, así solo se veía un interior vacío. Y así lo vendió. Posteriormente, en una restauración, se descubrió lo que había ahí detrás. Al fin y al cabo lo importante para el danés era colocar el lienzo. Es un documental magnífico, divertido, muy didáctico. Merece mucho la pena, como, en general, toda la exposición. Si no hay mucha gente… relaja.