Es noticia
Cuando Robert Graves aconsejó a su hijo menor: "Evita la maría y el ácido, yo he probado las dos"
  1. Cultura
Hay Forum Sevilla 2026

Cuando Robert Graves aconsejó a su hijo menor: "Evita la maría y el ácido, yo he probado las dos"

En 'Afinando al alba' Tomás Graves, el más pequeño de los ocho hijos del escritor británico, rememora su infancia y adolescencia en Mallorca y analiza cómo hemos cambiado. Un libro delicioso

Foto: Tomás Graves, el menor de los ocho hijos de Robert Graves, en la actualidad. (Cedida)
Tomás Graves, el menor de los ocho hijos de Robert Graves, en la actualidad. (Cedida)
EC EXCLUSIVO

Cuando nació en 1953 Tomás Graves, el hijo menor de los ocho que tuvo el poeta y clasicista británico Robert Graves (1895-1985), en la casa de la familia en Mallorca se recibió una felicitación de Agatha Christie. La famosa escritora de novelas negras se congratulaba por la llegada al mundo del pequeño Tomás y anunciaba que acababa de estrenar en Londres la obra de teatro La Ratonera. Hoy, 73 años después, La Ratonera sigue representándose, de hecho ostentando el título de obra que más tiempo lleva en cartel del mundo. Y Tomás Graves acaba de ver publicado en español su libro de memorias, titulado Afinando al alba (Libros del Kultrum) y que vio la luz en inglés más de 20 años atrás, en 2004.

No se entiende que hayan sido necesarias más de dos décadas para poder leer por fin en español el libro de Tomás Graves, un ensayo delicioso por el que desfilan recuerdos de su vida familiar, de la Mallorca anterior al boom turístico, de la España tardofranquista y de España de la transición, así como reflexiones varias a cargo de un agudo observador que creció entre dos islas, con un pie en Mallorca y otro en Gran Bretaña. El próximo lunes 16 de febrero Tomás Graves participará en el Hay Forum de Sevilla, donde hablará de lo que ha supuesto para él ser hijo de un referente de la literatura internacional y de cómo su infancia y juventud estuvieron marcadas por la casa familiar en Mallorca, donde su padre recibía a personalidades de la cultura mundial como Borges, Ava Gardner, Cela, Kingsley Amis y su hijo Martin y un largo etcétera.

Fue en 1929 cuando, con 34 años, Robert Graves abandonó Gran Bretaña junto con su amante, la poeta norteamericana Laura Riding, tras el intento de suicidio de esta. Detrás dejó un sonado escándalo doméstico, las galeradas de su autobiografía y las cenizas de su matrimonio con la artista y activista Nancy Nicholson, quien se quedó con la custodia de sus cuatro hijos.

Robert Graves y Laura Riding pensaban que la campiña inglesa, cada vez más mecanizada, había perdido su encanto, así que decidieron establecerse en el norte de España, en la cornisa cantábrica. Pero su amiga la escritora Gertrude Stein, a la que visitaron en la Provenza francesa de camino a España, les recomendó que pusieran mejor rumbo a Mallorca. Ya antes la isla había seducido a artistas y escritores como George Sand y Frédéric Chopin, Julio Verne, Albert Camus, Sarah Bernhardt, Arthur Rackham, Rubén Darío, la propia Gertrude Stein y D.H. Lawrence.

Graves y Riding se establecieron en la maravillosa localidad de Deià, en plena Sierra de Tramuntana, donde se hicieron una casa. “Lo primero que hizo mi padre cuando entró en su nuevo estudio en 1932 fue ponerse a escribir una novela desacomplejadamente comercial que le ayudara a pagar los gastos de construcción: Yo, Claudio”, subraya Tomás. Robert Graves y Riding estuvieron en Deià seis años, pero tuvieron que abandonar su recién construida casa al estallar la Guerra Civil española, que luego se solaparía con la II Guerra Mundial. Robert Graves (que ya había combatido en la I Guerra Mundial y escrito un libro con sus espeluznantes vivencias de la contienda titulado Adiós a todo aquello) sólo regresó a Mallorca en 1946, y lo hizo junto con su segunda esposa, Beryl Graves —Pritchard de soltera- y los tres hijos que ya tenía con ella. El cuarto hijo de ese matrimonio (el octavo y último de los ocho vástagos que en total tuvo Robert Graves) nació en Mallorca y fue una especie de regalo inesperado: Tomás Graves.

Casi 70 años tenía Robert Graves cuando nació Tomás. “Mi relación con él fue más bien la de un abuelo con su nieto, y hubo menos fricción conmigo que con mis hermanos”, señala Tomás, recordando las dificultades que su hermano mayor, William, tuvo para encajar las relaciones de amor platónico que Graves tenía con algunas mujeres, “sus musas”. Su madre, sin embargo, aceptó sin mayores problemas aquella situación.

placeholder Tomás y Robert Graves en 1964. (Cedida)
Tomás y Robert Graves en 1964. (Cedida)

Cuenta Tomás que, durante sus años de formación, sólo tuvo una conversación con su padre “de hombre a hombre”, y que no duró más de cinco minutos. “Después de explicarme que, a pesar de lo que podrían decir las malas lenguas, no se acostaba con ninguna de sus ‘musas’, me advirtió de los peligros que podía entrañar tomar sangría en una fiesta porque alguien podía echarle LSD”. Acababa de editarse Ponche de ácido lisérgico de Tom Wolfe, que puso de moda esa práctica, y Robert Graves arengó a su hijo menor: “Si vas a beber, asegúrate de descorchar la botella tú mismo. Y en la medida de lo posible evita la maría y el ácido, he probado las dos y sé de qué hablo”, se lee en un pasaje de Afinando al alba.

Las drogas ya circulaban entonces por Mallorca, y según Tomás Graves eran de primerísima calidad. “El hachís que llegaba desde Afganistán o Marruecos era fetén. El LSD también era muy puro porque lo traía directamente de fábrica uno de los visitantes habituales de Deia, Paul Arnoboldi, un italoamericano que fue socio del laboratorio clandestino de Gales que luego fue requisado por la policía en la sonada Operación Julie. Paul nunca fue detenido, cambió de cara y de identidad en Florida y al cabo de unas décadas volvió al pueblo para seguir jugando al ajedrez en el bar con sus antiguos amigos”, señala Tomás. “Para mis ojos de preadolescente, observar a mis mayores extranjeros tomando ácido mientras se deleitaban escuchando a los Jefferson Airplane era tan normal como ver a mis mayores mallorquines dando cuenta de varias copas de Fundador y fumando puros baratos mientras jugaban al dominó en el bar”.

placeholder Tomás Graves en 1971 con 18 años. (Cedida)
Tomás Graves en 1971 con 18 años. (Cedida)

Tomás Graves es músico, lo que explica que la música impregne todo su libro. La música y también el ruido, porque ya se sabe que los españoles somos por lo general bulliciosos y ruidosos. En el piso de Palma de Mallorca en el que nació Tomás Graves, su padre se atrevió un día a preguntar a los vecinos por qué hablaban siempre vociferando. “Por si alguien piensa que estamos enfermos o tenemos miedo”, le respondieron. Pero también está el reverso de la moneda: “El público español es reconocido como el más entregado y más vociferante, razón por la cual muchas bandas, como la de Springsteen, quieren siempre volver a España”, afirma Tomás Graves.

Él, por su parte, creció en un hogar en el que la música era muy apreciada pero aún más el silencio. Cuando Robert Graves bajaba de hecho a la cala de Deia a nadar, advertía a cualquier pareja o familia que hubiera en la playa con un transistor que, si se atrevía a encenderlo, lo arrojaría al mar, advertencia que al menos en una ocasión cumplió. La radio en casa de los Graves sólo se encendía para escuchar las noticias de la BBC.

placeholder Cubierta de 'Afinando el alba', de Tomás Graves.
Cubierta de 'Afinando el alba', de Tomás Graves.

Pero no es que al escritor y erudito no le gustara la música, es que no le gustaba la música grabada. “Le encantaba el jazz, pero sólo en directo”, sentencia Tomás, quien por su parte creció oyendo coplas en la radio, temazos como María de la O o Los campanilleros. “Todavía me producen escalofríos cuando las escucho. Tienen la pasión del blues”, sentencia.

Tomás Graves aún se acuerda de la visita que en una ocasión realizaron a Kingsley Amis y su familia, que tenían alquilada una casa entre Sóller y Fornalutx. Martin Amis, un par de años mayor que Tomás Graves, tenía docenas de singles británicos esparcidos por el suelo de su habitación y puso algunos en el tocadiscos. Fue la primera vez que Tomás y su hermano Juan escucharon el Love me do de los Beatles. “Nos convertimos ambos en beatlemaníacos militantes”, afirma.

placeholder Martin, Hillary y Kingsley Amis junto a Robert y Tomás Graves en Estellencs en 1962. (Cedida)
Martin, Hillary y Kingsley Amis junto a Robert y Tomás Graves en Estellencs en 1962. (Cedida)

De lo que no se acuerda es de la visita que Ava Gardner realizó en 1959 a una fiesta de cumpleaños que se daba en casa de los Graves. Tomás tenía entonces sólo seis años, y tiene la mente en blanco sobre aquella jornada. “Pero según la historia familiar y la leyenda popular, la diosa de Hollywood le tiró los tejos a un apuesto cabo de la Guardia Civil que vigilaba la entrada. Ava intentó varias veces sacarle a bailar, pero él, tímidamente se negaba alegando que estaba de servicio”, destaca.

Afinando al alba está repleto de jugosas observaciones y de interesantes reflexiones. Nos enteramos así de que cuando Robert Graves, que siempre fue una oveja negra para el establishment británico, recibió en 1968 de manos de la reina Isabel II la Medalla de Oro a la Poesía, no pudo evitar hacer una de las suyas: “Majestad, usted y yo descendemos en línea directa del profeta Mahoma”, le soltó a la soberana.

Tras crecer libre en Mallorca, Tomás acabó en un internado en Gran Bretaña. “Fue muy raro. Por una parte, tenía toda la pinta de ser inglés y hablaba con acento inglés pijo. Pero no tenía ni idea de nada de cómo se jugaba al cricket, no sabía ni siquiera los nombres de los caramelos que comían los niños ingleses. En el internado me sentí como un pulpo en un garaje”, nos cuenta.

placeholder Robert Graves en 1961. (Getty Images)
Robert Graves en 1961. (Getty Images)

En el internado coincidió con Tamasin, la hija del poeta inglés Cecil Day-Lewis. Era su compañera de clase y ambos bromeaban a menudo sobre lo que suponía tener padres tan mayores que eran más bien como abuelos. Y la diferencia de edad aún más acusada en el caso de su hermano Daniel Day-Lewis, tres años menor. “Durante un trimestre fui jefe del dormitorio del pequeño Dan, que era hiperactivo como una cola de lagartija y no había descubierto todavía su faceta de actor”, rememora Tomás.

Tomás vivió luego en Barcelona y hasta viajó como fotógrafo a la Nicaragua de la revolución sandinista (donde conoció a Julio Cortázar). Todo eso está en Afinando al alba, un libro maravilloso que aunque tiene más de 500 páginas se lee de un tirón.

Cuando nació en 1953 Tomás Graves, el hijo menor de los ocho que tuvo el poeta y clasicista británico Robert Graves (1895-1985), en la casa de la familia en Mallorca se recibió una felicitación de Agatha Christie. La famosa escritora de novelas negras se congratulaba por la llegada al mundo del pequeño Tomás y anunciaba que acababa de estrenar en Londres la obra de teatro La Ratonera. Hoy, 73 años después, La Ratonera sigue representándose, de hecho ostentando el título de obra que más tiempo lleva en cartel del mundo. Y Tomás Graves acaba de ver publicado en español su libro de memorias, titulado Afinando al alba (Libros del Kultrum) y que vio la luz en inglés más de 20 años atrás, en 2004.

Libros Literatura Ensayo Baleares Gran Bretaña