El gran Africa Hall de Addis Abeba: cuando el modernismo creía en un mundo mejor
La restauración del famoso edificio creado por Arturo Mezzedimi en 1961 acaba de conseguir el prestigioso Premio World Monuments Fund/Knoll de Arquitectura Moderna 2026. Fue un icono de un tiempo lleno de esperanza
En 1961, el arquitecto italiano Arturo Mezzedimi, un tipo que se había plantado en África para una estancia de apenas unas semanas en 1940 y que se acabaría quedando 35 años, dio por finalizado su gran proyecto: el Africa Hall, de Addis Abeba (Etiopía), que sería la sede de la Comisión Económica para África de la ONU. Enseguida se convirtió en un símbolo del modernismo africano, con su claridad funcional y sus vistas panorámicas a la ciudad. Su interior también fue célebre: contaba con mármol de Carrara, piedra etíope y tres monumentales vitrales del conocido artista etíope Afewerk Tekle.
Pero el Africa Hall era algo más que un edificio. En aquel momento, representaba a la nueva África independiente que luchaba en los procesos descolonizadores. Era la África del panafricanismo -simbolizado en el emperador etíope Haile Selassie, el famoso ras Tafari-, de las aperturas democráticas, del fin del esclavismo, de la unión de los pueblos y, en definitiva, de un mundo mejor. Los años sesenta alumbraban un nuevo continente… y la arquitectura era su fiel reflejo.
“El Africa Hall no es solo un edificio antiguo; representa un momento en el que Etiopía y África afirmaban su lugar en el mundo con confianza y optimismo”, comenta a El Confidencial la etíope Mewded Wolde, arquitecta sénior del estudio australiano Architectus -tiene varias delegaciones en distintos países-, que acaba de obtener el premio World Monuments Fund/Knoll de Arquitectura Moderna 2026 por su minuciosa restauración. “Mi motivación [en el trabajo de restauración] era asegurarme de que el edificio siguiera transmitiendo un mensaje claro hoy en día: la independencia, la unidad panafricana y el diálogo internacional”, añade.
Tiempos de descolonización
Etiopía fue uno de los pocos países africanos -junto a Liberia- que no fue arrasado por el imperialismo europeo durante los siglos XIX y XX. Supo defenderse de Italia en el XIX y también acabaría con la ocupación fascista de Mussolini sufrida entre 1936 y 1941. Por este último acontecimiento, el emperador Haile Selassie alcanzaría un prestigio internacional impresionante tras las II Guerra Mundial. No solo había acabado con el fascismo, sino que apoyaba la independencia de otros países (como la del Congo), había derogado el comercio de esclavos, convirtió a Etiopía en uno de los países fundadores de la ONU, en 1963 presidiría la Organización de la Unidad Africana y era uno de los grandes defensores de la idea de los Estados Unidos de África. Por supuesto, la situación interna era la de un sistema casi feudal, pero de puertas para fuera era el líder africano que Occidente buscaba.
Y en todo este tiempo le acompañaría Mezzedimi como su arquitecto estrella. Él fue quien también diseñaría el ayuntamiento de Addis Abeba, otra de las joyas modernistas de la ciudad (1964); el Tana Palace, en Bahir Dar (1967); o el edificio Finfinne, donde ahora se encuentra el Banco de África, también en Addis Abeba (1965-1968). Esos años sesenta de la esperanza.
“Sí, el Africa Hall aún evoca fe en un futuro compartido. Se construyó en un momento en que Etiopía utilizaba conscientemente la arquitectura para expresar independencia, progreso y unidad panafricana. Este modernismo se forjó por elección, no por imposición, y esa distinción sigue siendo importante. La decisión del emperador Haile Selassie I de donar el Africa Hall a las Naciones Unidas otorgó a esta arquitectura un significado político duradero, posicionando a África no al margen, sino en el centro del diálogo global. Por eso, hoy el Africa Hall continúa recordándonos que el modernismo no se trataba solo de forma, sino de esperanza, responsabilidad y participación en la construcción del mundo”, comenta Wolde.
La cuestión es que igual que aquel tiempo político pasó -hoy Etiopía se encuentra en un conflicto armado activo y con unas crisis humanitaria gigante debido a la hambruna- también lo hizo aquel tipo de arquitectura. Si el modernismo evocaba aquel optimismo en un mundo mejor, hoy los grandes edificios no parecen transmitirnos nada de eso. Wolde está de acuerdo.
"El modernismo no se trataba solo de forma, sino de esperanza, responsabilidad y participación en la construcción del mundo”
“La transición hacia una arquitectura altamente optimizada y orientada al rendimiento ha transformado la percepción de los edificios públicos. Los requisitos normativos, las limitaciones presupuestarias y los plazos de entrega acelerados suelen priorizar resultados mensurables como la eficiencia, el cumplimiento normativo y el rendimiento operativo”, manifiesta con cierta resignación. La normativa cargándose la imaginación (una vez más). “Edificios como el Africa Hall se diseñaron mediante un proceso integrado en el que la materialidad, la proporción y la colaboración artística se consideraban esenciales. Creo que esta integración dio como resultado edificios con una sólida coherencia formal y una larga vida útil”, añade.
La restauración
Para 2014, no obstante, el Africa Hall ya había dado muestras de bastante desgaste. Como reconoce la arquitecta etiope, aquel año se hicieron varias investigaciones que revelaron una considerable degradación estructural y de materiales a lo largo del tiempo, lo que planteaba problemas de seguridad. También estaban muy mal la fachada y la cubierta del edificio e incluso penetraba agua que ponía en riesgo las obras de arte de su interior como los vitrales. Era necesario ponerse a la obra cuanto antes y la ONU acabó aprobando el proyecto de restauración y financiación por 57 millones de dólares (sustentados por los 193 países de la Organización). Se abrió un concurso público que decayó en el estudio australiano Architectus que comenzaría con todo el proceso en 2015 finalizando en octubre de 2024.
Precisamente, además de subsanar los daños físicos que tenía el edificio, para los arquitectos lo más importante era conservar su esencia histórica (de ahí que ahora les hayan dado este importante premio). “Desde el principio, comprendimos que el proyecto no era solo un patrimonio arquitectónico moderno, sino un símbolo vivo de la identidad panafricana. Nuestra estrategia de conservación se guió por el respeto a la visión e identidad arquitectónica original, a las narrativas políticas y culturales arraigadas en el edificio y al reconocimiento de los numerosos momentos históricos que transcurrieron entre sus muros”, apostilla Wolde. Para ello, su equipo buceó en archivos, estudios y análisis de materiales para conocer bien la intención del proyecto original y mantenerla.
Y comprobaron que aquel viejo edificio sesentero en el que primaba la monumentalidad, la permanencia y la claridad simbólica ofrecía una serie de ventajas a largo plazo de las que carecen los edificios actuales institucionales que, como insiste Wolde, suelen priorizar más la adaptabilidad y sobre todo la rentabilidad entrando en conflicto con formas más expresivas.
“La cuadrícula estructural original, la clara jerarquía de circulación y la sólida paleta de materiales permitieron la adaptación sin comprometer el carácter arquitectónico. En lugar de tratar la monumentalidad como algo obsoleto, la restauración aprovechó estas cualidades inherentes para incorporar servicios de construcción modernos, requisitos de seguridad y estándares de accesibilidad”.
Y dieron lugar a la renovación de un edificio que simbolizaba la creencia en que el futuro sería mejor. Algo que ahora ha desaparecido por completo.
En 1961, el arquitecto italiano Arturo Mezzedimi, un tipo que se había plantado en África para una estancia de apenas unas semanas en 1940 y que se acabaría quedando 35 años, dio por finalizado su gran proyecto: el Africa Hall, de Addis Abeba (Etiopía), que sería la sede de la Comisión Económica para África de la ONU. Enseguida se convirtió en un símbolo del modernismo africano, con su claridad funcional y sus vistas panorámicas a la ciudad. Su interior también fue célebre: contaba con mármol de Carrara, piedra etíope y tres monumentales vitrales del conocido artista etíope Afewerk Tekle.